Primeros capítulos de Ynys

Aquí podéis leer de forma gratuita los siete primeros capítulos de Ynys, una novela de aventuras, desarrollada en una isla hasta ahora inexplorada, que está a punto de recibir la visita de una expedición con fines supuestamente científicos.

Un viaje para el que, por algún extraño motivo, están reuniendo a una tripulación de lo más variaopinta…

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1

  La iglesia de la zona humilde de Rémora no solía recibir visitas a altas horas de la noche. El párroco dejaba siempre la puerta abierta para que nadie tuviera que verse obligado a dormir en la calle, por lo que era normal encontrarse a gente tumbada por los oscuros rincones de aquel sagrado edificio.
  Lo que no resultaba tan habitual era que en mitad de la noche entraran varias personas trajeadas, fácilmente identificables como residentes de la Gran Ciudad. Nadie en Rémora vestía de esa manera, porque a nadie en Rémora le importaba cómo vistieran los demás, así que de nada servía sacrificar la comodidad en pos de la elegancia.
  Si querían elegir un sitio alejado de la Gran Ciudad, donde sus negocios turbios pasaran desapercibidos, Rémora parecía una buena elección. Sin embargo, no lo era tanto si tenemos en cuenta que aquella pequeña ciudad estaba plagada de ladrones. Y no la clase de ladrones agresivos y desesperados, ante los que pudieran defenderse sin problemas con una escolta bien preparada, sino a un tipo de ladrones mucho más peligrosos: los que actúan con inteligencia.
  Un ladrón de poca monta te puede obligar a darle unas monedas a punta de navaja, mientras que un ladrón inteligente puede conseguir que seas tú el que se ofrezca a darle muchas más monedas por propia voluntad, sin amenaza previa, creyendo que sales ganando.
  ¿Queréis ver un ejemplo? Pues retrocedamos unas horas, hasta el momento en que el sol empezaba a ocultarse en el horizonte. En una calle poco transitada de Rémora se encontraban Jim y su magnífica colección de cámaras de última generación.
  —Es ahora o nunca —dijo a los tres hombres que tenía frente a él—. Si no os fiáis, lo comprenderé. Buscaré otros compradores. Pero no me hagáis perder más tiempo.
  —¿Y qué pasa si tus jefes se enteran de que han desaparecido tres cámaras? —preguntó uno de ellos, que no terminaba de decidirse.
  —Seguramente me haya ido de la empresa antes. ¡Que me busquen! —rió—. Me han estado puteando desde que empecé a trabajar con ellos. Muchas horas por un salario de mierda. ¿Qué menos que llevarme un par de recuerdos de despedida?
  —Pero… —replicó otro—, ¿cómo podemos saber que no nos delatarás si te pillan?
  —¿De que me serviría? —Jim se encogió de hombros—. No es que os vaya a dar una factura, ni nada parecido. Ni siquiera sé vuestros nombres. No hay constancia de la venta.
  Los tres hombres se miraron, esperando que alguno se decidiera a dar el paso.
  —2000 Kash es mucho dinero. Si nos las dejas por 1000 Kash cada una, cerramos el negocio ahora mismo.
  —¡¿1000 Kash por una cámara de última generación sin usar?! ¡Su valor real es diez veces mayor!
  —Pero comprada en tienda tiene una garantía que tú no puedes ofrecernos.
  —La idea era joder a mis jefes, pero siento que me estáis jodiendo vosotros a mí.
  Mientras los cuatro hombres discutían sobre el precio, el negocio estaba a punto de complicarse por culpa de un nuevo obstáculo: una joven policía apareció por el otro extremo de la calle.
  —¡Mierda! —exclamó uno de los posibles compradores, planteándose huir.
  —Tranquilos —susurró Jim—. No salgáis corriendo; eso os haría parecer sospechosos. Y os aseguro que la policía de por aquí es de gatillo fácil…
  Los tres hombres metieron las cámaras que estaban examinando en sus respectivas cajas, y las depositaron dentro de la bolsa de Jim.
  —Ahora actuad con normalidad, como si nos conociéramos de toda la vida.
  Ver policías por esa zona no era extraño. Sí lo era que se tratara de una novata (no tenía más de 25 años) patrullando en solitario.
  —¿Qué está pasando aquí? —preguntó cuando llegó a su altura.
  —Nada, agente —respondió Jim—. ¿Es tan raro que cuatro amigos charlen en mitad de la calle?
  —En una calle sin bares ni lugares turísticos…
  —Sólo estábamos de paso.
  —Perdonad que desconfíe, pero por estos lugares se producen ventas ilegales. ¿Puedo ver el contenido de la bolsa?
  Los tres posibles compradores creían que Jim había robado las cámaras de la tienda en que trabajaba, para sacarse un sobresueldo. La realidad era algo más enrevesada: ni siquiera trabajaba en aquella tienda. De hecho, ni siquiera eran cámaras de última generación, sino réplicas muy bien logradas. Vamos, que era un intento de estafa en toda regla…
  —¿Para qué necesitas tres cámaras? —preguntó la mujer policía, examinando el interior de la bolsa.
  —Son de mi tienda —señaló el logo de la bolsa—. Puedes llamar si no te lo crees.
  —Eso haré.
  La policía sacó su teléfono móvil y marcó el número que aparecía en un lateral de la bolsa. Era el número personal del dueño del local, por lo que podría hablar con él aunque a esas horas la tienda estuviese ya cerrada.
  —No os mováis de aquí —les ordenó mientras se alejaba para hablar por teléfono.
  —Creo que será mejor que nos vayamos —dijo uno de los hombres.
  —Esperad —insistió Jim—. Lo tengo todo bajo control.
  Un par de tensos minutos después, la joven policía regresó a su lado.
  —Me acaban de confirmar que han desaparecido tres cámaras con un valor total de 30000 Kash. Qué casualidad, ¿no?
  —¿…Les has dicho que las has encontrado? —preguntó Jim.
  —Aún no. Sólo les he comunicado que puede que tenga una pista.
  —Bien hecho —Jim sonrió, mientras sacaba todo el dinero que llevaba guardado—. Son… 800 Kash. ¿Por qué no te olvidas de lo que acabas de ver y te compras algo bonito de mi parte?
  La mujer lo miró con incredulidad, mientras los tres posibles (cada vez menos) compradores empezaban a imaginarse durmiendo entre rejas.
  —¿Es un soborno? —preguntó ella.
  —No puede ser un soborno, cuando nunca te hemos visto ni tú nos has visto a nosotros. Además, ¿crees que te van a pagar más por hacer bien tu trabajo? Seguro que a ti también te pagan una basura a cambio de que te juegues la vida. Y todo por el bienestar de una minoría elitista.
  Para sorpresa de algunos y alegría de todos, la policía se guardó el dinero en un bolsillo y siguió caminando como si nada de eso hubiera ocurrido.
  —¡Genial! —exclamó Jim de forma irónica—. Venía a ganar dinero y acabo de palmar 800 Kash.
  —Puedes recuperarlos —respondió uno de los compradores—. 1000 Kash por cada cámara, y todavía saldrás ganando.
  —¿Estás de broma? Acabo de pagar 800 Kash para salvaros el culo… Porque, no sé si os habéis dado cuenta, pero esa tipeja nos iba a encerrar a todos. ¿He sido el único en pagar y encima queréis estafarme? ¿Cómo podéis hacerme esto?
  —Tú tenías más que perder.
  —Además, acabáis de comprobar que las cámaras son verdaderas —aunque no lo eran—. Cada una vale 10000 Kash, ¿no lo habéis oído?
  —Ya, pero… —respondió otro, dubitativo—. 2000 Kash sigue siendo mucho.
  Jim suspiró y, con los brazos en jarra, miró al suelo unos segundos antes de responder.
  —1800 Kash. Es mi última oferta.
  Los tres hombres hablaron entre sí antes de decidirse.
  —Hecho —respondieron finalmente.
  Jim les hizo entrega de las tres cajas, y tiró la bolsa al contenedor más cercano.
  —No pienso volver a meterme en un marrón así. Tanto riesgo para acabar casi regalándolas…
  Dos de ellos le pagaron al momento. El otro seguía buscando en sus bolsillos.
  —Joder… —miró a su alrededor, preocupado.
  —¿Qué pasa? —preguntó uno de sus compañeros.
  —He perdido la cartera.
  —Sin dinero no hay cámara —respondió Jim.
  El hombre lo miró con una expresión acusadora que rebosaba desconfianza.
  —Seguro que has sido tú.
  —¡¿Yo?! —Jim se señaló a sí mismo, sin creerse lo que estaba escuchando—. ¡¿Pero qué dices?!
  —¡Dame mi puta cartera!
  —Registradme si queréis —levantó los brazos sin ofrecer resistencia.
  —¡Y tanto que lo voy a hacer!
  El hombre rebuscó en la ropa de Jim hasta que se dio por satisfecho. No tenía en los bolsillos nada más que lo que le acababan de pagar los otros dos.
  —Te dije que yo no había sido —se defendió, algo ofendido.
  —Perdona. Es que… estoy seguro de que la tenía al salir de casa.
  Tras dar una vuelta rápida por la calle para asegurarse de que no se le hubiera caído por allí cerca, los tres hombres se marcharon. Jim se quedó con la tercera cámara y los 3600 Kash que había sacado por las otras dos. Quitando los 800 Kash que había tenido que entregar a la policía a cambio de su silencio, y los 600 que le costaron aquellas réplicas, el botín real ascendía a 2200 Kash. Era mucho dinero por una operación tan sencilla, aunque menos de lo que esperaba.
  Pero la historia de aquella estafa aún no había terminado. Para entender el nivel de preparación de semejantes ladrones, hay que avanzar un poco en el tiempo, hasta aquella misma noche, en el interior del Búho Negro. A simple vista era un bar humilde; en realidad era un punto de intercambio de información. El inicio de toda gran estafa producida en Rémora.
  Jim recorrió el bar con la mirada, buscando a aquella mujer. Aunque estaba de espaldas, la reconoció por su pelo marrón recogido en una coleta. Lo tenía más que visto, pues ambos eran clientes habituales del Búho Negro y compañeros muy ocasionales de negocios.
  —Bien jugado, Monique.
  —¿A qué te refieres? —la chica sonrió sin apartar la vista de su bebida.
  —Que le robaras la cartera a uno de ellos no era parte del plan.
  —¿Es que acaso no he cumplido lo acordado? Me hice pasar por policía y simulé hablar con la tienda para que pensaran que cada una de esas réplicas tenía un valor de 10000 Kash. Cumplí mi parte a la perfección, ¿no?
  —Me has jodido una de las tres ventas. Podía haber sacado 4000 Kash, pero he ganado poco más de la mitad.
  —Vaya… ¿Y qué vas a hacer? ¿Denunciarme?
  —Sabía que no era buena idea colaborar contigo.
  —Pues ya sabes lo que tienes que hacer: búscate tu propio uniforme de policía. ¡Oye, te vendo el mío!
  —No lo necesito para ganarme la vida —replicó Jim—. Me pregunto si tú podrías decir lo mismo sin mi ayuda. He oído que las cosas no te van muy bien.
  —No sabía que te preocupabas tanto por mí. Vas a hacer que me sonroje.
  —Mira, ya es algo en lo que me diferencio de tus padres.
  Monique no respondió a aquel golpe bajo. Siguió mirando al vacío… aunque la sonrisa se le había borrado de la cara.
  Ya habían pasado más de cuatro años desde que Monique se marchó de su hogar, y, de paso, de la Gran Ciudad. Por decirlo de forma sutil: su forma de ver la vida no coincidía con los planes que sus padres tenían para ella. La consideraban una decepción, y no se molestaban en ocultarlo. Ella tampoco se callaba sus opiniones, por lo que se pasaban todo el tiempo discutiendo. Eso los llevó a separarse en cuanto Monique tuvo la edad y dinero suficientes para vivir en solitario. Nunca habían vuelto a hablar desde entonces. Si ya la consideraban una decepción entonces, ¿qué pensarían ahora que se dedicaba a robar?
  —¿Habéis oído la última? —dijo Roy, el dueño del bar, desde el otro lado de la barra.
  Así era como empezaban casi todos los grandes robos y estafas de Rémora. Roy sacaba información de a saber dónde, y se la pasaba a todos los clientes habituales. Como agradecimiento, ellos dejaban una parte de sus ganancias en el Búho Negro, a cambio de comida y, sobre todo, bebida.
  —Ten cuidado, Roy —respondió Jim—. Si te despistas, la ardilla puede robarte la cartera.
  —¡Ja! Ella podrá robarme la cartera, pero tú eres capaz de robarme todo el bar. Por eso nunca me despisto con vosotros.
  —Sabes que a ti nunca te robaría, Roy —dijo Monique con una sonrisa.
  —Ya sé que no lo haríais —le devolvió la sonrisa—. Porque entraría a vuestras casas y os reventaría la cabeza antes de que supierais qué está pasando.
  —Te recuerdo que eres mi casero. Perderías una clienta…, y encima tendrías que pagar para limpiar toda la sangre desparramada sobre mi cama.
  —Yo lo haría gratis —contestó Jim—. Ese espectáculo sería impagable.
  —Como os estaba contando… —siguió Roy—, parece ser que esta noche se va a celebrar un intercambio en la iglesia. No sé qué es exactamente, pero está bien vigilado, así que no debe de ser algo barato.
  —¿Cómo de vigilado?
  —El vendedor y la compradora van a traer escolta. Seis personas en total, y cuatro de ellos, como mínimo, irán armados. Alto riesgo, alta recompensa…
  Aunque estuvieran acostumbrados, no dejaba de ser sorprendente la capacidad de Roy para enterarse de tantos detalles que nadie más conocía.
  —¿Quién más lo sabe? —preguntó Monique.
  —Rose. Es la única, aparte de vosotros dos, capacitada para algo así.
  —No creo que Rose esté interesada. No tiene necesidad de arriesgarse.
  —Quizá sea mejor olvidarnos de esto —replicó Jim.
  —Sí —añadió Monique—. Prefiero no terminar el día llena de agujeros de bala.
  Ambos mentían. No iban a dejar pasar la oportunidad de conseguir algo así…, fuera lo que fuera. Y, aunque ambos sabían que el otro mentía, preferían no tener que colaborar. Robar el botín era mucho más que engañar a sus poseedores; también había que adelantarse a otros ladrones.
  —Creo que hay algo más —siguió Roy.
  —¿“Algo más”? —repitió Jim—. ¿A qué te refieres?
  —La compradora es una representante de Zodion. Parece ser que están preparándose para una expedición, y no sólo ha venido a Rémora para hacer este intercambio, sino para reclutar personal.
  —¿De qué hablas? ¿Una expedición a dónde?
  —A la isla de Ynys.
  —Joder —Jim suspiró—. ¿Es que no se cansan nunca?
  Ynys era el origen de cientos de mitos. Todos ellos sistemáticamente desmentidos, lo cual no parecía importar a según qué gente. Los bulos se transmitían más deprisa que la verdad. Porque la verdad tendrá sus cosas buenas, pero carece de ese componente mágico que tiene una mentira bien elaborada.
  —El caso es que necesitan a alguien que conozca bien la isla —dijo Roy—. Y parece ser que ha llegado a sus oídos que en Rémora vive alguien que nació allí.
  —¿Quién? —preguntó Monique.
  —Ni idea. Dudo que sea verdad, como todo lo demás que han oído de la isla. Yo me limito a contaros lo que sé, no a juzgar la información.
  —La Gran Ciudad está llena de idiotas… —masculló Jim.
  No es que les molestaran los idiotas. De hecho, solían sacar buen provecho de ellos. Y esta vez no sería distinto…



2

  Intentar robar a seis personas armadas no era lo más inteligente del mundo. En condiciones normales cualquiera se negaría, pero Jim y Monique tenían sus motivos. Y eran motivos totalmente opuestos.
  Jim, en realidad, no necesitaba nada ni nadie que le impulsara a hacerlo. Era parte de su día a día. Como si fuera su afición más que su método de ganarse la vida. Si tenía dinero, quería más. Él no era como Rose, la ladrona más famosa de Rémora. Aquella mujer había reunido una gran suma de dinero, y rara vez se la veía en activo. Jim no pensaba parar nunca, excepto si le obligaban a ello. De todas formas, todavía le quedaba un largo camino por delante si quería ganarse una reputación como la de Rose.
  Monique era otra historia. Ella necesitaba dinero urgentemente, y no podía permitirse dejar pasar ninguna oportunidad, por peligrosa que pareciera…, como estaban a punto de recordarle.
  Su pequeño apartamento estaba en el tercer piso de un edificio de cuatro plantas, que pertenecía a Roy, el dueño del Búho Negro. Aunque con él llevaba todos los pagos al día, Monique estaba encontrando dificultades para liquidar una deuda que tenía con un prestamista llamado Tred Lee.
  A diferencia de Jim y Monique, Tred Lee no era un ladrón, aunque hubiera quien pensase lo contrario. Su negocio era legal, pero consistía en aprovecharse de los necesitados, ayudándolos en momentos de debilidad y exprimiéndolos después. En realidad ayudaba a mucha gente…, pero había dejado alguna que otra pierna rota por el camino.
  Tred Lee no se manchaba las manos de sangre. Era mucho más cómodo contratar a otros que lo hicieran por él. Y uno de esos “otros” era un armario llamado Bruno, al que Monique llevaba días intentando evitar. Pero ahí estaba él, en la puerta del apartamento, esperándola.
  —Vaya —se lamentó ella—. Parece que hay cola para entrar. Mejor vuelvo en otro momento.
  —¡Ven aquí! —gruñó él, con esa voz ronca que lo caracterizaba.
  —Estoy bien aquí, gracias.
  Apenas un par de metros los separaban. Bruno estaba apoyado junto a la puerta del apartamento de Monique, y ella se encontraba frente al ascensor, reculando lentamente hacia las escaleras, por si tenía que huir.
  —El señor Lee me envía para cobrar los 8000 Kash que le debes.
  —Qué detalle, venir a mi casa para eso… No deberías haberte molestado.
  —La única molestia es que no pagues.
  —No tengo tanto dinero, pero te prometo que lo conseguiré lo antes posible.
  —O me pagas ahora, o… —Bruno golpeó su puño contra la palma de la otra mano.
  —Vale, vale. Tranquilo. Tengo el dinero dentro de mi casa. Si me dejas que entre a por él…
  —Sé que llevas algo encima. ¿Me lo vas a dar por las buenas o prefieres que te registre?
  —¡Las manos quietas! Si quisiera jugar con los gorilas, haría una visita al zoo.
  Bruno dio un paso hacia ella, que levantó rápidamente las manos con gesto conciliador. Monique sacó su cartera y se la ofreció amablemente. Él la recogió de forma menos cortés.
  —¿Qué es esto? Aquí no hay ni 200 Kash.
  —Es todo lo que tengo.
  —…Vale, definitivamente tendré que registrarte.
  —¡Espera!
  Monique sacó el dinero que había conseguido de uno de los compradores de cámaras, aquella misma tarde. De la cartera, evidentemente, ya se había deshecho para no dejar pruebas.
  —1900 Kash —contó Bruno.
  —No tengo nada más, en serio.
  El hombre la miró dubitativo. Sospechaba que estuviera mintiendo, y que todavía escondiera más dinero.
  —Está bien —dijo al fin—. Con esto tu deuda se reduce hasta los 7000 Kash.
  —¡¿Qué?! ¡Pero si debía 8000 y te acabo de dar 2100!
  —Esos 1100 son los intereses.
  Y lo más probable era que no llegaran íntegros a manos de Tred Lee.
  —A este paso no podré pagar —protestó ella.
  —Lo harás —contestó con una sonrisa algo desagradable—. Vaya si lo harás.
  —El dinero no crece de los árboles. Tú, que vives en uno, lo deberías saber mejor que nadie.
  —Una chica como tú no debería tener problemas en ganar dinero fácil…, si sabes a lo que me refiero. De hecho, podrías ganar 500 Kash ahora mismo.
  —Gracias por el ofrecimiento, pero prefiero que me partas un brazo.
  —No son cosas incompatibles —rió.
  —Vaaale… Esto se está volviendo raro… ¿No deberías volver con tu amo?
  —7000 Kash —la señaló de forma amenazante—. Más te vale tenerlos pronto.
  Bruno pasó junto a Monique sin quitarle la vista de encima, y se dirigió a las escaleras. No debía de fiarse del ascensor, porque prefirió descender los tres pisos andando.
  —Gracias por la visita —murmuró ella, simulando un gesto de despedida—. Vuelve cuando quieras.
  Monique entró a su apartamento, y dejó el resto del dinero sobre el pequeño mueble que se encontraba junto a la puerta. Había corrido el riesgo de intentar engañar a Bruno ocultándole parte del dinero, y, afortunadamente, había tenido éxito.
  Aunque ya hubiera anochecido, para ella el día aún estaba lejos de terminar. Tan pronto como se cambiara de ropa, debía empezar a planear el robo. Lo único que sabía, gracias a la información de Roy, era que seis personas se reunirían en poco más de una hora dentro de una iglesia cercana, para intercambiar algo. Como mínimo, cuatro de esas personas irían armadas: los dos escoltas de cada uno de los representantes. La compradora era una mujer de la empresa Zodion.
  La lista de cosas que no sabía era más extensa. ¿Quién era el vendedor? ¿Qué era exactamente lo que iba a vender? ¿Por qué tanto secretismo? ¿Tendría algo que ver con la expedición a Ynys que mencionó Roy? ¿Era más rentable robar el dinero o el producto? Es decir: ¿ir a por lo fácil o especular con el botín? Y lo que más le preocupaba: ¿aparecería Jim?
  Por supuesto que aparecería. Estaba convencida de ello. Roy les había dicho que sólo Rose y ellos dos sabían lo del intercambio en la iglesia, y la primera ni siquiera estaba interesada. ¿Cómo iba a dejar pasar Jim una oportunidad así? No le interesaba tanto el dinero como la posibilidad de evitar que Monique se hiciera con él. Después de que se la hubiera jugado aquella misma tarde, haciéndole perder casi 2000 Kash con la no-venta de una cámara, pensaba devolverle el favor. Ambos sabían que el otro intentaría realizar el robo en la iglesia, así que el reto no era únicamente conseguirlo, sino hacerlo antes que su rival. Colaborar no era una opción, dadas las circunstancias.
  Monique procuró llegar a la iglesia antes que los demás. Valoró la posibilidad de intentar efectuar el robo antes del encuentro, pero era una tarea casi imposible. Ni siquiera sabía dónde estaban el comprador y la vendedora. Si iba a ocurrir, sería allí dentro.
  Entrar a la iglesia no era un problema; estaba abierta 24 horas. Algunas personas sin hogar pasaban allí la noche, tumbados en los rincones, donde no alcanzaba la iluminación. La luz provenía de unas lámparas de pared no demasiado potentes, aunque sí lo suficiente como para distinguir a una persona, si ésta no estaba muy lejos. Pese a que sabía que en pocos sitios estaría más segura que dentro de la iglesia, no se sentía cómoda. La decoración, la iluminación a medias y el profundo silencio, formaban un ambiente muy tétrico, como de película de miedo.
  La iglesia engañaba desde fuera; era más grande de lo que se esperaba de un sitio así. No era ostentosa en absoluto, aunque las columnas del interior le daban un aspecto elegante, que compensaba con aquellos bancos tan cutres, por no hablar de las imágenes de las paredes, especialmente las que había detrás del altar. Si tenían un valor simbólico, debía estar bien escondido. Las columnas servían para algo más que sujetar el techo: eran un buen lugar donde ocultarse, siempre que anduviera con cuidado de no pisar a la gente que estaba durmiendo allí.
  Pocos minutos después de su llegada, la puerta de la entrada volvió a abrirse lentamente. Monique, que había estado planeando el robo y se encontraba en la zona del altar, se escondió tras él.
  —Sé que estás aquí —era la voz de Jim—. Deja de comportarte como una niña pequeña y da la cara.
  Monique salió de su escondite.
  —Baja la voz, ¿quieres? Hay gente durmiendo.
  —Ellos tienen toda la noche para dormir. Nosotros sólo unos pocos minutos para prepararnos.
  —Habla por ti. Yo ya estoy más que preparada.
  —…Dime que no eres tan estúpida de intentar robar el dinero tú sola.
  —No sólo soy tan estúpida de intentarlo; lo soy hasta de conseguirlo.
  —Olvida lo de antes. No te guardo rencor por cómo me la jugaste esta tarde. Ambos sabemos que la única manera de sacar este robo adelante es colaborar.
  —Y ambos sabemos que no piensas compartir el 50% conmigo.
  —A diferencia de ti, yo soy un hombre de honor.
  —¡Faltaría más! —simuló estar ofendida—. Yo no me considero un hombre en absoluto.
  —Monique, deja de hacer el idiota. Vamos a colaborar, y después nos repartiremos el botín a partes iguales. Te lo prometo.
  No podía saber si él decía la verdad, pero de lo que sí estaba segura era de que colaborar era la única manera de sacar aquello adelante. Eso lo sabía desde el momento en que Roy les dio la información, por mucho que se obcecara en buscar alternativas “en solitario”.
  —Tengo un plan —dijo ella.
  —Yo también.
  —Pero el mío es bueno.
  —…Te escucho —Jim no tenía ganas de prolongar la discusión.
  —La clave es la luz.
  —Evidentemente.
  —En lo que llegabas he estado investigando; ya sé dónde se apagan. Podemos dejar la iglesia a oscuras y quitarles el dinero delante de sus narices.
  El robo iba a ser un “juego de mentiras”… y ésta es una de las pocas verdades que vais a ver a partir de ahora. Que ambos supieran que debían colaborar para conseguir el botín, no significaba que aceptaran compartirlo a la ligera. Si fuera obligatorio, sí. Pero ¿lo era?
  —Es decir —respondió Jim—, que uno de nosotros tendrá que ocuparse de las luces, y el otro escapar con el botín. Qué conveniente.
  —¿Aún no hemos repartido las tareas y ya me estás acusando?
  —Te conozco bien.
  —No tengo ningún inconveniente en explicarte dónde están las luces y ocuparme yo de la parte difícil.
  —Como acabo de decir: te conozco bien. Tanto como para saber que me ibas a ofrecer la parte supuestamente fácil. Así tú podrás robar el dinero e irte, dejándome aquí tirado.
  Lo que él no sabía era que aquel reparto de tareas, incluyendo el ofrecimiento y posterior rechazo, era parte del plan de Monique. Lo que ella no sabía era que Jim lo sospechaba. Su rueda de desconfianza nunca dejaba de girar. Crecía y crecía de forma interminable hasta que alguno diera su brazo a torcer.
  —Entonces —siguió explicando Monique—, lo que haremos será esperar a que venga el primero de los grupos.
  —¿Sólo vamos a robar una parte?
  —Pensaba que no te atreverías contra los seis, y que preferirías enfrentarte únicamente a la mitad.
  Jim se sintió algo ofendido de que ella pensara que podía convencerlo con el viejo truco de “a que no te atreves…”. Si hubiera sido un idiota habría aceptado, creyendo que necesitaba demostrar su hombría. Por otro lado, también pensaba que quizá ella lo había dicho sabiendo que él no se dejaría engañar. ¿Hasta qué punto “no seguirle la corriente” era “seguirle la corriente”?
  —Lo haremos cuando estén los seis —dijo Jim—. Cuando apagues la luz iré a por el objetivo que me parezca más vulnerable. Al que sea más fácil llegar, o al que sea más fácil quitarle el botín.
  —¿Entonces sólo nos llevaremos la mitad? Para eso sería mejor actuar cuando lleguen los tres primeros.
  —Cuando estén todos bajarán la guardia. Tendrán la vista puesta los unos sobre los otros. Hasta entonces, vigilarán toda la iglesia.
  —Comprendo. ¿Y cómo se lo quitarás?
  —He traído esto.
  Jim le enseñó un artilugio de forma parecida a un mando de televisión, que Monique identificó al instante: era un arma de electrochoque. Pulsando un botón, uno de sus extremos soltaba descargas eléctricas al entrar en contacto con algún cuerpo.
  —Será fácil obligarlos a entregarme la mercancía —sonrió—. Y si a alguno se le ocurre ponerme la mano encima, se llevará una dosis de cosquillas de mi electrificador.
  —¿Estás loco? Puedes matar a alguien con eso.
  —No tiene mucha potencia. Como mucho podré dejarlos aturdidos unos segundos.
  —¿Y no te dará una descarga a ti mismo, si te están agarrando cuando los golpees con el… electrificador… o como sea que lo llames?
  —Tú preocúpate por hacer tu parte, y deja que yo haga la mía.
  En realidad, a Monique le preocupaba más la parte de Jim que la suya propia. Si él hacía todo como estaba previsto, su plan no presentaría muchas dificultades. Pero como se apartara un poco de lo establecido, se podía ver en serios problemas…
  —Deberías hacer algún ruido desde tu lado para llamar su atención —sugirió él—. Así podré acercarme por la espalda.
  —¿Y qué pasa si me acorralan?
  —No has hecho nada malo, ¿qué es lo peor que te puede pasar?
  —Así que me vas a usar de cebo mientras escapas…
  —Te recuerdo que mi tarea es mucho más difícil que la tuya. Aun así, estoy dispuesto a darte la mitad cuando nos reunamos.
  —¿Qué garantía tengo de que cumplas tu palabra?
  —Ninguna. Te puedes ir a casa si quieres.
  Un ruido los sobresaltó: alguien estaba abriendo la puerta de la iglesia. Ya era tarde para huir. Jim se escondió detrás de una columna, entre las sombras, mientras Monique se dirigía a la habitación contigua, al lado del altar, donde estaba el panel de las luces. Podía ver la sala principal a través de la puerta entreabierta, donde era imposible que la vieran, salvo que se acercaran a propósito. Eso no ocurría en su plan mental; esperaba que tampoco en la realidad.
  Tres personas entraron a la iglesia. Una mujer trajeada de piel morena, acompañada por dos hombres uniformados también con sendos trajes idénticos, y que debían de ser su escolta. Uno de ellos portaba un maletín. Según la información de Roy, la compradora era una trabajadora de Zodion, así que no había dudas: se trataba de aquella mujer. El maletín debía de tener el dinero que pronto intercambiarían por el producto misterioso.
  Jim observó al trío recién llegado desde la columna. Era más fácil tener controlados a los dos hombres que a la mujer, pues no había mucha luz, y que ella fuera de piel negra dificultaba apreciar los rasgos de su cara. Un detalle tan insignificante podía volverse importante en una situación así.
  Ahora sólo quedaba esperar a los otros tres, y…
  De repente, las luces se apagaron. Jim miró hacia la puerta por la que había entrado Monique, totalmente desconcertado. ¿Por qué se había adelantado? ¿Por qué había cambiado el plan? ¿Lo había hecho a propósito? ¿Acaso no necesitaba ella más que él que todo saliera bien, dados sus problemas económicos? ¿No era eso motivo suficiente para ceñirse al plan? Jim quiso gritar “¡¿qué cojones estás haciendo?!”, pero era mejor aprovechar la oportunidad, aunque no fuera exactamente la que habían hablado. Agarró su electrificador, y se preparó para…
  No; algo no iba bien. Monique no era idiota. Era imposible que se hubiera olvidado del plan, o que hubiera cometido un error tan estúpido. Todo lo que hacía tenía un motivo. Y fue entonces cuando lo entendió: ¡ella quería llevarse el maletín! Había apagado la luz antes de lo esperado para largarse con el maletín antes de que Jim pudiera reaccionar. Quería que él dudase y no se moviera de la columna, mientras ella llevaba a cabo su propio plan. ¡Tenía que darse prisa o ella se largaría con el botín! Y estaba claro que no pensaba compartirlo. Al fin y al cabo, él tampoco pensaba hacerlo. Al menos, no a partes iguales…
  Jim salió de la columna, y, de repente, las luces se encendieron. Pero no únicamente las de pared; todas las luces estaban encendidas. La iglesia se iluminó como nunca antes se había iluminado. Las principales, las secundarias, las que nunca se usaban…
  —¡Cuidado! —gritó una voz desde la puerta principal de la iglesia.
  La situación se volvía más extraña por momentos. La persona que había gritado, y que señalaba hacia Jim, era la propia Monique. ¿Cómo era eso posible? ¿Acaso tenía una hermana gemela? No podía haber encendido las luces y aparecer en la puerta al mismo tiempo. Y por encima de eso: ¿por qué demonios iba a hacer algo así, estropeando todo el plan?



3

  La iglesia estaba totalmente iluminada, mientras las cinco personas que se encontraban de pie se miraban los unos a los otros. Los demás intentaban seguir durmiendo en los rincones, aunque con tanto ruido se hacía complicado.
  —¡Cuidado! —exclamó Monique—. ¡Va armado!
  Al escuchar aquello, los dos escoltas corrieron hacia Jim. Éste intentó escapar, pero Monique se interpuso.
  —¡¿Qué estás haciendo?!
  —Conseguir mi botín —respondió ella.
  —¿…Qué?
  Jim sintió la mano de uno de los escoltas agarrándole el brazo. Se libró rápidamente de él con una descarga del electrificador, y el hombre se apartó dando un grito. Puede que no tuviera la potencia como para matar a alguien, pero el dolor era real.
  Tras descubrir la clase de arma que llevaba Jim, lo normal hubiera sido que el otro escolta sacara su pistola, no para disparar, sino para exigirle que se rindiera. Sin embargo, seguía mirando sin hacer nada. El motivo parecía evidente: iban desarmados. Eso habría facilitado el robo, de haberlo sabido antes. ¿Era buena idea usar el electrificador para llevarse el maletín por la fuerza y con la cara visible? Zodion era una empresa poderosa; los atraparían tarde o temprano. Quizá Jim debería darse por vencido y salir corriendo…
  Sin embargo, Monique volvió a hacer algo inesperado. Dio una patada a la mano de Jim, haciéndole soltar el electrificador. El segundo escolta aprovechó ese momento para abalanzarse sobre él, y su compañero, ya recuperado, le ayudó a inmovilizarlo.
  —No le hagáis daño —dijo la mujer trajeada de piel oscura.
  —Dejadme ir —protestó Jim—. O diré a la policía lo que estabais a punto de hacer aquí.
  —¿Y qué es lo que estábamos a punto de hacer, según tú? —la mujer sonreía, como si aquella situación le resultara graciosa.
  —Una compra ilegal.
  —Ah, ¿sí? ¿Qué pruebas tienes de eso?
  Jim empezó a dudar. Monique también estaba un poco perdida.
  —El vendedor está a punto de llegar —dijo Jim—. No sé qué es lo que va a venderte, pero piensas pagarle con el dinero de ese maletín.
  —Interesante teoría. Soltadle —ordenó a los escoltas.
  Ellos obedecieron, mientras la mujer recogía el maletín del suelo y regresaba junto a los dos ladrones.
  —¿Qué es lo que puedo comprar con esto?
  Abrió el maletín, que estaba vacío. Jim y Monique se miraron sin entender nada.
  —Perdonadme —la mujer rió—. Sólo estaba jugando con vosotros, me disculpo por ello. Mi nombre es Samira. Trabajo en Zodion.
  —¿Qué está pasando aquí? —dijo Jim, visiblemente enfadado.
  —Por favor, dejad que os explique. Todo esto del intercambio es un montaje. Nadie va a venir a vender nada. Ya habéis podido comprobar que el maletín estaba vacío…
  —¿Me la habéis jugado? —Jim miró a Monique, quien permanecía inmóvil.
  —Ella no sabía nada. De hecho, no estoy muy segura de por qué ha hecho lo que ha hecho. Nuestra intención era ser robados, pero ella lo ha evitado a propósito.
  —¿…Qué?
  —Zodion va a iniciar una expedición a la isla de Ynys. Yo seré la persona al mando. Es un lugar peligroso, así que estoy reuniendo un equipo lo más variado posible. Necesitaba alguien capaz de adaptarse a cualquier situación, pensar con rapidez… y que no conozca la palabra “miedo”.
  —¿Engañasteis a Roy para que creyera…?
  —No —le interrumpió—. Roy sabía desde el primer momento lo que estábamos planeando. Es un viejo conocido, y se mostró encantado con colaborar. Dijo que tenía dos candidatos perfectos para este puesto. Supongo que se refería a vosotros.
  —Y no dudes que lo habríamos logrado, si esta idiota no me hubiera traicionado.
  —Estoy segura de ello —Samira miró a Monique, que no había abierto la boca en todo el rato—. Pero sigo sin entender por qué lo ha hecho…
  —Por la expedición —respondió ella con una sonrisa, como si hubiera estado esperando ese momento—. No vine aquí para robaros el dinero. Sabía que Zodion estaba organizando una expedición, y quiero formar parte de ella. Reconozco que me ha sorprendido que quisierais contratar a un ladrón, pero seguro que, por encima de eso, os conviene llevar alguien que no sólo pueda usar su inteligencia para robar, sino también para evitar que otros os roben.
  —¿…Me has traicionado para eso? —Jim no sabía si enfadarse o felicitarla por cómo había logrado engañarlo.
  —Prefiero un contrato antes que un maletín. ¿Quién se arriesgaría por un premio incierto pudiendo conseguir una paga segura?
  —¿Y por qué iban ellos a querer contratar a una cobarde como tú, después de haber visto que yo soy el más valiente?
  —Por favor —interrumpió Samira—, no discutáis. Todo esto ha sido culpa mía, no lo paguéis unos con otros. Si ambos estáis de acuerdo, deliberaré sobre lo que ha ocurrido y mañana os comunicaré cuál de los dos es el elegido.
  Monique y Jim asintieron.
  —Me disculpo de nuevo por haberos engañado —dijo la mujer—. Buenas noches.
  Samira y los dos escoltas se marcharon, dejando a los ladrones a solas. O, bueno, no tan “a solas”.
  —¿Apago ya la luz? —preguntó una voz desde el altar.
  —Sí —respondió Monique—. Muchas gracias.
  Pocos segundos después, la iluminación de la iglesia atenuó, hasta quedar como antes de su llegada.
  —Eso explica que llegaras tan rápido a la entrada —dijo Jim—. Pagaste a un sintecho para que manejara las luces.
  —Lo tenía todo organizado antes de que llegaras.
  —Pues te va a servir de poco, porque ya has escuchado a la señorita: quieren a alguien como yo.
  —Eso era antes de que supiera que hay alguien como yo. ¿Por qué iban a conformarse contigo pudiendo contratarme a mí?
  —Ya la has escuchado —repitió.
  —¡Por favor, estamos intentando dormir! —gritó un sintecho.
  Jim recogió su electrificador, y ambos salieron de la iglesia de forma apresurada, intentando aguantar la risa.
  —Zodion no querrá contratar a una persona tan traicionera —insistió Jim.
  —¡Venga ya! ¡Reconoce que te he ganado!
  —¿Que me has ganado…? Ya te gustaría.
  —¡Y por segunda vez consecutiva en un solo día!
  —Robar una cartera a un hombre despistado no es ganarme.
  —¿Me vas a echar de menos cuando esté en Ynys?
  —Por mucho que te esfuerces no vas a hacer que me enfade.
  Aunque intentó decirlo con tono serio, Jim no pudo evitar sonreír.
  —Míranos —Monique dio un suave puñetazo en el hombro de Jim—. Parecemos los mejores amigos del mundo.
  —Los amigos confían el uno en el otro. Sólo un loco podría confiar en nosotros.
  —Por primera vez en mucho tiempo, estoy de acuerdo contigo —sonrió—. Bueno, aquí se separan nuestros caminos.
  Los dos se miraron. Jim se acercó un poco a ella…
  —¿Qué haces? —Monique retrocedió un paso, con cara de asombro.
  —¿…Eh?
  —¿Estabas intentando lo que creo que estabas intentando?
  —¿Qué? ¡Claro que no!
  —Madre mía, Jim. No me esperaba esto de ti.
  —¿De qué estás hablando? No iba a hacer nada.
  —Justo cuando acabas de decir que no podríamos ni ser amigos…
  —Paso de ti, Monique —se dio la vuelta y empezó a alejarse de ella.
  —¡No lo parecía hace un momento!
  —No me obligues a usarlo —Jim la apuntó con el electrificador desde la distancia—. Vete a tu casa antes de que te encuentre Tred Lee, anda.
  En cuanto Monique regresó a su apartamento, se puso la ropa de dormir y se tumbó sobre la cama. Era demasiado tarde como para dar vueltas a lo que había ocurrido… y, de todas maneras, no era algo que soliera hacer.
  Había tomado una decisión: traicionar a Jim para demostrar a Zodion su valía. Nada de lo que pensara ahora cambiaría eso. ¿Había hecho bien o mal? Eso dependía de Samira. Zodion quería contratar a un ladrón, y Monique había intentando que la contrataran aun antes de saber eso. La casualidad estaba de su lado. Sin embargo, había hecho todo lo contrario de lo que esperaban. Si se hubiera limitado al robo…
  Pero, nuevamente, ¿de qué servía lamentarse? Si ni siquiera sabía si se había equivocado… No iba a curarse una herida que aún no tenía.
  Además, en el supuesto caso de que hubiera metido la pata por delatar a Jim, ¿implicaba eso que hubiera perdido toda oportunidad de unirse a la expedición? No, por supuesto que no. Para empezar, porque la decisión aún no estaba tomada. Al menos de forma oficial. Eso significaba que todavía tenía tiempo para demostrar lo que valía. Todavía podía dar motivos a Zodion para contratarla.
  Monique empezó a pensar una forma de destacar. O, por decirlo de otra forma: de derrotar a Jim. Ellos eran los dos únicos candidatos, si Samira les había contado la verdad. Lo único que tenía que hacer era demostrar que les sería de más ayuda que Jim. O a lo mejor estaba analizando la situación de una forma incorrecta. A lo mejor era mucho más fácil que eso. Porque quizá para Zodion no suponía una gran diferencia contratar a uno u otro, pero tal vez podía condicionar a Samira, que no dejaba de ser una persona con sentimientos, para que la eligiera a ella. Si de verdad el futuro de Monique estaba en las manos de Samira, podía presionarla para…
  Pero eso tendría que esperar al día siguiente, porque sus ojos se cerraron lentamente, y segundos después estaba profundamente dormida.



4

  El sonido del teléfono móvil la despertó. Monique estuvo a punto de no coger la llamada, pero cambió de idea al ver que se trataba de Roy.
  —¿…Qué pasa? —se esforzó en decir.
  —Tengo un mensaje para ti. ¿Puedes venir al Búho Negro?
  —¿…No me lo puedes decir por teléfono?
  —Sí: el mensaje es que vengas al Búho Negro.
  —¿…Es urgente?
  —No, pero no tardes mucho.
  —…Ahora voy.
  Cuando las nubes del sueño dejaron de empañar los pensamientos de Monique, entendió que el mensaje de Roy probablemente tuviera algo que ver con el trabajo de Zodion. Tan pronto como se dio una ducha y eligió la ropa más nueva que tenía (quería dar buena impresión), se encaminó hacia el Búho Negro.
  —Vaya, pero si es la traidora.
  Jim le dio la bienvenida con una sonrisa, pese a que sus palabras no fueron muy amistosas.
  —Buenos días, perdedor.
  —¿Quién es el perdedor aquí? —Jim seguía sonriendo; estaba claro que debía tener un motivo.
  —Tú.
  —No, ¿quién es el verdadero perdedor?
  —Te lo acabo de decir: tú.
  —¿Qué tal si miras hacia allí?
  Jim, que estaba a punto de salir del bar, señaló hacia una de las mesas. Allí estaban Samira y sus dos supuestos escoltas. Después de lo del día anterior, sospechaba que fueran simples ayudantes; por eso iban desarmados.
  —Ella te lo explicará mejor que yo —dijo Jim—, pero te hago un adelanto: me han contratado.
  —Me lo creeré cuando lo oiga de su boca.
  —Tú verás —se encogió de hombros—. Cuanto más tardes en mentalizarte, más te dolerá. Y que conste que no me estoy alegrando por tu fracaso sino por mi victoria.
  —…Viene a ser lo mismo.
  —Hay matices. El único motivo de que me alegre de tu derrota es que me beneficia a mí. Si no, no me alegraría. No eres tan importante como para que te odie.
  —No estoy segura de si debería ofenderme. Nunca me habían dicho que no me odiaran de forma tan despectiva.
  —Eso es porque eres muy egocéntrica. Y lo mejor de todo es que vivirás toda tu vida arrepintiéndote por haberme traicionado. Si hubieras seguido mi plan…
  —Igualmente te habrían contratado a ti. Porque, al fin y al cabo, yo sólo manejaba las luces.
  —Cierto. Pero no habrías quedado como una traidora.
  —Pregunta a mi almohada; te confirmará que eso no me ha quitado el sueño.
  —A ver si mañana dices lo mismo —rió—. Bueno, me marcho, tengo que preparar las cosas para el viaje.
  Monique se acercó a la mesa donde Samira y sus dos compañeros revisaban unos papeles. Ni siquiera notaron su presencia hasta que habló.
  —Buenos días.
  —Ah, hola, Monique.
  Al menos sabían su nombre. Habría sido un poco doloroso que la despacharan con un “eh, tú, que al final no”.
  —Siéntate, por favor —uno de los ayudantes señaló una silla libre.
  Monique pensó en rechazar la invitación. Al fin y al cabo, ya sabía que no la iban a contratar. ¿Para qué alargarlo?
  —¿Has desayunado? —preguntó Samira.
  —No. No he tenido tiempo.
  —¡Roy! Sirve algo a la señorita.
  —¡Ja! —el dueño del Búho Negro rió—. ¿Os acaba de conocer y ya os ha engañado para que la invitéis a comer?
  A Monique no le hacía ninguna gracia que la trataran como a una niña pequeña, o a una sintecho. No necesitaba que la invitaran a desayunar, como si no pudiera pagarlo ella misma. Por otro lado, no iba a ser tan idiota de rechazarlo. Se sentó en la silla dando las gracias a Samira.
  —¿Es verdad que habéis contratado a Jim? —preguntó sin rodeos.
  —Pues… sí.
  —¿Por qué? —intentó no sonar molesta ni impertinente.
  —Como os dije ayer, necesitamos a una persona así para nuestra expedición.
  —Ya, pero me refiero a…
  —¿Por qué él y no tú? ¿Es lo que quieres saber?
  —Sí.
  Mientras Samira le explicaba sus motivos, Monique se apresuró a comer antes de que cambiaran de idea y le quitaran el plato.
  —Los dos habéis demostrado estar capacitados para acompañarnos. En eso Roy no mentía. Si de verdad quieres saber en qué consideramos mejor a Jim…, supongo que principalmente en su veteranía. Tiene más años que tú, y la diferencia de tiempo en este… mundillo… es mayor aún. Además, nos pareció mucho más decidido a la hora de cumplir una misión.
  —Ya veo. Así que necesitáis robots, no personas.
  —Necesito que los que trabajen conmigo sepan pensar por sí mismos, claro. Una cosa no quita la otra.
  —Entonces creo que os habéis equivocado eligiendo.
  —Hemos debatido mucho sobre ello, y estoy convencida de que he elegido lo mejor para todos.
  —Tengo dudas sobre ese “todos”.
  Monique notó una sonrisa en la boca de Samira. Estaba a punto de descubrir por qué.
  —Cuando digo “todos”, te estoy incluyendo a ti —Samira hizo una pequeña pausa, pero Monique no respondió—. Roy os recomendó, y, como ya te he dicho, pudimos comprobar que ambos erais aptos. Cada uno a vuestra manera, diferente, complementaria…
  —¿“Complementaria”?
  —Eso es lo que nos ha parecido. Como rivales podéis ser un gran estorbo el uno para el otro…, pero colaborando la cosa cambia. Podéis sumar vuestras habilidades en los buenos momentos, y pararos los pies en los malos, si llegan a darse.
  —Supongo que sí… También sé hacer malabares, si os sirve.
  —Así que hemos decidido contrataros a los dos.
  Monique se sorprendió, aunque no mucho. Llevaba un rato dejándolo caer, con todo eso de que eran complementarios, que si tenían que sumar sus habilidades…
  —¿En serio?
  —Sólo si estás interesada, claro.
  ¿Que si lo estaba? ¡Y tanto que lo estaba! Aunque aún no sabía qué era exactamente lo que necesitaban que hiciera, cualquier cantidad de dinero que la ayudara a pagar la deuda que tenía con el prestamista Tred Lee sería bien recibida.
  —¿Cuál sería la paga?
  —¿No prefieres saber antes qué es lo que se te pide? —Samira rió.
  —No es importante. Haré lo que sea.
  —Me gusta oír eso. Te vamos a ofrecer lo mismo que a tu amigo: 12000 Kash.
  La cantidad de dinero era tan superior a lo que imaginaba, que ni siquiera se molestó en especificar que Jim no era ni mucho menos su amigo.
  —¿Y cuántos días estaremos en Ynys?
  —Me temo que ésa es una de las muchas incógnitas de la expedición. ¿Conoces las historias que cuentan sobre la isla?
  —Sí. Pero sólo son eso: historias.
  —Seguramente. Pero ¿por qué cuentan tantas historias? ¿Por qué crees que hay tantos mitos sobre los misterios de Ynys?
  —Porque a la gente le gusta inventar ficción que adorne sus insípidas vidas.
  —Puede ser —Samira rió—. Pero también porque es un sitio muy peculiar. La ficción empieza donde la realidad conocida termina. Y nosotros queremos acabar con esa ficción. Queremos descubrir qué es lo que oculta aquel lugar, y entender por qué ha permanecido así tanto tiempo.
  —Y yo quiero un trabajo —respondió Monique—. Estamos destinados a entendernos.
  —Entonces ¿tenemos un acuerdo?
  —¿Dónde hay que firmar?
  —Aquí —Samira le pasó un papel y un bolígrafo—. Recibirás 4000 Kash ahora mismo, y los 8000 restantes a la vuelta. Puedes usar el dinero para comprar lo que necesites para el viaje. Pero tampoco es necesario que traigas muchas cosas. Nosotros te daremos ropa, comida, etcétera.
  —Genial —Monique leyó el contrato por encima, y firmó—. ¿Cuántos días tengo para prepararme?
  —¿“Días”? ¿No te lo he dicho? Nos vamos mañana por la mañana. Tenéis que estar en la puerta de nuestro hotel a las seis de la mañana.
  Monique estaba bastante segura de que no, no se lo había dicho. De pronto se sintió algo nerviosa. En realidad prefería que fuera cuanto antes, pero no se esperaba que fuera tan precipitado.
  De repente, comprendió por qué Jim había abandonado el Búho Negro de forma tan apresurada.
  —Será mejor que vaya ahora mismo a prepararme.
  —Toma mi tarjeta —Samira le entregó una pequeña cartulina con su número de teléfono y la dirección del hotel escrita a mano—. Llámame si necesitas algo. Pero no te aconsejo traer el móvil a la isla. Creo que te servirá de poco.
  —De acuerdo —Monique se levantó—. Nos vemos mañana, jefa.
  —Prefiero que me sigas llamando por mi nombre —sonrió—. Al fin y al cabo, vamos a pasar mucho tiempo juntas.
  ¿Cuánto tiempo era “mucho tiempo”? ¿Eso también se aplicaba a Jim? Salió del bar pensando en ello. ¿Con quién más iba a tener que convivir en Ynys? En realidad sabía muy, muy poco. Pero sabía algo: que por fin iba a poder saldar su deuda.
  Monique contó los 4000 Kash, y se dispuso a realizar algunas compras para el viaje, aunque no estaba muy segura de qué iba a necesitar. Pensó en comprarse un bañador o una navaja. Quizá ambas cosas. Rió por dentro, asombrada de su propia capacidad para pensar dos cosas tan diferentes al mismo tiempo. Seguramente no necesitara ninguna. Al fin y al cabo, lo único que tendría que hacer era… ¿Qué tendría que hacer? ¿Qué clase de sitio era Ynys? La verdad es que lo conocía mucho menos de lo que había dicho. Ni siquiera sabía a qué distancia estaba de la costa.
  —Vaya, vaya…
  Una voz ronca la sacó de sus pensamientos. Y era una voz que esperaba no volver a escuchar en mucho tiempo.
  —Hombre, Bruno, qué sorpresa más agradable. ¿Te ha dejado tu amo salir a pasear solito?
  —Déjate de juegos conmigo.
  —Tienes razón, será mejor que siga mi camino. ¡Hasta luego!
  —Quieta ahí —Bruno la agarró por el brazo.
  —Ayer te pagué 2000 Kash. Dijiste que era suficiente por ahora.
  —Eso era antes de ver el montón de dinero que has conseguido.
  —Es dinero falso, no creo que te interese.
  —Bueno, me arriesgaré.
  Bruno se lo quitó bruscamente de las manos. Monique no se resistió, para evitar que se rompiera (el dinero… o su brazo). El matón de Tred Lee la soltó y se concentró en contar el dinero.
  —No vuelvas a tocarme, gorila.
  —Dejaré de hacerlo cuando saldes tu deuda con el señor Lee.
  —Pronto lo haré. Acabo de encontrar un trabajo.
  —Sí —Bruno rió irónicamente—. Eso dijiste la última vez.
  El último empleo que tuvo Monique terminó bastante mal. La empresa quebró (no por su culpa, por si las dudas), y no pudieron pagar a ninguno de los trabajadores. Meses de esfuerzo para nada.
  —Son 4000 Kash —dijo ella, resignada—. Lo digo por si no sabes contar.
  —Pensaba dejarte una pequeña parte…, pero acabo de cambiar de idea.
  —¡Era broma! Bruno, ¿has pensado en presentarte a un concurso de ciencia?
  —¡Ja! ¡Demasiado tarde!
  —Me refería a como experimento, no como concursante.
  Bruno ignoró el comentario, por el bien de ambos.
  —Con esto tu deuda se ha reducido a los 4000 Kash. La mitad que ayer, no está mal.
  —Sigo sin estar muy de acuerdo con esos intereses…
  —Por desgracia para ti, me importa una mierda que estés o no de acuerdo.
  —Oye, no hace falta ser borde. Creía que éramos amigos.
  —Suerte en tu trabajo.
  Bruno se marchó, dejando a Monique llena de rabia. En dos días había perdido 6000 Kash. Mirándolo por el lado bueno, así no tendría que preocuparse por qué debía comprar para el viaje. Además, la expedición tenía otra cosa buena: se libraría de Tred Lee y sus matones por un tiempo. Quizá hasta se planteara no regresar a Rémora. ¿Por qué no empezar una nueva vida en Ynys? Al único que echaría de menos era a Roy. Y probablemente ni siquiera él la echaría de menos a ella. Con tanto trabajo, el dueño del Búho Negro no tenía tiempo ni para echar de menos a gente. Alquilaría el piso de Monique a otra persona, y se olvidaría de ella con la misma rapidez con que Bruno se había llevado sus 4000 Kash.
  Definitivamente era una opción a tener en cuenta: cobrar los 8000 Kash del trabajo y jamás regresar a su vida actual.
  Monique volvió a su apartamento, donde empezó a guardar en una bolsa y una mochila las pocas cosas que consideraba imprescindibles, con la incógnita de no saber si algún día regresaría.



5

  El despertador sonó a las cinco de la mañana. Monique lo apagó al instante, pues estaba despierta desde mucho antes. Concretamente desde la mañana del día anterior. Aquella noche le había sido imposible dormir.
  Se relajó en una larga ducha, que terminó con agua fría para despejarse del todo, y dio un último vistazo a su apartamento para asegurarse de no dejarse nada. A lo mejor cambiaba de idea durante el viaje, pero en ese momento estaba decidida a empezar de cero en otro lugar, lo más lejos posible de allí.
  De camino al hotel, donde a las seis en punto debía reunirse con Samira, pasó por el Búho Negro. A esas horas estaba cerrado, pero lo único que le interesaba era el buzón situado junto a la puerta. Depositó la llave de su apartamento y siguió su camino. Ya se había despedido de Roy durante la noche anterior, aunque no le había dicho nada sobre sus planes de no regresar. Sabía que, si lo hacía, él la intentaría convencer de lo contrario, y prefería no tener que pasar por eso.
  Al llegar al hotel, se encontró con un minibús aparcado frente a la puerta, con el logo de Zodion grabado en ambos laterales. Uno de los ayudantes de Samira estaba cargando algo en el maletero.
  —¡Bu!
  Monique se sobresaltó cuando alguien trató (con éxito) de asustarla. El susto aumentó al darse la vuelta: eran Bruno y otro hombre al que no estaba segura de haber visto antes. Ambos iban cargados con sendas bolsas de deporte.
  —¿Me estáis siguiendo? Mejor dicho: ¿por qué me estáis siguiendo?
  —Estaba deseando ver la cara que ponías al enterarte —dijo Bruno.
  —¿…Enterarme de qué?
  —El señor Lee está muy interesado en la expedición. Ha movido un par de hilos para conseguir que nos hicieran un hueco.
  —Y, de paso, vigilarme.
  —Por supuesto —sonrió—. Ésa es nuestra misión secundaria. Te presento a Kizo, uno de mis compañeros de trabajo.
  Kizo no era tan grande como Bruno, pero parecía incluso más fuerte. El pelo rapado y la barba le daban un aspecto igual de intimidatorio, si no más.
  —Aunque… —siguió Bruno—, lo correcto sería decir “nuestro” compañero de trabajo. Seguro que pronto hacéis buenas migas.
  Kizo asintió sin abrir la boca. Eso le hacía parecer más peligroso aún a ojos de Monique, quien empezaba a replantearse aquel viaje. No tenía pinta de ser una broma. ¿Iba a tener que colaborar con dos de los matones de Tred Lee?
  Cuando Jim apareció poco después, la chica se sintió algo aliviada. Al lado de aquellos dos animales, Jim era un trozo de pan. Probablemente supiera desde el día anterior que Monique también estaba contratada, pues no se sorprendió al verla.
  —¿Interrumpo algo?
  —¡Anda! —exclamó Bruno—. La rata ha llegado.
  —Me confundes con tu cena. Oye, Kizo, ¿cómo está tu madre?
  Monique sintió que se le paraba el corazón. Sabía que Jim era imprudente, pero no tanto como para faltar al respeto de esa manera a aquel matón.
  —Mejor —respondió Kizo—. La operación salió bien.
  La chica se relajó. No pudo evitar reír, más por los nervios que por otra cosa, al descubrir que no era un insulto, sino una pregunta seria. Prefería no saber de qué se conocían Jim y Kizo. De hecho, prefería pasar el menor tiempo posible con aquellos tres hombres.
  Monique se alejó de ellos rápidamente, para evitar que pensaran que se estaba riendo de la madre de Kizo (que en su cabeza se llamaba “Señora Kiza”). Caminó hasta el minibús y entregó su bolsa al trabajador de Zodion.
  —Buenos días. ¿Cuándo nos vamos?
  —Buenos días —respondió cogiendo la bolsa—. Muy pronto, si no hay inconvenientes. Por cierto, sobre la mochila que llevas a la espalda: ¿te importaría llevarla contigo? El maletero no es muy grande, y el minibús va lleno.
  —¿Cuántas plazas tiene?
  —Nueve.
  —Sin problema. La llevaré conmigo.
  Los tres trabajadores de Zodion, los dos matones de Tred Lee, Jim y ella misma, sumaban siete. ¿Quiénes eran las otras dos personas? No tardaría en comprobarlo, pues el resto de la expedición apareció poco después. Y, para sorpresa de Monique, no vinieron del interior del hotel, sino por la calle, caminando. Se preguntó de dónde venían…, y lo que la intrigaba más aún: ¿desde qué hora llevarían despiertos?
  Monique no conocía al hombre que acompañaba a Samira y a su otro ayudante, pero sí a la mujer. No había nadie en Rémora que no la conociera: era la “dama de la luna”, la “sombra de Rémora”, la famosísima Rose. Aunque a simple vista parecía una persona normal, todo lo que había oído de ella creaba sobre su persona un halo de grandeza, como si fuera una reina.
  —Parece que ya estamos todos —dijo Samira—. Antes de nada, las presentaciones. A mí ya me conocéis, pero por si acaso: soy Samira, directora del departamento científico de Zodion. Estos dos son mis ayudantes: Lars y Alex. Ella es Rose, él es Thabo —fue señalando uno por uno—, ella es Monique, él es Jim…, y por último tenemos a Bruno y su compañero, al que todavía no he tenido el gusto de conocer.
  —Kizo —respondió él.
  —Encantada, y bienvenido al grupo. Bienvenidos todos, mejor dicho. Vamos a trabajar juntos, y nos vamos a tener que aguantar mucho tiempo, así que espero que nos llevemos todos bien.
  —Es como una reunión de mejorísimos amigos —dijo Monique.
  —Me alegra oír eso —respondió Samira, que no podía saber hasta qué punto estaba siendo irónica aquella chica—. Seguro que tenéis muchas preguntas; intentaré responder todas. Por ahora lo importante es saber lo que haremos hoy: primero viajaremos en el minibús hasta la costa. Allí nos reuniremos con otros miembros del equipo.
  —¿Cuántos somos en total? —preguntó Jim.
  —Pues… algo más de cuarenta.
  Jim no pudo ocultar su cara de sorpresa. Sabía que habría más gente, pero no imaginaba que tantos.
  —Algunos están ya en Ynys —siguió Samira—. Otros, como ya digo, nos esperan en la costa, donde cogeremos un barco hasta la isla. Si todo va bien, estaremos allí pasado mañana.
  —¿No tardaríamos menos en avión? —preguntó Bruno.
  —Me temo que no. Construir una pista de aterrizaje en la isla tardaría un poquito más que ir en barco, lo siento —sonrió—. Allí sólo viven indígenas, cuya obra de arquitectura más avanzada es una cabaña de veinte metros cuadrados.
  —En barco entonces —Bruno levantó el pulgar en gesto afirmativo.
  —Si no tenéis ninguna petición urgente, partiremos cuanto antes.
  Nadie respondió, lo que indicaba que todos estaban listos. Lars ocupó el asiento de conductor. A su derecha iban Samira y Rose. Los asientos traseros estaban formados por dos filas de tres. El primero en entrar fue Kizo, que ocupó el asiento posterior izquierdo. Bruno empujó sutilmente a Monique para que ocupara el siguiente asiento, y él fue el tercero en entrar, dejando a la chica atrapada entre ambos matones.
  —Intentaré aguantar la respiración hasta que lleguemos al barco —dijo ella—. Si no lo consigo, repartid mis cenizas por la isla. Es el sueño de mi infancia.
  Jim, Alex y Thabo ocuparon los tres asientos intermedios. Ellos iban más cómodos, sin duda.
  —Oye, Jim —Monique le tocó el hombro—, ¿por qué no me cambias el sitio?
  —Yo no quepo ahí —respondió entre risas.
  —¿…Y qué te hace pensar que yo sí?
  —Relájate —dijo Bruno—. Seguro que este cacharro tiene más espacio que tu pequeño apartamento.
  —El problema no es el espacio, sino la compañía.
  Lars arrancó el minibús, y los nueve pasajeros se despidieron de las calles de Rémora. Tenían por delante un viaje de más de dos horas.
  —Siento haberos hecho madrugar tanto —dijo Samira—, pero necesito llegar cuanto antes al puerto. Tengo mucho que hacer antes de partir.
  —No importa —respondió Thabo.
  —Tendréis que esperar unas cuantas horas.
  —Cualquier cosa mejor que esto —dijo Monique.
  —¿Vais muy apretados ahí atrás?
  —Te respondería si pudiera respirar.
  —No se preocupe, señora Samira —contestó Bruno—. A la chica le gusta quejarse, pero por suerte ocupa poco espacio.
  —Puedes llamarme sólo “Samira”.
  —Voy a tener que rechazar su oferta. Es mi código profesional.
  —¡Oye! —protestó Monique, simulando estar ofendida—. ¡A mí nunca me tratas de usted!
  —Lógico. Es una forma respetuosa de hablar. Eres tú la que me deberías hablar a mí con más respeto, y no al revés.
  —Prometo hablarte con respeto…, si a cambio tú no me hablas de ninguna manera.
  —Creo que también voy a tener que rechazar tu oferta.
  Samira se rió con aquella conversación. La verdad es que desde fuera debían parecer dos amigos bromeando. La realidad era distinta: ninguno de los dos sentía la más mínima simpatía por el otro, y estaban más cerca de clavarse un cuchillo que de tomarse un café juntos.
  En medio de toda aquella conversación, Jim se había quedado dormido. Monique sentía cierta envidia por su facilidad para evadirse mentalmente, aunque, rodeada de esos dos hombretones, ella prefería mantenerse despierta y vigilante. Tenía la mochila fuertemente agarrada, por si acaso.
  Kizo tenía la mirada perdida, como si estuviera viendo una película en un televisor que sólo él podía ver. Monique sólo se atrevió a mirarlo una vez, de refilón. A Bruno ni eso; temía descubrir que él la estuviera mirando a ella. Tampoco le importaba mucho, mientras tuviera las manos quietas…
  En el asiento intermedio, a la derecha de Jim, se encontraba Alex, quien estaba dialogando con Lars y Samira. Eran asuntos de trabajo, así que la conversación quedaba entre ellos tres. El último ocupante de los asientos intermedios, Thabo, miraba por la ventana en silencio, mientras que Rose, sentada delante de él, estaba leyendo unos papeles.
  El viaje prometía hacerse largo y aburrido. Monique no veía la hora de llegar a la costa.



6

  Tras más de dos horas de viaje, el minibús procedente de Rémora llegó al pueblo costero de Ostelike. No era un lugar grande, aunque podía presumir de tener algo de lo que carecía la Gran Ciudad: puerto y playa.
  Lars aparcó el vehículo dentro del propio puerto, en una plaza reservada para ellos. Desde allí podían ver el barco de Zodion. Era más grande de lo que esperaban. Era grande hasta para los más de cuarenta, sin contar a los marineros, que formaban la expedición. Más tarde descubrirían el motivo: no sólo transportaban personas, también materiales de trabajo y varios vehículos para moverse por la isla de Ynys.
  —Alex —dijo Samira—, llévalos al barco y consígueles pases de Zodion.
  Su ayudante asintió, indicando a sus seis nuevos compañeros que lo siguieran. Monique, Jim, Rose, Thabo, Bruno y Kizo recogieron sus bolsas, y siguieron a Alex hasta una sala del barco que tenía varios tipos de máquinas, incluyendo ordenadores. Usando una cámara de fotos, Alex sacó un retrato de cada uno de ellos y los pasó al ordenador. Tras un par de retoques de tamaño, imprimió sus tarjetas de identificación perfectamente plastificadas. Tenían el sello de Zodion y la fotografía de cada uno de sus propietarios, para evitar que alguien pudiera robárselas y usarlas en su lugar.
  —Llevadlas siempre encima —dijo Alex—, por si alguien os las pide. Enseñádselas a los que están vigilando la entrada cuando queráis acceder al barco.
  —¿Eso significa que podemos salir? —preguntó Jim.
  —Claro. En principio tenéis todo el día libre. Pero no vayáis muy lejos, y estad atentos a vuestros teléfonos. En cuanto se os reclame tenéis que regresar inmediatamente.
  —¿Podemos usar ya las habitaciones? —Monique empezaba a acusar el no haber dormido en toda la noche.
  —Por supuesto. Seguidme; os indicaré dónde están.
  Alex preguntó a uno de sus compañeros qué habitaciones quedaban libres, y después condujo a los recién llegados por los pasillos del barco.
  —Parece un hotel —dijo Jim, que nunca había pisado un barco; mucho menos de ese nivel.
  —Zodion nos cuida bien —respondió Alex—. No nos podemos quejar.
  —¿Son habitaciones individuales? —preguntó Rose, que no había abierto la boca en toda la mañana.
  —Dobles. Podéis elegir a vuestro compañero o compañera.
  —Creo que no hay dudas —dijo Monique—. Jim y Thabo en una, las chicas en otra, y los dos gorilas a la perrera. ¿Tenéis perrera?
  —Me temo que no —Alex sonrió—. No hay animales a bordo.
  —No había —puntualizó ella—. Ahora sí.
  —¿Alguien tiene algo en contra de ese reparto de habitaciones?
  Nadie respondió, lo que indicaba que estaban de acuerdo. Monique y Rose entraron a la primera de las tres (la número 29). La habitación estaba al mismo nivel de elegancia que el pasillo. Es decir, parecía más un hotel que un barco. Un hotel sin lujos pero confortable. Cada habitación tenía su propio cuarto de baño. Sólo le faltaba una cocina para ser casi tan grande como el apartamento de Monique.
  —¿Qué cama prefieres? —preguntó Rose.
  Por algún motivo, a Monique le sorprendió aquella pregunta. Se imaginaba a Rose mucho más soberbia, imponiendo sus normas, haciendo lo que le diese la gana… Y, sin embargo, lo primero que había hecho era dejar que su compañera de habitación eligiera cama. Que tampoco era un gesto demasiado magnánimo, pero era algo.
  —La del fondo.
  Rose asintió, y dejó su bolsa junto a la cama más cercana a la puerta de entrada. En la pared contraria había un escritorio y un armario con dos puertas. Rose abrió una de ellas y empezó a colocar sus cosas. Monique prefirió dejarlo para luego; necesitaba dormir urgentemente. Se quitó las zapatillas y se dejó caer sobre la cama, encantadísima no sólo de la comodidad y privacidad de aquella habitación, sino además, lo que era más importante, de haberse librado de ir aprisionada entre Bruno y Kizo en el minibús. Vaya viaje había tenido que soportar…
  Cuando Rose apagó la luz de la habitación y se marchó, Monique llevaba varios minutos dormida. No despertó hasta cinco horas después. Le costó encontrar la lámpara situada sobre una pequeña mesita, junto a la cama; se sentía muy desubicada al estar en un lugar desconocido. Ni siquiera recordaba cómo era la habitación. Cuando abrió los ojos fue como verla por primera vez. A su izquierda estaba la cama vacía que pertenecía a Rose.
  Parecía difícil de creer: un día no era nadie, y al día siguiente compartía habitación con la mujer más famosa de Rémora. La verdad es que eso no cambiaba mucho: ella seguía sin importarle a nadie. Pasar el rato con Rose no iba a cambiar esa realidad. Pero al menos tendría una anécdota que contar a sus nietos, en el improbable caso de que algún día tuviera.
  Monique ya no tenía sueño, pero sí hambre. Iba a tener que buscar el comedor, ya que no recordaba que Alex les hubiera indicado dónde estaba. Recogió su tarjeta de identificación de Zodion y salió de la habitación, donde descubrió otra cosa: las puertas no se cerraban con llave. Tenían un cerrojo manual desde dentro, pero, una vez fuera, quedaban abiertas. Eso no le hacía mucha gracia. Quizá los trabajadores de Zodion fueran fiables, pero ahora había seis nuevos invitados. Y, de esos seis, tres eran ladrones, y otros dos matones.
  La puerta de la habitación 30 se abrió, y Thabo salió al pasillo. Aquel hombre, que parecía unos quince años mayor que ella (es decir, alrededor de cuarenta), era la gran incógnita del grupo. ¿Por qué estaba ahí? Sus gafas le daban aspecto de inteligente, pero no se puede juzgar a un libro por la portada.
  —Hola —Thabo saludó con la mano—. ¿Ya has descansado?
  —Más o menos.
  —Ya nos han presentado…, pero creo que, por educación, debería volver a presentarme. Soy Thabo. Es un placer.
  —Igualmente. Yo soy Monique.
  —No pareces de Rémora.
  —Buen ojo —sonrió—. La verdad es que tú tampoco lo pareces.
  —Pues siento decirte que te equivocas —replicó él—. ¿Tengo aspecto de ser de otra parte?
  —No es por el aspecto, sino por la forma de ser. Cuesta encontrar a alguien simpático en Rémora, que no quiera algo a cambio.
  —Me alegra que no pienses que quiero algo a cambio. Sólo pretendía ser educado.
  En realidad no había descartado aún esa posibilidad. Monique no era tan idiota como para fiarse de alguien a quien acababa de conocer. Pero se veía, por la apariencia, que no era un ladrón…, y ni mucho menos un matón. Tenía más bien pinta de ser robado y matoneado.
  —¿Sabes dónde está el comedor? —preguntó ella.
  —Sí. De hecho, iba para allá.
  —Pues te sigo —respondió de forma animada.
  El comedor era bastante grande. Probablemente cupieran todos los tripulantes al mismo tiempo, aunque en esos momentos sólo estaba ocupado un cuarto de los asientos totales. No había rastro de Jim, pero Bruno y Kizo estaban ya comiendo en una de las mesas del fondo.
  —¿Nos sentamos con ellos? —preguntó Thabo.
  —Cuanto menos te acerques a esos dos, mejor.
  Monique estaba muy intrigada por saber qué había motivado a Zodion para contratar a Thabo. Al parecer, él era arqueólogo. No es que dudara de su palabra, pero era cuanto menos cuestionable. ¿Por qué iban a necesitar un arqueólogo para explorar unos arbolitos y unas piedrecitas? Sí, ésa era la idea que Monique tenía de la expedición. Y en el supuesto caso de que realmente necesitaran un arqueólogo: ¿por qué ir hasta Rémora para contratarlo? Seguro que en la Gran Ciudad había muchísimos más.
  Si Thabo estaba mintiendo, Monique era la última que podía juzgarlo. Ella le había asegurado que era “Coordinadora de Desarrollo de Exploración”. Era lo menos específico que se le había pasado por la cabeza. Podía sonar estúpido, pero era mejor que decir que estaba ahí por haber traicionado a su compañero tras organizar un robo en una iglesia.
  Después de comer, tras separarse de Thabo, que regresó a su habitación, Monique dio una vuelta por la cubierta del barco. En la proa encontró a Rose, apoyada contra la barandilla, mirando al horizonte. Hasta de espaldas imponía respeto, por algún motivo. No era por su vestido caro, ni por su pelo negro ondeando al viento. Tampoco era por sus actos; Monique no la había visto hacer nada extraordinario aún. Era por ese halo que la rodeaba. Esa sensación inexplicable de que podía ocuparse de cualquier encargo. Y todo, estaba segura, era únicamente porque estaba condicionada por todas las historia sobre la “dama de la luna” que había escuchado en Rémora. En el fondo debía de ser una persona normal. O eso se decía a sí misma, mientras se acercaba a ella por detrás.
  —¿Lo encuentras?
  —¿El qué? —respondió Rose sin girarse.
  —No sé —Monique se puso a su lado—. Parece que estuvieras buscando algo
  —Mirar el mar es relajante. Deberías probarlo.
  —A mí me parece todo el rato igual.
  —Quizá por eso sea tan relajante. Te da lo que esperas de él.
  —Entonces es igual que mirar al techo o al suelo.
  Rose rió. Monique se sorprendió; no podía dejar de imaginársela como un “ser superior”, llena de soberbia y aires de grandeza. La verdad es que nunca le había dado motivos para pensar así. Estaba todo en su mente. Realmente parecía una mujer muy simpática.
  —No te ofendas —dijo Monique—, pero no termino de comprender por qué te han contratado.
  —Vaya, ¿tan inútil parezco?
  —No sabría decir. No me malinterpretes: sé que eres muy famosa, y posiblemente tenga mucho que aprender de ti. He oído historias…
  —No te creas ninguna —la interrumpió—. Una historia contada por un testigo puede no ser exacta, así que imagínate la de inventos que puede tener algo contado por quien sólo me conoce de oídas.
  —Pero siempre son historias que te dejan en muy buen lugar.
  —A lo mejor la realidad no es para tanto… O a lo mejor es mejor incluso —sonrió.
  —Me cuesta creerlo. Pero, como ya te digo, no lo decía porque dude de tus capacidades.
  —¿Por qué entonces?
  —Pues… ¿Sabes por qué nos contrataron a Jim y a mí?
  —Sí. Yo también he oído hablar de vosotros.
  —Miedo me da saber lo que te hayan podido contar —Monique suspiró—. Ahora entiendo lo que me has dicho hace un momento…
  —Preocúpate por eso tan poco como lo hago yo. Si estás aquí es porque has demostrado tu valía. Y lo mismo para tu amigo.
  —¿…Por qué todo el mundo cree que es mi amigo?
  —Perdona, es la impresión que me dio por vuestra forma de hablaros.
  —Lo conozco desde hace tiempo, y hemos trabajado juntos…, pero le he dado motivos para no fiarse de mí nunca más.
  —¿Y tú te fías de él?
  —Yo no me fío ni de mi sombra.
  —Espero que te fíes de mí, ahora que vamos a dormir en la misma habitación.
  —Lo justo para creer que no me asfixiarás en mitad de la noche —bromeó.
  —Mientras no me des motivos para ello…
  Ambas sonrieron, aunque Monique no estaba segura de si aquello había sido una broma o una amenaza. Por si acaso, procuraría no darle motivos para querer asesinarla en mitad de la noche. Eso estropearía el agradable viaje en barco.
  —Todavía no me has dicho por qué te extraña que me hayan contratado —dijo Rose.
  —Precisamente porque nos han contratado a Jim y a mí.
  —Oh, así que yo no soy necesaria estando vosotros dos.
  —Más bien al contrario. Si necesitaban a alguien con nuestras habilidades, y te hubieras presentado como candidata, te habrían cogido a ti sin dudarlo. Sin embargo, nos pusieron a prueba en la iglesia. Eso me hace pensar que el motivo de que tú estés aquí es distinto.
  Rose permaneció unos segundos en silencio antes de contestar.
  —Me gusta cómo piensas, niña.
  Monique se sintió un poco halagada por lo primero, y un poco molesta por lo segundo. Que aquella mujer casi tuviera edad como para ser su madre no significaba que ella fuese una “niña”. Aunque lo de “madre” era un poco exagerado, pues en realidad eran catorce los años que las separaban; Rose era algo más joven que Thabo.
  —¿Estoy en lo cierto? —insistió Monique—. ¿Estás aquí por otro motivo?
  —Puede que sea muy famosa en Rémora, pero no en la Gran Ciudad. Para ellos no soy más que una ejecutiva de una empresa inmobiliaria.
  —¿Eso es lo que les has hecho creer?
  —No les importaba mi trabajo, ni tampoco mis habilidades. Sólo mi pasado.
  —Vale, ahora sí que me tienes intrigada.
  —Dejémoslo ahí por ahora.
  —¡¿Qué?! —Monique la miró con los ojos muy abiertos—. No me puedes hacer esto.
  —Si te cuento toda mi vida de golpe, dejaré de parecerte interesante —rió.
  —…Bueno, ya me lo explicarás. Para bien o para mal, vamos a pasar mucho tiempo juntas.
  —Eso parece. Va a ser un viaje entretenido.



7

  Monique pasó el resto de la tarde en Ostelike, la aldea portuaria, hasta que recibió una llamada telefónica de Samira, avisando de que el barco zarparía en menos de una hora.
  Al regresar a bordo se dirigió directamente al comedor. Esperaba poder cenar a solas, pero Thabo, que estaba sentado con Jim, le hizo un gesto para que se acercara. Monique se sirvió una ración de comida de las bandejas y se sentó al lado de aquel supuesto arqueólogo.
  —¿Qué te ha parecido Ostelike?
  —Nada especial —respondió Monique—. Casas y gente.
  —Enhorabuena —dijo Jim—. Has descubierto lo que es una sociedad organizada. Mañana te enseñaré lo que es la ganadería y la agricultura.
  —Recuerdos de tu infancia, ¿eh?
  Rémora era más parecida a la Gran Ciudad que a Ostelike. La tecnología comía terreno a la naturaleza en el interior. Por suerte, la costa seguía ofreciendo terrenos verdes y marrones. Aunque, comparado con la isla de Ynys, Ostelike les parecería la zona más moderna del mundo.
  —Deberíamos llegar mañana por la noche —dijo Thabo.
  —¿Y qué vamos a hacer aquí todo el día? —se lamentó Jim.
  —Hay una librería.
  —¿…Y qué vamos a hacer aquí todo el día?
  —También hay una sala de descanso, con televisor, mesa de billar…
  —No parece la mejor idea del mundo jugar al billar en un barco. Las bolas se moverán por su cuenta.
  —Para eso utilizan un sistema giroscópico, que adapta la mesa al balanceo de las olas.
  —No he entendido una mierda, pero siento la necesidad imperiosa de probarlo.
  —Pues vas a tener que coger turno —replicó Thabo—, porque sólo hay una mesa para todos.
  —Música para mis oídos —Jim sonrió—. Parece una buena forma de ganar algo de dinero. ¿Os apuntáis?
  —El billar no es lo mío, pero me pasaré a mirar.
  —Conmigo no contéis —respondió Monique—. No tengo dinero que apostar. Literalmente.
  —¿Qué has hecho con lo que nos pagaron por adelantado? —preguntó Jim, mientras daba el último bocado a su cena.
  —Lo perdí en el casino.
  —¿En serio? —Thabo se lo había creído.
  —Se nota que no la conoces —Jim suspiró—. No te creas nada de lo que diga. ¡Nunca!
  —Bueno… —el arqueólogo sintió que debía cambiar rápidamente de tema para evitar discusiones—. ¿Conocéis algo de Ynys?
  —Es una isla —dijo Monique—. Tendrá mucha playa, y estará llena de vegetación e insectos.
  —Es… mucho más que eso. Es una isla bastante grande. Sus árboles son tan altos, y hay tanta densidad, que es imposible explorarla desde el aire. Sólo se puede acceder desde la cara oeste, que es adonde nos dirigimos.
  —También están los Gwyllt —añadió Jim.
  —Exacto. La tribu indígena.
  —¿Entonces allí vive gente? —Monique no tenía ni idea.
  —Se niegan a abandonar su hogar. No los culpo. La tecnología tiene muchas ventajas, pero nos deshumaniza. Los Gwyllt permanecen fieles a sus orígenes.
  —Estoy segura de que sólo eligen esa vida porque tienen miedo de cambiar. A todo el mundo le asusta lo diferente.
  —Puede ser. Pero será mejor que no nos entrometamos, así ellos nos dejarán explorar libremente la isla.
  —¿Cómo lo sabes? —preguntó Monique—. ¿Qué pasa si nos atacan?
  —Los empleados de Zodion han hablado con ellos.
  —Espera… ¿Me estás diciendo que hablan nuestro idioma?
  —No son tan salvajes como te imaginas —Thabo rió—. Es cierto que tienen su idioma propio, pero algunos hablan nuestro idioma de forma tan fluida que te costaría distinguirlos de un extranjero.
  —¿Y Zodion consiguió convencerlos de dejarnos invadir su tierra así como así?
  —¿“Invadir”? Dicho así suena muy feo. Sólo vamos a explorar.
  —Bueno, a mí no me gustaría que alguien viniera a explorar mi casa.
  —Seguro que te lo pensarías si ese alguien trajera regalos que hicieran tu vida más fácil.
  —Ya veo —Monique sonrió—. No son tan distintos a nosotros; todos quieren algo a cambio.
  —Se llama “negociar” —dijo Jim—. Es lo que hacemos algunos mientras otros roban por la espalda.
  —¿Cuándo lo vas a superar…?
  —En cualquier caso —siguió Thabo—, lo que es seguro es que vamos a pasar calor. Espero que hayáis traído ropa apropiada.
  —No esperaba otra cosa —respondió Monique—. Como algún día haga frío, tendré que taparme con ramas de árboles. Por cierto, ¿no se supone que nos iban a regalar ropa de la empresa?
  —Alex prometió que nos la darían esta noche —contestó Jim.
  —No recuerdo que dijera nada parecido.
  —Normal. Te has pasado medio día durmiendo.
  Cuando Monique regresó a la habitación 29, dispuesta a pasar la noche mientras el barco recorría los primeros kilómetros de viaje, comprobó que Jim no mentía. Rose estaba desempaquetando varias bolsas de ropa con el logo de Zodion.
  —¿Dónde las has encontrado? —preguntó Monique.
  —Estaban aquí cuando vine. Parecen de nuestra talla.
  —Qué detalle. No me gustaría tener que usar las mismas camisetas que Bruno.
  Monique comprobó que la bolsa que le pertenecía llevara escrito su nombre, para que no hubiera confusiones. No toda la ropa era de manga corta; querían tener cubiertas todas las posibilidades climáticas.
  —Las etiquetas tienen un espacio donde poner nuestro nombre —informó Rose.
  —Oh, lo haré entonces…
  Cuando Monique miró a su compañera de habitación, casi se cayó de espaldas, sorprendida por lo que estaba viendo: la mujer se había quitado el vestido delante de sus narices, sin previo aviso.
  —¡Oye! —exclamó Monique—. ¡Prefiero que vayamos más despacio! Invítame antes al cine, o algo.
  —Perdona —Rose rió—. No sabía que te molestara.
  —No es eso; no me molesta… Quiero decir, tampoco es que me haga ilusión, no me malinterpretes. Me da igual. Sólo bromeaba. Puedes desnudarte donde quieras y cuando quieras.
  Monique se obligó a dejar de hablar. Sentía que cada frase que salía por su boca hacía la conversación más incómoda. La sorpresa era comprensible: ya era suficientemente inusual compartir habitación con la mujer más famosa (y deseada) de Rémora, como para encima verla desnudarse…
  No pudo evitar sonreír, pensando en cuánto debían de envidiarla Jim, Thabo y los gorilas. Sin duda ella era la que más había salido ganando con el reparto de habitaciones. Ser mujer no siempre resultaba fácil, pero en momentos como ése tenía que dar gracias a su condición, por haberle ayudado a compartir habitación con la “sombra de Rémora”. Pensó en contárselo a los demás para darles envidia…, aunque también valoró la opción de comportarse como una adulta y guardárselo para ella. Una opción era más divertida, la otra más respetuosa.
  Mientras abría las bolsas marcadas con su nombre, un papelito cayó al suelo. Monique lo ignoró hasta que terminó de colocar toda la ropa. Después lo recogió y miró a su alrededor.
  —¿Hay alguna papelera por aquí?
  —En el baño —respondió Rose—. ¿Te encuentras mal?
  —No, es para tirar esto —le mostró el papel.
  —¿Es una nota?
  Ni siquiera se lo había planteado. ¿Por qué iba a haber una nota entre su ropa? Había dado por supuesto que se trataba de una simple etiqueta rota. Desdobló el papel para comprobarlo, y, para su sorpresa, encontró una frase escrita: “Ven a la popa a las 2:00”. Lo leyó una y otra vez, como si no se lo creyera.
  —¿Qué es? —preguntó Rose.
  —Nada importante. Un papel de la lavandería.
  Monique lo arrugó en su mano y se dirigió al cuarto de baño, donde encontró la papelera. Antes de tirar el papel se aseguró de cortarlo en cachos muy pequeños, para que fuera imposible recomponer su contenido.
  —Buenas noches, niña —dijo Rose desde su cama.
  —Buenas noches. Enseguida apago la luz.
  Monique se apresuró a cambiarse, y después se tumbó en la cama, asegurándose de dejar cerca la ropa que acababa de quitarse. No sabía si tendría que volver a usarla poco después.
  Los nervios del viaje, la intriga de la nota, y el hecho de haber dormido hasta la hora de comer, hicieron que aguantara sin dormir hasta poco antes de las 2 de la madrugada. En ese momento tomó la decisión; o tal vez sería más apropiado decir que la tenía tomada desde el momento en que leyó la nota. Se cambió a oscuras y salió de la habitación procurando no despertar a Rose. Se sintió un poco mal teniendo que dejar el cerrojo de la puerta abierto, pero no había forma de cerrarlo desde el exterior.
  Llegó a la parte trasera del barco segundos antes de la hora indicada. Apenas estaba iluminado, y no había nadie a la vista. En ese momento se sintió un poco estúpida. ¿Por qué había ido? ¿Por qué la habían convencido con tanta facilidad? Ella, que no se fiaba de nadie, había seguido las órdenes de un trozo de papel, sin saber quién lo había escrito o cuáles eran sus intenciones.
  Cuando pasaron un par de minutos después de las 2:00, se sintió más estúpida aún. Allí no había nadie. ¿Había sido una broma de Jim? ¿Se estaba riendo de ella desde detrás de una caja? Puede que incluso estuviera grabando todo desde la cámara que no pudo vender. ¿Era su forma de vengarse? Parecía un comportamiento demasiado infantil para Jim, pero quizá era obra del aburrimiento…
  Entonces se le ocurrió algo más serio. Algo más terrorífico, incluso. ¿Y si el verdadero motivo de hacerla ir allí… era dejar la habitación 29 abierta? ¿Y si alguien quería asaltar a Rose? Ahora estaba vulnerable, durmiendo en la habitación. Monique había tenido que dejar abierto el cerrojo de la puerta, ya que no podía cerrarse desde fuera. Si eso era cierto, había algo más preocupante que saber que la habían usado y engañado: Rose estaba en peligro.
  Monique se dispuso a volver hacia las habitaciones, esperando que no fuera demasiado tarde, pero algo la hizo detenerse: creía haber visto una sombra moviéndose frente a ella. Se quedó paralizada, intentando descubrir si era una persona o un efecto provocado por el movimiento del barco. En ese momento habría dado cualquier cosa por ver a Jim caminando hacia ella, cámara en mano. Aceptaría de buen grado ser el centro de las burlas si eso significaba que Rose estaba a salvo.
  De repente, alguien la agarró por la espalda, cogiéndola del cuello con el antebrazo, y tapándole la boca con la mano contraria. Monique luchó por soltarse, aunque pronto descubrió que era mala idea. De seguir forcejeando, lo único que conseguiría sería ahogarse con el brazo de aquel hombre.
  —Te voy a quitar la mano —susurró—, si me prometes que no vas a gritar.
  Monique asintió con la cabeza.
  —Si lo haces, tendré que tirarte por la borda. Ninguno de los dos disfrutaríamos con ello.
  El hombre retiró lentamente la mano, aunque mantuvo el agarre con el antebrazo, para evitar que escapara. Lentamente la llevó hasta el borde del barco, en el extremo de la popa.
  —¿Quién eres? —preguntó Monique.
  —Eso es exactamente lo que te iba a preguntar.
  —Yo lo he preguntado primero.
  —Pero yo soy el que manda.
  —…Eso es muy poco democrático.
  —¿Eres el bufón del barco? —al hombre se le estaba agotando la paciencia.
  —No. Soy la Coordinadora de Desarrollo de Exploración.
  —No me importa cuál sea tu trabajo —apretó ligeramente el agarre—. Quiero saber qué es lo que haces aquí.
  —Alguien… dejó una nota.
  —¿Cómo sabes lo de la nota?
  —Estaba entre mi ropa…
  —¿Qué? No puede ser. Estaba dirigida a Rose.
  —Es… mi compañera de habitación.
  Quizá no debería haberlo dicho, pero estaba a punto de ser ahogada. No era el mejor momento para pensar fríamente.
  —Mierda —se lamentó el hombre misterioso—. Ha debido de haber un error. La nota no era para ti.
  —Genial… Entonces me vuelvo a la cama…
  —¿Has dicho que Rose es tu compañera de habitación?
  —Sí… Te puedo llevar hasta allí…
  Obviamente, no pensaba hacerlo. De camino podría planear algo para liberarse. O quizá hubiera alguien despierto que pudiera ayudarla.
  —No será necesario. Si estás aquí significa que la puerta de vuestra habitación está abierta.
  —Vale… Entonces ve tú solo, yo me quedaré aquí, tomando el aire…
  —Lo siento, pero sabes perfectamente que no puedo dejarte ir.
  El hombre intentó lanzar a Monique fuera del barco. Ella se agarró como pudo a la barandilla, entrelazando las piernas con todas sus fuerzas. El hombre le soltó el cuello y empezó a golpearle las piernas, intentando hacerla caer. Era cuestión de segundos que lo consiguiera. No podría resistir mucho más. ¿Por qué había hecho caso a la nota? ¿Por qué no había reprimido su curiosidad y se había quedado en la cama como una buena chica?
  El sonido que hizo el cuerpo al estrellarse contra el mar fue horrible. No por el sonido en sí, sino por lo que significaba: era el fin de una vida. Un final horrible. Y Monique lo vio precipitarse a su lado, casi sin creérselo.
  —Dame la mano, niña.
  Rose la ayudó a volver a la cubierta. Monique cayó al suelo y se agarró a una de las piernas de aquella mujer, como si soltarla implicara caer al mar.
  —Tranquila. Estás a salvo.
  Monique tardó varios segundos en relajarse. Tenía el corazón a mil por hora.
  —Quería matarte —dijo al fin.
  —Lo sé —respondió Rose de forma calmada.
  —¿Lo sabes? ¿Qué está pasando aquí?
  —Espero que puedas perdonarme.
  —¿…Qué? —Monique se puso en pie—. La nota… Tú viste la nota.
  —Sí.
  —Fuiste tú quien la dejó entre mi ropa.
  —Siento haberte usado. Si hubiera venido yo sola, me habrían matado al momento. Necesitaba una distracción.
  —Joder, ¡casi me matan!
  —No se lo iba a permitir. Has visto que te he salvado, ¿no?
  —Pero…
  —Entiendo que estés enfadada —siguió Rose—. Y no puedo hacer otra cosa más que disculparme nuevamente.
  —Si me hubieras contado lo que querías hacer, te podría haber ayudado. Podríamos haber pensado algo entre las dos.
  —Necesitaba que actuaras como si no supieras nada. Y la mejor forma de conseguirlo… era que realmente no supieras nada.
  —¿Dónde ha quedado todo eso de la confianza mutua?
  —Creía que tú no te fiabas de nadie. Eso fue lo que me dijiste.
  Y así era. Había sido muy estúpida de dejarse convencer por una nota anónima. Eran esos errores, esas pequeñas diferencias, lo que todavía separaba a aquellas dos mujeres.
  —¿Volvemos dentro? —preguntó Rose.
  —…Vale.
  —Te compensaré por esto, lo prometo.
  —De todas formas, ¿por qué iba a querer alguien asesinarte?
  Rose sonrió, sin dejar de caminar.
  —Bienvenida a mi vida, niña.


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1 comentario sobre Primeros capítulos de Ynys

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