Primeros capítulos de Terrakalank

Aquí podéis leer de forma gratuita los nueve primeros capítulos de Terrakalank, una novela sobre religión, terrorismo y filosofía, protagonizada por el heredero de un país ficticio llamado Terras.

Pese a ser una obra de ficción, sus parecidos con la realidad… son algo más que una coincidencia.


1

  —¡Sehzade!
  Mitranash abrió los ojos. Estaba tirado en el suelo, mirando hacia el pequeño trozo de cielo que se filtraba a través del denso humo.
  Uno de sus guardaespaldas lo ayudó a ponerse en pie, mientras su mente todavía trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir.
  —Estoy bien —dijo para tranquilizarlo.
  Le dolía la espalda, y se había raspado medio brazo, pero eran heridas muy superficiales.
  —Sácalo de aquí —indicó el otro guardaespaldas.
  Pese a estar al aire libre, apenas podían respirar. Avanzaban agachados, tapándose la nariz y la boca. El suelo estaba lleno de trozos de metal, ceniza, ropa, sangre y otras cosas imposibles de identificar con tan poca visibilidad.
  Los ladridos de un perro sobresaltaron a Mitranash. Debía de estar cerca, aunque no podía verlo.
  —¡Sehzade, por aquí!
  Mitranash siguió avanzando detrás de sus guardaespaldas, pero otro ladrido le hizo cambiar de opinión; se dio la vuelta y regresó en busca del animal.
  El perro estaba escarbando en el suelo, junto a una valla. No parecía estar atrapado; sin embargo, permanecía estático, ladrando furiosamente. Cuando Mitranash intentó cogerlo, descubrió el motivo de los ladridos: una pierna asomaba bajo la valla. Al principio pensó que era una extremidad suelta, desprendida de su cuerpo tras la explosión. Más de cerca pudo ver al niño semicubierto por la valla que, afortunadamente, seguía unido a esa pierna.
  Apartó al perro, que cesó en sus ladridos, y levantó la valla usando el brazo dañado, mientras con el otro cargó al niño en su hombro. No se movía, y no podía detectar, en esas condiciones, si seguía respirando. Pero no podía dejarlo ahí; si aún quedaba una posibilidad de salvarlo, era ésa.
  Un par de metros más allá encontró otros dos cuerpos. Uno estaba irreconocible; no había sobrevivido. El otro parecía haber corrido la misma suerte, pero entonces movió ligeramente una pierna. Debía seguir semiinconsciente, pues no se levantaba. Mitranash buscó a sus guardaespaldas con la mirada; no había rastro de ellos.
  —¡Luzio! ¡Darko!
  El ruido y los gritos de otras personas impedían que sus guardaespaldas pudieran oírlo. El niño y la tos le estaban provocando un gran dolor de espalda y pecho; tenía que salir de allí cuanto antes.
  ¿Qué debía hacer? ¿Ignorar a aquella otra persona, todavía viva, y llevarse al niño, que podía estar ya muerto? ¿Acaso podía cargar con el adulto en esas condiciones? ¿Y qué ocurriría si intentaba salvar al adulto, pero éste moría después, y a cambio había dejado morir al niño ahí dentro?
  Si dudaba, sería él quien moriría. No había tiempo de pensar. Mitranash dio la espalda a los dos cuerpos, con el niño en brazos, y se dirigió hacia el lugar por el que se habían alejado sus guardaespaldas. No podía avanzar agachado con ese peso, así que se puso de pie y corrió lo más rápido que pudo. El perro iba tras él, sin dejar de ladrar.
  —¡Sehzade! —el humo impedía ver de dónde venía la voz.
  —¡Estoy a…!
  Mitranash tropezó con algo y cayó hacia delante. El niño salió despedido, y ambos quedaron tendidos en el suelo.
  Los guardaespaldas regresaron en su busca apenas unos segundos después. Uno de ellos lo ayudó a levantarse.
  —No vuelva a alejarse, por favor.
  —Luzio, coge al niño —ordenó al otro.
  Haciendo un último esfuerzo, los cinco, incluyendo al perro, lograron ponerse fuera de peligro. Mitranash no podía dejar de toser, y el niño seguía sin dar señales de vida.
  Todo había ocurrido tan deprisa…
  Lo que prometía ser un día alegre, festivo, de celebración para los habitantes de Terras, se había convertido en una pesadilla.



2

  La montaña de Terras, conocida también como Monte de Terragar, no era el punto más elevado del continente. Tampoco era el paisaje de más belleza, ni el más rico en vegetación. Sí era, en cambio, el lugar más importante de la nación.
  No sólo daba nombre al país y a su capital, sino que servía de protección física y espiritual para todos sus habitantes. De forma más o menos frecuente, la gente acudía al templo de Terragar (“Protector de Terras” en lengua antigua), el dios de la montaña, para darle las gracias y rogarle que siguiera cuidando de ellos. Aquél era el lugar más importante para la Terravadl (“Religión de Terras”).
  Terras, la ciudad, estaba situada en la parte baja de la ladera del Monte de Terragar. Dada su localización, basaban la mayor parte de su economía en la extracción de minerales. Casi un cuarto de la población adulta trabajadora vivía de la minería… pero no había nadie que no se beneficiara de ella, ya que gran parte de las ganancias iban destinadas al mantenimiento de la ciudad.
  La capital tenía cuatro niveles, unidos no sólo por calles y escaleras, sino también mediante un tranvía que permanecía activo casi todo el día, descansando únicamente en las horas de sueño de la mayoría de la población. No ocurría lo mismo con el tren del exterior, que estaba activo día y noche.
  En la parte superior (cuarto nivel) de la ciudad se encontraba la mansión del Badishah Narash, líder hereditario de Terras, además de los edificios que formaban el centro de gobierno.
  En el llamado “tercer nivel” vivían las familias más antiguas de la ciudad. Eso no significaba que fueran las más ricas, aunque sí era lo más habitual. Allí también estaba uno de los dos colegios de Terras; concretamente, el más nuevo. Debido al aumento de población, se vieron obligados a construir un segundo centro educativo, donde, a diferencia del otro, pusieron una tasa de ingreso. El resultado fue la clara diferenciación entre los estudiantes adinerados y los normales, pero, dado que el nuevo colegio no bajó el nivel del antiguo, sino que, gracias a la disminución del número de alumnos por clase, aumentó su calidad, nadie se quejó de la división.
  En el segundo nivel vivía alrededor de la mitad de la población, y allí estaban la mayoría de comercios, además del hospital, el teatro, el colegio antiguo, y mucho más. Era la zona más viva de la ciudad, donde solían juntarse los habitantes de los cuatro niveles. Desde la parte oeste se podía acceder al templo de Terragar, lugar de peregrinación tanto de locales como de visitantes.
  El nivel bajo era la segunda zona más poblada. Desde allí se accedía a la galería de minas que daba soporte a la economía de Terras. Además, ese nivel servía de entrada principal a la ciudad.
  En cada uno de los niveles había una salida que comunicaba con la carretera situada al este de la ciudad, única zona no peatonal de Terras. Los coches habían quedado casi en desuso tras la inauguración del tren nacional; por otro lado, los camiones de mercancías de las distintas empresas sí eran más habituales. Junto a la carretera estaban también los garajes alquilados por los propietarios de cada vehículo. Acceder a cualquiera de los tres primeros niveles con el coche era peligroso, debido a la reconversión de todas las vías públicas en peatonales.
  Aunque todas las ciudades del país estaban unidas por carreteras, la gran mayoría de la gente optaba por usar el tren. Era, sin ninguna duda, la mejor creación del actual Badishah. Llevaba en funcionamiento apenas cinco años, tras una gran inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, cuyo resultado había servido para contentar a los habitantes de todo el país. No sólo por la facilidad de comunicación, sino por algo mucho mejor: era gratuito. Tanto el tren como el tranvía podían ser utilizados por cualquier persona, en cualquier momento, tantas veces como consideraran oportunas, sin pagar absolutamente nada. Todo ello financiado por la minería.
  Eran dos las vías que recorrían el país, una en cada dirección. Por cada una de ellas circulaban continuamente varios trenes, con vagones de transporte de personas y/o mercancías.
  Aunque el título de Badishah era hereditario, y éste nombraba a todo su equipo de gobierno, siempre habían contado con la aprobación de la gran mayoría de la población. Los que se oponían no solían hacer mucho ruido. No por miedo, sino porque conocían de antemano la inutilidad de las protestas.
  Sin embargo, alguien estaba a punto de conseguir, por sí solo, echar por tierra la exitosa dinastía actual. Y era una de las personas que compartían mesa con el Badishah Narash. No sólo mesa; también sangre: su hijo, el Sehzade Mitranash.
  —¿Estás nervioso? —preguntó Umakshi.
  —¿Por qué iba a estarlo? —respondió Mitranash sin apartar la vista de su plato.
  —¡Hoy es un día muy importante para todos!
  —Para todos… vosotros.
  Umakshi estaba acostumbrada a la frialdad de su hijo, cada vez que salía el tema de la sucesión, pero era su obligación de madre insistir. Mitranash tenía ya 24 años, y en algún momento tendría el futuro del país en sus manos. Por eso confiaba en que cambiara pronto de opinión. Si ni ella ni los demás podían conseguirlo, quizá sí lo lograra una mujer joven, bella e inteligente, que estuviera siempre a su lado.
  —Claro que es importante para ti —protestó su hermana, Gensha—. Es tu futuro.
  —Mi futuro no va a cambiar por lo que pase hoy. Sólo elegiré quién más deberá sufrirlo conmigo.
  —¿Cómo te atreves a decir eso? Todas las doncellas de Terras matarían por ser la futura Haseki, del mismo modo que todos los hombres sueñan con ser Badishah. Eres un desagradecido.
  —Gensha… No pagues conmigo tu frustración por ser mujer.
  —¡No discutáis! —interrumpió Umakshi—. Hoy más que nunca es un día para mostrarnos unidos. Mitra, dentro de unos años agradecerás todo esto. Harás muy feliz a la mujer que elijas, y ella te hará feliz a ti. Después tendréis hijos, y…
  —Mamá —interrumpió Kalki, el tercer hermano—, así no ayudas.
  —…Perdón.
  Ambos rieron, sacando a Mitranash la única sonrisa sincera de aquella mañana. Gensha permanecía seria, mordiéndose la lengua, una técnica que había dominado en sus continuos debates con su hermano mayor.
  Narash entró al comedor, vestido ya con su uniforme oficial.
  —¿Qué haces aún así? —preguntó a Mitranash.
  —Queda mucho para el… encuentro, o como se llame.
  —Tienes que prepararte, y hablar antes con el Maestro Vadin.
  —¿Para qué?
  —¿Cómo que “para qué”? Para ver si consigue meter un poco de sentido común en esa piedra que tienes por cabeza.
  —A sus órdenes, mi Badishah.
  Mitranash se levantó sin ni siquiera mirar a su padre, y subió a su habitación.
  —Papá, ¿por qué le consientes que te hable así? —preguntó Gensha, indignada.
  —Mientras nos haga caso, que diga lo que quiera. Kalki, ¿por qué no lo acompañas?
  El pequeño de los tres hijos le hizo un gesto afirmativo con la mano, mientras terminaba rápidamente su desayuno.
  Un rato después, Mitranash y Kalki iban de camino al templo de Terragar, en el segundo nivel de la ciudad. Pese a ser hijos del Badishah, no todo el mundo reconocía sus caras, y los que lo hacían no le daban más importancia que a cualquier otra persona. Era buena señal, porque así podían prescindir de llevar guardaespaldas la mayor parte del tiempo.
  —¿Tienes alguna preferencia, Mitra?
  —Si te soy sincero, no sé ni cómo se llaman.
  —¿Quieres que pregunte?
  —No es necesario. Conocer a sus familias sólo serviría para condicionarme.
  —Entiendo… Sé que no te gusta tener que pasar por esto, pero ya sabes que es algo necesario, por el bien de Terras.
  —¿Te ha dicho Narash que me intentes convencer?
  —Claro que no —Kalki rió—. Te lo digo porque yo también lo pienso. Han hecho por ti la parte más difícil: buscar. Lo único que tienes que hacer es elegir una de las tres.
  —Elegir… ¿en base a qué?
  —Buena pregunta —Kalki se detuvo unos segundos, pensativo—. Las tres deben ser auténticas bellezas, así que podrás centrarte en lo importante: cuál de ellas consideras la más inteligente, apropiada para ser la futura Haseki.
  —¿Y si no me lo parece ninguna?
  —¿Y si te lo parece más de una? —rió—. ¡Eso sí que sería un problema!
  —Siempre podrá elegirlo Narash por mí. Como todo.
  —Al paso que llevas, puede ser lo mejor. Mitra, papá no espera que te enamores de una de las tres candidatas nada más verla, que mañana tengas un hijo, y pasado mañana seas el perfecto heredero… Pero sabes tan bien como nadie que, tarde o temprano, tendrás que ocupar ese rol.
  —Estás a tiempo de ocupar mi puesto, Kalki.
  —Yo no valgo para eso. Me conformo con conseguir el título de Lector de Terravadl. ¿O es que quieres cambiarme el lugar?
  —Si mi única alternativa a convertirme en Badishah pasase por la Terravadl, no elegiría a una sola chica, sino a las tres.
  —¡Jajaja! ¿Ves? Cada uno tenemos nuestro lugar.
  El templo estaba dentro de la propia montaña. La fachada tallada en piedra era uno de los lugares más bonitos de la ciudad. Dentro los esperaba el Maestro Vadin, quien ya había sido avisado de su llegada.
  —Os dejo a solas —dijo Kalki—. Estaré en el altar, meditando.
  A Mitranash no le hacía ninguna gracia que su padre le obligase a hablar con el Maestro Vadin. La única persona que odiaba aquellas conversaciones más que él, era el propio Maestro.
  —Aquí estás de nuevo, Sehzade.
  —Listo para que me des una charla, Vadin.
  —¿Esta vez escucharás?
  —Que ignore las tonterías no significa que no las escuche.
  El Maestro Vadin no se dejó afectar por el comentario ofensivo.
  —Hoy es un día importante para toda Terras, Sehzade…
  —Todo el mundo me dice eso. Debe de ser verdad.
  —Y también es un día importante para Terragar.
  —No sabía que él estaba invitado.
  —Un dios no necesita ser invitado para vigilarnos. Terragar se preocupa por ti y por el futuro de Terras, incluso con todo tu escepticismo, y tu insistencia en intentar ridiculizar cualquier cosa sagrada.
  —¿Puedo preguntarte algo? —interrumpió Mitranash.
  Vadin sabía lo que venía después… y no solía gustarle. Estaba encantado de poder debatir con quien fuera, pero hablar con Mitranash era agotador.
  —Dime, Sehzade.
  —¿Qué fue antes: Terras o Terragar?
  —¿…Y eso a qué viene?
  —Estaba pensando… Si lo primero fue el dios, qué oportuno que se llamara “protector de un lugar que aún no existe”. En cambio, si lo primero fue el país, qué suerte tuvimos de que después apareciera un dios cuyo propósito coincidía con nuestros intereses.
  —Terragar existe desde mucho antes que nosotros, y que todos nuestros ancestros. Existe incluso desde antes que nuestra montaña.
  —¿Y qué hacía antes?
  —¿Antes de qué? —Vadin lo miró algo desconcertado.
  —De protegernos. De crear la montaña. Antes de todo eso debía de aburrirse mucho, ¿no? A lo mejor somos su entretenimiento.
  —Piensas en Terragar como si fuera un humano —respondió el Maestro con paciencia—. ¿Qué necesidad puede tener un dios de buscar entretenimiento u ocupación? Lo que hiciera antes o después puede estar fuera de nuestro entendimiento.
  —¿Y qué necesidad tiene de protegernos?
  —Ninguna. No somos algo especial para él. Somos una parte más de Terras, el lugar de su protección. ¿Acaso no es ése el principal motivo de que le debas respeto? Como dios, no tendría por qué cuidar de nosotros. Y, sin embargo, lo hace.
  —Sólo a los que les va bien en la vida —puntualizó Mitranash.
  —Te equivocas: también cuida a los que les va mal. Y en cuanto a su nombre, vuelves a ver a Terragar como si fuera un humano, con un nombre elegido por sus padres al nacer. “Terragar” es simplemente el nombre que nuestros antepasados le dieron. “Protector de Terras”. Más que su nombre, es nuestra definición ante algo que, sinceramente, escapa a nuestra comprensión. Es la manera de humanizar a un dios, para poder tratar con él. Si le llamáramos de otra forma, nada cambiaría.
  —¿Lo puedo llamar “Señor Roquitas”, por ejemplo?
  —El nombre no es importante, Sehzade; el respeto sí.
  —¿Crees que se puede molestar si le falto al respeto? Pensaba que estaba por encima de esas cosas tan… humanas.
  Kalki regresó junto a ellos, para alivio del Maestro Vadin.
  —Tenemos que marcharnos ya, Mitra. Vamos justos de tiempo.
  —Espera un momento —pidió Vadin.
  —De acuerdo, Maestro. Te espero fuera —dijo a su hermano.
  —¿Hay algo más de lo que tengamos que hablar? —preguntó Mitranash.
  —No hemos hablado del motivo de tu visita. Hoy es el día en que por fin elegirás a tu futura esposa. Un día importante para todos, como te dije antes, y como otros te han recordado en múltiples ocasiones. Un día mucho más importante de lo que piensas. Como nuestro futuro Badishah, debes elegir con sabiduría. No te precipites. Algún día, me gustaría tener el privilegio de ser yo quien os una en matrimonio… pero no tiene por qué ser hoy, mañana o pasado. Sin embargo, debe ser pronto. Hay intereses muy superiores a ti mismo; tienes que darte cuenta ya. Sehzade, ya no eres un niño. Eres una persona inteligente, y sabes cómo funciona esto. Para que la sociedad se mantenga funcionando, tenemos que seguir haciendo lo que es mejor para todos, aunque eso implique nuestro sacrificio personal. Y, si me permites decirlo, creo que tu sacrificio es nimio. Lo único que se te pide… es que te conviertas en la persona más poderosa de Terras.
  —Dices que es lo único que se me pide —replicó Mitranash—, pero, realmente, no recuerdo que nunca se me haya pedido nada. Sólo me queda obedecer.
  —Buena suerte, Sehzade.
  Mitranash y Kalki regresaron a su mansión, donde estaban esperando sus padres: el Badishah Narash y la Haseki Umakshi.
  —El encuentro será en la plaza del tercer nivel —informó Narash—. Iremos a pie, para que todos los vecinos interesados en el evento puedan vernos juntos, y no se amontonen en la plaza. El lugar está vallado, y sólo podrán acceder los miembros de seguridad, las familias de las chicas, y nosotros.
  —¿Era necesario montar todo este circo? —preguntó Mitranash, poco ilusionado.
  —No era necesario. Habría bastado con que eligieras pareja por tu cuenta. Pero, dado que has ignorado todo consejo previo, no ha quedado más remedio que organizar este evento.
  —“Este circo”.
  —Llámalo como quieras, Mitranash.
  Antes de iniciar la marcha, otras dos personas se unieron a ellos: Gensha y su prometido, Narayan, hijo del Bey de Radan.
  —En unas horas conoceremos a la futura Haseki —Narayan sonrió a Mitranash—. Te diría que elijas a la más parecida a tu hermana… pero eso podría sonar mal —rió.
  La relación entre ambos siempre era cordial, aunque llamarlos “amigos” sería exagerar.
  —Espero que tenga su viveza —respondió Mitranash—, pero no su cabezonería y mal humor.
  —Si fueran tan perfectas, ninguno seríamos dignos de ellas.
  Dentro de la plaza había mucha más gente de la que Mitranash esperaba. Tres coches habían sido aparcados en el centro, adornados de forma ostentosa, como ostentosos eran también los vestidos de las tres bellas mujeres que esperaban pacientemente a que llegara su pretendiente.
  —Si querían impresionarme con eso… —Miranash suspiró—, alguien las ha aconsejado mal.
  —Nosotros esperamos aquí —dijo Narash—. Acércate y salúdalas una por una. Sé breve, deja que se presenten, diles que estás encantado de poder pasar el día con ellas para conocerlas mejor…
  —Si me has escrito un guion, deberías habérmelo pasado antes, para poder memorizarlo.
  Mitranash miró a su alrededor. Su madre parecía más nerviosa que nadie. Su hermano le guiñó un ojo. Los guardaespaldas, vestidos con el uniforme oficial (algo que no era habitual, ya que solían ir de paisano), permanecían a pocos metros de ellos, más por aparentar que porque fueran necesarios. O eso pensaba en aquel momento.
  —No hagas ninguna tontería —dijo Gensha a su hermano mayor, mientras le colocaba correctamente la chaqueta.
  —No prometo nada.
  Ella suspiró, resignada, y él se preparó para poner fin a aquel “circo”, como le gustaba llamarlo.
  —¡Vamos allá…!
  Caminó lentamente, pensando algo que no se le había ocurrido hasta ese momento: ¿a cuál de las tres debía saludar primero? Ni siquiera sabía sus nombres. ¿Qué pasaba si los dos se quedaban en silencio sin saber qué decir? ¿Qué pasaba si a ella le olía mal el aliento? ¿Qué pasaba si le caía mal desde el primer segundo? ¿Qué pasaba si…?
  Todos esos pensamientos dejaron de importar poco después, cuando una explosión le hizo estamparse de espaldas contra el suelo.



3

  El hospital se había llenado de pacientes. Casi todos ellos, con heridas leves. Sólo dos parecían graves. El resto de personas alcanzadas de cerca por la explosión, habían muerto al instante… o tras un corto pero doloroso final.
  El Badishah y su familia estaban siendo atendidos en su propia mansión. No presentaban heridas importantes: Narash tenía un pequeño corte en la mano, Umakshi se había golpeado la rodilla al caer, Mitranash se había raspado el brazo, y Gensha llevaba parte de la cabeza vendada, tapándole un ojo.
  —Has estado a punto de perderlo —le dijo el médico—. Un poco más abajo, y…
  —Terragar me protegió —sonrió ella.
  —Ya podía haber evitado la explosión —replicó Mitranash de forma sarcástica.
  Cuando el médico se marchó, otro hombre entró a la sala. Era el Visir Aresham, uno de los principales mandatarios del gobierno de Terras, sólo por detrás de la dinastía del Badishah.
  —¿Cómo te encuentras, Narash?
  Aresham era una de las pocas personas que trataban al Badishah por su nombre, ya que, además de trabajar para él, eran muy buenos amigos.
  —Sólo ha sido un corte. Mi hija ha salido peor parada.
  El Visir miró a Gensha, quien se examinaba la venda frente a un espejo.
  —Espero que no sea nada grave —dijo él.
  —Nada en comparación con lo que sufrirá el culpable cuando lo pillemos —respondió ella sin dejar de mirarse al espejo.
  —Eso será si hay un culpable…
  —¿Alguna novedad al respecto? —preguntó Narash—. ¿Se sabe a qué se debió la explosión?
  —Es pronto para saberlo, pero no creo que seamos capaces de averiguar si se trata de un accidente, o…
  —Los coches no explotan solos.
  —Normalmente no —Aresham se encogió de hombros—, pero normalmente la gente tampoco va provocando atentados.
  Un rato después, Mitranash y Kalki regresaron a la plaza del tercer nivel, ya sin humo, a contemplar cómo había quedado tras la explosión. El centro de la plaza estaba ennegrecido, pero las casas no parecían haber sufrido daños, más allá de algún cristal o maceta rotos. Todos los cuerpos habían sido retirados, pero no así la chatarra en que se habían convertido los vehículos destrozados. Varios hombres buscaban algo entre ellos; probablemente pistas.
  —Va a ser difícil que encuentren algo así —Kalki suspiró.
  —No lo descartes. La explosión no ha sido tan fuerte.
  —¿Que no…? Díselo a toda esa pobre gente.
  —Yo sigo vivo, ¿no? Y no estaba tan lejos. Si la explosión hubiese sido mayor… yo habría muerto, y una herida en un ojo habría sido el menor de vuestros problemas.
  —Terragar te protegió.
  —Kalki, no me jodas. ¿Cómo puedes hablar de Terragar con toda esa gente muerta?
  —Tú mismo lo has dicho: podría haber sido mucho peor. Sé lo que vas a decir —lo paró con un gesto de la mano—. “¿Por qué no impidió la explosión?”. Así no es como funcionan las cosas. Terragar nos protege; no nos manipula a nosotros ni a los coches. Ocurriera lo que ocurriera, es culpa nuestra.
  —¿“Nuestra”?
  —De los humanos, quería decir.
  —Yo tengo otra teoría —Mitranash clavó su mirada en el centro de la plaza.
  —¿Sobre Terragar?
  —No. Sobre por qué no he muerto en la explosión —hizo una pausa—. Estarás de acuerdo conmigo en que las probabilidades de que haya sido un accidente son muy pequeñas, ¿verdad?
  —No lo sé… ¿Por qué lo tienes tan claro?
  —Porque los tres coches estaban con el motor apagado. Si las posibilidades de que exploten con el motor encendido son muy pequeñas, estando en reposo lo veo casi imposible.
  —¿Estás seguro de que estaban apagados? —Kalki intentó recordar la escena.
  —Eso creo. Por tanto, tuvo que ser provocado.
  —¿Y por qué explica eso que no hayas muerto?
  —No es ésa la explicación —Mitranash negó con la cabeza—. El motivo de que no haya muerto… es que no era yo el objetivo. Si lo hubiera sido, habría bastado con que, quienquiera que pulsó el botón, esperase unos segundos, hasta que yo estuviera al lado de las chicas.
  —Suponiendo que de verdad haya sido una bomba… quizá fue simplemente un error de cálculo. A lo mejor pensaba que nos mataría a esa distancia, o quizá era una bomba con temporizador… o vete tú a saber.
  —¿Dejaría una persona, capaz de hacer algo tan complicado, que su misión fracasase por unos errores tan estúpidos como no controlar el radio de alcance o el tiempo exacto de la cuenta atrás?
  —¿Y por qué iba alguien a querer matar a esas pobres chicas?
  —¿Y por qué iba alguien a querer matarme a mí?
  —No lo sé, Mitra… Pero, si tú mueres, tendré que ocupar yo el puesto de heredero, así que procura mantenerte con vida, ¿vale?
  —¿Cómo? —Mitranash fingió estar sorprendido—. ¿Que si muero me libraré del cargo de Badishah? Si lo llego a saber…
  Los dos hermanos rieron, olvidando por unos segundos la tragedia que había ocurrido, pocas horas antes, en ese mismo lugar.
  —¡Sehzade!
  Los dos guardaespaldas de Mitranash llegaron a la plaza, ya sin los trajes de gala.
  —¿Qué hacéis aquí?
  —Su padre nos ha ordenado cuidarle en todo momento. Su vida puede estar en peligro.
  —No es necesario, podéis marcharos.
  —Lo siento, Sehzade, pero no podemos contradecir una orden del Badishah.
  —¿Y sí podéis contradecir una orden mía?
  Los guardaespaldas se miraron.
  —Sólo… si va en contra de la orden del Badishah —respondió uno de ellos—. Siento las molestias, Sehzade.
  Mitranash suspiró, dándose por vencido.
  —Papá no comparte tu teoría, Mitra —Kalki rió.
  —No se puede luchar contra eso. Oye, ¿qué te parece si vamos al hospital?
  —¿Te encuentras mal? —Kalki lo miró preocupado.
  —No, pero quiero visitar a alguien.
  Los dos hermanos y los guardaespaldas bajaron al segundo nivel usando el tranvía, que los dejaba justo al lado del hospital.
  —Hay mucha gente —dijo Kalki—. Posiblemente sea el peor momento para hacer una visita.
  —Posiblemente sea el único —replicó su hermano—, ya que no sé ni su nombre, así que no podré encontrarlo una vez salga de aquí.
  —¿Y estás seguro de que está aquí?
  —Sí; ése de ahí me lo acaba de confirmar.
  Mitranash señaló a un perro que esperaba junto a la puerta del hospital. Kalki prefirió no hacer más preguntas; no estaba seguro de si era una broma.
  La sala de espera estaba ya casi vacía. Sólo quedaban algunos de los pacientes más leves, junto a sus amigos o familiares. La mayoría de ellos podrían haberse curado en sus propias casas, pero fueron obligados a ir al hospital para ser tratados por profesionales.
  Mitranash se acercó a uno de los trabajadores.
  —Estoy buscando a un niño. Tiene alrededor de… doce años. Pelo negro rizado, la ropa destrozada… La última vez que lo vi estaba inconsciente.
  —Oh… Sehzade —el hombre lo miró sorprendido—. Creo que sé quién dice. Por favor, acompáñenme.
  En ocasiones como ésta, Mitranash sí se alegraba del puesto que ocupaba en el gobierno. No podía negar que le abría puertas.
  —Siento mucho lo que ha pasado —dijo el hombre—. ¿Se encuentran todos sus familiares bien?
  —Sí, más o menos.
  —Habéis hecho un buen trabajo con los pacientes —añadió Kalki—. Gracias por vuestro esfuerzo.
  —No hemos podido salvar a todos —el hombre se detuvo frente a una puerta—. Este niño estuvo a punto de asfixiarse… y me temo que toda su familia ha muerto.
  —¿Lo sabe?
  —…No.
  Mitranash y Kalki entraron en la habitación, mientras los guardaespaldas vigilaban la puerta, y el trabajador volvía a sus quehaceres.
  El niño, que estaba de pie y mirando por la ventana, se giró hacia ellos en cuanto los oyó entrar. La sonrisa que se había dibujado en su cara desapareció tan rápido como llegó.
  —No somos quienes esperabas, ¿eh? —dijo Mitranash.
  El niño lo miró detenidamente sin decir nada, y entonces sus ojos se abrieron como platos.
  —¡Eres tú! ¡Eres el Sehzade de Terras!
  —Puedes llamarme Mitra. Éste es Kalki, mi hermano.
  Kalki le sonrió y saludó con la mano.
  —¡Ya lo sé! ¡Yo… yo estaba ahí! ¡Te estábamos esperando, y…!
  —Despacio, chico.
  El niño intentó ordenar mentalmente sus palabras antes de decirlas.
  —¡Soy el hermano de Shauri!
  —¿Shauri?
  —¡Sí! Una de las tres chicas con las que te ibas a reunir, para elegir novia.
  —¡Ah, ya la recuerdo! —mintió Mitranash—. Perdona, estoy algo mareado por el golpe.
  —¡No importa! Yo estaba allí, y te vi llegar… pero después de eso no recuerdo nada. Aún no me han dejado ver a mi hermana ni a mis padres.
  Mitranash y Kalki se miraron, sin saber qué decir. Era una situación tensa y desagradable.
  —¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente el pequeño de los hermanos.
  —Me llamo Zulkar. Soy de Radan.
  —¿De Radan? Igual que el prometido de mi hermana.
  —¡Lo sé! ¡Hanik es mi amiga!
  Hanik era la hermana pequeña de Narayan, y, por tanto, futura cuñada de Mitranash y Kalki. Sólo la habían visto un par de veces. Debía de tener la edad de Kalki; unos cinco o seis años más que aquel niño.
  —Oye, Zulkar —dijo Mitranash—. ¿Tienes un perro?
  —¡Sí! Tiene que estar con mis padres y mi hermana.
  Mitranash sintió que se le ponía la piel de gallina. ¿Hasta cuándo pensaban ocultarle la verdad al chaval?
  —Hay un perro esperando en la puerta del hospital. Creo que es el tuyo.
  —¿Está solo? ¡Tengo que ir a por él!
  —No puedes salir aún.
  —¡Pero…!
  —Escucha: me llevaré a tu perro a mi mansión, en la parte superior de la ciudad. Yo lo cuidaré hasta que puedas salir, que será pronto. Cuando salgas del hospital, ven a verme, ¿de acuerdo?
  El niño asintió.
  —Si veis a mis padres, ¿podéis decirles que estoy aquí?
  —…Claro.
  Los hermanos salieron de la habitación. Mitranash bajó rápidamente a buscar al perro. Kalki iba detrás, usando un pañuelo para enjugarse las lágrimas, que ya no podía seguir conteniendo.



4

  Casi todas las tardes, cuando se ponía el sol, Mitranash bajaba al primer nivel de la ciudad. La mitad de los días, para entrenar en el gimnasio. La otra mitad, para relajarse en alguno de los bares. Allí nadie lo trataba como a un superior, ni lo llamaban “Sehzade”. Era el único sitio donde parecía uno más.
  Sin embargo, aquella tarde, cuando se disponía a salir de casa para coger el tranvía, dos hombres se interpusieron en su camino. Eran sus guardaespaldas.
  —¿Adónde se dirige, Sehzade?
  —Al primer nivel. No es necesario que vengáis.
  —Lo sentimos, pero su padre nos ha dado órdenes de no permitirle abandonar la zona durante el resto del día.
  Mitranash quiso replicar, pero sabía que era malgastar saliva. Las órdenes del Badishah eran absolutas.
  De vuelta en el interior de la mansión, pidió a uno de los sirvientes que enviara un telegrama a su instructor de lucha, avisando de que no podría bajar a su sesión correspondiente.
  Si Narash había sido el artífice de proporcionar un servicio de tren y tranvía gratuitos, su padre, el anterior Badishah, también había hecho mucho por tener a todos sus habitantes comunicados, instalando el sistema actual de telegrafía. Los postes plantados dentro de todas las ciudades del país, y junto a las carreteras que las comunicaban, proporcionaban un sistema de mensajería rápido y eficiente, gracias a un invento reciente: las máquinas telegráficas.
  La línea de telégrafo llegaba a todas las casas, sin que sus propietarios tuvieran que pagar nada más que el propio aparato para enviar mensajes (“telegramas”), y un bajo coste energético por la luz que consumía su uso. Era tan fácil como escribir el mensaje deseado, empezando siempre por el código de la ciudad y casa a la que querían dirigir su mensaje, y pulsar el botón de enviar. El telegrama viajaba por los cables hasta la oficina de telegrafía de su localidad, donde, en un primer momento, varios trabajadores se ocupaban de redirigir aquel mensaje. Era un sistema no demasiado rápido ni privado, aunque eso había cambiado tras el invento de las máquinas telegráficas, capaces de realizar el mismo trabajo que aquellas personas, pero de forma inmediata, y sin que nadie más que el emisor y el receptor pudieran leerlos. O, como mucho, quienes vivieran con ellos…
  Al sólo haber un telégrafo por casa, lo normal era empezar poniendo a quién iba dirigido el telegrama. Así cada uno podría limitarse a leer sus mensajes, ya convertidos a texto legible y almacenados en el moderno aparato doméstico de telegrafía. Pero el riesgo de que un hermano, padre, madre, hijo, o, en el caso de esta familia, sirviente, cotilleara los telegramas no borrados de los demás, era algo que todavía no se podía controlar.
  Mitranash esperó al momento de la cena para mostrar su descontento con respecto a lo ocurrido aquella tarde. Las discusiones familiares en torno a la mesa del comedor eran cada vez más habituales.
  —Espero que la prohibición de salir de la mansión fuera algo exclusivo de hoy —protestó Mitranash.
  —Será así hasta que encontremos a los terroristas —su padre intentó zanjar el tema rápido.
  —Sea quien sea el culpable, ha cumplido su objetivo. Nosotros no estamos en peligro.
  —¡¿Que no estamos en peligro?! —replicó Gensha, señalándose la venda de la cabeza.
  —Eso fue un accidente. El objetivo era una de aquellas chicas… o, posiblemente, las tres.
  —Lo dices como si lo supieras de primera mano. Ahora que lo pienso, qué casualidad que hayan muerto todas las personas que eligieron como tus posibles futuras esposas.
  —¿Me estás acusando?
  —No… pero es mucha casualidad. Cuando parece que por fin papá consigue hacerte entrar en razón, y parece que, por una vez en tu vida, vas a hacer lo correcto… las pobres chicas mueren.
  —Gensha, para —Umakshi intentó cortar la discusión.
  —No, mamá, sabes que tengo razón. ¡Míralo! —señaló a su hermano mayor—. ¡No parece que esté afectado en absoluto por lo que acaba de pasar!
  —Claro que no lo estoy —respondió él—. No soy un hipócrita. No conocía a ninguna de las personas que han muerto. ¿Por qué iba a estar triste? Todos los días muere mucha gente que no conocemos. No sólo ancianos; también bebés. ¿Deberíamos llorar por cada uno de ellos?
  —¡¿Cómo puedes ser así?! —Gensha no daba crédito—. ¡Eres el futuro Badishah, y no te importan una mierda Terras ni su gente!
  —Quizá por eso nunca debería ser Badishah.
  —Pues lo serás —contestó bruscamente su padre—. Te guste o no, es la vida que te ha tocado.
  —No. Es la vida que tú me quieres obligar a tener.
  —Yo no he hecho la ley.
  —Tampoco has hecho nada por cambiarla.
  —Mitranash, lo hemos hablado mil veces. Sabes que yo no puedo actuar en contra de los deseos de nuestros ancestros. Eso sería un insulto a nuestra dinastía, y a todo el pueblo de Terras.
  —Quizá parezca un insulto a nuestros antepasados —Mitranash se encogió de hombros—. Pero quizá se lo merezcan.
  —¡No te voy a permitir decir esas cosas! Todo lo que tenemos se lo debemos a ellos.
  —¿Por qué os duele tanto oír la verdad? Nuestros antepasados pusieron a las mujeres como esclavas del hombre. Gensha, tú deberías defenderme más que nadie. Podrías ser la primera Badishah mujer.
  —¡No digas estupideces! —replicó ella—. Ir en contra de la ley escrita, no es sólo ir en contra de nuestros antepasados. También es un insulto a todo el país, y al propio Terragar.
  —¿A quién quieres engañar? Todos sabemos que te encantaría serlo.
  —¡Claro que me gustaría! Pero, a diferencia de ti, conozco mi lugar. No todo en la vida es hacer lo que queremos. Tenemos que sacrificarnos por el pueblo. Yo cumpliré mi función al lado de Narayan, y Kalki lo hará desde dentro de la Terravadl. Es hora de que tú también madures.
  —Mitranash, tienes mucho que aprender de tu hermana —dijo Narash, orgulloso de ella.
  —¿Qué voy a tener que aprender de una esclava acomplejada? Todas sus joyas no cambian lo que realmente es.
  —Se acabó; vete ahora mismo a tu habitación.
  —¿Es una sugerencia, una orden de padre, o un mandamiento de Badishah?
  —Las tres cosas.
  —Entonces no puedo negarme —dejó el cubierto sobre el plato—. A sus órdenes, mi Badishah.
  Mitranash se marchó, dejando a su padre y hermana muy enfadados, y a su madre y hermano sin saber qué decir.
  —Papá —dijo Gensha—, tienes que nombrar heredero a Kalki.
  —Oye, a mí dejadme fuera de esto —Kalki no quería participar de esas discusiones—. Sabéis que mi futuro está en la Terravadl, y que pronto conseguiré el cargo de Lector.
  —Serías un Badishah perfecto. Inteligente, amable, comprometido…
  —No, Gensha —interrumpió Narash—. Como tú misma has dicho, cada uno tiene su puesto. Mitranash tiene que entrar en razón. Cuando yo ya no esté en condiciones de gobernar, algo que, espero, será dentro de muchos años, vuestro hermano será mi sucesor. Para entonces seguro que estará tan comprometido como lo estáis vosotros. Y, para ello, necesito vuestra ayuda. No: él la necesita. Gensha, Kalki, estoy muy orgulloso de tener dos hijos como vosotros, y Mitranash será afortunado de poder contar con vosotros siempre, como sus hermanos y consejeros.
  —¡Pero se niega a escuchar! —insistió Gensha.
  —Ya lo hará. Por el bien de Terras, esperemos que así sea…



5

  A la mañana siguiente, Mitranash recibió una visita. Estaba en el patio trasero de la mansión cuando Kalki llegó acompañado de Zulkar, el niño del hospital.
  El primero en recibirlos fue el perro, contento de volver a ver a su amigo. Ésa fue la primera vez que el chico sonrió aquella mañana.
  Mitranash se acercó a su hermano, procurando que Zulkar no oyera la conversación.
  —¿Sabe ya…?
  —Sí. Se lo dijeron ayer.
  —Mierda… —miró al niño.
  —Intenta ser… más amable que de costumbre.
  —Kalki, ¿por quién me tomas?
  —Sé que no estás acostumbrado a tratar con niños, y éste es uno muy frágil ahora mismo. La situación por la que está pasando… no nos la podemos ni imaginar. ¿Recuerdas cuando murió el abuelo? Perder a sus padres y su hermana debe multiplicar ese dolor por mil —hizo una pausa—. Bueno, yo me marcho.
  —¿Qué? ¿Vas a dejarme solo con él?
  —Fuiste tú quien le dijo que viniera.
  —Pero a recoger a su perro; no tenía pensado hacer de niñero.
  —No tiene otro sitio al que ir, Mitra. En lo que contactamos con su familia de Radan, se quedará en la residencia de estudiantes de la Terravadl.
  —Pues llévalo allí ahora —insistió Mitranash.
  —Lo llevaré después. Ahora le viene bien tener alguien con quien pasar el tiempo, y tú no tienes nada mejor que hacer. Además, creo que esta experiencia te será útil.
  Kalki se marchó, dejando a su hermano sin saber qué hacer.
  —Oye, Mitranash… —el niño se acercó a él, seguido por su perro.
  —Puedes llamarme Mitra.
  —Me han dicho que fuiste tú quien me rescató, después de… lo que pasó. Muchas gracias.
  —No me lo agradezcas a mí; fue tu perro quien te salvó.
  —¿Él? —Zulkar miró a su pequeño amigo.
  —Me indicó dónde estabas.
  —¡Oh! Pero fuiste tú quien me sacó, ¿no?
  —Sí, pero…
  —Entonces eres como uno de esos héroes de los libros.
  Mitranash rió por dentro. ¿Un héroe? ¿Seguiría pensando Zulkar que él era un héroe si supiera que, a cambio de salvar su vida, y sin la certeza de que estaba vivo cuando lo sacó de la plaza llena de humo, dejó morir a otra persona que aún se movía? Una persona que podría tratarse de alguno de los familiares del niño, y a la que Mitranash dio la espalda, temiendo por su propia vida.
  —¿Te gusta leer? —era un intento de cambiar de tema y quitarse al niño de encima—. Tenemos un montón de libros en la biblioteca.
  —¡Sí, me encanta! En la librería de Radan tenemos muchos libros. Mis favoritos son los de héroes y los de historia antigua.
  —¿Historia de Terras?
  —¡No! Historia de… mucho antes.
  Viendo que el tema ilusionaba mucho a Zulkar, Mitranash decidió seguir por ese camino. Si se echaba a llorar, no sabría cómo reaccionar.
  —Yo también he leído libros sobre eso —dijo Mitranash—. Sobre la supuesta historia anterior a Terras. Pero, como ya sabrás, la mayoría de ellos son considerados ficción.
  —Lo sé, pero yo creo que todo es verdad. ¿Te imaginas poder hablar con gente de todas las partes del mundo? No sólo con gente de Terras, sino de… lo que sea que hay lejos de aquí. ¡Y no sólo hablar, sino ver imágenes!
  —Te refieres a la televisión, ¿verdad?
  —¡Sí! Es como viajar, pero sin salir de casa. Podríamos ver todas las obras de teatro del mundo. Y… no sé, muchas más cosas.
  —Fuera verdad o no, es algo que se perdió hace mucho tiempo.
  —¿Por qué se perdería?
  —Quizá ocurrió algo… o quizá es porque es simple ficción. Pero, oye, si de verdad es posible hacer algo así, ¿no te gustaría ser tú su inventor?
  —¿Yo? —Zulkar jamás se había planteado esa posibilidad.
  —Claro. ¿No sabes que el creador del telégrafo se basó en uno de esos libros antiguos? Estudia mucho y podrás ser el inventor de la televisión, de los videojuegos, de los aviones, o de cualquiera de esas cosas que narran los libros.
  —Eso… me gustaría.
  El niño se quedó callado, mirando al cielo. Quizá estaba pensando, o quizá estaba a punto de echarse a llorar, por lo que Mitranash se esforzó en seguir con la conversación.
  —¿Tenéis teatro en Radan?
  —¡Claro! Pero no suelo ir mucho. Prefiero ver las historias en los libros.
  —Opino igual. Un mal actor puede estropear una buena obra.
  —¿Sabes? Hace un par de años fui al teatro a ver “Las Tres Haseki”. Es una historia donde el Sehzade de un país ficticio tiene que elegir a su esposa de entre tres mujeres. Es… igual que en la realidad.
  —Conozco el libro. No lo había pensado hasta ahora, pero seguro que mis padres se basaron en esa historia para su intento de obligarme a elegir novia.
  Mitranash supo que acababa de meter la pata en el mismo segundo en que las palabras salieron por su boca.
  —A mi hermana… le gustaba mucho esa obra…
  —Es verdad, que tu hermana era una de las tres… Me habría encantado conocerla.
  —Seguro que la habrías elegido. Shauri era muy amable, guapa y lista. Era… era…
  Mitranash intentó encontrar las palabras que pudieran evitar lo que estaba a punto de ocurrir. Pensó en hablarle de la historia real de “Las Tres Haseki”, la que venía en el libro, y que había sufrido cambios en su adaptación a la obra de teatro. Pero no estaba seguro de que aquel niño entendiera lo que significaba “poligamia”.
  —Oye, Zulkar…
  —Mi mamá…
  El niño empezó a llorar. Mitranash recorrió el patio con la mirada en busca de ayuda, pero allí sólo estaban ellos dos y el perro, que los miraba con la típica mirada inexpresiva animal.
  Los siguientes segundos pasaron como horas. Mitranash no sabía si debía decir algo para consolarlo, darle un abrazo, o llamar a una de las sirvientas para que se ocupara de él. Lo único que alcanzó a hacer fue ponerle una mano en el hombro.
  —No llores, Zulkar.
  —Oye, Mitra… ¿Es verdad que las almas de la gente que muere viven en la montaña de Terragar para siempre?
  Mitranash pensó en decirle que las almas no existían, y que la única forma de viajar a la montaña después de muerto era que te enterraran allí. Pero en ese momento era más importante hacerle dejar de llorar que la sinceridad.
  —Sí. Desde allí nos protegen. Tus padres y tu hermana se han convertido en protectores de Terras.
  —¿Se habrán hecho amigos de Terragar?
  —…No lo sé, no me hablo con él.
  Gensha, que pasaba por allí y había escuchado el final de la conversación, se acercó a ellos.
  —No necesitan morir para ser amigos de Terragar —dijo acariciando al chico—. Él nos cuida a todos desde el momento en que nacemos. Incluso a los idiotas como Mitra.
  Ese comentario hizo reír a Zulkar, aunque no acalló su curiosidad.
  —Entonces, ¿por qué ha dejado que murieran?
  —Porque no todos los humanos son buenos. Terragar nos vigila, pero no puede evitar que ocurran cosas malas.
  —Mis padres y mi hermana eran buenos…
  —Pero el malnacido que provocó la explosión no lo era —aunque las palabras de Gensha eran duras, estaba consiguiendo tranquilizar al niño—. Mira la venda que llevo en la cabeza. Terragar no pudo evitar que algo me golpeara después de la explosión… pero sí ha logrado protegerme de una herida mayor, que me hubiera dejado tuerta para siempre.
  Mitranash apretó los puños; quería responder muchas cosas, pero no era el momento más adecuado. Prefirió seguir callado.
  —¿Algún día… Algún día podré reunirme con ellos de nuevo? —Zulkar miraba a Gensha como si tuviera todas las respuestas.
  —Claro que sí —ella le cogió las manos—. Algún día viviremos con ellos, y los ayudaremos a proteger Terras. Pero queda muchísimo hasta que llegue ese día. Hasta entonces, tenemos que hacer lo posible por conseguir que Terragar esté orgulloso de nosotros.
  —¿Y qué pasa con toda la gente que ha sido mala? ¿También vivirán con nosotros?
  —No hay sitio para ellos en la montaña. Pero no pienses en esas cosas. Oye, ¿te apetece que te enseñe la mansión? Hay salas muy bonitas.
  —¡Vale!
  —Me llamo Gensha, ¿y tú?
  —Zulkar. Soy de Radan, como tu prometido.
  —¡Ah! —rió—. Veo que me conoces mejor que yo a ti.
  Ambos se alejaron por los pasillos, seguidos de cerca por el perro. Mitranash se quedó a solas, aliviado de que aquel rato tan desagradable hubiera terminado al fin.



6

  Mitranash fue llamado al despacho de su padre. Allí lo esperaba él, junto al Mushir Bandar, otro viejo amigo de Narash, cuya función era la de consejero. A diferencia del Visir Aresham, sobre el papel no tenía ningún tipo de poder. Sin embargo, casi todas las decisiones del Badishah pasaban antes por sus oídos. No había nadie en quien Narash confiara más que en Aresham y Bandar.
  —Buenos días, Mitra.
  —Buenos días, tío.
  El Mushir tenía el privilegio de poder tratar de forma tan cercana a toda la dinastía, ya no por su amistad con el Badishah, sino porque, a todo lo anterior, había que sumar que era el único hermano de la Haseki Umakshi.
  —Mitranash —dijo su padre—, te alegrará saber que hemos detenido a un sospechoso de lo ocurrido ayer.
  —¿Tan rápido?
  —Era el conductor de uno de los tres coches. Sobrevivió porque se marchó de la plaza momentos antes de la explosión. Demasiada suerte para ser casualidad.
  —Ya veo… ¿Ha confesado?
  —Aún no, pero está en los calabozos. Mientras no abra la boca, no podemos hacer otra cosa que esperar y seguir investigando.
  —¿Y qué queréis que haga yo? ¿Que hable con él?
  —No. Lo que queremos es que todo vuelva a la normalidad, ahora que el causante está entre rejas.
  Mitranash lo miró extrañado, intentando adivinar lo que su padre tenía en mente.
  —No estarás pensando lo que creo que estás pensando…
  —Sabes perfectamente lo importante que es para Terras que encuentres esposa y tengas hijos —respondió Narash con frialdad.
  —Sí, sé lo importante que es para todos vosotros. Por eso acepté, en contra de mi voluntad, participar en ese circo de elegir a una de las tres chicas. Pero eso ya es imposible.
  —Es imposible que elijas a una de esas tres chicas… pero no lo es que elijas a otra.
  —¿Acaban de morir y ya estás buscando sustitutas? —Mitranash rió con incredulidad—. Luego soy yo el insensible…
  —Escucha, Mitra —Bandar se permitió entrometerse en la conversación—. Todos lamentamos mucho lo que ocurrió ayer, pero tu padre tiene razón. Ya no eres un niño; eres todo un hombre. Y Terras te necesita. Todos te necesitamos.
  —Entiendo lo que queréis que haga, pero no veo la necesidad de apresurarse.
  —Yo tampoco sentía esa necesidad —respondió Narash—. Nadie me tuvo que obligar a casarme y tener hijos. Sin embargo, si no lo hubiera hecho… Recuerda lo que le ocurrió a mi padre.
  —A ti no te ocurrirá.
  —Eso no podemos saberlo.
  La muerte del anterior Badishah, el padre de Narash, había pillado por sorpresa a todos. Parecía tener muchos años por delante, pero una enfermedad repentina acabó con su vida poco después del nacimiento de Kalki.
  Nada indicaba que Narash fuera a sufrir un final parecido, pero todos (menos su hijo mayor) coincidían en que era mejor asegurar el futuro de la nación cuanto antes. Y eso pasaba por obligar a Mitranash a formar una familia.
  —Si algo te pasara —dijo el Sehzade—, y me viera obligado a ocupar tu puesto, podría hacerlo con o sin esposa e hijos.
  —Eso no estaría bien visto —Narash negó con la cabeza.
  —¿“Bien visto” por quién?
  —Por el pueblo de Terras. Necesitan un Badishah, pero también necesitan una Haseki. Necesitan saber que nuestra dinastía continuará protegiéndolos, y que es algo superior a cada uno de nosotros como individuos.
  —Lo que el pueblo necesita es alguien comprometido —replicó Mitranash—. Alguien como Gensha. A ella no hay que obligarla a casarse y tener hijos.
  —Sabes perfectamente que ella no puede…
  —Lo único que sé es que no queréis. ¿Qué impide que una mujer sea la líder de un país?
  —La tradición y los textos antiguos. ¿Te parece poco?
  —¿Los textos? Sólo los que os interesan.
  —Mitra… —Bandar intentó evitar que la discusión fuera a mayores.
  —No, tío, sabéis que tengo razón. ¿Por qué nuestra dinastía es la que gobierna Terras? ¿Por qué mi padre es Badishah? ¿Por qué yo soy Sehzade? Es más: ¿por qué tú eres Mushir?
  —¿Cómo que por qué? —Narash empezaba a perder la paciencia—. ¡Porque yo lo elegí! ¿También te parece mal eso?
  —No era eso lo que quería decir. “Badishah”, “Sehzade”, “Mushir”… Todos esos nombres los sacaron de libros antiguos. Que fueran encontrados en Terras no implica que pertenecieran a nuestros antepasados. Que nuestra familia perteneciera al gobierno, no implica que nosotros seamos dignos sucesores.
  —Ya has estado leyendo otra vez todos esos libros estúpidos…
  —¿Qué diferencia hay entre mis libros y los vuestros? Todos ellos pueden ser reales, todos ellos pueden ser ficción. Sin embargo, ¿cuál es la diferencia? Yo te la digo: que os habéis quedado con los que os parecían convenientes.
  —No los hemos elegido nosotros —replicó Narash—. Los eligieron generaciones anteriores, que tenían toda esa cultura mucho más reciente que nosotros. No podemos insultar a su sabiduría por culpa de nuestra ignorancia. Con el tiempo, es normal que todo conocimiento se ponga en duda. Por eso debemos ser nosotros, por encima de todos los demás, quienes lo defendamos.
  —O quizá deberíamos ser nosotros, por encima de todos los demás, quienes pusiéramos todo en duda.
  —Entonces mantener el orden sería imposible, Mitranash.
  —El único orden imposible sería el vuestro.
  —¿El nuestro? —Narash rió—. ¿Acaso no eres tú uno de los mayores beneficiados de todo este sistema?
  —Sí: el vuestro. Ése en el que una mujer no puede gobernar; en el que una persona va a convertirse en el futuro líder del país sin querer serlo; en el que todo el mundo se cree protegido por un ser mágico ficticio que vive en la montaña…
  Narash suspiró, cansado de aquella discusión.
  —Hablas de cambiar las cosas como si realmente fuera tan fácil.
  —¿Cómo puedes saber lo fácil o difícil que es, cuando ni siquiera lo has intentado?
  —¿Crees que los miembros del gobierno no tienen ya suficiente trabajo como para estar proponiendo estupideces que no irán a ningún lado?
  —Te repito que no puedes saberlo sin intentarlo.
  —¿Y por qué no lo haces tú?
  Mitranash lo miró fijamente, esperando que su padre se diese cuenta de que la respuesta era demasiado obvia.
  —Porque yo no tengo ningún poder —dijo al fin.
  —Aún no, pero algún día… ¿No quieres cambiar las cosas? Tendrás tu oportunidad, cuando me sucedas en el cargo.
  —Falta mucho para eso. Y el precio a pagar es demasiado alto.
  —Ya veo —Narash sonrió—. Quieres que se cambien las cosas… pero sin mover ni un dedo. Que las cambien otros. Si no, ya no son tan importantes.
  —No he dicho eso.
  —Mira, Mitranash… Te guste o no, vas a ser el próximo Badishah. En los próximos días te presentaremos a otras tres candidatas. Elegirás una, o la elegiremos por ti. De una manera o de otra, vas a cumplir la tradición, y vas a traer al mundo a los siguientes Sehzade —el título se otorgaba a todos los hijos varones, no sólo al primero—. Cuando estés al mando, intenta cambiar las cosas que quieras, pero jamás de forma déspota. No somos dictadores. Recuerda que estamos aquí para ayudar al pueblo; por eso no puedes abandonar tu cometido, te pongas como te pongas.
  —Siento que estoy discutiendo con una pared —Mitranash respiró profundamente—. Todos decís lo mismo: que debo dedicar mi vida a cuidar a la gente de Terras. Sin embargo, creo que mi forma de ver las cosas ayudará a toda esa gente mucho más de lo que lo hará seguir la tradición con los ojos cerrados.
  Padre e hijo tenían algo en común: les costaba mucho dar su brazo a torcer. Ambos estaban (siempre) profundamente convencidos de llevar la razón. Podía ser un debate interminable. Sin embargo, Bandar tuvo una idea que podía acercar ambas posturas:
  —Narash, Mitra, ¿puedo sugerir algo?
  —Claro —respondió Narash—. Sabes que tu consejo es siempre bien recibido.
  —Opino que Mitra debe seguir la tradición, por el bien de vuestra dinastía, de la ciudad, y de todo el país. Quizá su mentalidad algo… diferente a la nuestra… consiga que Terras mejore ciertos aspectos, siempre y cuando se limite a proponer cosas, no a imponerlas, y escuche a todos los que saben más que él.
  —Exacto, por eso…
  —Sin embargo —Bandar hizo un gesto para que esperasen—, creo que ésta no es la mejor forma de convencerlo para hacer algo ante lo que siempre ha mostrado dudas. Tenemos que hacer que entienda que su forma de ver las cosas no se corresponde con la mayoría de la gente de aquí.
  Narash asintió. Mitranash esperó antes de replicar, ya que el Mushir no había terminado su propuesta.
  —Por eso… —siguió Bandar—, creo que deberíamos debatir sobre todas estas ideas con el equipo de gobierno. Ponerlas sobre la mesa, para descubrir si de verdad todos piensan como nosotros, o como él.
  —Os propongo una cosa —dijo finalmente Mitranash—. Yo paso por el aro; acepto reunirme con las nuevas chicas, pero si cumplís todas mis condiciones.
  —¿Y qué condiciones son esas? —preguntó su padre.
  —Primero: nada de espectáculos absurdos. Me reuniré con ellas en un entorno tranquilo, sin anunciarlo de forma pública. Segundo: después de conocerlas, tendré un tiempo indeterminado para elegir. Nada de prisas.
  —Está bien —Narash se sintió algo aliviado—. ¿Dejarás de oponerte a cambio de esas condiciones?
  —No he terminado; queda lo más importante. Tercero: desde hoy, tendré voz en las reuniones de gobierno. Se escucharán mis ideas, como ha dicho Bandar.
  —Te prometo que debatiremos sobre ellas. No es necesario que acudas en persona.
  —¡No! —protestó Mitranash—. La condición es que me dejéis explicarlas personalmente, para poder defenderlas.
  Narash y Bandar se miraron. El Mushir asintió con la cabeza.
  —Muy bien —dijo el Badishah—. Se hará como pides. Ahora debes cumplir con tu parte.
  Narash le tendió la mano. Mitranash se acercó, pero la retiró en el último momento.
  —Espera. Quiero añadir una última condición: nada de obligarme a estar en la mansión. Quiero libertad total para moverme por la ciudad.
  —Hasta que no estemos seguros de que el sospechoso que tenemos en el calabozo es el culpable…
  —Aceptas o me largo —interrumpió el Sehzade.
  Narash volvió a tender la mano a su hijo, entre refunfuños que demostraban la poca gracia que le hacía que le pusieran condiciones. Esta vez sí se formalizó el acuerdo.
  —Organizad una reunión cuanto antes —pidió Mitranash antes de marcharse.
  Bandar esperó a que su sobrino saliera de la habitación antes de hablar.
  —Parece que por fin hemos conseguido convencerlo.
  —¿Desde cuándo un hijo da órdenes a su padre? —protestó el Badishah—. Y todo esto lo hace por un único motivo: no tener que gobernar. Qué deshonra para la familia… Qué insulto para nuestra dinastía… Qué falta de respeto a toda la gente de Terras…
  —Son sólo palabras. Los dos sabemos perfectamente que la ley no se puede cambiar. Pero ya que se niega a escucharnos, quizá entre todos logremos convencerlo. Cuando tenga una mujer a quien amar, un hijo que saque su lado protector, y haya alcanzado su plena madurez… Mitra se rendirá ante lo evidente, y creo que hará bien su trabajo.
  —Eso espero. Hay momentos en que lo dudo.
  —No olvides que es hijo tuyo y de mi hermana. Creo… No: estoy convencido de que acabará siendo un gran Badishah.
  —¿Y si no? —Narash lo miró con cara de preocupación.
  —Si no… Bueno, recemos porque su hijo primogénito esté más dispuesto a seguir las leyes, y sea mayor de edad para cuando nosotros abandonemos este mundo. Ninguna ley se opone a que te suceda directamente uno de tus nietos.



7

  Al caer la tarde, las minas de Terras se vaciaban de trabajadores, y los bares se llenaban de gente con ganas de relajarse. Donde este cambio era más visible, ya que allí se encontraba la entrada a las minas, era en el primer nivel.
  Mitranash solía bajar al bar llamado “Primera Luna” tres o cuatro veces por semana. Normalmente lo hacía solo, aunque esta vez iba mucho más acompañado de lo que le gustaría: sus dos guardaespaldas y Zulkar iban tras él.
  Un hombre salió por la puerta del Primera Luna cuando los recién llegados se encontraban frente a ella.
  —¿Ya te vas, Konu?
  —¡Hey, Mitra! Sí, hoy tengo cosas que hacer… ¿Quién es este chaval?
  —Un amigo. Mejor que no preguntes.
  Konu se acercó a Zulkar.
  —Oye, chico… Ten cuidado, ahí dentro vive el Ogro.
  —¿E-El Ogro? —Zulkar miró a Mitranash, que se limitó a sonreír—. ¿Es un monstruo?
  —Lo parece —dijo Konu—, pero muy en el fondo es un ser humano, como nosotros. Tú procura mantenerte alejado y no despertar su ira…
  —Deja de asustarlo —pidió Mitranash—, o no querrá entrar.
  —Es mejor que sepa lo que le espera —rió.
  —Mientras esté yo, los demás estáis a salvo de su ira.
  —Eso es verdad. Irá toda dirigida a ti.
  Zulkar miraba a los dos hombres sin entender nada. ¿Hablaban de un monstruo real? Cuando Konu se marchó, los demás entraron al bar.
  El niño podía ser algo ingenuo, pero sabía que los ogros no existían… en Terras. Sin embargo, al entrar al Primera Luna tuvo claro quién era el Ogro. Parecía evidente a quién pertenecía ese apodo.
  La mayoría de las personas estaban sentadas, bebiendo tranquilamente. Sólo un pequeño grupo, de tres o cuatro personas, estaba de pie junto a una de las paredes del bar. Uno de ellos era el hombre más negro que Zulkar hubiera visto nunca (y eso que por aquellas tierras era muy común tener la piel oscura), con una altura que debía rozar los dos metros, y unos brazos que podían cargar a cuatro como él… cada uno. El hombre tenía un objeto punzante en su mano derecha. Zulkar pensó que se trataba de una daga… pero entonces descubrió que no era más que un dardo. Frente a él había una diana.
  —¿Ése es el Ogro? —preguntó Zulkar.
  Al escuchar la voz, el hombre se volteó. Caminó hacia ellos todavía con el dardo en la mano.
  —¿Quién es este niño?
  Zulkar, asustado, se pegó a Mitranash. Los guardaespaldas dieron un paso adelante.
  —¿Qué les has contado de mí, Mitra? —preguntó el hombre.
  —Konu le ha dicho que tuviera cuidado con el Ogro…
  —¡Jajaja! —el hombre rió como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo—. Tienes razón en estar asustado, pequeño. Pero te confundes de persona; el Ogro está allí.
  El hombre señaló a una chica rubia que estaba detrás de la barra.
  —¿A quién llamas Ogro? —replicó ella, indignada.
  —En serio, pequeño, no te acerques a Eigyr. Una persona con ese nombre no es de fiar.
  —¡Mira quién habla! —exclamó ella—. ¡El oso con nombre de barco!
  Zulkar no estaba seguro de si aquellas personas estaban discutiendo o bromeando, pero Mitranash parecía relajado y seguía sonriendo, lo cuál le tranquilizó.
  —Ella es Eigyr, la dueña del bar —explicó Mitranash al niño—. Y él es Galeon, mi profesor de lucha.
  De nuevo, Zulkar no estaba seguro de si todo era una broma. ¿Cómo podía ser esa mujer tan joven la dueña del bar? ¿De verdad Mitranash se entrenaba para luchar bajo las instrucciones de aquel hombre tan grande?
  —¿Quiénes son esos tres que te acompañan, Sehzade? —Eigyr era la única que lo llamaba así en aquel lugar—. ¿Tus tres nuevas pretendientas?
  —No… pero el chico es el hermano de una de las fallecidas.
  Esa contestación dejó a todos en silencio durante unos segundos.
  —Ya hablaremos tú y yo después… —respondió ella, visiblemente enfadada.
  —¡Ups! —Galeon se tapó la boca con la mano—. Le va a caer una buena —dijo a Zulkar, quien rió, todavía algo confuso—. Pequeño, ¿quieres jugar a los dardos?
  Galeon y Zulkar empezaron una nueva partida junto a otros dos hombres jóvenes. Mitranash se sentó en la mesa de al lado.
  —¿Qué te pasó ayer? —preguntó Galeon a su alumno.
  —Mi padre me prohibió bajar, por miedo a un nuevo atentado.
  —Bueno, es comprensible…
  —No lo es: el objetivo no era yo.
  —¿Que no eras tú? —Galeon lo miró sorprendido.
  —Si me hubieran querido matar, lo habrían hecho.
  —Y lo dice como si nada… —murmuró Eigyr mientras les servía las bebidas—. ¿Entonces por qué has venido con tus dos niñeras?
  —Porque no me han dejado elegir.
  —Si alguna vez escribes un libro, deberías titularlo así: “Nadie me deja elegir, y no hago nada más que llorar”.
  —Me lo pensaré, pero a priori parece un título muy largo.
  —No tendrías ni que molestarte en escribirlo. Basta con que contrates a alguien para que lo haga por ti… usando el dinero de tu padre.
  —¿Te ofreces voluntaria? Espera: ¿sabes leer y escribir?
  —No, pero sé leer la palma de la mano. La tuya dice que el país se irá a la mierda por tu culpa.
  —Ni siquiera me has mirado la mano.
  —Ni falta que hace. Hasta mi abuela ciega podría leer algo así.
  Eigyr regresó a la barra, bajo la mirada atónita de Zulkar y las risas de Galeon.
  —¿P-Por qué discuten? —preguntó el niño.
  —¿Discutir? —Galeon volvió a reír—. Qué va, es lo más bonito que los he escuchado decirse nunca.
  Una vez más, Zulkar dudaba de hasta qué punto aquello era broma. Todo era muy surrealista para él. Pero Mitranash estaba sonriendo, así que no le dio más importancia.
  —Un libro… —dijo Mitranash para sí mismo—. Sí, podría escribirlo. La historia del Sehzade al que su padre intentaba obligar a contraer matrimonio.
  —Me aburre sólo de leer la idea —Eigyr seguía con la oreja puesta—. Nadie compraría esa basura.
  —Oye, Mitra —Galeon estaba recogiendo los dardos que acababa de lanzar—. ¿Qué vais a hacer ahora?
  —Yo, seguir sentado y bebiendo hasta que mi vergüenza ajena viéndoos lanzar dardos me obligue a enseñaros cómo se hace.
  —Hablo en serio. Me refiero a… con este tema… ya sabes —Galeon miró de reojo a Zulkar, quien estaba concentrado en apuntar.
  —Mi padre ha buscado otras tres candidatas, así que tendré que elegir a una de ellas.
  —No parece molestarte tanto como antes.
  —Claro que me molesta —replicó Mitranash—. Pero he conseguido algo a cambio: me van a dejar participar en reuniones de gobierno. Voy a convencerlos de que Gensha es la mejor candidata para suceder a mi padre.
  —La última vez que la vi, tu hermana era una mujer. Y la última vez que revisé la ley, las mujeres no podían gobernar.
  —Voy a convencerlos de lo estúpida y anticuada que es esa ley.
  —Lo llevas claro —Galeon rió.
  —¿Qué otra cosa me queda? ¿Huir del país?
  —¿Quién va a huir del país? —preguntó Zulkar.
  —Nadie, pequeño —Galeon le pasó la mano por el pelo—. ¿Quieres lanzar los dardos por mí? Tengo el brazo un poco cansado.
  Zulkar asintió, y volvió a colocarse frente a la diana.
  —Mitra, ¿vas a contarme ya quién es este chico?
  —Ya os lo he dicho: su hermana era una de las candidatas.
  —Pero… ¿por qué lo estás cuidando tú?
  —Sus padres y su hermana murieron. Estamos intentando contactar con su familia de Radan. Tíos, abuelos o algo. Mientras tanto lo cuidamos Kalki y yo. Duerme en la residencia de aprendices de la Terravadl.
  —Lo que está pasando este chaval… no se lo deseo a nadie.
  —Procuro mantenerlo entretenido, para que no piense en lo que ha ocurrido. Se entretiene con cualquier cosa, pero… cuando empieza a llorar no sé bien qué hacer.
  —¡Vaya! —Eigyr se sentó a su lado—. ¿El Sehzade tiene sentimientos?
  —No puedo evitar pensar que, de no haber venido a reunirse conmigo, toda su familia seguiría viva.
  —¿Y qué es eso que decías de que hay tres nuevas candidatas? —preguntó ella—. ¿Tan rápido?
  —Creo que las tenían elegidas de antes, por si una de las tres primeras se echaba atrás.
  —Es difícil decir que no a tanto oro y poder —dijo Eigyr con una sonrisa irónica—. Seguro que las descartadas se enfadaron en su momento, pero se alegraron al ver que se habían salvado de la explosión por no ser elegidas.
  —Quizá si hubieran elegido a otras, no habría explosión. Mi teoría es que el objetivo era una de las personas que murió.
  —¿Quién?
  —No lo sé. Han capturado a un sospechoso; quizá pronto lo sepamos.
  Zulkar se acercó a la mesa.
  —Me han dicho que tienen que irse ya —se refería a los hombres contra los que había estado jugando hasta ese momento—. ¿Jugáis vosotros conmigo?
  —¡Venga! —Galeon se puso de pie—. Vamos a bajarle los humos a Mitra.
  —¿Queréis sumar los puntos de vosotros tres contra los míos? —respondió éste.
  —Yo tengo que seguir trabajando, pero… —Eigyr miró a Zulkar—. Si le aciertas al Sehzade en la frente, te invito a comer y beber hasta que no puedas más.
  —¿Puedo hacerlo yo? —preguntó Galeon.
  —No, que me arruinas el negocio.
  Zulkar y Galeon rieron, pese a que Eigyr lo había dicho con expresión seria.
  La gente fue abandonando gradualmente el Primera Luna. Al final sólo quedaron Galeon, Mitranash, Zulkar y los dos guardaespaldas: Luzio y Darko.
  —Va siendo hora de irnos —Mitranash se estiró en la silla—. Eigyr, apúntalo en mi cuenta.
  —¡Y una mierda! Con lo que me debes puedo comprarme otro bar al lado.
  —No exageres… No llevo dinero encima.
  Uno de los guardaespaldas se acercó a ellos.
  —Yo pagaré lo que debe.
  —No es necesario, Luzio. No hagas caso a esta loca.
  —¿“Luzio”? —Galeon rió—. Soy el menos adecuado para hablar, pero… ¿de qué país eres?
  —No son sus nombres reales —respondió Mitranash—. Son nombres en clave. Cosas de mi padre.
  —Ya que no vas a pagar —insistió Eigyr—, por lo menos ayúdame a colocar en la bodega toda la nueva mercancía.
  —…Está bien. Luzio, Darko, esperad aquí. Sólo tardaré unos minutos.
  Los guardaespaldas se miraron entre sí, dubitativos.
  —Tranquilos —dijo Galeon—, esto es mucho más habitual de lo que pensáis. Venga, que os invito a la última ronda.
  —Gracias, pero no podemos beber en horario de servicio.
  Galeon, ignorando aquel comentario, accedió a la barra. La ausencia de protestas por parte de Eigyr dejaba claro que había mucha confianza entre ellos, y que era algo que sucedía ocasionalmente.
  La chica bajó a la bodega, y Mitranash la siguió. Cuando llegaron abajo, ella se giró y le dio un puñetazo en un brazo.
  —¡¿Por qué no me has avisado antes?!
  —¿De qué?
  —¡De que el niño era el hermano de una de las tres candidatas!
  —No grites, te van a oír…
  —Con estas paredes, lo dudo.
  —Pero la puerta está abierta…
  Eigyr levantó el puño con gesto amenazante, y cerró la puerta de la bodega.
  —Me has hecho quedar como una estúpida.
  —Tienes que hacer honor a tu apodo —Mitranash rió mientras se quitaba la camiseta.
  —Al próximo que me llame Ogro le rompo una botella en la cabeza —ella lo imitó—. ¡No, te la romperé a ti!
  —Oye, que no fui yo quien…
  —¡No me importa! ¡Deja ya el tema! Ayúdame a colocar la mercancía —Eigyr sonrió, y él le devolvió la sonrisa.
  —Rápido, antes de que Galeon empiece a contarle a Zulkar esa historia del tigre blanco.
  Ella rió, mientras abría uno de los cajones del armario que había en uno de los laterales de la bodega. Sacó un pequeño envoltorio cuadrado y se lo lanzó a Mitranash, mientras terminaba de quitarse los zapatos…



8

  Mitranash, Kalki y Zulkar llegaron al templo de Terragar, en el segundo nivel de la ciudad, para reunirse con el Maestro Vadin.
  La visita tenía dos motivos, y el mayor de los hermanos no podía decidir cuál de ellos le parecía peor. Tampoco es que pudiera evitarlos: uno lo había prometido; el otro no iba con él.
  Tras la muerte de la hermana y padres de Zulkar, el Bey de Terras se había puesto en contacto con otros familiares vivos del chico, en Radan. Éstos habían aceptado hacerse cargo de él. Sin embargo, Zulkar solicitó permanecer en la capital, y seguir los pasos de Kalki como aprendiz de la Terravadl. Como pago, donaría todas las cosas que no necesitaba de su casa de Radan.
  Los interesados en formar parte activa de aquella religión, podían vivir en la residencia que la Terravadl tenía en el tercer nivel de Terras. Algunos, como Kalki, preferían seguir en sus casas, pero los que eran de fuera no tenían alternativa.
  La duración de los estudios era indeterminada. Dependía de cada persona, ya que la forma de alcanzar el título de “Lector de Terravadl” era que un Maestro lo considerara apto, sin necesidad de que el estudiante lo solicitara (de hecho, eso estaba muy mal visto; era una muestra de falta de humildad). Los Lectores eran el grupo más numeroso dentro de aquella religión, y realizaban todo tipo de trabajos, casi siempre enfocados a ayudar o aconsejar a todos los habitantes que lo solicitaran, pero también al mantenimiento de los templos de las distintas ciudades, a organizar eventos, etcétera.
  Cuando un Lector llevaba muchos años de intachable dedicación a la religión, podía alcanzar el título de “Maestro de Terravadl”, siempre que un número mínimo de Maestros lo aprobara. Los Maestros eran los altos cargos religiosos, y se procuraba que todas las ciudades tuvieran al menos uno.
  Mediante una votación entre todos los Maestros de Terras, se elegía quién de ellos se convertiría en el líder, también llamado “Sirviente de Terravadl”. Sólo había un Sirviente cada vez, que permanecía en el cargo hasta su muerte, hasta que su estado de salud le impedía seguir trabajando, o hasta que renunciaba.
  Kalki había convencido a Zulkar de que aquél era el mejor camino posible para él. Mitranash había intentado en vano hacerle cambiar de opinión.
  —¿Qué ha sido de tu espíritu científico? ¿No querías ser quien hiciera reales todos esos inventos de los libros?
  —Y todavía puede hacerlo —respondió Kalki por él—. Dedicar la vida a la Terravadl no implica estar ocupado veinticuatro horas al día. ¿Por qué no iba a poder ser él, desde su puesto de Lector o Maestro, quien inventara un telégrafo mejor… o cualquier otra cosa?
  —O unas gafas que nos permitieran ver a Terragar.
  —Sabes que conmigo no funciona tu sarcasmo —sonrió—. Mitra, del mismo modo que yo no te intento hacer cambiar de opinión, pese a pensar que estás equivocado, tú deberías dejar que el chico haga también lo que quiera con su vida.
  —Hace un par de días ni se lo planteaba. Lo has convencido tú.
  —Sólo le he mostrado esta posibilidad, y a él le ha parecido bien. Deberías dejar de llenarle la cabeza con ideas raras sobre coches que vuelan y gente que se teletransporta.
  Mitranash rió.
  —No es exactamente así, pero creo que no sois los más adecuados para hablar sobre “ideas raras”. Yo sé distinguir la ficción de la realidad: no creo que sea posible inventar una máquina de teletransporte, del mismo modo que no existe un ser mágico que nos protege desde la montaña. En cambio, si destinaran a la ciencia el dinero que destinan a la Terravadl, quizá sí podríamos conseguir alguno de los otros avances narrados en esos libros.
  —Entonces la Terravadl no podría realizar ninguna de sus muchísimas obras solidarias. Habría más pobreza, más desesperanza… ¿Es lo que quieres? ¿Un mundo con coches voladores y humanos deprimidos? ¿Cuál de las dos cosas te parece más importante?
  —Yo sólo quiero ayudar —dijo Zulkar—. Ayudar… a la gente que lo está pasando mal. Proteger a los que han perdido todo…
  —No necesitas la religión para eso —respondió Mitranash.
  —Pero ellos se dedican a ayudar…
  —Claro, porque el gobierno les da dinero.
  —Les da dinero —replicó Kalki—, porque ayudan.
  —Cualquier persona interesada puede ayudar a los demás —insistió Mitranash—, pero sólo quienes están financiados por el Badishah pueden hacerlo como una gran institución. El dinero es la única diferencia.
  —¿Entonces cuál es tu excusa? ¿Por qué no ayudas tú a nadie, si eres tan superior a los creyentes?
  —Yo no soy ningún ejemplo de nada, pero estoy seguro de que vosotros dos estaríais encantados de ayudar a la gente con o sin dioses mirando vuestras acciones. De hecho, creo que sería mucho más meritorio ayudar a los demás sin esperar algo a cambio.
  —Estás muy equivocado, Mitra. Nosotros no recibimos nada a cambio.
  —¿Llamas “nada” a la promesa de una vida eterna junto a Terragar? Actuáis desde el miedo. Ésa no es la verdadera generosidad. Una persona no religiosa, que ayuda a los demás sabiendo que no recibirá nada a cambio, y que tras su muerte no habrá nada, haya sido bueno o malo, representa mi verdadero ideal de filantropía.
  El Maestro Vadin se acercó a ellos, que seguían debatiendo tras llegar al templo.
  —Te veo muy perdido, Sehzade —interrumpió el Maestro—. Terragar no nos va a castigar si no ayudamos a los demás. Él nos protege a todos, sin distinción.
  Kalki se llevó a Zulkar, para mostrarle el templo y explicarle algunos datos que podrían serle de interés en su nueva vida como aprendiz.
  —Siento lo ocurrido hace dos días —dijo Vadin.
  —Ya —respondió Mitranash de forma seca—. ¿Dónde estaba Terragar? ¿Ocupado reformando la montaña?
  —No, estaba mucho más cerca: evitando que tú murieras.
  —Parece que mi vida es mucho más importante que la de esas tres chicas y sus familias.
  —No todo puede ser evitado. El mundo está infectado por un mal inigualable, que pone en peligro los cimientos de la civilización y la naturaleza. Hablo, como ya sabrás, del ser humano.
  —La única diferencia entre los muertos y yo es la distancia a la que nos encontrábamos al explotar la bomba. Si llego a estar unos metros más cerca, nadie estaría hablando de que Terragar me protegió.
  —Pero no lo estabas. Algo querrá decir.
  —Esa conclusión es absurda…
  —Tu negación ante lo evidente sí que lo es. Tienes una actitud de odio hacia tu propia vida y hacia todo lo que te rodea… No aceptarías la protección de Terragar ni aunque él mismo se te apareciera y te la ofreciera.
  —Estoy deseando que llegue ese momento. Y no te confundas: no odio mi vida. Sólo odio la vida que los demás tratan de imponerme. Quieren que “yo” deje de ser “yo”… y sea “ellos”.
  —A veces hay que escuchar a los demás —Vadin siempre respondía calmado, con mucha paciencia.
  —Y otras veces hay que tomar tus propias decisiones.
  —Claro, pero ¿no es cierto que estás ante uno de esos momentos, Sehzade? Esta tarde conocerás a una de las tres nuevas candidatas. Nadie te dirá a quién elegir; todo depende de ti.
  —¿Qué clase de libertad es ésa? —Mitranash no pudo evitar reír—. Elija a quien elija, todo se reduce a lo mismo.
  —Es algo mucho más importante de lo que piensas, Sehzade. La mujer a la que elijas no sólo será tu esposa, sino que sus hijos tendrán sobre sus hombros el futuro de todo nuestro país.
  —Me estáis obligando a elegir qué vida destrozaré.
  Vadin rió, mostrando su total desacuerdo.
  —¿Eso piensas? Todas las mujeres sueñan con ser la futura Haseki.
  —Pero, en sus sueños, no soy yo el Badishah.
  —¡Claro que lo eres!
  —No. No el verdadero yo. Sólo su imagen idílica de mí. ¿Crees que alguna de ellas ha llegado a plantearse que yo no quiero subir al poder?
  —Eso no importa. Lo que importa es que una de ellas lo conseguirá. Serás el futuro Badishah, y ella estará a tu lado. Ya te lo he dicho antes, y te lo repito: elige con sabiduría… pero elige.
  —Esta situación es patética…
  —No te verías en ella si hubieras sido capaz de buscar una mujer por ti mismo, Sehzade.
  —Nadie debería estar obligado a ello.
  —Nadie… que no esté en tu privilegiada situación.
  —Desde fuera es muy fácil decirlo.
  —Sehzade, entiendo que es algo que no se puede forzar. Yo, con tu edad, ni siquiera conocía a la mujer que tiempo después se convertiría en mi actual esposa. Y, como tú, tampoco lo buscaba. Era feliz con mi vida. Creía que era todo lo feliz que se podía ser. Hasta que llegó ella, y me demostró que la verdadera felicidad era algo que hasta entonces no había llegado ni a imaginar.
  —Seguro que no te obligaron a elegir entre tres.
  —No: yo sólo tuve una opción. Sehzade, el amor no consiste en encontrar a la persona perfecta para tu vida, sino en encontrar a una persona con la que, juntos, intentar tener una vida perfecta. El cariño se gana con el tiempo; no depende tanto de la persona como de vuestra forma de afrontar la relación. Para alcanzar la felicidad, sólo se necesitan dos personas que se cuidan y se respetan mutuamente.
  —¿Quieres decir que no importa a quién elija?
  —No exactamente. Elegir es importante, pero sólo es una pequeñísima parte de lo que tienes por delante. ¿Acaso crees que esas chicas están enamoradas de ti? No, pero ellas entienden cómo funcionan las cosas. Sin importar vuestras dudas iniciales, acabaréis enamorándoos el uno del otro. Y una de esas personas con la que ahora te molesta tener que encontrarte, acabará siendo fundamental para tu vida. Es cierto que ahora no la conoces. Es cierto que la seleccionaron por ti. Pero dentro de unos años no podrás imaginarte tu vida sin ella. De eso estoy completamente seguro.



9

  Mitranash esperó pacientemente en la puerta de la mansión, repasando mentalmente la información que le había dado su padre. La chica que estaba a punto de llegar se llamaba Esha, y venía de Ivoa, un pueblo al oeste de la capital, levantado junto a uno de los pocos ríos que atravesaban el país.
  A diferencia de lo planeado dos días antes, aquella tarde no se reuniría con tres chicas, sino sólo con una. Que la reunión fuese por la tarde y no por la mañana era otra de las diferencias.
  Obedeciendo la petición de Mitranash, el encuentro se había organizado sin informar al pueblo de Terras, para evitar presión innecesaria. Quería conocer a la chica sin sentir cientos de miradas juzgando cada cosa que hicieran.
  Un coche llegó al cuarto nivel de Terras, subiendo por la carretera situada a un lado de la ciudad, que permitía acceder a cualquiera de los niveles sin tener que entrar a las zonas peatonales.
  Mitranash no pudo evitar suspirar al ver lo excesivamente adornados que estaban tanto el coche como sus ocupantes. Los demás lo veían como algo normal en una situación así, y Mitranash entendía que no podían presentarse allí con ropa informal, pero habría preferido un punto intermedio: elegantes pero sin ostentación. Al fin y al cabo, la forma de vestir no sería el motivo por el que elegiría a una de ellas.
  El evento se dividiría en tres fases. Tras la presentación de las familias, Narash y Umakshi en persona, acompañados siempre por Mitranash, mostrarían a los recién llegados la mansión y sus alrededores. Era una forma de que ambos jóvenes fueran cogiendo confianza. Dejarlos juntos en el mismo momento en que se conocían, podía dar lugar a demasiada tensión.
  Después de esto, se juntarían con Gensha y Kalki para cenar en el comedor de la mansión. Siempre y cuando evitaran temas conflictivos, los dos hijos pequeños del Badishah podían ayudar a relajar la situación, y hacer que la chica de Ivoa se sintiera cómoda.
  La “fase final” sería la más importante, ya que permitirían a Mitranash y Esha conversar a solas, para poder conocerse. Era el momento clave. Y, según Gensha, era el momento en que Mitranash, según sus palabras, “ahuyentaría a la pobre chica”.
  Tal y como se preveía, Mitranash y Esha apenas hablaron durante la visita guiada y la cena. Narash, Umakshi, Gensha y Kalki consiguieron que los padres de Esha perdieran los nervios del principio y se sintieran cómodos. A Narash tampoco le interesaba más cortesía de la necesaria; quería conocer a esa familia tal y como era en realidad. No en vano, podría ser la familia que le diera su primer nieto, y que algún día gobernaría Terras.
  Esha actuaba como siguiendo un guion. Se notaba que había estudiado hasta el último detalle de su forma de andar, saludar, hablar, comer…
  Pese a todo, evitar la tensión del momento en que se quedaron a solas era imposible. Mitranash, a quien verse en esa situación no le hacía ninguna ilusión, hizo un gran esfuerzo por seguir la corriente a los planes de su padre. Se había comprometido a ello para, a cambio, tener algo de influencia en las reuniones de gobierno.
  —He estado varias veces en Ivoa —dijo él, mientras paseaban a solas por el patio.
  —Lo sé. No te acordarás de mí, pero un día, cuando éramos pequeños, jugamos juntos. Estabais de visita en mi pueblo. Tenías… unos 8 años. Tus hermanos no vinieron.
  Efectivamente, no se acordaba, pero la historia concordaba. Si Mitranash tenía 8 años, sus hermanos debían tener 5 y 2, respectivamente. Recordaba aquella época por otro motivo distinto: poco después llegaría el cuarto de los hermanos… que nació sin vida, debido a complicaciones en el embarazo.
  —¿En serio? Qué buena memoria tienes.
  —Bueno, no todos los días se juega con el Sehzade —rió, todavía un poco nerviosa.
  —No tiene nada de especial. Soy una persona más, como todos vosotros.
  —Perdona, no quería decir…
  —Tranquila —sonrió—. No es que me ofenda, pero no considero que fuera un niño diferente por el cargo de mi padre.
  —Entiendo lo que quieres decir, pero para nosotros sí lo eras. Si no hubiéramos sido niños, ni siquiera nos habríamos atrevido a acercarnos a ti. Pero éramos tan despreocupados…
  —Pues ojalá los adultos mantuviéramos esa actitud. Es una pena que con los años desarrollemos tantos prejuicios.
  —Ya… No lo había pensado de esa manera.
  —Esha, sé que este encuentro es muy difícil para ti, pero necesito que actúes con normalidad. No tienes que darme la razón en todo, ni debes avergonzarte por estar nerviosa.
  —¡N-No lo estaba haciendo! De verdad, entiendo tu punto de vista.
  —De acuerdo, pero no me refería sólo a eso. Quiero hablar con la chica que hay detrás de ese vestido elegante y esa forma artificial de actuar.
  —Vale.
  Ella asintió, pero Mitranash había conseguido lo contrario de lo que pretendía: estaba más nerviosa que antes. La chica se había preparado para comportarse “de forma correcta”, no para ser informal. Y no prepararse implicaba poder cometer errores.
  —¿Puedo confiar en que serás sincera conmigo?
  —¡Claro!
  —Entonces respóndeme a esta pregunta: ¿te alegras de la muerte de las tres primeras candidatas?
  Esha intentó disimular su cara de sorpresa.
  —Claro que no me alegro.
  —¿Quieres ser la futura Haseki?
  El aparente cambio de tema repentino volvió a sorprender a la chica.
  —No hay nada que desee más.
  —Te contradices —respondió Mitranash, como si esperase aquella respuesta—. Si pudieras elegir entre ser mi esposa o resucitar a las tres chicas, ¿qué elegirías?
  —¿P-Por qué me haces esa pregunta…? Me gustaría que me eligieras, pero no quiero que muera nadie…
  —Es tarde para eso. Tienes un botón delante, que resucita a las chicas a cambio de tu renuncia a participar. ¿Lo pulsas?
  —¡Claro! Esas chicas no se merecían lo que les pasó…
  —Entonces ser Haseki no es tu mayor deseo, si estás dispuesta a renunciar a él.
  —Pero lo que me dices es algo imposible… No tiene sentido elegir…
  —Sólo era una hipótesis. Tranquila, no pienso hacerte resucitar a nadie.
  Ambos se quedaron en silencio. Mitranash miraba al cielo, mientras ella trataba de pensar una buena respuesta y calmar su corazón, que le latía demasiado deprisa.
  —Mi… trabajo como Haseki, sería hacer felices a todos los habitantes de Terras. Si para ello tuviera que renunciar a mi posición…
  —Ésa es la respuesta que esperaba de una candidata. Yo quiero conocer a Esha. ¿Ha venido?
  —¡Estoy siendo sincera, te lo prometo!
  De nuevo se hizo el silencio. Ella seguía sin estar segura de si estaba siendo rechazada o sólo puesta a prueba.
  —Hacer feliz a todo el mundo es imposible, Esha.
  —Pero lo intentaría… Escucharía a todos los habitantes, e intentaría ayudarlos. Sé que no puedo hacer todo lo que me gustaría, pero…
  —No hablaba de ellos —la interrumpió—. Hablaba de mí.
  —¿Qué quieres decir?
  Mitranash la miró fijamente a los ojos.
  —¿Te casarías conmigo sabiendo que eso no me haría feliz?
  —…Haría todo lo posible por conseguir que lo fueras.
  —El hecho de casarme ya me haría infeliz. No lo digo por ti, sino en general. Casarme por obligación… ¿Te parecería bien casarnos después de lo que te acabo de contar?
  —Pues… —Esha tragó saliva—. Sí, claro que sí. Entiendo que no quieras casarte conmigo, pero cuando me conozcas bien… estoy segura de que seremos felices. Quiero decir: si alguna vez ocurre —rió avergonzada—. Puede que al principio sea difícil, pero haría todo lo posible por conseguir que nuestra familia fuera perfecta, y cumplir todos tus deseos.
  Esha se sonrojó. Había dicho esa frase casi sin pensar.
  —Es decir: que serías mi esclava.
  —¡No! No quería decir…
  —¿Cumplirías todos mis deseos? ¿Harías todo lo que yo te dijera?
  —…Pero no lo haría por obligación, sino por amor.
  —¿Eso significa que estás enamorada de mí?
  —¿Qué…?
  Mitranash mantenía la calma, pero ella tenía ganas de salir corriendo.
  —¿Por qué dudas? Te he pedido sinceridad: ambos sabemos que no estás enamorada.
  —Aún no, pero con el tiempo…
  —Sin estar enamorada —volvió a interrumpirla—, y sin apenas conocernos, dices que harías cualquier cosa por mí. Eso es esclavitud.
  —Pero…
  —O ansia de poder. ¿Haces todo esto sólo para conseguir el apoyo social y económico de mi dinastía?
  —Yo no soy así, de verdad…
  —Pareces buena chica, Esha.
  De nuevo un cambio de actitud brusco que dejó a la joven de Ivoa descolocada.
  —Gracias…
  —¿Por qué solicitaste participar en este evento?
  —Pues… ¿Qué niña no ha soñado alguna vez con convertirse en Haseki?
  —Exacto —de nuevo, Mitanash había obtenido la respuesta que esperaba—. Un sueño tan infantil como todo este sistema de gobierno. Tú apenas me conocías, y yo no me acordaba de ti. Sin embargo, aquí estamos, hablando como posible futura pareja. Todo tan forzado…
  —Pero nadie se enamora antes de conocerse —insistió ella—. Es cuestión de tiempo.
  —Eres la segunda persona que me dice eso hoy —rió.
  —¿Quién fue la primera?
  —Un hombre con el que no tengo muy buena relación…
  —¿Y no crees que sea verdad?
  —Es posible que lo sea. Quizá dentro de diez, veinte o treinta años recordemos esta conversación, paseando por este mismo lugar. Si eso ocurre, te daré la razón.
  —Sé que no te va a gustar que diga esto, pero… ¡haré lo posible por conseguir que así sea! No como tu esclava, sino como… tu amiga.
  Esha se sentía más relajada, pensando que, quizá, había pasado la prueba. Mitranash no había cambiado su pensamiento, ya que, en realidad, no estaba haciendo prueba alguna. Toda la conversación le había servido únicamente para comprobar que ella era tal y como esperaba antes incluso de conocerla.
  —Entonces… —dijo Esha, viendo que él no contestaba—. ¿Tengo alguna posibilidad de convencerte?
  —Ahora mismo eres la que tiene más posibilidades —sonrió.
  —Espero no ser la tercera dentro de unos días —le devolvió la sonrisa.
  —Sea como sea, tendré que elegir. Cuando os haya conocido a las tres, no importa lo que piense; tendré que casarme con una de vosotras. Entonces podréis demostrarme si de verdad era buena idea.
  —Ya verás como sí.
  Mitranash y su familia acompañaron a los tres invitados de vuelta al coche, donde un chófer contratado por el Bey de Ivoa los llevaría de vuelta a su hogar.
  —¿Ha sido agradable la charla con mi hija, Sehzade? —preguntó la madre de Esha.
  —Mucho. Tienen una hija encantadora, que sin duda sería una gran Haseki. Las otras dos candidatas deben ser excepcionalmente bellas e inteligentes para tener alguna posibilidad.
  Narash y Gensha se sorprendieron ante las palabras de Mitranash. Sabían que en realidad eran cumplidos vacíos, que habría dicho independientemente de cómo se hubiera desarrollado la conversación, y que seguramente repetiría, cambiando la frase final, a las dos muchachas siguientes. Pero verlo cumpliendo con su obligación cada vez les parecía más complicado, y eso no dejaba de sorprenderlos.
  La propia Esha entendía que aquello no era más que una formalidad. Su conversación había sido tensa de principio a fin, quizá para ponerla a prueba, o quizá porque, de verdad, el Sehzade odiaba la idea de casarse. O tal vez, pensó, era a ella a quien odiaba.
  —Me elijas o no —dijo Esha—, espero que nos volvamos a ver, Mitranash. La próxima vez estaré menos nerviosa.
  —Prometido. Y yo espero que reflexiones sobre todo lo que te he dicho.
  —Lo haré.
  Y tanto que lo haría, pues aquella conversación estaría en su cabeza durante el resto de su vida. Una vida en la que, por desgracia, no volvería a ver salir el sol.


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