Ae – Máxima audiencia
Ae – Máxima audiencia
Fecha de publicación: 12 de enero de 2024
Autor: Chris H.
Categoría: Ae
Etiquetas: Ae
Fecha de publicación: 12 de enero de 2024
Autor: Chris H.
Categoría: Ae
Etiquetas: Ae

Máxima audiencia

  —¿Dónde está Kyusen Costa? Eso se preguntan miles de telespectadores, pegados al televisor día tras día, con la esperanza de recibir nuevas noticias, en lo que la policía describe como uno de los casos más desconcertantes a los que se han enfrentado nunca. En la calle no se habla de otra cosa. Nadie encuentra una explicación razonable. Me gustaría deciros que eso está a punto de cambiar, que el misterio llega a su fin aquí y ahora…, pero estaría mintiendo. —Risas—. En serio, ¿aún queda alguien que no haya oído hablar de este suceso inexplicable, casi paranormal? Vamos a recopilar lo poco que sabemos, por si alguien acaba de despertar de un largo coma. —Risas—. Kyusen Costa estaba hospitalizado en la Unidad de Quemados del hospital Santa Lilith, tras ser víctima de un desafortunado incendio. Pese a la gravedad de sus heridas, el pronóstico era favorable. Se recuperaba poco a poco. Hasta que, un día, desapareció. Así, sin más. Aún no podía caminar sin ayuda, por lo que es imposible que huyera o pasara desapercibido ante el personal del hospital. Nadie lo vio marcharse. Tampoco aparece en las imágenes de las cámaras de seguridad. Quienes lo visitaron en las últimas horas respondieron a las preguntas de los agentes, y, según parece, quedaron fuera de toda sospecha. No hay ninguna prueba. Nada. Cero. ¿Cómo es posible? —Pausa silenciosa—. Para hablar de ello, hemos invitado a una de las principales figuras dentro del equipo de investigación de la policía. Una auténtica eminencia, con más de, atención al dato, ¡doscientos casos de desapariciones resueltos! —Murmullos de asombro—. Demos la bienvenida a nuestro plató ¡a la vicecomisaria Giada Ricerca!
  El presentador se pone en pie. Aplausos. La mujer entra en escena, caminando con decisión. Al llegar a la mesa, tiende su mano al presentador mientras muestra una gran sonrisa, que muchos espectadores comparten sin darse cuenta. Poco a poco van cesando los aplausos.
  —Buenas noches.
  —Bienvenida, vicecomisaria.
  —Gracias por invitarme.
  —Por favor, siéntese. —El presentador señala el sofá situado junto a su mesa. Cuando ella ha ocupado su lugar designado, él regresa a su propia silla—. Lo primero de todo, permítame reiterarle nuestro agradecimiento por haber viajado desde tan lejos para acudir a nuestro programa.
  —Ah, el honor es todo mío. Soy una gran fan; le sigo desde que trabajaba en esa otra cadena.
  —Vaya, no sé si debería alegrarme de que una vicecomisaria lleve años siguiéndome.
  Risas.
  —¿Ni siquiera una como yo?
  Risas mezcladas con algún silbido de admiración.
  —Bueno, no voy a negar que me siento halagado. Y, ahora que lo menciona, no he podido evitar sorprenderme al verla, vicecomisaria.
  —Por favor, llámeme «Giada». Para mí, usted es casi como de la familia.
  —Muy amable, se lo agradezco. Como le estaba diciendo, me he quedado de piedra al ver que era usted tan joven. Porque, corríjame si me equivoco, pero ¿realmente ha resuelto más de doscientos casos de desapariciones en tan pocos años?
  —Sí, es cierto. —Aplausos. Giada lo agradece con una inclinación de cabeza, sin perder la sonrisa—. Y este no será diferente.
  —¡Cuánta confianza! Da gusto encontrar a personas tan comprometidas con su trabajo. Ahora mismo, a este lado del plató, es usted la única. —Risas—. No, no, es broma. Mis compañeros hacen un trabajo magnífico. Pero no nos desviemos. ¿Qué puede contarnos de la desaparición de Kyusen Costa?
  —Bueno, usted lo ha explicado bastante bien. Un hombre con el cuerpo lleno de quemaduras, aún en proceso de curación, con dificultades para caminar, en pleno tratamiento…, pero desaparece de un instante a otro. ¡Y nadie ha visto nada!
  —Difícil de creer, ¿verdad? La gente está en vilo.
  —Lo entiendo.
  —¿Qué fue lo primero que pensó usted al leer el informe de la investigación?
  —Imagínese. Yo misma estuve en el hospital, y pude verificar de primera mano esa supuesta inverosimilitud. La habitación estaba ordenada, excepto por la cama deshecha. Las puertas siempre están abiertas, así que no hizo falta forzarlas. Las cámaras de seguridad muestran a los visitantes entrar y salir sin más accesorios y compañía que la que trajeron.
  —¿Interrogaron al personal del hospital?
  —Sí, claro. Ninguno estuvo tanto tiempo ausente como para haber tenido ocasión de ocultar el cuerpo de Costa y sacarlo del hospital sin que nadie se diera cuenta. Recordemos que el paciente ya no está en coma; él habría sido perfectamente consciente de que algo iba mal.
  —Tampoco tendría motivo alguno para huir, ¿verdad?
  —No, que nosotros o sus círculos cercanos sepamos. En cualquier caso, habría necesitado ayuda tanto del interior como del exterior. Un enfermero para sacarlo y un coche para llevárselo, por ejemplo. Alguien los habría visto. También hay cámaras en la parte trasera del recinto, así que… —Giada deja la frase a medias y sonríe al presentador—. Pero no quiero aburrirles con datos que pueden leer en cualquier periódico o ver en telediarios y programas de sucesos. Seguro que todos los espectadores están más interesados en hablar… de mí.
  Aplausos y vítores.
  —No le voy a negar que estoy interesado en conocer más sobre una agente de policía capaz de resolver más de doscientos casos en… ¿Cuántos años lleva usted en el cuerpo? No más de ocho o diez, presumo.
  —¡Ja, ja! Bueno, no soy tan joven como aparento.
  —Aun así, es una carrera impresionante. Si le soy sincero, cuando me hablaron de usted, esperaba encontrarme con una mujer mayor que yo. ¡Pero podría ser mi hija! ¿Se ve capaz de llegar a resolver cuatrocientos casos de personas desaparecidas antes de su jubilación?
  —Prefiero centrarme en el presente.
  —Hace usted bien. Y, dígame, ¿de dónde es? Perdone la indiscreción, pero no tiene usted acento italiano.
  —Se supone que nací en Canadá… —Rostros de decepción—. Pero yo me considero una criatura universal.
  —¡Debe de tener usted el pasaporte desgastadísimo!
  Risas.
  —Si le digo la verdad, nunca me ha hecho falta pasaporte. Lo cual me recuerda a cierta peculiaridad que escuché sobre Kyusen Costa…
  El presentador la interrumpe con un gesto.
  —Podemos dejar eso para más tarde. Creo que nuestro público prefiere seguir oyéndola hablar sobre usted. ¿Verdad?
  Todos así lo manifiestan.
  —Está bien, está bien… —Giada sonríe al público, que aguanta la respiración—. ¿Y si os dijera… que ya he resuelto el caso?
  Gritos de asombro.
  —¿Está hablando en serio?
  —Quería mantener la sorpresa, pero considero que este es el momento de desvelarla. ¡Sé quién secuestró a Kyusen Costa!
  —Me deja usted de piedra… Aunque podemos hablar de ese asunto otro día, si le parece bien. Dígame, ¿está usted casada?
  Una vez más, el público apoya al presentador.
  —Uy, qué atrevido es usted… —Risas nerviosas mezcladas con suspiros—. Pero debo pedirles que me hagan caso, por favor. Esto que voy a contarles sobre Kyusen Costa les va a interesar.
  —¿Sobre quién?
  —Kyusen Costa, el paciente desaparecido.
  —Ah, sí, por supuesto. Aunque… es un nombre poco llamativo. En cambio, el suyo tiene una sonoridad especial, casi mágica, que no sabría describir con palabras. «Giada Ricerca»…
  —En realidad, ese no es mi nombre real. Me llamo Suné.
  Todo el público repite su nombre, como hechizados. El presentador no es menos.
  —Vicecomisaria Suné…
  —Bueno, puestos a sincerarnos, le confieso que tampoco soy vicecomisaria. Ni siquiera policía.
  —Entonces, ¿todo lo que nos ha contado era falso?
  —No, no. Solo la parte de mi identidad.
  —Oh… —El presentador no se muestra molesto, sino, más bien, divertido—. Y, dígame: ¿tiene algún lugar donde hospedarse antes de volver a su país? Puede quedarse en mi casa. ¡Todo el tiempo que quiera!
  Gruñidos de desaprobación entre el público. Suné se pone en pie. Las quejas vuelven a tornarse en suspiros.
  —Necesito que me escuchéis con atención. —Silencio sepulcral—. Como dije antes, sé quién secuestró a Kyusen Costa. Se llama Ae. La conozco bien, porque es mi hermana pequeña. Tiene apariencia de adolescente, complexión delgada, piel blanca, y el cabello de un tono rubio platino algo más claro que el mío, recogido en dos trenzas. Mientras tengáis esa imagen nítida en vuestras mentes, no podrá cambiar de aspecto.
  —¿Su hermana es la secuestradora? —El presentador no oculta su perplejidad—. ¿Por qué nadie la ha visto? Si se parece a usted, dudo que alguien fuese capaz de olvidarla.
  —No nos parecemos mucho, me temo. Ella no estuvo en el hospital el día de la desaparición, sino pocas semanas atrás. Rectifico: el día de la desaparición estuvo en el hospital, solo que no pasó por recepción, así que nadie pudo verla. Entró y salió por la ventana. No supone ninguna dificultad para ella, os lo aseguro.
  El presentador le susurra algo al oído.
  —Si necesita esconder a su hermana de la policía, yo podría acogerlas a ambas.
  —No, lo que necesito es justo lo contrario. —Suné ocupa el centro del plató. Todas las luces y cámaras la enfocan a ella, olvidándose del presentador—. ¡Escuchadme, estimadas personas del público, y todas aquellas que nos ven desde sus casas! ¡Quien me ayude a encontrar a mi hermana Ae, será recompensado! —Suné se gira hacia el presentador—. ¿Puede decir su número de teléfono, por favor?
  —Eh… Sí, claro. Es…
  —A mí no. A la cámara.
  —Oh…
  El presentador cumple su petición sin rechistar.
  —Todo aquel que aporte información clave para encontrar a mi hermana, podrá optar entre…, no sé…, ¿diez millones de dólares? Eso, o tener una cita conmigo. No antes de haberla atrapado, claro. Que nadie sea tan idiota de hacerse el héroe o, peor aún, avisar a la policía. —Nadie reacciona—. ¿A qué estáis esperando? ¡Vamos!
  El público abandona el plató en estampida. Los empleados, algo más dubitativos, hacen lo mismo. Poco después, allí solo quedan Suné y el presentador, a quien ella sujeta con firmeza del brazo.
  —Tú y yo nos vamos a quedar aquí un ratito más, cariño. Venga, ve a por tu teléfono móvil. Yo pediré unas pizzas.
  El presentador asiente con la cabeza. ¿Cuándo fue la última vez que sintió una calidez semejante en su pecho? Quizá nunca. Ni siquiera cuando conoció a su mujer o nació su hija. Es el día más feliz de su vida.


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