Fecha de publicación: 18 de abril de 2024
Autor: Chris H.
Categoría: Ae
Etiquetas: Ae
Fecha de publicación: 18 de abril de 2024
Autor: Chris H.
Categoría: Ae
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Ouija

  Los adolescentes disfrutan infringiendo normas. Son transgresores e inconformistas. Es comprensible, pues acaban de salir, o están en proceso, de su infancia, una etapa donde la libertad suele estar restringida por sus padres o cuidadores. Al llegar a la adolescencia, empiezan a ser conscientes de su poder para rebelarse. Y, por supuesto, lo utilizan, aunque sea de manera humilde, a escondidas.
  «No vayáis a la mansión abandonada, que es peligroso». Basta con pretender prohibírselo para despertar su curiosidad. No: su interés más profundo e irresistible. Desde ese instante, necesitan ir.
  En una época donde la tecnología y la cultura del alcohol se han adueñado, metafóricamente hablando, de la raza humana, resulta un alivio comprobar que los jóvenes son capaces de hacer planes diferentes a quedarse en casa o emborracharse. Lo que no «resulta un alivio» en absoluto es que la alternativa tenga, casi por obligación, que transgredir los límites de dichas prohibiciones, o recomendaciones, si se prefiere el término, de los adultos a su cargo.
  No era la primera vez que aquel pequeño grupo de amigos ponía un pie dentro de la mansión abandonada. El miedo no había desaparecido, lo cual, lejos de ahuyentarlos, se convertía en una razón más para mantener el interés en un edificio que, desde hacía décadas, tras sufrir los estragos de la guerra, no tenía nada más que ofrecer.
  El simple hecho de entrar a la ruinosa mansión ya no les parecía suficiente. Ahora, además, debían hacerlo de noche, cuando la semilla del miedo suele florecer en el corazón humano. ¿Se conformarían con eso? No, claro que no. Faltaba el último ingrediente.
  —¿Habéis hecho alguna vez la güija? —preguntó Piotr.
  Los rostros de sus amigos eran la prueba palpable de lo incómodos que se sentían ante aquella propuesta. Hubo quien se negó de forma tajante, y quien, quizá por vergüenza, prefirió ocultar su temor. A Ewa, la más escéptica del grupo, le parecía una tontería. Tanto, que Piotr no tuvo dificultades en convencerla, con la excusa de demostrar quién de los dos tenía razón. Un reto ante el que los más influenciables del grupo, que no todos, se vieron arrastrados.
  En total, fueron cinco los jóvenes que accedieron a la mansión abandonada aquella calurosa noche de verano. Si querían hablar con los fantasmas que, en teoría, aún habitaban intramuros, no les bastaría con quedarse en la entrada, sino que debían buscar «un lugar más propicio». Así lo aseguraba Piotr, autoproclamado experto en güijas. Nadie cuestionó su razonamiento, pues ninguno de sus amigos sabía bien lo que estaban haciendo. Ni siquiera Piotr, en realidad, cuyo conocimiento se basaba en una búsqueda rápida por internet y una gran cantidad de habladurías, a veces contradictorias.
  Piotr, a sus diecisiete años, era el líder del grupo. Casi siempre se salía con la suya, por las buenas o por las malas. Su padre trabajaba en el campo y su madre se encargaba de la casa, por lo que no era de extrañar que hubiese recibido una educación conservadora. Tenía un hermano mayor al que apenas veía, puesto que trabajaba en otra ciudad. El pelo rizado de Piotr, que solía llevar despeinado, era de un rubio casi blanquecino. Aunque daba la impresión de ser un poco bruto, no por ello era menos listo. Ante cualquier problema, ya fuese individual o grupal, todos sabían que aquel chico era la mejor opción para solucionarlo.
  Ewa, la prima de Piotr, no se parecía en nada a él. Tenía dieciséis años, uno menos que Piotr. El color castaño de su media melena dejaba claro que había salido a su padre, un inmigrante que trabajaba en el sector de la automoción. En cuanto a la personalidad, era más parecida a su madre, profesora del colegio local. Su afición por la lectura le había causado miopía, por lo que necesitaba gafas de continuo. Era una chica muy inteligente, aunque rara vez tenía ocasión de demostrarlo, dada su poco exigente compañía habitual.
  Marcin, de catorce años, era el más pequeño de los cinco. En verano le gustaba llevar su cabello rubio tan corto como fuera posible, lo que, sumado a su delgadez, le daba un aspecto algo lastimoso. Pero a él no le importaba. Le encantaban los animales y los dinosaurios. Como, por motivos obvios, no podía adoptar uno de estos últimos, se conformaba con sus tres perros. Sus padres, propietarios de una zapatería, no le dejaban sacarlos de noche. De lo contrario, Marcin no los habría acompañado a la mansión abandonada, pues una cosa era ponerse en peligro él, y otra bien distinta poner en peligro a sus tres mejores amigos. A Marcin le gustaba Katarzyna. Sin embargo…
  Katarzyna aceptó aquel plan por un único motivo: pasar más tiempo con Piotr. Había dedicado casi una hora a elegir su vestuario y alisar su rubia melena, con la esperanza de que Piotr se fijase en ella. Tenía dieciséis años, solo uno menos que él. Por desgracia, parecía un esfuerzo inútil, ya que a Piotr, por mucho que tratase de disimularlo de cara al resto del mundo (con éxito, todo sea dicho), no le interesaban las mujeres. Katarzyna vivía sola con su madre, tras el fallecimiento por enfermedad de su padre. Había repetido curso una vez, y pronto lo haría una segunda, si no era capaz de aprobar, al menos, la mitad de los exámenes de recuperación que la aguardaban en septiembre, al final de las vacaciones.
  La quinta y última integrante era Rucusire, conocida (en otros círculos) como «cosechadora de almas», o, según ella, «de energía vital». Nadie sabía su edad con certeza, aunque, por su aspecto físico, no desencajaba entre los mayores del grupo. Llevaba el pelo, de un color negro intenso, recogido en dos coletas que le llegaban casi hasta la cintura. Lo que más destacaba de ella, por su rareza en aquel rincón del mundo, eran sus oscuros ojos rasgados.
  En realidad, el grupo estaba compuesto por otros ocho niños y niñas, pero todos ellos declinaron la invitación. Solo los más valientes, o los menos prudentes, merecen protagonizar esta historia.
  Piotr, con una mochila al hombro, condujo a sus cuatro amigos a través de los pasillos inferiores de la mansión. Era la primera vez que llegaban tan lejos. Marcin y Katarzyna lo seguían de cerca, tan pegados a él que, si frenaba de golpe, se chocarían. No dejaban de hablar, con la esperanza, quizá, de sacudirse los nervios. Ewa, un par de pasos por detrás, empezaba a sentirse incómoda recorriendo aquellos pasillos; no por el miedo a lo sobrenatural, sino por el deplorable estado del edificio. Rucusire, la única que no portaba un teléfono móvil con linterna, cerraba el grupo, sin perder de vista a los cuatro chicos y chicas que iban delante de ella, sorteando escombros.
  El líder soltó un bufido de disgusto cuando pasaron junto a una sala derrumbada. Desde el exterior, en su análisis preliminar, le pareció el mejor lugar donde realizar la sesión de espiritismo. Era evidente que se equivocaba. Tendrían que conformarse con la habitación contigua, de tamaño algo más reducido, aunque relativamente libre de escombros. Los viejos muebles estaban tan ennegrecidos por el tiempo y la humedad que ya apenas se distinguían de las paredes.
  —Será mejor que no toquemos nada —susurró Katarzyna, asqueada.
  —No deberíamos estar aquí —dijo Ewa, empezando a ser consciente de su situación—. Si la habitación de al lado ha colapsado, a esta le puede pasar lo mismo…
  —¿Te estás cagando? —Piotr le dedicó una sonrisa triunfadora—. ¡Lo sabía!
  —No es eso, imbécil.
  —Pues demuéstralo.
  El orgullo de Ewa se impuso a su prudencia. Marcin se mantuvo estoico, para que Katarzyna no lo considerase un cobarde, aunque ella misma parecía atemorizada incluso antes de empezar la sesión. Rucusire, apoyada sobre lo que antiguamente fue el marco de la puerta, esperó con paciencia hasta que los cuatro se decidieron a seguir adelante. Ya no había vuelta atrás.
  Piotr apartó los escombros con el pie, hasta dejar espacio suficiente para que los cinco participantes pudieran sentarse en el suelo. Por ahora, los demás mantenían una distancia prudencial. Lo primero que Piotr sacó de su mochila fue la propia güija, que situó en el centro de la habitación. Era una tablilla rectangular, de dudosa calidad, como un simple juego de mesa, sobre la que se podía leer todo el abecedario en letras mayúsculas, junto a los números del 1 al 9, seguidos por el 0. En la esquina superior izquierda había un dibujo de un sol, junto a la palabra «SÍ». En la esquina superior derecha podía verse una luna y la palabra «NO». Por último, en la parte inferior de la güija, estaba escrita la palabra «ADIÓS».
  Piotr les hizo un gesto para que se acercasen. Ewa se sentó a su derecha, mientras que Katarzyna se arrodilló en el lado contrario. Marcin se situó junto a su amiga de rubia melena, asegurándose de dejar espacio entre Ewa y él para la quinta y última integrante del grupo. Rucusire ocupó su espacio con movimientos suaves, en silencio, sin perder la calma ni un solo instante. Era quien más cómoda se sentía en medio de aquel ambiente tan tenso.
  —¿Esto es tuyo?
  Katarzyna tardó unos segundos en comprender que la chica de ojos rasgados se dirigía a ella, sosteniendo un objeto en la palma de la mano. Era una pulsera de color rosa, algo manchada por el polvo del suelo. Katarzyna, quien solía llevar cinco pulseras en cada muñeca, comprobó que, en efecto, le faltaba una.
  —¿Dónde la has encontrado?
  —Se te ha caído allí, en el pasillo.
  Katarzyna dio las gracias a Rucusire por recuperar su pulsera. No eran más que baratijas hechas por ella misma, pero le gustaba el toque de color que otorgaban a sus brazos. Le parecía un adorno llamativo y original. En cualquier caso, aunque su agradecimiento fue auténtico, había algo en aquella chica de largas coletas y ojos rasgados que no terminaba de gustarle. Quizá, simplemente, fuese algún prejuicio por ser diferente. O, tal vez, Katarzyna temía que Piotr pudiese sentirse más atraído por Rucusire que por ella. ¿Y si prefería las chicas morenas a las rubias? Sería tan injusto…
  Piotr colocó sobre el tablero el segundo elemento de la güija: una pequeña pieza triangular de plástico, con un agujero en medio. Según las instrucciones, aquel objeto tan extraño recibía el nombre de «puntero» o «planchette». En teoría, al poner cada uno de los participantes de la sesión de espiritismo el dedo índice sobre el puntero, podían comunicarse con el más allá. Bastaba con hacer una pregunta, pronunciada en alto, para que el espíritu respondiese moviendo aquel puntero hasta las distintas letras, lo que terminaría por formar una frase.
  Ewa examinó el puntero con atención, entre sus manos, para asegurarse de que no estuviese trucado de algún modo. Por ejemplo, podría estar imantado, o llevar un fino hilo atado a un extremo, invisible a simple vista. Tras convencerse de que no era el caso, lo devolvió al tablero.
  Durante unos instantes, se hizo el silencio. Hasta Piotr parecía algo nervioso. No así Ewa, quien sostenía que aquello era un engañabobos. Ellos dos fueron los primeros en colocar sus dedos índices sobre el puntero. Katarzyna puso el suyo en tercer lugar, seguida por Marcin. Una vez más, la misteriosa Rucusire fue la última.
  —¿A quién invocamos? —preguntó Piotr, sonriente.
  —Deberíamos haberlo pensado antes —respondió Ewa.
  —¿Puede ser el espíritu de un animal? —quiso saber Marcin.
  —Y ¿cómo esperas que te responda? —replicó Katarzyna—. ¿Con un «guau guau»?
  Rucusire se llevó el dedo índice de su mano libre a los labios, para pedirles que guardasen silencio. Todos la miraron sin entender nada.
  —He sentido algo —dijo la chica morena.
  —Sí, seguro —respondió Ewa en tono irónico.
  De pronto, el puntero comenzó a moverse.
  «H».
  Katarzyna y Marcin retiraron la mano, asustados. En cuanto lo hicieron, el puntero se quedó quieto sobre la letra «H».
  —¡No cortéis la conexión! —les recriminó Piotr.
  —¿Quién ha sido? —preguntó Katarzyna, algo molesta—. ¿Quién lo ha movido?
  Todos guardaron silencio durante unos segundos.
  —Es un espíritu tratando de comunicarse con nosotros —concluyó Piotr.
  Marcin, más intrigado que asustado, volvió a situar su dedo junto al de sus amigos. Katarzyna hizo lo mismo, sin dejar de mirar a los demás con cierta suspicacia. Entonces, el puntero volvió a moverse.
  «O». «L». «A».
  —Hola —dijo Piotr, armado de valor—. ¿Quién eres?
  Todos contuvieron el aliento. El puntero permaneció inmóvil durante unos instantes. Justo cuando empezaban a pensar que no recibirían otra respuesta…
  «M». «E». «L». «L». «A». «M». «O». «E». «W». «A».
  —Muy gracioso, Piotr —protestó Ewa.
  —Te prometo que yo no he sido —se defendió él—. Es un nombre muy común; quizá alguien que vivía en esta mansión se llamaba así.
  —Ewa —dijo Marcin—, ¿sabes dónde estamos?
  De nuevo, todos guardaron silencio.
  «M». «I». «H». «A». «B». «I». «T». «A». «C». «I». «O». «N».
  —Estamos en su habitación —repitió el pequeño, estupefacto—. ¿Qué más podemos preguntarle?
  No hizo falta ninguna pregunta, pues el puntero siguió moviéndose cada vez con más velocidad.
  «V». «A». «I». «S». «A». «M». «O». «R».
  Katarzyna soltó el puntero y dio un grito al comprender cómo terminaría aquella frase. Marcin, a su lado, estuvo a punto de caer de espaldas cuando la chica que tenía al lado le chilló de forma inesperada tan cerca del oído. El propio Piotr se había quedado boquiabierto, si saber cómo reaccionar. Fue entonces cuando Ewa comenzó a partirse de risa.
  —¡¿Lo estabas haciendo tú?! —exclamó Piotr al darse cuenta del engaño.
  Ewa no dejaba de reír.
  —Casi me da un infarto —le recriminó Katarzyna, con las manos en el pecho.
  —Os lo merecéis —sentenció Ewa—, por creer en tonterías.
  —Silencio —dijo Rucusire de repente.
  La chica de ojos rasgados era la única que aún conservaba su dedo índice sobre el puntero. A esas alturas, ya nadie se lo tomaba en serio. El miedo se había convertido en risas, algunas sinceras, otras avergonzadas. Aun así, todos cumplieron su petición.
  «N». «O». «S». «A». «L». «D». «R». «E». «I». «S».
  —Ya no tiene gracia —protestó Marcin, aún recuperándose del susto.
  —No vais a engañarme dos veces —añadió Katarzyna.
  Ewa se puso en pie lentamente, como si se moviese a cámara lenta. Todos la miraron, entre extrañados y divertidos.
  —No saldréis —dijo en voz baja, con la mirada perdida en la pared del fondo.
  —Joder, Ewa —respondió Piotr—. Sabes cómo dar miedo.
  —No saldréis —repitió ella.
  —Cuidado —advirtió Rucusire—. Esa no es vuestra amiga.
  «Q». «U». «E». «D». «A». «O». «S».
  Piotr, Katarzyna y Marcin se levantaron de un salto al ver cómo el puntero se movía… después de que Rucusire hubiera retirado el dedo. Los tres sintieron el impulso de salir corriendo. Sin embargo, la chica de las coletas les bloqueó la salida.
  —No hagáis enfadar al espíritu.
  Lejos de tranquilizarlos, solo consiguió asustarlos más.
  —Si es una broma, decídmelo, por favor —pidió el pequeño de los cinco, al borde del llanto.
  Piotr seguía sin saber cómo reaccionar. Aunque fue él quien propuso el plan, nunca creyó realmente que pudiera suceder algo así. Era como si su mente estuviese tratando de asimilar una nueva realidad. Katarzyna se agarró con fuerza al brazo derecho de Piotr, lo que le hacía sentirse más protegida. Y Ewa…
  —No saldréis.
  Su voz era cada vez menos audible. Rucusire se aproximó a ella, procurando no hacer movimientos bruscos, hasta situarse cara a cara. Entonces, le susurró algo al oído, que los demás no pudieron escuchar. Ewa pareció despertar de un sueño, como si no supiese dónde estaba.
  —¿Q-qué está pasando? —alcanzó a preguntar, algo mareada.
  —Te lo explicaría —dijo Rucusire—, pero no lo entenderías.
  —Ni falta que hace —concluyó Piotr—. Vámonos de aquí cagando leches.
  Todos se mostraron conformes. Querían escapar de la mansión cuanto antes. La situación era demasiado confusa como para pensar con frialdad; ya habría tiempo de sacar conclusiones más adelante. Ewa se agachó para recoger su móvil, cuya linterna permanecía encendida. Marcin y Piotr también sostenían sus respectivos teléfonos para iluminar la habitación. No fue hasta entonces cuando Katarzyna se dio cuenta de algo evidente.
  —¿Dónde está mi móvil?
  Piotr, Marcin y Ewa iluminaron el suelo, donde, hasta hace poco, estuvo sentada su amiga. No había rastro del dispositivo por ninguna parte. Debido a la tensión del momento, Katarzyna ni siquiera recordaba cuándo lo había visto por última vez. Sí que recordaba haberlo utilizado al entrar a la mansión, al menos. ¿No lo tenía cuando accedieron a aquella habitación? Era poco probable que no se hubiese dado cuenta…, pero la realidad ofrecía una versión diferente.
  De pronto, todos oyeron una melodía amortiguada. Los ojos de Katarzyna se abrieron como platos al comprobar que era su tono de llamada. Enseguida se convencieron del más que probable origen del sonido: la habitación contigua. No podía ser. Esa era la habitación derrumbada.
  Los cinco salieron al pasillo y recorrieron los pocos metros que separaban la entrada de una habitación de la siguiente. Ya no quedaba ninguna duda: la música procedía de allí dentro.
  —Espera un momento —dijo Katarzyna de repente, con cara de pocos amigos—. Ya sé lo que está pasando. ¡Todo es culpa tuya! —La chica rubia señaló a Rucusire—. ¡Has manipulado la güija y me has escondido el móvil para hacerme quedar mal delante de Piotr! ¡Lo tenías todo planeado!
  —¿De qué hablas? —preguntó Piotr, desconcertado.
  —¿No te das cuenta? Rucusire va detrás de ti. Es muy evidente. —Dejó escapar una leve risa, aunque su gesto era de enfado—. ¿Cómo te convenció de que la invitaras? Seguro que no dejó de insistir…
  —¿A mí? —Piotr seguía sin entender nada—. Si yo no la he invitado. ¿No venía contigo?
  —¿Conmigo? —Katarzyna le devolvió la mirada de confusión—. Ni siquiera la conocía hasta hace un rato.
  —Es verdad —asintió Ewa, pensativa—. No tengo ningún recuerdo de ella… antes de entrar a la mansión.
  —¿Qué significa eso? —preguntó Marcin, asustado, al darse cuenta de que a él le pasaba lo mismo.
  Rucusire caminó entre ellos, ignorando todos sus comentarios, preguntas y miradas. La chica de largas coletas se agachó junto a los escombros que bloqueaban aquella habitación. El teléfono móvil había dejado de sonar.
  —Oye, Katarzyna —dijo con voz calmada—. ¿Recuerdas que antes encontré tu pulsera tirada en el suelo?
  —Sí… ¿Y qué?
  —Estaba aquí.
  Las tres linternas iluminaron el punto exacto que señalaba Rucusire. La misteriosa chica de ojos rasgados retiró una piedra que había justo encima, dejando al descubierto una mano y parte de un antebrazo, probablemente unidos a todo un cuerpo, que no podían ver.
  Marcin y Katarzyna gritaron. Piotr y Ewa lanzaron improperios. Sin embargo, ninguno podía dejar de mirar. Rucusire limpió la extremidad con un pañuelo, dejando al descubierto algo que no apreciaron a simple vista: alrededor de la muñeca había cuatro pulseras de colores, agrisadas a causa del polvo desprendido por el derrumbe.
  —Deberíais haber hecho caso a vuestros mayores —concluyó Rucusire—. Pero ya es tarde para eso. ¿Os apetece seguir jugando?


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