Sonámbulo
Las confrontaciones de pareja son inevitables. Ni las dos personas más compatibles del mundo son inmunes a discrepancias puntuales. Lo que sí puede ser evitado, no sin esfuerzo, son las salidas de tono. Miguel tenía un truco. Cada vez que su mujer lo sacaba de quicio o actuaba de una forma que él consideraba irracional, él escupía su frustración sobre una hoja en blanco del procesador de texto. Convertía la ira en relatos, que no publicaba en internet, pero que tampoco eliminaba cuando se calmaban las aguas. Estos relatos no tenían ninguna relación; al menos, no directa; con la discusión que los había provocado. Al volver a leerlos, su mente estaba en calma. Y era una suerte que fuese así, pues, de lo contrario, Miguel estaría entrando en una dinámica peligrosa. Revivir los malos momentos, acumular rencor o negar la realidad acabaría perjudicándolos a largo plazo. Era como si esos relatos tuviesen la capacidad de suprimir por completo las malas emociones. Todo esto, por supuesto, era un proceso mental de Miguel, no un milagro tecnológico. Escribir lo hacía feliz, una emoción que, en su caso, se sobreponía siempre y sin excepción a la ira o la tristeza.
Miguel se consideraba afortunado al poseer esta especie de don, hasta el punto de que presumía de ello delante de sus familiares y amigos. Les contaba, con cierto orgullo, cómo lograba deshacerse de cualquier emoción negativa surgida de las discusiones con su pareja poniéndose delante de un teclado y un monitor. Se describía a sí mismo como una persona muy calmada y con una insuperable capacidad de gestionar emociones. Lo cual, en cambio, no era del agrado de Natalia, su mujer. Cuando ella quería discutir, que su marido la ignorase y se sentase a escribir relatos la enfurecía aún más. Una sensación que disminuía con el tiempo, tanto si aceptaba que la culpa era de ella como si seguía convencida de que era de él, pero que, en ambos casos, le dejaba, a modo de recuerdo, una pequeña llama sin extinguir en su interior. No es que Miguel se negase a debatir, pero en cuanto la discusión se encasquillaba, simplemente, se evadía por completo, se ponía los auriculares con música y tecleaba sin parar. Ella no poseía un «truco» como aquel.
Natalia no creía que aquello fuese una solución, sino una postergación del problema. Esconder la basura debajo de la alfombra para no barrerla. Insistía a su marido para que visitase a un psicólogo, sin otro objetivo que la búsqueda de una segunda opinión. Que una persona experta le dijese que no era la mejor forma de afrontar los problemas. Eso, al menos, era lo que ella creía que ocurriría. Pero Miguel se negaba. Ningún psicólogo podría ayudar a alguien con un control de sus pensamientos y sentimientos tan envidiable, se decía.
Miguel era sonámbulo. De vez en cuando, se levantaba en mitad de la noche y recorría la casa sin ser consciente de ello. En ocasiones puntuales, se cambiaba de ropa o se sentaba en el sofá a ver la televisión, incluso aunque esta permaneciese apagada. Natalia se lo contaba al día siguiente y ambos se reían de ello. Otras veces, ella ni siquiera llegaba a enterarse. Nunca lo consideraron un problema.
—Anoche volviste a levantarte —le dijo Natalia una mañana.
Habían discutido la noche anterior, motivo por el que ella prefirió ignorarlo y dejar que volviese a la cama sin ayuda. Por suerte, según el testimonio de Natalia, Miguel no hizo ningún ruido y regresó al cabo de pocos minutos. Nunca había hecho nada peligroso en estado de sonambulismo. Aun así, Miguel decidió echar un vistazo por toda la casa para asegurarse de no haber cambiado nada de sitio o, más importante aún, haber dejado abierta la puerta de la calle, uno de sus mayores miedos, si bien es cierto que jamás había llegado al extremo de abandonar la vivienda en mitad de la noche. Todo estaba en orden. O, mejor dicho, casi todo. Por algún motivo, la luz del ordenador brillaba con un tenue tono azulado.
Por la noche, antes de dormir, Miguel escribió uno de esos «relatos terapéuticos» en el ordenador de su oficina, una pequeña sala situada justo al lado del salón, y que algún día, esperaban, se convertiría en la habitación de su hijo o hija. Lo lógico era que hubiese apagado el ordenador antes de ir a la cama, tal y como hacía siempre. Pero, para su sorpresa, ese no parecía haber sido el caso. Todavía con los ojos entrecerrados por el sueño, Miguel activó el monitor y se dispuso a apagar el sistema. Sin embargo, su mano se detuvo al observar el archivo de texto que tenía seleccionado. «Mis sentimientos», se titulaba. No era, en ningún caso, el relato que escribió la noche anterior, ni ninguno que recordara haber redactado con anterioridad. Al comprobar la fecha y hora de creación, vio confirmadas sus sospechas: era un archivo nuevo. Fue creado a las dos de la mañana, alrededor de una hora después de meterse en la cama.
Miguel se giró hacia la puerta para asegurarse de que Natalia no estuviese mirando. Era la primera vez que escribía sonámbulo, y prefería mantenerlo en secreto. Ni siquiera sabía si el archivo contenía texto o si era una hoja en blanco, pero era consciente de lo poco que le gustaba a su mujer que se sentase a escribir como si nada tras una discusión, por lo que, quizá, la enfadase aún más descubrir que también lo hacía «en sueños», como si fuese una obsesión insana. Eso, en cierto modo, sería darle la razón a ella. Y aquí, según él, no la tenía. Era un caso puntual. Una anécdota graciosa. Quizá, incluso, pudiera convertir el supuesto texto de aquel archivo en un relato completo.
O quizá, como concluiría poco después, haría mejor en borrarlo.
Aquello, más que un relato, era una confesión. Una declaración firmada por su subconsciente. Con alguna que otra errata, pero sin ambigüedades. «A veces, me gustaría hacerle daño». La frase le heló la sangre. «Cuando no me escucha, pienso en darle un puñetazo». Una oleada de náuseas le recorrió el estómago. Se sintió asqueado. Claro que Natalia lo sacaba de quicio alguna que otra vez, pero jamás le pondría una mano encima. Al menos, eso era lo que él creía. La imagen que tenía de sí mismo era muy diferente a la que parecía haber proyectado su subconsciente. La basura debajo de la alfombra amenazaba con rebelarse.
Miguel descartó la posibilidad de necesitar ayuda psicológica. No podía sacar conclusiones por un caso aislado que, confiaba, no volvería a repetirse. Excepto porque se repitió. La inevitable segunda discusión dejó un nuevo regalo matutino en forma de archivo de texto. Su título era idéntico: «Mis sentimientos». Tanteó la opción de eliminarlo sin leerlo, pero no podía obviar la realidad cuando esta llamaba a su puerta. A la larga, ignorar la voz de su subconsciente podía convertirse en un problema externo. O, tal vez, no tan «a la larga».
Al fin, Miguel aceptó visitar a un psicólogo. Jamás confesó a Natalia el motivo de su cambio de opinión, pues temía que ella lo dejase si llegaba a leer esas líneas.
Si supiera que era ella quien las había escrito…








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