Primeros capítulos de Ynys
Primeros capítulos de Ynys
Fecha de publicación: 25 de septiembre de 2017
Autor: Chris Herraiz
Categoría: Novelas
Etiquetas: Ynys
Fecha de publicación: 25 de septiembre de 2017
Autor: Chris Herraiz
Categoría: Novelas
Etiquetas: Ynys

A continuación podéis leer de forma gratuita los siete primeros capítulos de Ynys, una novela de aventuras que debe su título a una isla hasta ahora inexplorada, fuente de numerosos mitos y leyendas, la cual está a punto de recibir la visita de una poderosa compañía científica, empeñados en desvelar los secretos que pueda esconder su frondosa selva.

La expedición, sin embargo, no comienza de la mejor manera para los intereses de la compañía, pues están a punto de convertirse en el objetivo de dos habilidosos ladrones de la decadente ciudad de Rémora…

Enlaces de compra:
- Formato rústico (tapa blanda) en Amazon
- Formato rústico (tapa blanda) en Bubok
- Formato rústico (tapa blanda) en Lulu
- Formato cartoné (tapa dura) en Amazon
- Formato cartoné (tapa dura) en Lulu
- Formato digital en Amazon

Para más información...
MakoSedai.com/novelas


1

  La iglesia de la zona humilde de Rémora no solía recibir visitas a altas horas de la noche. El párroco siempre dejaba la puerta abierta para que nadie tuviera que verse obligado a dormir en la calle, por lo que era normal encontrar a gente sin recursos tumbada en los oscuros rincones de aquel sacro edificio. Lo que no resultaba tan habitual era que, en mitad de la noche, entrase un grupo compuesto por varias personas trajeadas. Su vestuario impecable y sus posturas rígidas los delataban como habitantes de la Gran Ciudad. Nadie en Rémora vestía de esa guisa fuera de su lugar de trabajo, puesto que, en estos barrios, presumir de alto nivel económico era más un riesgo que una ventaja. Si aquellas personas trajeadas pretendían hallar un sitio alejado de la Gran Ciudad donde sus negocios turbios pasaran desapercibidos, Rémora parecía una buena elección… a priori. Sin embargo, no lo era tanto si tenemos en cuenta que aquella pequeña ciudad estaba plagada de ladrones. Y no solo la clase de ladrones agresivos y desesperados ante los que pudieran defenderse sin dificultades con una escolta bien entrenada, sino a un tipo de ladrones mucho más peligrosos: los que actúan con amabilidad e inteligencia. Un ladrón de poca monta te puede obligar a darle unas monedas a punta de navaja, mientras que un ladrón inteligente, sin más armas que la palabra, puede conseguir que seas tú quien le ofrezca muchas más monedas por propia voluntad, sin amenazas previas, y, lo mejor de todo, haciéndote creer que sales ganando.
  Para presenciar un ejemplo de esto último, basta con retroceder unas horas, hasta el momento en que el sol empezaba a ocultarse en el horizonte. Nos situamos en una calle poco transitada de Rémora, lejos de miradas indiscretas. Allí se encontraban Jim y su magnífica colección de cámaras de última generación.
  —Es ahora o nunca —dijo a los tres hombres que tenía frente a él—. Entiendo que no os fieis de mí; no tengo inconveniente en buscar otros compradores. Lo único que os pido es que, si no queréis comprarlas, no me hagáis perder el tiempo.
  —¿Qué le dirás a tu jefe si descubre que han desaparecido tres cámaras? —preguntó uno de los hombres, quien no terminaba de decidirse.
  —Seguramente, me habré ido de la empresa antes. ¡Que me busquen! —añadió entre risas—. He tenido que soportar sus miradas de desprecio desde que empecé a trabajar con ellos. Muchas horas por un salario de mierda. ¿Qué menos que llevarme un par de recuerdos de despedida? Es una compensación justa.
  —Pero… —replicó otro—, ¿cómo podemos saber que no nos delatarás si te pillan?
  —¿De qué me serviría? —Jim alzó las palmas de las manos en un gesto de indiferencia—. No es que os vaya a dar una factura, ni nada parecido. Ni siquiera sé vuestros nombres. No hay constancia de la venta.
  Los tres hombres se miraron entre sí, a la espera de que alguno se decidiera a dar el paso.
  —2000 kash es mucho dinero. Si nos las dejas por 1000 kash cada una, cerramos el trato ahora mismo.
  —¡¿1000 kash por una cámara de última generación nuevecita?! —Jim resopló, indignado—. ¡Su valor real es diez veces mayor!
  —Pero comprada en tienda tiene una garantía que tú no puedes ofrecernos.
  —Será posible… —Jim agachó la cabeza—. La idea era joder a mis jefes, pero siento que me estáis jodiendo vosotros a mí…
  Mientras los cuatro hombres discutían sobre el precio de las cámaras, una joven agente de policía apareció por el otro extremo de la calle, en lo que parecía una patrulla de vigilancia rutinaria. Los compradores hicieron el amago de salir corriendo, pero Jim los tranquilizó con un gesto sutil.
  —No hagáis nada que os haga parecer sospechosos —dijo en voz baja—. Os aseguro que la policía de por aquí es de gatillo fácil…
  Los tres posibles compradores guardaron las cámaras en sus respectivas cajas y las depositaron dentro de la bolsa que sostenía Jim.
  —Ahora, actuad con normalidad —les pidió—. Como si nos conociéramos de toda la vida.
  Cruzarse con agentes de policía por aquella zona no era inusual. Sí lo era que se tratase de una novata, pues no tendría más de veinticinco años, patrullando en solitario. Confiaban en que pasase de largo, sin entrometerse en la conversación. No hubo suerte.
  —Buenas tardes. —Les dedicó una sonrisa tan fugaz como forzada—. ¿Puedo preguntar qué se les ha perdido aquí?
  —Nada, agente —respondió Jim, en un tono amable y carente de nerviosismo—. Estamos disfrutando de nuestro tiempo de ocio, sin molestar a nadie.
  —En una calle sin bares ni lugares turísticos…
  —Solo estábamos de paso.
  La agente de policía le sostuvo la mirada durante unos segundos. No parecía que fuese a conformarse con esa excusa.
  —Perdonen que desconfíe, pero por estas calles son habituales las ventas ilegales. ¿Puedo echar un vistazo a esa bolsa?
  Los tres compradores creían que Jim había robado las cámaras de la tienda en la que trabajaba, para sacarse un sobresueldo. La realidad era algo más enrevesada: él no trabajaba en aquella tienda. De hecho, ni siquiera eran cámaras de última generación, sino réplicas muy bien logradas. Vamos, que era un intento de estafa en toda regla.
  —¿Para qué necesitan tres cámaras? —preguntó la mujer policía, examinando el interior de la bolsa—. ¿Tan interesante es su «tiempo de ocio»?
  —Son de mi tienda. —Jim señaló el logo de la bolsa—. Puede llamar y preguntar, si no se lo cree.
  —Eso haré.
  La agente de policía sacó su teléfono móvil y marcó el número que aparecía en un lateral de la bolsa. Si se trataba del número personal del dueño del local, tal vez pudiera hablar con él, aunque a esas horas la tienda estuviera ya cerrada.
  —No se muevan de aquí —les ordenó mientras se alejaba para hablar por teléfono.
  Por unos instantes, la mujer les dio la espalda. Error de novata, quizá.
  —Creo que será mejor que salgamos por patas —susurró uno de los hombres en cuanto se quedaron a solas.
  —Calmaos —insistió Jim—. Lo tengo todo bajo control.
  La joven agente no tardó más de un par de tensos minutos en contrastar la información.
  —Me acaban de confirmar que han desaparecido tres cámaras de esta misma marca, con un valor total de 30 000 kash. Qué casualidad, ¿no?
  Tras este descubrimiento, la desconfianza y la tensión no hicieron más que aumentar.
  —¿Les ha dicho que las ha encontrado? —preguntó Jim, confiando en poder llegar a un acuerdo.
  —Aún no. Solo les he comunicado que puede que tenga una pista.
  —Bien hecho. —Jim sonrió mientras sacaba todo el dinero que llevaba guardado—. Son… 800 kash. ¿Por qué no se olvida de lo que acaba de ver y se compra algo bonito de mi parte?
  La mujer lo miró con expresión de incredulidad. No había sido una maniobra muy sutil, la verdad. Los tres hombres, quienes cada vez parecían menos interesados en realizar la transacción, empezaban a visualizarse durmiendo entre rejas.
  —¿Es un soborno? —preguntó ella, en un tono neutro difícil de identificar.
  —No puede ser un soborno —puntualizó Jim—, cuando nunca la hemos visto, ni usted nos ha visto a nosotros. Además, ¿cree que le van a pagar más por hacer bien su trabajo? Seguro que también le pagan una miseria a cambio de que se juegue la vida a diario. Y todo por el bienestar de una minoría elitista, a la que ni usted ni su familia pertenecen. ¿Me equivoco?
  Para sorpresa de algunos y alegría de todos, la agente de policía se guardó el dinero en un bolsillo y siguió caminando como si nada de aquello hubiese sucedido.
  —¡Genial! —exclamó Jim de forma irónica—. He venido con la esperanza de ganar algo de dinero, y me voy con una pérdida de 800 kash.
  —Puedes recuperarlos —respondió uno de los compradores de forma apresurada—. Acepta 1000 kash por cada cámara, y todavía saldrás ganando.
  —¿Estás de broma? —Jim torció el gesto—. Acabo de perder 800 kash para salvaros el culo… Porque, no sé si os habéis dado cuenta, pero esa tipeja nos iba a encerrar a todos. ¿He sido el único en pagar, y encima queréis estafarme? ¿Cómo podéis hacerme esto?
  —Tú tenías más que perder…
  —Además —siguió Jim—, acabáis de comprobar que las cámaras son verdaderas. Cada una cuesta 10 000 kash, ¿no lo habéis oído?
  —Ya, pero… —respondió otro, dubitativo—. 2000 kash me sigue pareciendo demasiado por una compra sin garantía de ningún tipo.
  Jim suspiró y, con los brazos en jarra, miró al suelo unos segundos antes de responder.
  —1800 kash. Es mi última oferta.
  Los tres hombres hablaron entre sí antes de decidirse.
  —Hecho —respondieron al fin.
  Jim les hizo entrega de las tres cajas y tiró la bolsa al contenedor más cercano.
  —No pienso volver a meterme en un marrón así —gruñó—. Tanto riesgo para acabar casi regalándolas…
  Dos de ellos le pagaron al momento. El tercero seguía buscando en sus bolsillos.
  —Joder… —Miró a su alrededor, preocupado.
  —¿Qué pasa? —preguntó uno de sus acompañantes.
  —He perdido la cartera.
  —Sin dinero, no hay cámara —respondió Jim.
  El hombre lo miró con una expresión acusadora que parecía confirmar lo que ya sospechaba desde el primer momento.
  —Seguro que has sido tú.
  —¡¿Yo?! —Jim se señaló a sí mismo, sin creerse lo que estaba escuchando—. ¡Pero ¿qué dices?!
  —¡Dame mi puta cartera!
  —Registradme si queréis. —Levantó los brazos sin ofrecer resistencia.
  —¡Y tanto que lo voy a hacer!
  El hombre rebuscó entre la ropa de Jim hasta que se dio por satisfecho. No tenía en los bolsillos nada más que unas llaves y los 3600 exactos que le acababan de pagar los otros dos compradores. Ni un mísero kash de más. También se aseguró de buscar en el contenedor, así como dentro de la bolsa que acababa de depositar dentro.
  —Te dije que yo no había sido —se defendió Jim, algo molesto.
  —Perdona mi desconfianza. Es que… estoy seguro de que la tenía al salir de casa.
  Tras dar una vuelta rápida por la calle, para asegurarse de que no se le hubiese caído por allí cerca, los tres hombres se marcharon resignados. Jim se quedó con la tercera cámara y los 3600 kash que había sacado por las otras dos. Restando los 800 kash que había tenido que entregar a la agente de policía a cambio de su silencio, y los 600 que le costaron aquellas réplicas baratas, el botín real ascendía a 2200 kash. Era mucho dinero por una operación tan sencilla, aunque, desde luego, menos de lo que esperaba obtener.
  Pero la historia de esta elaborada estafa aún no ha terminado. Para entender el nivel de preparación de semejantes ladrones, debemos avanzar un poco en el tiempo, hasta aquella misma noche, en el interior del Búho Negro. Aunque a simple vista parecía un bar humilde, en realidad era un punto de intercambio de información. Uno de los principales lugares de reunión para ladrones y estafadores de Rémora. Jim recorrió el bar con la mirada, en busca de una mujer. No una cualquiera, sino esa en concreto. Aunque estaba de espaldas, la reconoció por su pelo marrón recogido en una coleta. Lo tenía más que visto, pues ambos eran clientes habituales del Búho Negro, además de compañeros esporádicos de negocios.
  —Bien jugado, Monique.
  —¿A qué te refieres? —La chica, que ocupaba uno de los taburetes de la barra, sonrió sin apartar la vista de su bebida.
  —Robarle la cartera a uno de ellos no era parte del plan.
  —¿No he cumplido lo acordado? Me hice pasar por agente de policía y simulé hablar con la tienda para que creyesen que cada una de esas réplicas tenía un valor de 10 000 kash. Interpreté mi parte a la perfección, ¿o no?
  —Me has jodido una de las tres ventas —le recriminó Jim—. Podía haber sacado 4000 kash, pero he ganado poco más de la mitad.
  —Vaya, qué pena… —El tono de Monique expresaba lástima fingida—. ¿Y qué vas a hacer? ¿Denunciarme?
  —Sabía que no era buena idea colaborar contigo.
  —Pues ya sabes lo que tienes que hacer: búscate tu propio uniforme de policía. —Monique se giró hacia él, sonriente—. ¡Oye, te vendo el mío!
  —No lo necesito para ganarme la vida —replicó Jim—. Me pregunto si tú podrías decir lo mismo sin mi ayuda —añadió mientras ocupaba el taburete contiguo—. He oído que las cosas no te van muy bien.
  —No sabía que te preocupabas tanto por mí. Vas a hacer que me sonroje.
  —¿Preocuparme por ti? —Jim dejó escapar una carcajada—. Sería el primero.
  Monique no respondió a aquel golpe bajo. Las palabras de Jim resonaron en un vacío que conocía bien, el mismo que había sentido años atrás…
  Ya habían transcurrido más de cuatro años desde que Monique dejó atrás su hogar y, de paso, la Gran Ciudad. También a sus padres, con quienes la convivencia se tornó complicada. Por decirlo de forma sutil: la forma de ver la vida de Monique no coincidía con los planes que sus padres tenían para ella. La consideraban una decepción, y no se molestaban en ocultarlo. Ambas partes se mantenían firmes en sus opiniones e ideas, por lo que se pasaban todo el tiempo discutiendo. Eso los llevó a separar sus vidas tan pronto como Monique tuvo la edad y dinero suficientes para vivir en solitario. Nunca habían vuelto a hablar desde entonces. Si ya la consideraban una decepción entonces, ¿qué pensarían ahora que se dedicaba a robar?
  —¿Habéis oído la última? —dijo Roy, el dueño del bar, desde el otro lado de la barra.
  Así era como empezaban casi todos los grandes robos y estafas de aquella parte de Rémora. Roy sacaba información de… a saber dónde, y se la pasaba a todos los clientes habituales. Como agradecimiento, ellos dejaban una parte de sus ganancias en el Búho Negro a cambio, principalmente, de comida y bebida.
  —Ten cuidado, Roy —respondió Jim—. Si te despistas, la ardilla puede robarte la cartera.
  —¡Ja! —La risa de Roy evidenciaba un claro tono sarcástico—. Ella podrá robarme la cartera, pero tú eres capaz de robarme el bar entero. Por eso nunca bajo la guardia con vosotros dos.
  —Sabes que a ti nunca te robaría, Roy —dijo Monique con una sonrisa.
  —Por supuesto que no. —Roy le devolvió la sonrisa—. Porque, como se os ocurra tan solo pensarlo, entraré a vuestras casas sin avisar y os reventaré la cabeza.
  —Te recuerdo que eres mi casero —dijo ella—. Si me matas, perderías una clienta…, y encima tendrías que pagar para limpiar toda la sangre desparramada por el suelo.
  —Yo lo haría gratis —contestó Jim—. Ese espectáculo sería impagable.
  —Como os estaba contando… —siguió Roy—, parece ser que esta noche se va a celebrar un intercambio en la iglesia. No sé de qué se trata exactamente, pero está bien vigilado, así que debe de involucrar algo valioso.
  —¿Cómo de vigilado?
  —El vendedor y la compradora van a traer escolta. Seis personas en total. Cuatro de ellos, como mínimo, irán armados. Alto riesgo, alta recompensa…
  Aunque ya estuviesen acostumbrados, no dejaba de resultar sorprendente la capacidad de Roy para enterarse de tantos detalles que nadie más conocía. Sospechaban que pudiese tener contactos en la policía, pero nadie se atrevía a preguntárselo. Era mejor callar y asentir. Cada «parece ser que…» era el preámbulo de información privilegiada.
  —¿Quién más lo sabe? —preguntó Monique.
  —Rose. Es la única, aparte de vosotros dos, capacitada para algo así.
  —No creo que Rose esté interesada. —La chica negó con la cabeza—. No tiene ninguna necesidad de arriesgarse por asuntos menores.
  —Quizá sea mejor olvidarnos de esto —concluyó Jim—. Cuatro tíos armados… Es muy peligroso.
  —Sí —añadió Monique—. Prefiero no terminar el día llena de agujeros de bala. Hoy me viene mal.
  Ambos mentían. No iban a dejar pasar la oportunidad de hacerse con un botín tan prometedor. Y, aunque los dos sabían que el otro también mentía, preferían no tener que colaborar. Robar una mercancía exigía mucho más que engañar a sus poseedores. También había que adelantarse a otros ladrones. Ese, a veces, era el mayor obstáculo.
  —Creo que hay algo más —siguió Roy.
  —¿«Algo más»? —repitió Jim—. ¿A qué te refieres?
  —La compradora es una representante de Zodion. Parece ser que están preparándose para una expedición… Es decir, que no solo ha venido a Rémora para hacer este intercambio, sino para reclutar personal.
  —¿De qué hablas? ¿Una expedición a dónde?
  —A la isla de Ynys.
  —Joder. —Jim suspiró—. ¿Es que no se cansan nunca?
  Ynys era el origen de cientos de cuentos infantiles y mitos de todo tipo. Todos ellos sistemáticamente desmentidos, lo cual no parecía importar a según qué clase de gente. Los bulos se transmitían más rápido que la verdad. Porque la verdad tendrá sus cosas buenas, pero carece de ese componente mágico que posee una mentira bien elaborada.
  —El caso es que necesitan a alguien que conozca bien la isla —dijo Roy—. Y parece ser que ha llegado a sus oídos que en Rémora vive alguien que nació allí.
  —¿Alguien que nació en Ynys? —preguntó Monique, sorprendida—. ¿Quién?
  —Ni idea. Dudo que sea verdad, como todo lo demás que han oído de la isla. Yo me limito a contaros lo que sé, no a juzgar la información.
  —La Gran Ciudad está llena de idiotas… —masculló Jim.
  No es que les molestasen los «idiotas». De hecho, solían sacar buen provecho de ellos. Y, esta vez, no sería diferente.

2

  Intentar robar a seis personas, la mayoría de ellas armadas, no era la idea más inteligente del mundo. En condiciones normales, cualquiera se negaría. Pero Jim y Monique tenían sus motivos. Y, en el caso de estos dos ladrones, eran motivos totalmente diferentes.
  Jim, en realidad, no necesitaba nada ni nadie que lo impulsase a hacerlo. Era parte de su día a día; como si se tratase de una afición, más que de su método de ganarse la vida. Si tenía dinero, quería más. Él no era como Rose, la ladrona más famosa de Rémora. Aquella mujer había logrado reunir una gran suma de dinero, por lo que rara vez se la veía en activo. Jim no pensaba conformarse nunca, excepto por causas de fuerza mayor. Todavía le quedaba un larguísimo camino por delante, si deseaba obtener una porción de la reputación de Rose.
  Monique… era otra historia. Ella necesitaba dinero con urgencia, y no podía permitirse dejar pasar ninguna oportunidad, por peligrosa que pareciera. Desde que perdió su último trabajo, por el cual no vio ni un solo kash debido a que la empresa cayó en bancarrota, había ido saltando de un problema a otro, sin tiempo ni para respirar. Su pequeño apartamento se hallaba en el tercer piso de un edificio de cuatro plantas, que pertenecía a Roy, el dueño del Búho Negro. Aunque con él llevaba todos los pagos al día, Monique estaba encontrando dificultades para liquidar una deuda que contrajo con un prestamista llamado Tred Lee.
  A diferencia de Jim y Monique, y pese a que hubiera quien pensaba lo contrario, Tred Lee no era un ladrón. Su negocio, del todo legal, consistía en aprovecharse de los necesitados, ayudándolos en momentos de debilidad y exprimiéndolos después. Préstamos. Era cierto que ayudaba a mucha gente…, aunque no era menos cierto que había dejado alguna que otra pierna rota por el camino. Tred Lee no se manchaba las manos. Era mucho más cómodo contratar a otros que lo hiciesen por él. Y uno de esos «otros» era un armario llamado Bruno, al que Monique llevaba días tratando de evitar. Por desgracia, no siempre lo conseguía. Esta vez, Bruno había optado por esperarla en la mismísima puerta de su apartamento, lo cual rozaba el acoso. Pero ¿a quién iba a protestar?
  —Vaya —se lamentó Monique—, parece que hay cola para entrar. Mejor vuelvo en otro momento…
  —¡Ven aquí! —gruñó él, con esa voz ronca que lo caracterizaba.
  —Prefiero quedarme aquí, gracias.
  Apenas un par de metros los separaban. Bruno estaba apoyado contra la pared, al lado de la puerta del apartamento de Monique, con los brazos cruzados. Ella se encontraba frente al ascensor, moviéndose poco a poco hacia las escaleras, por si tenía que huir.
  —El señor Lee me envía para cobrar los 8000 kash que le debes.
  —Qué detalle, venir a mi casa para algo tan insignificante… —respondió Monique con calma—. No deberías haberte molestado.
  —La única molestia es que no pagues.
  —Todavía no tengo el dinero, ya te lo he dicho. Pero te prometo que lo conseguiré lo antes posible.
  —O me pagas ahora, o… —Bruno se golpeó la palma de la mano con el puño contrario.
  —Vale, vale. —Monique le hizo un gesto para que se tranquilizase—. Calma, grandullón. Puede que tenga algo de dinero en mi casa. Si me dejas que entre a buscarlo…
  —Sé que llevas dinero encima —la interrumpió—. ¿Me lo vas a dar por las buenas o prefieres que te registre?
  Monique dio un paso atrás.
  —¡Las manos quietas! Si quisiera jugar con los gorilas, haría una visita al zoo.
  —No se puede jugar con los animales en el zoo.
  —Por eso nunca tuviste amigos, ¿eh?
  Bruno redujo la distancia con una zancada. Monique decidió darse por vencida antes de que las amenazas teóricas pasasen a un plano más práctico y físico. Sacó su estrecha cartera y se la ofreció con una amabilidad forzada. Él la recogió de forma menos cortés.
  —¿Qué es esto? Aquí no hay ni 200 kash.
  —Es todo lo que tengo.
  —Vale, tú lo has querido. Tendré que registrarte.
  —¡Espera!
  Monique le entregó el dinero que había conseguido de uno de los compradores de cámaras, aquella misma tarde. De la cartera robada, como era lógico, ya se había deshecho para no dejar pruebas.
  —1900 kash —contó Bruno.
  —No tengo nada más, en serio.
  El hombre la miró en silencio, dubitativo. Sospechaba que pudiera estar mintiendo, y que todavía escondiera más dinero en otro bolsillo. Aun así, por esa vez, y sin que sirviera de precedente, optó por fiarse de ella.
  —Está bien —dijo tras unos segundos de tensión—. Con esto, tu deuda se reduce hasta los 7000 kash.
  —¡¿Qué?! ¡Pero si debía 8000 y te acabo de dar más de 2000!
  —El resto son los intereses.
  Unos intereses que, por supuesto, ella no había firmado.
  —A este paso, no podré saldar la deuda nunca —protestó Monique.
  —Lo harás —contestó Bruno con una sonrisa algo desagradable—. Vaya si lo harás…
  —El dinero no crece de los árboles. Tú, que vives en uno, deberías saberlo mejor que nadie.
  —Una chica como tú no debería tener dificultades para ganar dinero fácil…
  Monique torció el gesto, asqueada.
  —Gracias por la sugerencia, pero prefiero que me partas un brazo.
  —No son cosas incompatibles. —Bruno volvió a reír.
  —Joder, voy a tener pesadillas con esa frase… —Sacudió su cuerpo como si hubiera sentido un escalofrío—. Oye, ¿no deberías volver con tu amo? A lo mejor necesita que alguien le lama los zapatos.
  —7000 kash. —La señaló de forma amenazadora—. Más te vale tenerlos pronto.
  Bruno pasó junto a Monique sin quitarle la vista de encima y se dirigió a las escaleras. Tampoco debía de fiarse del ascensor, pues prefirió bajar los tres pisos a pie.
  —Gracias por la visita —murmuró ella, simulando una reverencia—. El próximo día avisa con antelación, así tendré tiempo de preparar algo para picar.
  Cuando Monique accedió a su apartamento, lo primero que hizo fue depositar el resto del dinero sobre el pequeño mueble que se encontraba a un lado de la puerta. Había corrido el gran riesgo de engañar a Bruno ocultándole parte del dinero que llevaba encima, pues lo necesitaba para comprar productos básicos. Por suerte, había tenido éxito en su propósito. De lo contrario, uno de sus brazos habría pagado las consecuencias.
  Aunque ya hubiese anochecido, para ella el día aún estaba lejos de terminar. Mientras se cambiaba de ropa, empezó a planear el robo en su mente. Lo único que sabía, gracias a la información de Roy, era que seis personas se reunirían en poco más de una hora, dentro de una iglesia cercana, para intercambiar algo. Como mínimo, cuatro de esas personas irían armadas: los dos escoltas de cada uno de los representantes. La compradora era una mujer de la empresa Zodion.
  La lista de datos que desconocía era mucho más extensa. ¿Quién era el vendedor? ¿Qué era exactamente lo que iba a vender? ¿Por qué tanto secretismo? ¿Tendría algo que ver con la expedición a Ynys que mencionó Roy? ¿Era más rentable robar el dinero o el producto? Es decir: ¿ir a por lo seguro o especular con el botín? Y lo que más le preocupaba: ¿aparecería Jim?
  Por supuesto que aparecería. Monique estaba convencida de ello. Roy les había dicho que solo Rose y ellos dos sabían lo del intercambio en la iglesia, y lo más probable era que la primera ni siquiera estuviese interesada. ¿Cómo iba a dejar pasar Jim una oportunidad así? Probablemente, además del dinero, le motivaba la idea de evitar que Monique se hiciese con él. Después de que se la hubiese jugado aquella misma tarde, haciéndole perder casi 2000 kash con el sabotaje de la venta de una cámara, Jim estaba decidido a devolverle el favor. Ambos sabían que el otro intentaría realizar el robo en la iglesia, así que el reto no se limitaba a conseguirlo, algo difícil de por sí, sino que debían hacerlo antes que su rival. Colaborar no era una opción, dadas las circunstancias.
  Monique se aseguró de ser la primera en llegar a la iglesia. Por unos instantes, valoró la posibilidad de intentar efectuar el robo antes de que los habitantes de la Gran Ciudad llegasen a aquel lugar, pero concluyó que sería una tarea casi imposible. Ni siquiera sabía dónde estaban el comprador y la vendedora, o qué aspecto tenían. Por lo tanto, si iba a hacerlo, sería allí dentro, en el hogar de alguna deidad que nunca le suscitó el menor interés.
  Entrar a la iglesia no supuso ninguna dificultad, puesto que permanecía abierta al público las veinticuatro horas del día. Algunas personas sin hogar pasaban allí la noche, tumbados en los rincones, donde no alcanzaba la iluminación. La luz provenía de unas lámparas de pared no demasiado potentes, solo lo suficiente como para distinguir el rostro de una persona, si esta se hallaba a pocos metros de distancia. Pese a estar convencida de que en pocos sitios estaría más segura que dentro de la iglesia, Monique no se sentía cómoda. La decoración anticuada, la iluminación a medias y el profundo silencio, solo quebrado por alguna tos puntual, formaban un ambiente muy tétrico, como de película de terror. Una en la que ella no era protagonista, sino secundaria. Y esos personajes tenían más opciones de acabar mal parados.
  La iglesia engañaba desde fuera; era más amplia de lo que se esperaría de un edificio así. No se podría calificar como ostentosa en absoluto, aunque las columnas del interior le daban un aspecto elegante, que compensaba con aquellos bancos de madera tan cutres que flanqueaban el pasillo central. Por no hablar de las imágenes de las paredes, en especial las que se elevaban tras el altar. Si poseían algún valor simbólico, debía de estar bien camuflado. Las columnas servían para algo más que sujetar el techo: eran un buen lugar donde ocultarse, siempre que uno anduviera con cuidado de no pisar a la gente que dormía, o dormitaba, entre las sombras.
  Pocos minutos después de la llegada de Monique, la puerta de entrada volvió a abrirse lentamente, con un leve chirrido. La ladrona, que había dedicado ese tiempo a planear el robo, se escondió detrás del altar de piedra desde donde se daban las misas.
  —Sé que estás aquí. —Era la voz de Jim—. Deja de comportarte como una niña pequeña y da la cara.
  Monique salió de su escondite. De nada servía disimular.
  —Baja la voz, ¿quieres? Hay gente durmiendo.
  —Ellos tienen toda la noche para dormir. Nosotros solo unos pocos minutos para prepararnos.
  —Habla por ti —replicó Monique—. Yo ya estoy más que preparada.
  —Dime que no eres tan estúpida de intentar robar el dinero tú sola…
  —No solo soy tan estúpida de intentarlo; lo soy hasta de conseguirlo.
  —Escucha… —Jim suspiró—. Olvida lo de antes. —Ahora se mostraba conciliador—. No te guardo rencor por cómo me la jugaste esta tarde. Ambos sabemos que la única manera de sacar este robo adelante es colaborar.
  —Y ambos sabemos que no piensas compartir la mitad conmigo.
  —A diferencia de ti, yo soy un hombre de honor.
  —¡Faltaría más! —contestó ella, haciéndose la ofendida—. Yo no me considero un hombre en absoluto.
  —Monique, deja de hacer el idiota —protestó, armado de paciencia—. Tenemos que colaborar —repitió—. Después, nos repartiremos el botín a partes iguales. Te lo prometo.
  No podía saber si Jim estaba siendo sincero, pero coincidía con él en que colaborar era, con toda probabilidad, la manera más eficiente de sacar adelante aquella operación. Eso lo sabía desde el instante en el que Roy les dio la información, por mucho que se hubiese obcecado en buscar alternativas en solitario.
  —Tengo un plan —dijo Monique.
  —Yo también.
  —Pero el mío es bueno.
  —Vale… —Jim no tenía ganas de prolongar la discusión—. Te escucho.
  —La clave es la luz.
  —Evidentemente.
  —En lo que llegabas, he estado investigando. —Monique señaló hacia las puertas de la pared del fondo—. Ya sé dónde está el panel que controla todo el sistema de luces. Podemos dejar la iglesia a oscuras y quitarles el dinero delante de sus narices.
  El robo iba a convertirse en un «juego de mentiras». Y esta última frase es una de las pocas verdades que vais a presenciar a partir de ahora. Que ambos estuviesen convencidos de que debían colaborar para conseguir el botín, no implicaba que aceptasen compartirlo a la ligera. Se conformaban con que el otro así lo creyese.
  —Es decir —dijo Jim—, que uno de nosotros tendrá que ocuparse de las luces, y el otro de escapar con el botín. Qué conveniente, ¿eh? —añadió, en tono sarcástico.
  —¿Aún no hemos repartido las tareas y ya me estás acusando?
  —Te conozco bien, ardilla.
  —No tengo ningún inconveniente en explicarte dónde están las luces y ocuparme yo de la parte difícil, si es lo que quieres.
  —Como acabo de decir, te conozco bien. Tanto, como para saber de antemano que me ibas a ofrecer la supuesta parte fácil. Así, tú podrás robar el dinero y largarte, dejándome aquí tirado.
  Lo que él no podía saber con seguridad era que aquel reparto de tareas, incluyendo el ofrecimiento y posterior rechazo del mismo, también era parte del plan de Monique. Lo que ella no podía saber con seguridad, a su vez, era que Jim lo sospechaba. En conclusión: su rueda de desconfianza nunca dejaba de girar. Siempre era así. Crecía y crecía de forma interminable, hasta que alguno daba su brazo a torcer, no por convencimiento, sino porque, de lo contrario, se verían obligados a cancelar la operación.
  —Entonces —siguió explicando Monique—, lo que haremos será esperar a que venga el primer grupo, y…
  —Espera —la interrumpió—. ¿Solo vamos a robar una parte?
  —Supuse que preferirías enfrentarte a tres personas en vez de a seis.
  Jim se sintió algo ofendido de que ella creyese que podía manipularlo con el viejo truco del «a que no te atreves». Si hubiese sido un idiota de ego frágil, quizá hubiese aceptado. Por otro lado, era probable que ella tuviese prevista la reacción de Jim, y que, de hecho, contase con ella. ¿Hasta qué punto «no seguirle la corriente» era «seguirle la corriente»?
  —Lo haremos cuando estén los seis —sentenció Jim, tratando de llevar las riendas—. Cuando apagues la luz, iré a por el objetivo que me parezca más vulnerable. Al que sea más fácil llegar, o al que sea más fácil quitarle el botín.
  —Es decir, que solo nos vamos a llevar la mitad, como propuse. —Monique también quería proclamarse mente maestra del plan—. Para eso, es mejor mi idea: actuar cuando lleguen los tres primeros, antes de que aparezcan los demás.
  —No —insistió Jim—, porque los tres primeros estarán en alerta. En cambio, cuando estén todos juntos, se confiarán y bajarán la guardia. Tendrán la vista puesta los unos sobre los otros en vez de vigilar los alrededores. Será entonces cuando podamos movernos con libertad.
  —Comprendo… ¿Y cómo piensas quitárselo?
  —He traído esto.
  Jim le enseñó un artilugio de forma parecida a un mando de televisión, que Monique identificó al instante: era un arma de electrochoque. Pulsando un botón, uno de sus extremos soltaba descargas eléctricas que paralizaban, de manera muy dolorosa, a la víctima.
  —Será fácil obligarlos a entregarme la mercancía —dijo con una sonrisa—. Y si a alguno se le ocurre ponerme la mano encima, se llevará una dosis de cosquillas de mi electrificador.
  —Tío, ¿estás loco? Puedes matar a alguien con eso.
  —No tiene tanta potencia. Como mucho, podré dejarlos aturdidos unos segundos.
  —¿Y no te dará una descarga a ti mismo, si te están agarrando cuando los golpees con el… como sea que lo llames?
  —Tú preocúpate por hacer tu parte, y deja que yo haga la mía.
  En realidad, a Monique le preocupaba más la parte de Jim que la suya propia. Si él hacía todo como estaba previsto, su plan no presentaría muchas dificultades. Pero, en cuanto se apartara un poco de lo establecido, ambos podían verse en serios problemas.
  —Deberías hacer ruido desde tu posición, para atraer su atención —sugirió Jim—. Así podré acercarme por la espalda.
  —¿Y qué pasa si me acorralan?
  —¿Qué va a pasar? —El chico se encogió de hombros—. Pues nada. No has hecho nada malo.
  —Así que para eso me necesitas, para usarme de cebo mientras escapas…
  —Te recuerdo que mi tarea es mucho más difícil que la tuya. Aun así, estoy dispuesto a darte la mitad exacta cuando nos reunamos.
  —¿Qué garantía tengo de que cumplas tu palabra?
  —Ninguna. Te puedes ir a casa ya mismo, si lo prefieres.
  Un ruido los sobresaltó; alguien estaba abriendo la puerta de la iglesia. Ya era tarde para huir. Jim se escondió detrás de una columna, entre las sombras, mientras Monique se dirigía a la habitación contigua, al lado del altar, donde se hallaba el panel de las luces. Podía ver la sala principal a través de la puerta entreabierta, desde donde era imposible que la descubrieran, salvo que se acercasen a investigar. Eso no ocurría en su plan mental; esperaba que tampoco en la realidad.
  Tres personas accedieron a la iglesia: una mujer de piel oscura, flanqueada por dos hombres blancos, que aparentaban ser su escolta. Los tres iban trajeados e impolutos; una idea cuestionable, si lo que pretendían era pasar desapercibidos en Rémora. Tal y como esperaban Jim y Monique, uno de los hombres portaba un maletín. Según la información de Roy, la compradora era una trabajadora de Zodion, así que todo apuntaba a que se trataba de aquella misma mujer. Asimismo, el maletín debía de contener el dinero que pronto intercambiarían por el producto misterioso. Jim observó al trío desde detrás de la columna. Ninguno de ellos parecía capacitado para plantar cara a su electrificador.
  Pero, una vez más, no eran ellos tres quienes debían preocuparlo.
  Las luces se apagaron de repente. Jim dirigió su mirada hacia la puerta por la que había entrado Monique, con expresión desconcertada. ¿Por qué había cambiado el plan previsto? Debería haber esperado al segundo grupo antes de apagar la luz. ¿Lo había hecho a propósito o se trataba de un accidente? ¿Acaso no era ella quien más necesitaba que aquella operación saliese adelante, dados sus problemas económicos? ¿No era ese un motivo suficiente para ceñirse al plan? Jim quiso gritar, pero no era momento de perder los papeles. Tal vez pudiese aprovechar la oportunidad, aunque hubiese que improvisar. Echó mano de su electrificador y se preparó para…
  «No tan rápido», se dijo a sí mismo. Jim permaneció inmóvil, tras la columna, reflexionando acerca de su situación. Tenía la sospecha de que estaba pasando algo por alto. Monique no era idiota. Jim descartaba la opción de que ella se hubiese olvidado de plan, o que hubiese cometido un error tan estúpido como apagar las luces antes de tiempo. Ni de lejos. Todo lo que hacía tenía un motivo. Y fue entonces cuando lo comprendió: ¡Monique quería llevarse el maletín! Había apagado las luces antes de lo esperado, no para que Jim interviniese, sino para hacerlo ella. Quería aprovechar las dudas de su compañero para adelantarse a él. Si no se daba prisa, Monique podía robar el maletín y escapar antes de la llegada de los otros tres negociantes. Lo cual no sería tan malo si estuviese dispuesta a compartir el botín con Jim, pero él sabía que eso no ocurriría. Al fin y al cabo, Jim tampoco pensaba hacerlo. O, bueno, al menos, no a partes iguales.
  En conclusión: si no se daba prisa, se quedaría sin nada. Esa fue su decisión… y su error. Tan pronto como Jim salió de la columna, las luces volvieron a encenderse. Pero esta vez no fueron solo las de la pared, sino todas las de la iglesia. El edificio se iluminó como nunca antes se había iluminado; obviando, claro está, el sentido metafórico que quisieran darle sus feligreses.
  —¡Cuidado! —gritó una voz desde la puerta principal de la iglesia.
  La situación se volvía más extraña por momentos. Quien había gritado, sin dejar de señalar a Jim, era la propia Monique. ¿Cómo había llegado tan rápido a la puerta? No, no había necesitado correr. En realidad, ya estaba allí cuando las luces se encendieron. Y lo más desconcertante de todo era que el maletín seguía en manos de la empleada de Zodion. ¿Por qué había decidido Monique echar por tierra todo el plan?

3

  La iglesia había quedado iluminada por completo después de que se activasen todas las luces del panel de control. La supuesta empleada de Zodion y sus dos escoltas miraban a Jim y Monique con expresión de confusión, mientras los demás, las personas sin hogar que dormían en los rincones, se esforzaban por seguir durmiendo, ajenos a lo que ocurría en el pasillo central de la iglesia.
  —¡Cuidado! —exclamó Monique—. ¡Va armado!
  Al escuchar aquello, los dos escoltas corrieron hacia Jim. Este intentó escapar de la iglesia, pero Monique se interpuso en su camino.
  —¡¿Qué estás haciendo?! —protestó él.
  —Conseguir mi botín —respondió con una sonrisa.
  —¿Qué…?
  Cuando Jim sintió la mano de uno de los escoltas agarrándole el brazo, respondió con una descarga del electrificador. El hombre emitió un alarido y se apartó de inmediato. Puede que aquel artefacto no tuviera potencia suficiente como para matar a una persona, pero el dolor era intenso. Tras descubrir la clase de arma que portaba Jim, lo previsible hubiera sido que el otro escolta sacara su pistola, no para disparar, sino para exigirle que se rindiera. Sin embargo, seguía mirando sin hacer nada. El motivo se hizo evidente enseguida: los escoltas iban desarmados. La información de Roy, esta vez, no era del todo correcta. De haberlo sabido con antelación, el robo hubiera resultado más sencillo. Jim se planteó usar el electrificador para llevarse el maletín por la fuerza y con la cara descubierta. «Demasiado arriesgado», concluyó. Zodion era una empresa poderosa; los atraparían tarde o temprano. Quizá, Jim debería darse por vencido y salir corriendo…
  Sin embargo, Monique volvió a hacer algo inesperado. La chica dio una patada a la mano de Jim, haciéndole soltar el electrificador. El segundo escolta aprovechó ese momento para abalanzarse sobre él, y su compañero, ya recuperado, lo ayudó a inmovilizar al ladrón.
  —No le hagáis daño —dijo la mujer de piel oscura.
  —Dejadme ir —exigió Jim—, o contaré a la policía lo que estabais a punto de hacer.
  —¿Qué es lo que estábamos a punto de hacer, según tú? —La mujer sonreía, como si aquella situación le resultara graciosa.
  —Una compra ilegal.
  —Ah, ¿sí? ¿Qué pruebas tienes de eso?
  Jim empezó a dudar. Monique estaba tan desconcertada como él. ¿Roy había vuelto a equivocarse?
  —El vendedor está a punto de llegar —dijo Jim—. No sé cuál es el producto, pero piensas pagarle con el dinero de ese maletín.
  —Interesante teoría. —La mujer esgrimió una media sonrisa—. Soltadlo —ordenó a los escoltas, mientras ella recogía el maletín del suelo—. ¿Qué podría comprar con esto?
  La empleada de Zodion abrió el maletín y los invitó a contemplar su contenido. O, mejor dicho, su ausencia de contenido, pues el maletín estaba vacío. Jim y Monique se miraron sin entender nada.
  —Perdonadme. —La mujer no pudo seguir conteniendo la risa—. Solo estaba jugando con vosotros, y me disculpo por ello. Mi nombre es Samira. Trabajo para una empresa llamada Zodion. Supongo que os suena.
  —¿Qué está pasando aquí? —protestó Jim, sin ocultar su descontento.
  —Por favor, dejad que os explique. Todo esto del intercambio es un montaje. Nadie va a venir a venderme nada.
  —¿Me habéis tendido una trampa? —Jim miró a Monique, quien permanecía inmóvil, tan confundida como él.
  —Ella no sabía nada —aseguró Samira—. De hecho, no estoy muy segura de por qué ha hecho lo que ha hecho. Nuestra intención era dejar que nos robarais el maletín…, pero, por algún motivo, ella lo ha evitado a propósito.
  —¿Qué?
  Monique no se pronunció.
  —Zodion está organizando una expedición a la isla de Ynys —siguió Samira—. Yo seré la persona al mando. Es un lugar peligroso, así que estoy reuniendo un equipo lo más variado posible. Necesitaba alguien capaz de adaptarse a cualquier situación, pensar con rapidez…, y que no conozca la palabra «miedo».
  Durante unos segundos, todos se quedaron en silencio.
  —A ver si lo he entendido —dijo Jim, esforzándose por mantener la calma—. ¿Engañasteis a Roy para que creyera…?
  —No —lo interrumpió Samira—. Roy sabía desde el primer momento lo que estábamos planeando. Es un viejo conocido, y se mostró encantado de colaborar. Dijo que tenía dos candidatos perfectos para este puesto. Supongo que se refería a vosotros.
  —Y no dudes que lo habríamos logrado, si esta idiota no me hubiera traicionado.
  —Estoy segura de ello. —Samira miró a Monique, quien no había abierto la boca en todo el rato—. Pero sigo sin entender por qué lo ha hecho.
  —Por la expedición —respondió la chica con una sonrisa, como si hubiera estado esperando ese momento—. No vine aquí para robaros el dinero. Sabía que Zodion estaba organizando una expedición, y quiero formar parte de ella. Reconozco que me ha sorprendido que quisierais contratar a un ladrón, pero seguro que, por encima de eso, os conviene tener en el equipo a alguien que no solo pueda usar su inteligencia para robar, sino también para evitar que otros os roben.
  —¿Me has traicionado para eso? —Jim no sabía si enfadarse o felicitarla por cómo había logrado engañarlo.
  —Prefiero un contrato antes que un maletín —concluyó Monique—. ¿Quién se arriesgaría por un premio incierto, pudiendo conseguir una paga segura?
  —¿Y por qué iban a querer contratar a una cobarde como tú, después de haber comprobado que yo soy más valiente y leal?
  —Por favor —interrumpió Samira—, no discutáis. Todo esto ha sido culpa mía, no lo paguéis unos con otros. Si ambos estáis de acuerdo, deliberaré sobre lo que ha ocurrido y mañana os comunicaré cuál de los dos es el elegido.
  Monique y Jim asintieron. No es que tuvieran otra opción.
  —Me disculpo de nuevo por haberos engañado —dijo la mujer trajeada—. Buenas noches.
  Samira y los dos escoltas se marcharon, dejando a los ladrones a solas. O, bueno, quizá no tan «a solas».
  —¿Apago ya la luz? —preguntó una voz masculina desde la zona del altar.
  —Sí —respondió Monique—. Muchas gracias.
  Pocos segundos después, la iluminación de la iglesia atenuó, hasta quedar como antes de su llegada.
  —¿En serio? —Jim suspiró, incrédulo—. Eso explica que llegaras tan rápido a la entrada… ¡Pagaste a un sintecho para que manejara las luces!
  —Lo tenía todo organizado antes de que llegaras, calambritos.
  —Pues te va a servir de poco, porque ya has escuchado a la señorita: quieren a alguien como yo.
  —Eso era antes de que supieran que existe alguien como yo. ¿Por qué iban a conformarse contigo, pudiendo contratarme a mí?
  —Ya la has escuchado —repitió Jim.
  —¡Por favor, estamos intentando dormir! —gritó otro de los sintecho, cansado de tanto alboroto.
  Jim recogió su electrificador y se apresuró a abandonar la iglesia. Monique, aguantándose la risa, iba varios pasos por delante.
  —Zodion no querrá contratar a una persona tan traicionera —insistió Jim, con ganas de discutir.
  —¡Venga ya! —Se giró hacia él—. ¡Reconoce que te he ganado!
  —¿Que me has…? Ya te gustaría, ardilla.
  —¡Y por segunda vez consecutiva en un solo día! —presumió Monique.
  —Robar una cartera a un hombre despistado no es lo que yo llamaría «ganar».
  —¿Vas a echarme de menos cuando esté en Ynys?
  —Por mucho que te esfuerces, no vas a hacer que me enfade.
  Aunque intentó decirlo con tono serio, Jim no pudo evitar sonreír.
  —Míranos, como si fuéramos amigos. —Monique dio un puñetazo suave a Jim en el hombro—. Tanto discutir, pero al final nos vamos a llevar bien.
  —Los amigos se tienen confianza entre sí. Solo un idiota podría confiar en nosotros.
  —Por primera vez en mucho tiempo, estoy de acuerdo contigo. —La chica sonrió—. Bueno, va siendo hora de volver a casa.
  Los dos se miraron a los ojos durante un par de segundos. Entonces, Jim le puso una mano en el hombro.
  —¿Qué haces? —Monique retrocedió, con cara de asombro.
  —¿Eh?
  —¿Estabas intentando lo que creo que estabas intentando?
  —¿Qué? ¡Claro que no!
  —Madre mía, Jim. —Monique soltó una carcajada—. No me esperaba esto de ti.
  —¡No iba a besarte! ¡Solo era una palmada amistosa!
  —Justo cuando acabas de decir que no podríamos ni ser amigos…
  —Paso de ti, ardilla. —Jim se dio la vuelta y empezó a alejarse de ella.
  —¡No lo parecía hace un momento!
  —No me obligues a usarlo. —Jim la apuntó con el electrificador—. Vete a tu casa antes de que te encuentren los matones de Tred Lee.
  Monique no se opondría a eso. Estaba deseando regresar a su apartamento, cambiarse de ropa y tumbarse en la cama. De nada servía dar vueltas a lo ocurrido, ni preocuparse por una decisión que no estaba en sus manos. No era algo que soliese hacer. Monique había optado por traicionar a Jim para demostrar a Zodion su valía. Nada de lo que pensara ahora cambiaría esa certeza. ¿Había sido buena o mala decisión? Eso dependía, exclusivamente, del punto de vista de Samira. Zodion quería contratar a un ladrón, y Monique había demostrado su interés en la expedición incluso antes de conocer las verdaderas intenciones de Samira. La casualidad estaba de su lado. Sin embargo, había hecho todo lo contrario de lo que esperaban sus potenciales contratantes. Si se hubiera limitado al robo…
  Pero, una vez más, ¿de qué servía lamentarse? Ni siquiera sabía si había cometido un error, así que no debía ponerse la venda antes de la herida. Además, en el supuesto caso de que hubiera metido la pata por delatar a Jim, ¿implicaba eso que hubiera perdido toda oportunidad de unirse a la expedición? No, por supuesto que no. Para empezar, porque la decisión aún no estaba tomada. Al menos, no de forma oficial. Eso significaba que todavía tenía tiempo para demostrar a Zodion sus capacidades. Todavía podía dar motivos de peso a aquella gran empresa para contratarla.
  Monique empezó a idear una forma de destacar. O, por decirlo de otro modo, de derrotar a Jim. Si Samira les había contado la verdad, ellos eran los dos únicos candidatos. Por lo tanto, bastaba con demostrarles que sería de más ayuda que Jim. Solo eso. Tal vez, incluso, fuera más sencillo de lo que ella misma creía. Porque era de suponer que a los ejecutivos de Zodion les resultaba indiferente contratar a Jim o Monique; pero otra historia sería Samira, una única persona, con sus propios pensamientos y emociones, quien podía ser condicionada. Si el futuro de aquella joven ladrona estaba en las manos de Samira, podía disuadirla para…
  Pero eso tendría que esperar hasta el día siguiente, pues sus ojos pesaban ya demasiado como para pensar. Presa del cansancio, Monique se entregó a los brazos del sueño.

4

  El sonido del teléfono móvil la despertó. Monique se vio tentada a no responder la llamada y seguir durmiendo, pero cambió de idea al ver de quién se trataba.
  —Buenos días, Roy —dijo, esforzándose por no sonar recién despertada.
  —Tengo un mensaje para ti. ¿Puedes venir al Búho?
  —¿No me lo puedes decir por teléfono?
  —Sí: el mensaje es que vengas al Búho.
  —¿Es urgente?
  —No, pero no tardes mucho.
  —Vale… —masculló, resignada—. Dame quince minutos.
  Cuando las nubes del sueño dejaron de empañar los pensamientos de Monique, entendió que el mensaje de Roy podría tener algo que ver con el trabajo de Zodion. Su corazón se aceleró ante esta probabilidad. En cuanto se dio una ducha y eligió la ropa más presentable que tenía, pues quería dar buena impresión, se encaminó hacia el Búho Negro.
  —Vaya, pero si es la traidora.
  Jim la recibió con una amplia sonrisa que contrastaba con sus palabras poco amistosas.
  —Buenos días, perdedor.
  —¿Quién es el perdedor aquí? —Jim seguía sonriendo; estaba claro que tenía un buen motivo para ello.
  —Tú.
  —No, ¿quién es el verdadero perdedor?
  —Te lo acabo de decir: tú.
  —Lo que tú digas. —El chico se dio por vencido—. ¿Por qué no miras en esa dirección?
  Jim, que estaba a punto de salir del bar, señaló hacia una de las mesas de su izquierda. Allí estaban Samira y sus dos supuestos escoltas. Después de lo del día anterior, Monique sospechaba que se trataba de simples ayudantes; por eso iban desarmados.
  —Ella te lo explicará mejor que yo —siguió Jim—. Pero te hago un adelanto: me han contratado a mí.
  —Me lo creeré cuando lo oiga de su boca —respondió Monique, disimulando su preocupación.
  —Tú verás. —Jim se encogió de hombros—. Cuanto más tardes en asumirlo, más te dolerá. Y que conste que no me alegro por tu fracaso, sino por mi victoria.
  —Viene a ser lo mismo, genio.
  —Hay matices. Lo único que me alegra de tu derrota es que me beneficia a mí. Si no, no me alegraría. No eres tan importante como para que te odie.
  —No estoy segura de si debería ofenderme —dijo Monique con desgana—. Nunca me habían dicho que no me odiaran de una forma tan despectiva.
  —Eso es porque eres muy egocéntrica, ardilla. Y lo mejor de todo es que vivirás toda tu vida arrepintiéndote por haberme traicionado. Si hubieras seguido mi plan…
  —Te habrían contratado a ti de todas maneras —sentenció Monique, empezando a asimilar la derrota—. Porque, en el plan original, yo solo manejaba las luces.
  —Cierto —asintió él—. Pero no habrías quedado como una traidora.
  —Pregunta a mi almohada, te confirmará que eso no me ha quitado el sueño.
  —A ver si mañana dices lo mismo. —Jim le dedicó una sonrisa victoriosa—. Bueno, me marcho. ¡Tengo que preparar las cosas para el viaje!
  Monique se acercó a la mesa de Samira, donde sus dos compañeros y ella se dedicaban a revisar unos papeles. Ni siquiera notaron su presencia hasta que habló.
  —Buenos días.
  —Ah, hola, Monique.
  Al menos, sabían su nombre. Habría sido un poco doloroso que la despacharan con un: «Eh, tú, que al final no».
  —Siéntate, por favor. —Uno de los ayudantes señaló una silla libre.
  Monique se planteó rechazar la invitación. Al fin y al cabo, ya sabía que no la iban a contratar. ¿Para qué alargar el sufrimiento? Pero tampoco es que tuviese nada mejor que hacer. Y, tal vez, siendo optimista hasta el extremo, si causaba buena impresión podrían contar con ella para futuros proyectos.
  —¿Has desayunado? —preguntó Samira.
  —No —reconoció Monique—. No he tenido tiempo.
  —¡Roy! Sirve algo a la señorita, haz el favor.
  —¡Ja! —El dueño del Búho Negro soltó una sonora carcajada—. ¿Os acaba de conocer y ya os ha engañado para que la invitéis a comer?
  A Monique no le hacía ninguna gracia que la trataran como a una niña pequeña, o como a una persona pobre. No necesitaba que la invitaran a desayunar. De momento, seguía pudiendo pagar su propia comida. Por otro lado, no iba a ser tan idiota de rechazar una de esas riquísimas tostadas de queso y mermelada. Se sentó en la silla y dio las gracias a Samira como una buena chica.
  —¿Es verdad que habéis contratado a Jim? —preguntó sin rodeos.
  —Pues… sí —confesó la empleada de Zodion.
  —¿Por qué, si puede saberse? —Intentó no sonar molesta ni impertinente.
  —Como os dije ayer, necesitamos a una persona así para nuestra expedición.
  —Ya, pero me refiero a…
  —¿Por qué él y no tú? ¿Es lo que quieres saber?
  —Sí.
  Mientras Samira le explicaba sus motivos, Monique se apresuró a comer, temiendo que cambiaran de idea y le quitaran la tostada antes de poder terminarla.
  —Los dos habéis demostrado estar capacitados para acompañarnos. En eso, Roy no mentía. Pero Jim tiene treinta y un años, y tú solo veinticinco. La diferencia de experiencia es importante. Y más aún en este… mundillo. —Samira, siempre correcta, procuró que no sonara despectivo—. Además, Jim nos pareció mucho más decidido a la hora de cumplir una misión sin desviarse del camino.
  —Ya veo. —Monique asintió con la cabeza sin apartar la vista del plato—. Así que necesitáis un robot, no una persona.
  —Necesito que los que trabajen conmigo sepan pensar por sí mismos, claro. Una cosa no quita la otra.
  —Entonces, creo que os habéis equivocado eligiendo.
  —Hemos debatido mucho sobre ello —insistió Samira con paciencia—, y estoy convencida de que he elegido lo mejor para todos.
  —Tengo dudas sobre ese «todos».
  Monique intuyó una sonrisa amable en el rostro de Samira. Estaba a punto de descubrir por qué.
  —Cuando digo «todos», te estoy incluyendo a ti. —Samira hizo una pequeña pausa, ante la que Monique, confundida, no reaccionó—. Como ya te he dicho, estamos de acuerdo con Roy en que ambos sois aptos para la misión. Cada uno a vuestra manera, diferente, complementaria…
  —¿«Complementaria»? —Monique tuvo que aguantar la risa.
  —Eso es lo que nos ha parecido —asintió Samira—. Como rivales, podéis ser un gran estorbo el uno para el otro…, pero, si colaboráis, la cosa cambia. Podéis sumar vuestras habilidades en los buenos momentos, y marcaros límites en los malos, si llegaran a darse.
  —Si tú lo dices… También sé hacer malabares, por si os sirve de algo.
  —Así que hemos decidido contrataros a los dos.
  Monique no se sorprendió demasiado. Samira llevaba un rato dejándolo caer, con todo eso de que eran complementarios, que si tenían que sumar sus habilidades… Aun así, le costaba creerlo.
  —¿En serio?
  —Solo si estás interesada, claro.
  ¿Que si lo estaba? ¡Y tanto que lo estaba! Si bien es cierto que aún no sabía qué era exactamente lo que necesitaban que hiciera, cualquier cantidad de dinero que la ayudara a pagar la deuda que tenía con el prestamista Tred Lee sería bien recibida. Y si podía pagarla de golpe, mejor. Así, Bruno y los demás matones no se llevarían comisión.
  —Perdona que sea tan directa —dijo Monique—, pero ¿cuál sería la paga?
  —¿No prefieres saber antes qué es lo que se te pide? —respondió Samira entre risas.
  —Haré lo que sea.
  —Me gusta oír eso. Te vamos a ofrecer lo mismo que a tu amigo: 12 000 kash.
  La cantidad de dinero era tan superior a lo que Monique presuponía, que ni siquiera se molestó en especificar que Jim no era, ni mucho menos, su amigo.
  —¿Y cuántos días estaremos en Ynys?
  —Me temo que esa es una de las muchas incógnitas de la expedición. ¿Conoces las historias que se cuentan sobre la isla?
  —Sí. Pero solo son eso: historias.
  —Seguramente —reconoció la trabajadora de Zodion—. Pero ¿por qué cuentan tantas historias? ¿Por qué crees que hay tantos mitos sobre los misterios de Ynys?
  —Porque a la gente le gusta inventar ficción que adorne sus insípidas vidas.
  —Puede ser. —Samira soltó una carcajada, sorprendida por la respuesta—. Pero también porque es un sitio muy peculiar. La ficción empieza donde la realidad conocida termina. Y nosotros queremos acabar con esa ficción. Queremos descubrir qué es lo que oculta aquel lugar y entender por qué ha permanecido así tanto tiempo.
  —Y yo quiero un trabajo —respondió Monique—. Estamos destinadas a entendernos.
  —Entonces, ¿tenemos un acuerdo?
  —¿Dónde hay que firmar?
  —Aquí. —Samira deslizó por la mesa un papel y un bolígrafo—. Recibirás 4000 kash ahora mismo, y los 8000 restantes a la vuelta. Puedes usar el adelanto para comprar lo que necesites para el viaje. Pero tampoco es necesario que traigas muchas cosas. Nosotros te daremos ropa, comida y demás útiles básicos.
  —Genial. —Monique leyó el contrato por encima y firmó sin dudarlo. No había ninguna cláusula peligrosa ni letra pequeña—. ¿Cuántos días tengo para prepararme?
  —¿«Días»? ¿No te lo he dicho? ¡Nos vamos mañana a primera hora! Tenéis que estar en la puerta de nuestro hotel a las seis de la mañana.
  Monique estaba bastante segura de que era la primera vez que recibía esa información. De pronto, se sintió algo nerviosa. En realidad, prefería que la expedición se iniciase cuanto antes, pero no esperaba que fuese tan precipitado. Ahora comprendía por qué Jim había abandonado el Búho Negro de forma tan apresurada.
  —Será mejor que vaya ahora mismo a prepararme —sentenció Monique.
  —Toma, mi tarjeta. —Samira le entregó una pequeña cartulina con su número de teléfono y la dirección del hotel escrita a mano—. Llámame si necesitas algo.
  —Entendido. —Monique se levantó de golpe—. Nos vemos mañana, jefa.
  —Prefiero que sigas llamándome por mi nombre —dijo con una sonrisa—. Al fin y al cabo, vamos a pasar mucho tiempo juntas.
  ¿Cuánto tiempo era «mucho tiempo»? ¿Eso también se aplicaba a Jim? Monique abandonó el bar sin dejar de pensar en ello. ¿Con quién más iba a tener que convivir en Ynys? En realidad, apenas sabía nada sobre la isla o la expedición. Pero sí que sabía algo con certeza: al fin podría saldar su deuda.
  Monique contó una y otra vez los 4000 kash que acababa de recibir, y se dispuso a realizar algunas compras para el viaje. Aunque, en realidad, no estaba muy segura de qué necesitaría. Pensó en comprarse un bikini, o quizá una navaja. Tal vez, ambos objetos. Le hizo gracia su propia capacidad para pensar dos cosas tan diferentes a la vez. Enseguida rechazó esa idea. Lo más probable era que no necesitara un bikini o una navaja en la expedición. Al fin y al cabo, lo único que tendría que hacer era… ¿Qué tendría que hacer? ¿Qué clase de sitio era Ynys? Ni siquiera sabía a qué distancia estaba de la costa.
  —Vaya, vaya…
  Una voz ronca y susurrante la sacó de sus pensamientos. Era una voz que esperaba no volver a escuchar en mucho tiempo.
  —Hombre, Bruno, qué sorpresa tan agradable. ¿Te ha dejado tu amo salir a pasear sin correa?
  —Déjate de juegos conmigo.
  —Tienes razón, será mejor que siga mi camino. ¡Hasta luego!
  —Quieta ahí. —Bruno la agarró del brazo.
  —Ayer te pagué 2000 kash —le recordó, molesta—. Dijiste que era suficiente por ahora.
  —Eso era antes de ver ese montón de dinero que has conseguido.
  —¿Me has estado espiando? —protestó Monique mientras pensaba una excusa—. Es dinero falso, no creo que te interese.
  —Bueno, me arriesgaré.
  Bruno se lo quitó de las manos de forma brusca. Monique no se resistió, para evitar que se rompiera (el dinero… o su brazo). El matón de Tred Lee la soltó y se concentró en contar el dinero.
  —No vuelvas a tocarme, gorila.
  —Dejaré de hacerlo cuando saldes tu deuda con el señor Lee.
  —Que sepas que acabo de encontrar un trabajo bien pagado.
  —Sí. —Bruno soltó una carcajada irónica—. Eso dijiste la última vez.
  El último empleo de Monique terminó bastante mal. La empresa quebró; no por su culpa, por si las dudas. Al declararse insolventes, dejaron a todos los empleados sin cobrar el dinero que se les debía. Meses de esfuerzo para nada. Después de aquello, perdió la confianza en los trabajos convencionales y se enfocó en este más que cuestionable estilo de vida.
  —Son 4000 kash —dijo ella, resignada—. Lo digo por si no sabes contar.
  —Pensaba dejarte una pequeña parte…, pero acabo de cambiar de idea.
  —¡Era broma! Bruno, ¿has pensado en presentarte a un concurso de ciencia?
  —¡Ja! ¡Demasiado tarde!
  —Me refería a como experimento, no como concursante.
  Bruno ignoró el comentario, por el bien de ambos.
  —Con esto —dijo él—, tu deuda se ha reducido a 4000 kash. La mitad que ayer, no está mal.
  —Sigo sin estar muy de acuerdo con esos intereses…
  —Por desgracia para ti, me importa una mierda tu opinión.
  —Oye, no hace falta ser tan antipático. Creía que éramos amigos.
  —Suerte en tu trabajo.
  Monique apretó los puños con rabia mientras veía cómo Bruno se alejaba con su dinero. No había nada que pudiera hacer contra él en un enfrentamiento directo. En tan solo dos días, había perdido 6000 kash. Mirándolo por el lado positivo, ya no tenía que preocuparse de qué comprar para el viaje. Ahorraría tiempo visitando tiendas. Además, la expedición tenía otra cosa buena: se libraría de Tred Lee y sus matones por unos días. Quizá, hasta se planteara no regresar a Rémora. ¿Por qué no empezar una nueva vida en Ynys? Al único que echaría de menos sería a Roy. Y, probablemente, ni siquiera él la echaría de menos a ella. Con tanto trabajo, el dueño del Búho Negro no tenía tiempo para echar de menos a clientes. Alquilaría el piso de Monique a otra persona y se olvidaría de ella con la misma rapidez con que Bruno se había llevado sus 4000 kash. Definitivamente, era una opción a considerar: cobrar los 8000 kash del trabajo y jamás regresar a su vida actual.
  Monique volvió a su apartamento, donde empezó a guardar en una bolsa y una mochila las pocas cosas que consideraba imprescindibles, con la incógnita de no saber si algún día regresaría a aquella habitación.

5

  El despertador estaba programado para sonar a las cinco de la mañana. Monique lo apagó con antelación, pues llevaba despierta desde mucho antes. En concreto, desde la mañana del día anterior. Aquella noche le había resultado imposible pegar ojo. Se relajó con una larga ducha, que terminó con agua fría para despejarse por completo. Por último, dio un último vistazo a su apartamento para asegurarse de no dejarse nada importante. Quizá cambiase de idea durante el viaje, pero, en ese momento, estaba decidida a empezar de cero en otro lugar, lo más lejos posible de allí. De camino al hotel, donde a las seis en punto debía reunirse con Samira, pasó por la calle del Búho Negro. A esas horas, como era obvio, estaba cerrado, pero lo único que le interesaba era depositar la llave de su apartamento en el buzón situado junto a la puerta. Ya se había despedido de Roy la noche anterior, aunque no había mencionado nada sobre sus planes de no regresar. Sabía que, si lo hacía, él la intentaría convencer de lo contrario. Prefería no tener que afrontar ese trámite. Al llegar al hotel, se encontró con un minibús aparcado frente a la puerta, con el logo de Zodion grabado en ambos laterales. El logo era un cuadrado rojo con un pequeño círculo blanco dentro, no centrado, sino algo desplazado abajo y a la derecha. Doce líneas rectas, también blancas, unían el círculo al borde del cuadrado, dándole la apariencia de un sol. Uno de los ayudantes de Samira estaba cargando algo en el maletero de la parte trasera. Monique pensó en acercarse a saludar, sin sospechar que, en ese mismo instante, alguien se aproximaba por su espalda con no muy buenas intenciones.
  —¡Bu!
  Aquella voz inesperada sobresaltó a Monique. Pero el mayor susto de todos llegó cuando se giró y vio de quién se trataba. Ante ella había dos hombres corpulentos. Uno era Bruno. Al otro, más musculado, tatuado y de aspecto peligroso, no recordaba haberlo visto antes. «Por suerte», pensó ella. Ambos iban cargados con sendas bolsas de deporte.
  —¿Me estáis siguiendo? —preguntó Monique, entre desconcertada y asqueada—. Mejor dicho: ¿por qué me estáis siguiendo?
  —Estaba deseando ver la cara que ponías al enterarte —respondió Bruno, incapaz de disimular su sonrisa.
  —¿De qué tengo que enterarme?
  —El señor Lee está muy interesado en la expedición. Ha movido un par de hilos para conseguir que nos hicieran un hueco.
  —Y, de paso, tenerme vigilada.
  —Por supuesto. —El matón amplió aún más su sonrisa—. Esa es nuestra misión secundaria. Te presento a Kizo, uno de mis compañeros de trabajo.
  Kizo saludó con un ligero movimiento de cabeza. Aunque no era tan grande como Bruno, Monique apostaría por él en un combate sin armas. El pelo rapado y la barba le daban un aspecto igual de intimidatorio, si no más.
  —Aunque… —siguió Bruno—, lo correcto sería decir que Kizo es «nuestro» compañero de trabajo. Seguro que pronto hacéis buenas migas.
  Kizo asintió sin abrir la boca. Eso, a ojos de Monique, lo hacía parecer más peligroso. Era como un animal imprevisible. No le habría sorprendido que empezase a ladrar. Por otro lado, empezaba a plantearse que fuese mudo. No solo eso: empezaba a plantearse si había hecho bien en aceptar participar en ese viaje. ¿De verdad tendría que colaborar con dos de los esbirros de Tred Lee?
  Cuando Jim se unió a ellos poco después, la chica se sintió algo aliviada. Al lado de aquellos dos matones, Jim era un trozo de pan. Lo máximo que podía hacer era intentar ofenderla con su poco sutil ironía. Era probable que Jim ya supiera de la contratación de Monique, pues no se sorprendió al verla.
  —¿Interrumpo algo?
  —¡Anda! —exclamó Bruno—. La rata ha llegado.
  —Me confundes con tu cena. Oye, Kizo, ¿cómo está tu madre?
  A Monique se le heló la sangre. Sabía que Jim era imprudente, pero no tanto como para faltar al respeto de esa manera a aquel matón. Quiso dar un paso atrás para no verse involucrada en la inminente pelea, pero sus piernas no respondían.
  —Mejor, gracias —respondió Kizo—. La operación salió bien y ya le han dado el alta.
  La chica soltó de golpe todo el aire que había contenido. No pudo evitar reír, más por los nervios que porque fuese una situación graciosa, al descubrir que la pregunta de Jim era amable, no insultante. Prefería no saber de qué se conocían Jim y Kizo. De hecho, prefería pasar el menor tiempo posible con aquellos tres hombres. Monique se alejó de ellos a toda prisa para evitar que pensaran que se estaba riendo de la madre de Kizo; la cual, en su cabeza, se llamaba «Señora Kiza», ocurrencia que jamás revelaría en voz alta. Caminó hasta la parte trasera del minibús y ofreció su bolsa al trabajador de Zodion.
  —Buenos días —dijo ella—. ¿Cuándo nos vamos?
  —Buenos días. —El hombre le dedicó una sonrisa y aceptó la bolsa—. Muy pronto, si no hay inconvenientes de última hora. Por cierto, sobre la mochila que llevas a la espalda: ¿te importaría llevarla contigo? El maletero no es muy espacioso, y tenemos mucho que transportar.
  —Sin problema. —Monique le hizo un gesto afirmativo con el pulgar—. Viendo quién nos acompaña, prefiero tenerla vigilada.
  El minibús tenía nueve plazas, contando la del conductor. Jim, Monique, los tres empleados de Zodion y los dos matones de Tred Lee sumaban siete. Sin embargo, como la ladrona estaba a punto de comprobar, ninguno de los asientos iría vacío. Samira y su otro ayudante aparecieron unos segundos después, no a través de la puerta del hotel, sino desde el extremo contrario de la calle. Monique no conocía al hombre que los acompañaba, pero sí a la mujer. No sería una exageración; o no una muy grande, al menos; decir que no había nadie en toda la ciudad que no conociera a la «dama de la luna», a la «sombra de Rémora», a la famosísima Rose. Aunque a simple vista parecía una persona como cualquier otra, todo lo que había oído de ella creaba sobre su figura un halo de grandeza, como si fuera una reina. Sería, en cualquier caso, la única reina por la que Monique podría llegar a sentir admiración.
  —Parece que ya estamos todos —dijo Samira, sonriente—. Antes de nada, las presentaciones. A mí ya me conocéis, pero, por si acaso: soy Samira, directora del departamento científico de Zodion. Estos dos caballeros son mis ayudantes: Lars y Álex. Ella es Rose, él es Thabo —dijo mientras los señalaba uno por uno—, ella es Monique, él es Jim…, y, por último, contamos con la presencia de Bruno y su compañero, cuyo nombre todavía no tengo el gusto de conocer.
  —Kizo —respondió él.
  —Encantada, y bienvenido al grupo. Bienvenidos todos, mejor dicho. Vamos a trabajar juntos y nos vamos a tener que aguantar mucho tiempo, así que espero que nos llevemos todos bien.
  —Es como una reunión de mejorísimos amigos —asintió Monique.
  —Me alegra oír eso —dijo Samira, quien no podía saber hasta qué punto estaba siendo irónica aquella chica—. Seguro que tenéis muchas preguntas; intentaré responder todas. Por ahora, lo importante es saber lo que haremos hoy. Primero, viajaremos en el minibús hasta la costa. Allí nos reuniremos con otros miembros del equipo.
  —¿Cuántos somos en total? —preguntó Jim.
  —Pues… algo más de cuarenta.
  Jim no pudo ocultar su cara de asombro. Sabía que habría más gente, pero no imaginaba que fueran tantos.
  —Algunos están ya en Ynys —siguió Samira—. Otros, como ya digo, nos esperan en la costa, donde tomaremos un barco hasta la isla. Si todo va bien, estaremos allí pasado mañana.
  —¿No tardaríamos menos en avión? —preguntó Bruno con su voz grave y susurrante.
  —Me temo que no. Construir una pista de aterrizaje en la isla tardaría un poquito más que ir en barco. —Samira sonrió—. Allí solo viven indígenas, cuya obra de arquitectura más avanzada es una cabaña de veinte metros cuadrados.
  —En barco, entonces —concluyó Bruno, dando el tema por zanjado.
  —Si no tenéis ninguna petición urgente —dijo Samira—, partiremos cuanto antes.
  Nadie respondió, lo que indicaba que todos estaban listos y conformes. Lars, a quien Monique identificaba como «el rubio», en contraposición a Álex, «el moreno», ocupó el asiento de conductor. A su derecha iban Samira y Rose. Los asientos traseros estaban formados por otras dos filas de tres. El primero en entrar fue Kizo, quien ocupó el asiento posterior izquierdo. Bruno empujó sutilmente a Monique para que ocupara el siguiente asiento, con intención de dejarla atrapada entre su compañero y él.
  —Intentaré aguantar la respiración hasta que lleguemos al barco —dijo ella—. Si no lo consigo, repartid mis cenizas por la isla. Es el sueño de mi infancia.
  Jim, Álex y Thabo ocuparon los tres asientos intermedios. Ellos iban más cómodos que Monique y los matones, sin duda. Los tres eran delgados y no muy altos, en especial ese tal Thabo, algo más mayor y bajito que sus dos camaradas de fila.
  —Oye, Jim. —Monique le tocó el hombro desde detrás—. ¿Por qué no me cambias el sitio?
  —Yo no quepo ahí —respondió entre risas.
  —¿Y qué te hace pensar que yo sí?
  —Relájate —dijo Bruno—. Seguro que este cacharro tiene más espacio que tu minúsculo apartamento.
  —El problema no es el espacio, sino la compañía.
  Lars arrancó el minibús e inició la marcha. Los nueve pasajeros se despidieron de las calles de Rémora, una ciudad que todavía empezaba a despertar. Tenían por delante un viaje de más de dos horas.
  —Siento haberos hecho madrugar tanto —dijo Samira—, pero necesito llegar cuanto antes al puerto. Todavía tengo mucho que hacer antes de partir, así que os tocará esperarme un ratito.
  —No importa —respondió Thabo en tono comprensivo.
  —Cualquier cosa mejor que esto —masculló Monique, confiando en que el barco fuese un poco más espacioso que el minibús.
  —¿Vais muy apretados ahí atrás? —preguntó Samira sin perder la sonrisa.
  —Te respondería si pudiera respirar.
  —No se preocupe, señora Samira —contestó Bruno—. A la chiquilla le gusta quejarse, pero, por suerte, ocupa poco espacio.
  —Puedes llamarme «Samira» a secas, sin formalidades.
  —Voy a tener que rechazar su oferta. Es mi código profesional.
  —¡Oye! —protestó Monique, simulando estar ofendida—. ¡A mí nunca me tratas de usted!
  —Lógico —respondió Bruno con calma—. Hablo con respeto solo a quien se lo merece. Eres tú quien deberías hablarme a mí con más respeto, no al revés.
  —Hagamos un trato. Yo te hablo con respeto… y tú no me hablas de ninguna manera.
  —Creo que también voy a tener que rechazar tu oferta hasta que pagues la deuda.
  Aquella conversación hizo reír a Samira, quien, de forma errónea, lo interpretó como un intercambio de bromas entre dos conocidos, casi amigos. No podía estar más equivocada. Ninguno de los dos sentía la más mínima simpatía por el otro. Pese a su tono animado y burlón, estaban más cerca de clavarse un cuchillo en el cuello que de tomarse un café juntos.
  En medio de toda aquella conversación, Jim se había quedado dormido. Monique sentía cierta envidia por su facilidad para evadirse. Aunque, rodeada de esos dos hombretones, ella prefería mantenerse bien despierta y vigilante. Mantenía la mochila agarrada entre ambos brazos, por si acaso. Kizo no apartaba la mirada del frente, como si estuviera disfrutando de una película que se proyectaba en su imaginación. Monique solo se atrevió a mirarlo una vez, de reojo. A Bruno, ni eso; temía descubrir que él la estuviera mirando a ella. Tampoco le importaba mucho, mientras tuviera las manos quietas. En el asiento central del minibús, a la derecha de Jim, se encontraba Álex, quien estaba dialogando con Lars y Samira. Eran asuntos de trabajo, así que la conversación quedaba entre ellos tres. El último ocupante de los asientos intermedios, Thabo, miraba por la ventana en silencio, con expresión pensativa, tal vez melancólica. Rose, sentada delante de él, aprovechaba el tiempo libre para leer unos documentos, cuyo contenido Monique no alcanzaba a distinguir desde tan lejos.
  El viaje prometía hacerse largo y aburrido. Monique no veía la hora de llegar a la costa.

6

  Tras más de dos horas de viaje, el minibús procedente de Rémora llegó al pueblo costero de Ostelike. No era una localidad extensa, aunque podía presumir de tener algo de lo que carecía la Gran Ciudad: puerto y playa. Aun así, no se trataba de un lugar tan turístico como otros puntos de la costa. Lars aparcó el vehículo dentro del propio puerto, en una plaza reservada para ellos. Desde allí podían ver el barco de Zodion. Era mucho más grande de lo que Jim y Monique imaginaban. De hecho, era grande incluso para las más de cuarenta personas, sin contar a los tripulantes, que formaban la expedición. Más tarde descubrirían el motivo: no solo transportaban personas, también materiales de trabajo y varios vehículos para moverse por la isla de Ynys.
  —Álex —dijo Samira—, llévalos al barco y consígueles pases de Zodion, por favor.
  Su ayudante asintió e indicó a sus seis nuevos compañeros que lo siguieran. Monique, Jim, Rose, Thabo, Bruno y Kizo recogieron sus bolsas y caminaron tras Álex hasta una sala del barco que tenía varios tipos de máquinas, incluyendo ordenadores. El ayudante de Samira conectó una cámara de fotos a uno de esos ordenadores y sacó un retrato de cada uno. Tras aplicar un par de retoques de luz y tamaño, Álex imprimió seis tarjetas de identificación plastificadas. Tenían el sello de Zodion y la fotografía de cada uno de sus propietarios para evitar que alguien pudiera robárselas y hacerse pasar por ellos.
  —Llevadlas siempre encima —dijo Álex—, por si alguien os las pide. Enseñádselas a los que están vigilando la entrada cuando queráis acceder al barco.
  —¿Eso significa que podemos salir? —preguntó Jim.
  —En principio, tenéis todo el día libre. Pero no vayáis muy lejos y estad atentos a vuestros teléfonos. En cuanto se os reclame tenéis que regresar de inmediato.
  —¿Podemos usar ya las habitaciones? —Monique empezaba a acusar la noche en vela.
  —Por supuesto. Seguidme, os llevaré hasta ellas.
  Álex preguntó a uno de los tripulantes qué habitaciones quedaban libres. Este le sugirió un pasillo en el que disponían de varios camarotes seguidos, para que los recién llegados pudieran estar cerca unos de otros. No es que fuese un requisito imprescindible, pero supuso que lo agradecerían.
  —Parece un hotel —dijo Jim mientras recorrían los pasillos. Nunca había pisado un barco, mucho menos uno de ese nivel.
  —Zodion nos cuida bien —reconoció Álex—. No nos podemos quejar.
  —¿Son habitaciones individuales? —preguntó Rose, quien se había mantenido en silencio hasta entonces.
  —Dobles. Podéis elegir a vuestro compañero o compañera.
  —Creo que no hay dudas —sentenció Monique—. Jim y Thabo en una, las chicas en otra, y los dos gorilas a la perrera. ¿Tenéis perrera?
  —Me temo que no. —Álex sonrió—. No hay animales a bordo.
  —No había —puntualizó Monique, en una voz casi inaudible—. Ahora tenemos una pareja.
  Nadie se opuso al reparto de habitaciones propuesto por Monique, así que Álex lo dio por bueno. Monique y Rose accedieron a la primera de las tres habitaciones: la número 29. El interior era tan elegante como el pasillo. Es decir, más próximo a un hotel que a un barco. Un hotel sin lujos, pero confortable. Cada habitación contaba con su propio cuarto de baño. Solo le faltaba una cocina para ser casi tan grande como el apartamento de Monique.
  —¿Qué cama prefieres? —preguntó Rose.
  Por algún motivo, a Monique le sorprendió aquella pregunta. Se imaginaba a Rose como una persona soberbia, siempre imponiendo sus normas y haciendo lo que le diese la gana. Sin embargo, lo primero que había hecho era dejar que su compañera de habitación eligiera cama. Que tampoco se podía considerar un gesto magnánimo…, pero ya era más de lo que esperaba.
  —La del fondo.
  Rose dejó su bolsa junto a los pies de la cama más cercana a la puerta. En la pared contraria había un escritorio y un armario de dos puertas. Rose abrió una de ellas y empezó a colocar sus pertenencias. Monique prefirió dejarlo para luego; necesitaba dormir con urgencia. Se quitó las zapatillas y se dejó caer sobre la cama, encantadísima no solo de la comodidad de aquella habitación, sino, además, lo que era más importante, de haberse librado de ir aprisionada entre Bruno y Kizo en el minibús. Vaya viaje había tenido que soportar…
  Cuando Rose apagó la luz de la habitación y se marchó, Monique llevaba ya varios minutos dormida. No despertó hasta cinco horas más tarde. Le costó encontrar la lámpara situada sobre una pequeña mesilla, junto a la cama. Se sentía muy desubicada al hallarse en un lugar desconocido. Ni siquiera recordaba cómo era la habitación. Cuando abrió los ojos, fue como verla por primera vez. A su izquierda estaba la cama vacía que pertenecía a Rose. Parecía difícil de creer; un día no era nadie, y al día siguiente compartía habitación con la mujer más famosa de Rémora. La verdad es que eso no cambiaba mucho: ella seguía sin importarle a nadie. Pasar el rato con Rose no iba a modificar esa realidad. Pero, al menos, tendría una anécdota que contar a sus nietos, en el improbable caso de que algún día tuviera. Bueno, siempre podía contárselo a los nietos de otra persona.
  La falta acuciante de sueño, una vez satisfecha, se había transformado en hambre. Álex no le había indicado dónde se hallaba el comedor, así que tendría que buscarlo por su cuenta. Monique se puso las zapatillas, recogió su tarjeta de identificación de Zodion y salió de la habitación. Fue entonces cuando descubrió que las puertas no se cerraban con llave. La única forma de cerrarlas era desde el interior, echando el pestillo. No le hizo ninguna gracia saber que cualquiera podía haber entrado en la habitación después de que Rose se fuera, ni que podrían hacerlo ahora que no quedaba nadie dentro. Tal vez todos los trabajadores de Zodion fueran gente de fiar, pero ahora contaban con seis nuevos invitados. Y, de esos seis, tres eran ladrones, y otros dos eran matones de un prestamista. Solo Thabo se salvaba. O quizá ni eso…
  Como si lo hubiera invocado con solo pensar en él, Thabo salió de la habitación 30 y se unió a Monique. Aquel hombre, de pelo cano y alborotado, que tendría unos quince o veinte años más que ella, era la gran incógnita del grupo. ¿Cuál era su cometido en la expedición? Sus gafas y su expresión afable le otorgaban aspecto de persona inteligente, pero, como todo el mundo sabe, no se puede juzgar un libro por la portada.
  —Hola. —Thabo saludó con cierta timidez—. ¿Has podido descansar?
  —Más o menos.
  Ambos se quedaron en silencio durante un par de segundos, hasta que Thabo volvió a hablar.
  —Ya nos han presentado, pero creo que, por educación, debería volver a hacerlo. Soy Thabo. Un placer.
  —Lo mismo digo. Excepto la parte del nombre —aclaró, por si las dudas—. Me llamo Monique.
  Se estrecharon la mano.
  —No pareces de Rémora —apuntó Thabo.
  —Buen ojo. —La chica sonrió—. La verdad es que tú tampoco lo pareces.
  —¿Tengo aspecto de ser de otra parte? —preguntó con una risita.
  —No es por el aspecto, sino por la forma de ser. Cuesta encontrar a alguien simpático en Rémora que no quiera algo a cambio.
  —La verdad es que llevo poco tiempo viviendo allí —confesó Thabo—. Pero me alegra que no pienses que quiero algo a cambio. Te aseguro que en eso tampoco te equivocas. Solo pretendía ser educado.
  En realidad, no había descartado aún esa posibilidad. Monique no era tan ingenua como para fiarse de alguien a quien acababa de conocer. Pero se veía, por la apariencia, que no era un ladrón…, y ni mucho menos un matón. En todo caso, tenía pinta de alguien que podía ser robado y matoneado.
  —¿Sabes dónde está el comedor? —preguntó ella, consciente de sus prioridades.
  —Sí. De hecho, iba para allá.
  —Pues te sigo —respondió de forma animada.
  El comedor era bastante amplio; tanto como para dar cabida, quizá, a la totalidad de los tripulantes y pasajeros. Sin embargo, en esos momentos apenas estaba ocupado un cuarto de los asientos. Jim no formaba parte de ellos, a diferencia de Bruno y Kizo, quienes comían en una de las mesas más alejadas.
  —¿Nos sentamos con ellos? —preguntó Thabo.
  —Cuanto menos te acerques a esos dos, mejor.
  Monique estaba muy intrigada por saber qué papel jugaba Thabo en la expedición. Al parecer, según le contó durante la comida, era arqueólogo. No es que dudara de su palabra, pero le costaba entender para qué necesitaba Zodion un arqueólogo en medio de una isla perdida, sin otra cosa más que arbolitos, piedrecitas y, seguramente, mosquitos. Sí, esa era la imagen mental aproximada que tenía Monique de Ynys. Y en el supuesto caso de que realmente necesitaran un arqueólogo: ¿por qué ir hasta Rémora para contratarlo? Seguro que en la Gran Ciudad había muchos más. Si Thabo estaba mintiendo, Monique era la última que podía juzgarlo. Ella le había asegurado que era «coordinadora de desarrollo de exploración». Tuvo que improvisar, y eso era lo menos específico que se le había pasado por la cabeza. Tal vez pudiera sonar estúpido, pero cualquier cosa era mejor que confesar que estaba ahí por haber traicionado a su compañero tras organizar un robo en una iglesia. Contado así, parecía incluso peor.
  Después de comer, Thabo decidió volver a su habitación. Monique se despidió de él, contenta, e incluso orgullosa, por haber logrado mantener una conversación amistosa con otro ser humano que no fuera Roy. Sin nada mejor que hacer, optó por recorrer el barco. Su primera parada fue la proa, donde se reencontró con Rose. La «sombra de Rémora» estaba apoyada sobre la barandilla que rodeaba la cubierta, con la mirada perdida en el horizonte. Incluso de espaldas imponía respeto, por algún motivo que Monique no sabía explicar. No era por su vestido, más caro que toda la ropa de Monique combinada y multiplicada por diez, ni por su largo y cuidado cabello negro ondulando al viento. Tampoco era por sus actos, en realidad, pues Monique no la había visto hacer nada que se pudiera considerar extraordinario. Caminaba como una mujer normal, se movía como una mujer normal, hablaba como una mujer normal… Todo lógico, por otro lado. Pero poseía un aura única. Un halo casi místico. Bastaba con verla para tener la sensación de que podía ocuparse, con facilidad y sin perder la elegancia, de cualquier encargo. Pero todo eso no era más que el efecto que las innumerables historias que Monique había escuchado sobre la «dama de la luna» habían creado en su mente. En el fondo, debía de tratarse de una persona como cualquier otra, pero con una pizca más de suerte. Y contactos. Y dinero. O eso se decía a sí misma Monique mientras se acercaba a Rose por detrás.
  —¿Lo encuentras?
  —¿El qué? —preguntó Rose sin girarse.
  —No sé. —Monique se puso a su lado—. Parece que estuvieras buscando algo a lo lejos.
  —Contemplar el mar es terapéutico. Deberías probarlo.
  —A mí me parece todo el rato igual.
  —Quizá por eso sea tan relajante —concluyó Rose—. Te da lo que esperas de él.
  —Entonces, es igual que mirar al techo o al suelo.
  Rose rió. Monique se sorprendió; no podía dejar de imaginársela como un «ser superior», llena de soberbia y aires de grandeza. La verdad es que nunca le había dado motivos para pensar así. ¿Estaba todo en su mente? Lo cierto es que parecía una mujer simpática y cercana.
  —No te ofendas —dijo Monique—, pero no termino de comprender por qué te han contratado.
  —Vaya, ¿tan inútil te parezco?
  —No sabría decir. No me malinterpretes —se apresuró a añadir—, ya sé que eres muy famosa y todo eso. Supongo que tengo mucho que aprender de ti. He oído historias…
  —No creas ninguna —la interrumpió—. Si una historia contada por un testigo directo puede ser inexacta, imagínate la de adornos que se añaden en el boca a boca.
  —Bueno, siempre son historias que te dejan en muy buen lugar. Sin excepción.
  —A lo mejor, la realidad no es para tanto. O puede que sea todavía mejor —dijo con una sonrisa.
  —Me cuesta creer que eso sea posible. —Monique suspiró—. Pero, como ya te digo, no pretendo poner en duda tus capacidades.
  —¿Por qué te extraña que me hayan contratado, entonces?
  —Pues… —Monique se tomó unos segundos para pensar la respuesta—. A ver, ¿sabes por qué nos contrataron a Jim y a mí?
  —Sí. Yo también he oído hablar de vosotros.
  Monique sintió que el corazón se le paraba un instante.
  —Miedo me da saber lo que te hayan podido contar de mí… Ahora entiendo lo que me has dicho hace un momento…
  —Dale la misma importancia que le doy yo —dijo Rose de forma tajante—. Las historias de los demás no determinan quién eres. Si estás aquí, es porque has demostrado tu valía. Y lo mismo para tu amigo.
  —¿Por qué todo el mundo cree que Jim es mi amigo?
  —Perdona, es la impresión que me dio por vuestra forma de hablar.
  —Lo conozco desde hace tiempo —reconoció Monique—, y hemos trabajado juntos alguna que otra vez…, pero le he dado motivos para no fiarse de mí nunca más.
  —¿Y tú te fías de él?
  —Yo no me fío ni de mi sombra —sentenció Monique sin titubear.
  Rose clavó en ella sus ojos marrones antes de seguir hablando.
  —Vas a tener que fiarte de mí, ahora que compartimos habitación.
  —Lo justo para creer que no me asfixiarás en mitad de la noche.
  —Mientras no me des motivos para ello…
  Ambas sonrieron, aunque Monique no estaba segura de si aquello había sido una broma o una amenaza. Por si acaso, procuraría no darle motivos para querer asesinarla en mitad de la noche. Ni en ninguna otra franja horaria, a poder ser. Eso estropearía el agradable viaje en barco.
  —Todavía no me has dicho por qué te extraña que me hayan contratado —insistió Rose.
  —Precisamente, porque nos han contratado a Jim y a mí.
  —Oh, así que, estando vosotros dos a bordo, ¿yo no soy necesaria?
  Monique negó con la cabeza.
  —Más bien, al contrario. Si necesitaban a alguien con nuestras habilidades y te hubieras presentado como candidata, te habrían elegido a ti sin dudarlo. Sin embargo, a Jim y a mí nos pusieron a prueba en la iglesia. Eso me hace pensar que el motivo de que tú estés aquí es diferente al nuestro.
  Rose volvió a girarse hacia el mar y permaneció unos segundos en silencio antes de contestar.
  —Me gusta cómo piensas, niña.
  Monique se sintió halagada por la primera parte de la frase, aunque un poco molesta por la segunda. Que aquella mujer le sacase más de diez años; catorce, en concreto; no significaba que ella fuese una «niña».
  —¿Estoy en lo cierto? —siguió Monique—. ¿Estás aquí por otro motivo?
  —Puede que sea muy famosa en Rémora, pero no en la Gran Ciudad. Para Zodion, no soy más que una ejecutiva de una empresa inmobiliaria.
  —¿Eso es lo que les has hecho creer?
  —No les importaba mi trabajo, ni tampoco mis habilidades. Solo mi pasado.
  —Vale, ahora sí que me tienes intrigada.
  —Dejémoslo ahí por ahora.
  —¡¿Qué?! —Monique la miró con los ojos muy abiertos—. ¡No me puedes hacer esto!
  —Si te cuento toda mi vida de golpe, dejaré de parecerte interesante enseguida —respondió Rose entre risas.
  —Bueno, pues ya me lo explicarás en otro momento. —Monique prefirió no insistir—. Para bien o para mal, vamos a pasar mucho tiempo juntas.
  —Eso parece. Y ahora que te he conocido, sé que va a ser un viaje entretenido.

7

  Monique pasó el resto de la tarde en Ostelike, la aldea portuaria, hasta que recibió una llamada telefónica de Samira, anunciando que el barco zarparía en menos de una hora. Al regresar a bordo, se dirigió directamente al comedor. Esperaba poder cenar a solas, pero Thabo, que estaba sentado con Jim, le hizo un gesto para que se acercara a ellos. Monique se sirvió una ración de comida de las bandejas y se sentó al lado de aquel supuesto arqueólogo.
  —¿Qué te ha parecido Ostelike? —preguntó él.
  —Nada especial —respondió Monique—. Casas y gente.
  —Enhorabuena —dijo Jim—. Has descubierto lo que es una sociedad organizada. Mañana aprenderemos lo que es la ganadería y la agricultura.
  —Recuerdos de tu infancia, ¿eh?
  Salvando las distancias, Rémora era más parecida a la Gran Ciudad que a Ostelike. La arquitectura y la tecnología comían terreno a la naturaleza en el interior del país. Por suerte, la costa seguía ofreciendo terrenos verdes y marrones, apenas alterados. Aunque, comparado con la isla de Ynys, Ostelike les parecería la zona más avanzada del mundo.
  —Deberíamos llegar mañana por la noche —dijo Thabo.
  —¿Y qué vamos a hacer aquí todo el día? —protestó Jim, aburrido.
  —Hay una librería.
  Se hizo el silencio.
  —¿Y qué vamos a hacer aquí todo el día? —repitió Jim.
  —También hay una sala de descanso —añadió Thabo—, con televisor, mesa de billar…
  —Jugar al billar en un barco no parece la mejor idea del mundo —respondió Jim—. Las bolas se moverán por su cuenta.
  —Para eso se utiliza un sistema giroscópico —explicó el arqueólogo—, que adapta la mesa al balanceo de las olas.
  De nuevo, se hizo el silencio.
  —No he entendido una mierda —reconoció Jim—, pero siento la necesidad imperiosa de probarlo.
  —Pues vas a tener que reservar turno —dijo Thabo, sonriente—, porque solo hay una mesa para todos.
  —Música para mis oídos —Jim le devolvió la sonrisa—. Parece una buena forma de ganar algo de dinero fácil. ¿Os apuntáis?
  —El billar no es lo mío. Pero tal vez me acerque a mirar como mero espectador.
  —Conmigo no contéis —dijo Monique—. No tengo dinero para apuestas.
  —¿Qué has hecho con lo que nos pagaron por adelantado? —preguntó Jim mientras daba el último bocado a su cena.
  —Lo perdí en el casino. —Prefería no contarles que se lo había quitado Bruno—. ¡Sabía que no tenía que apostar todo al siete!
  —¿En serio? —Thabo se lo había creído.
  —Se nota que no la conoces. —Jim suspiró—. No te creas nada de lo que diga. ¡Nunca!
  —Bueno… —El arqueólogo sintió la necesidad de cambiar de tema para evitar discusiones—. ¿Qué sabéis de Ynys?
  —Es una isla —dijo Monique—. Tendrá mucha playa, y estará llena de vegetación e insectos.
  —Es… mucho más que eso. —Thabo se esforzó por no hablar como si estuviese explicando algo básico a un niño—. En realidad, Ynys es una isla bastante grande. Sus árboles son tan altos y densos que resulta imposible explorarla desde el aire. Solo se puede acceder a la isla desde su costa oeste, que es adonde nos dirigimos.
  —También están los Gwyllt —añadió Jim.
  —Exacto. La tribu indígena.
  —Entonces, ¿allí vive gente? —Monique habría apostado que los Gwyllt solo eran parte de la leyenda. Era una suerte que no tuviese dinero para apuestas.
  —Se niegan a abandonar su hogar —explicó Thabo—. ¡Y no los culpo! La tecnología tiene muchas ventajas, pero nos deshumaniza. Los Gwyllt permanecen fieles a sus orígenes.
  —Estoy segura de que solo eligen esa vida porque tienen miedo al cambio. A todo el mundo le asusta lo diferente.
  —Puede ser —reconoció el arqueólogo—. Pero será mejor que no nos entrometamos; así, ellos nos dejarán explorar libremente la isla.
  —¿Cómo lo sabes? —Monique cuestionó aquella afirmación—. ¿Qué pasa si nos atacan?
  —Los empleados de Zodion han negociado con ellos.
  —Espera… —La chica estaba cada vez más sorprendida—. ¿Me estás diciendo que los Gwyllt esos hablan nuestro idioma?
  —No son tan salvajes como te imaginas —respondió Thabo entre risas—. Es cierto que tienen su propia lengua, pero algunos hablan nuestro idioma de manera fluida.
  —¿Y Zodion consiguió convencerlos de dejarnos invadir su tierra así como así? —insistió Monique.
  —¿«Invadir»? —Thabo torció el gesto, disconforme—. Dicho así, suena muy feo. Solo vamos a explorar.
  —Bueno, a mí no me gustaría que alguien desconocido viniera a explorar mi casa.
  —Seguro que te lo pensarías si ese alguien trajera regalos que hicieran tu vida más fácil.
  —Ya veo… —Monique sonrió—. No son tan distintos a nosotros; todos quieren algo a cambio.
  —En eso consisten las negociaciones —dijo Jim, con tono malicioso—. Es lo que hacemos algunos, mientras otros roban por la espalda.
  —Tío, ¿cuándo lo vas a superar?
  —En cualquier caso —siguió Thabo—, lo que es seguro es que vamos a pasar calor. Espero que hayáis traído ropa apropiada.
  —No esperaba otra cosa —respondió Monique—. Como algún día haga frío, tendré que taparme con ramas de árboles. Por cierto, ¿no se suponía que nos iban a regalar ropa para la expedición?
  —Álex prometió que nos la darían esta noche —puntualizó Jim.
  —Ah, ¿sí? No recuerdo que dijera nada parecido.
  —Normal, te has pasado medio día durmiendo.
  En eso, Jim no se equivocaba. Un rato después, cuando cayó la noche y Monique regresó a la habitación 29, pudo comprobar que tampoco se equivocaba al afirmar que pronto recibirían la ropa prometida. Rose estaba desempaquetando varias bolsas con el logo de Zodion.
  —¿De dónde las has sacado? —preguntó la joven ladrona.
  —Ya estaban aquí cuando vine —aseguró Rose, mientras colocaba aquellas prendas sobre la cama—. No sé qué pensar de esto, pero alguien se ha ocupado de determinar nuestra talla sin preguntarnos.
  —Qué detalle. No me gustaría tener que usar la misma talla que Bruno. Aunque, bien pensado, sería gracioso que él se probara la mía…
  La bolsa de Monique llevaba su nombre escrito en un lateral. Dentro no solo había ropa de manga corta, pues querían tener cubiertas todas las posibilidades climáticas. «Genial», pensó Monique. «Ya no tendré que cubrirme con ramas de árboles», celebró consigo misma.
  —Las etiquetas tienen un espacio para escribir nuestro nombre —señaló Rose, divertida ante lo inusual del asunto.
  —Anda, como en la guardería.
  —¿Será que nos toman por ladronas?
  Las dos mujeres rieron. Una risa que duró poco, pues, cuando Monique miró a su compañera de habitación, estuvo a punto de caerse de espaldas. Rose se había quitado el vestido sin previo aviso, quedándose en ropa interior.
  —¡Oye! —exclamó Monique—. ¡Esta relación está yendo demasiado rápido! Invítame antes al cine, o págame un par de meses de alquiler. Por favor.
  —Ah, perdona. —Pese a sus palabras, no hizo nada por taparse—. No pensé que te molestaría.
  —No, no es eso, no me molesta… Quiero decir, tampoco es que me haga ilusión, no me malinterpretes. Me da igual. Solo bromeaba. Puedes desnudarte donde quieras y cuando quieras.
  Monique, avergonzada, se obligó a dejar de hablar. Sentía que cada frase que salía de su boca hacía la conversación más incómoda. Rose se limitaba a sonreír, divertida con la escena. La sorpresa era comprensible, en cualquier caso; ya resultaba lo suficientemente inusual compartir habitación con la mujer más famosa (¿y deseada?) de Rémora, como para, además, verla semidesnuda. Monique estaba convencida de que Jim y los esbirros de Tred Lee pagarían por estar en su situación. Quizá, incluso Thabo. Sin duda, Monique era quien había salido mejor parada con el reparto de habitaciones. Un reparto, todo sea dicho, que determinó ella misma. Ser mujer no siempre resultaba fácil, pero en momentos como este le suponía una ventaja. La «sombra de Rémora» no habría aceptado compartir habitación con ninguno de los varones, de eso estaba segura. Lo que aún le costaba creer era que aceptase compartirla con ella.
  Mientras Monique sacaba la ropa de las bolsas marcadas con su nombre, un pequeño papelito cayó al suelo. La chica lo ignoró hasta que terminó de colocar toda la ropa. Después, lo recogió y miró a su alrededor.
  —¿Hay alguna papelera por aquí?
  —En el baño —respondió Rose—. ¿Te encuentras mal?
  —No, es para tirar esto. —Le mostró el papel.
  —¿Una nota?
  Ni siquiera se lo había planteado. ¿Por qué habría una nota entre su ropa? Monique había dado por supuesto que se trataba de una simple etiqueta rota. Pero ¿lo era? Al desdoblar el papel, Monique comprobó que Rose no se equivocaba. En el interior del mismo encontró una frase breve: «Ven a la popa a las 2:00». Lo leyó una y otra vez, como si no se lo terminara de creer.
  —¿Qué es? —preguntó Rose, intrigada.
  —Nada importante. —Monique lo arrugó en su mano—. Un papel de la lavandería.
  Monique decidió deshacerse de la nota. Antes de tirarla a la papelera del baño, se aseguró de cortarla en trozos diminutos, para que resultara imposible recomponer su contenido.
  —Buenas noches, niña —dijo Rose desde su cama.
  —Buenas noches. Enseguida apago la luz.
  Monique se apresuró a cambiarse y a meterse en la cama, asegurándose de dejar cerca la ropa que acababa de quitarse. No sabía si tendría que volver a usarla poco después. Los nervios del viaje, la intriga de la nota y el hecho de haber dormido hasta la hora de comer, la mantuvieron despierta hasta poco antes de las dos de la madrugada. Fue entonces cuando tomó la decisión… No: fue entonces cuando ratificó la decisión que tenía tomada desde el momento en que leyó la nota. Se cambió a oscuras y salió de la habitación sin hacer ruido, para no despertar a Rose. Se sintió algo culpable por tener que dejar el cerrojo abierto, pero no había forma de cerrarlo desde el exterior. Monique llegó a la parte trasera del barco, la popa, pocos segundos antes de la hora indicada en la nota. Aunque aquella zona apenas estuviese iluminada, no parecía que hubiese nadie a la vista. En ese momento, se sintió un poco estúpida. ¿Por qué había ido? ¿Por qué la habían convencido con tanta facilidad? Ella, que no se fiaba de nadie, había seguido las órdenes de un trozo de papel, sin saber quién lo había escrito o cuáles eran sus intenciones. A medida que transcurrieron los minutos, esa sensación de estupidez e ingenuidad no hizo más que incrementarse. Allí no había nadie, excepto ella misma. ¿Había sido una broma de Jim? ¿Se estaba riendo de Monique desde detrás de una caja? Puede que, incluso, estuviera grabando toda la escena mediante la cámara que no pudo vender. ¿Era su forma de vengarse? Parecía un comportamiento demasiado infantil para Jim, pero, quizá, era obra del aburrimiento…
  Entonces, se le ocurrió una posibilidad más preocupante. Más terrorífica, incluso. ¿Y si el verdadero motivo de hacerla ir allí… era dejar la habitación 29 abierta? ¿Y si alguien quería atacar a Rose? Ahora, la «dama de la luna» estaba vulnerable, durmiendo en la habitación que compartía con Monique. Y era la propia Monique quien había dejado la puerta abierta, ante la imposibilidad de cerrarla desde el exterior. Que la hubiesen engañado no era tan grave como que Rose pudiera estar en peligro por su culpa. ¡Tenía que volver cuanto antes! Sin embargo, en ese preciso instante, sucedió algo que paralizó sus piernas. Monique creyó haber visto una sombra moviéndose frente a ella. La ladrona permaneció inmóvil, escudriñando las sombras. ¿Se trataba de una persona real o de un simple engaño provocado por su ansiedad y por el movimiento del barco? En esa situación, habría dado cualquier cosa por ver a Jim caminando hacia ella, cámara en mano, sin dejar de reír. Aceptaría de buen grado ser el centro de las burlas de Jim si eso significaba que Rose estaba a salvo. Pero la realidad era muy diferente. Antes de que pudiera reaccionar, sintió un brazo alrededor de su cuello y una mano tapando su boca. Monique había descuidado su espalda. Luchó por soltarse, pero pronto comprendió que era mala idea. De seguir forcejeando, lo único que conseguiría sería asfixiarse con el brazo de aquella persona.
  —Necesito que me respondas —dijo una voz masculina—, así que voy a quitarte la mano de la boca. Pero tienes que prometerme que no vas a gritar. —Monique asintió como pudo—. Si lo haces —advirtió—, tendré que tirarte por la borda. Ninguno de los dos disfrutaríamos con ello.
  Monique mantuvo la calma de la mejor forma que pudo. El hombre misterioso cumplió su palabra, pero, como era previsible, no liberó a Monique del agarre. Su antebrazo rodeaba el cuello de la chica sin apretar demasiado, para no cortar el flujo de oxígeno. Si quisiera matarla, ya lo habría hecho. Aun así, la llevó hasta el borde del barco, en el extremo más alejado de la popa. Esa no era una muestra de buenas intenciones.
  —¿Quién coño eres? —preguntó Monique, armada de valor.
  —Eso es exactamente lo que te iba a preguntar yo a ti.
  —Pues yo lo he preguntado primero.
  —Pero yo soy el que manda.
  —Eso es muy poco democrático —protestó Monique.
  —¿Eres el bufón del barco? —Al hombre se le estaba agotando la paciencia con mucha rapidez.
  —En realidad, soy la coordinadora de desarrollo de exploración.
  —No me importa cuál sea tu trabajo —dijo mientras fortalecía el agarre—. Quiero saber qué haces aquí a estas horas.
  —Alguien… dejó una nota —confesó con dificultad.
  —¿Cómo sabes lo de la nota?
  —Estaba… entre mi ropa.
  —¿Qué? —El hombre hizo una pausa, desconcertado—. No puede ser… La nota estaba dirigida a Rose.
  —Es… mi compañera… de habitación.
  Quizá no debería haberlo revelado, pero no se puede exigir prudencia y sensatez a una persona que está a punto de quedar inconsciente por falta de oxígeno.
  —Mierda —gruñó el hombre misterioso—. Ha sido un malentendido. La nota no era para ti.
  —Genial… Entonces…, me vuelvo a la cama…
  —¿Has dicho que Rose es tu compañera de habitación?
  —Sí… Te puedo… llevar hasta allí…
  Obviamente, no pensaba hacerlo. Tal vez se le ocurriera un plan improvisado de camino. O, quizá, tuviese la suerte de cruzarse con algún tripulante o pasajero dispuesto a dar la alarma. Bueno, ¿a quién quería engañar? Si era su única opción de salvarse, no descartaba cumplir aquella petición. La vida de Rose por la suya. La elección era sencilla.
  —No será necesario —respondió el hombre—. Si estás aquí, significa que la puerta de vuestra habitación ha quedado abierta. No te necesito para nada.
  —Vale… —A Monique le costaba respirar—. Entonces, ve tú solo… Yo me quedaré aquí, tomando el aire…
  —Lo siento, pero sabes tan bien como yo que no puedo dejarte marchar.
  El hombre intentó arrojar a Monique por la borda. Ella se aferró como pudo a la parte exterior de la barandilla, entrelazando las piernas con todas sus fuerzas. El hombre soltó el agarre del cuello y empezó a golpearle las piernas, con intención, claro está, de hacerla caer. Era cuestión de tiempo que lo consiguiera. Monique no podría resistir mucho más. ¿Por qué había hecho caso a la nota? ¿Por qué no había reprimido su curiosidad y se había quedado en la cama como una buena chica?
  El sonido que hizo el cuerpo al estrellarse contra el mar fue terrorífico. No por el sonido en sí, indistinguible al de las olas chocando contra el casco, sino por lo que significaba: era el fin de una vida. Un final horrible. Y Monique lo vio precipitarse a su lado, casi sin creérselo.
  —Dame la mano, niña.
  Rose la ayudó a volver a la cubierta. Monique cayó al suelo, con las piernas temblorosas. Se agarró a uno de los tobillos de aquella mujer como si soltarla implicara precipitarse al mar, junto al tipo misterioso.
  —Tranquila. Estás a salvo.
  Rose le acarició la cabeza con ternura. Monique tardó casi un minuto en superar el ataque de pánico. Sentía el corazón a mil por hora.
  —Creo que ese tío quería matarte —dijo al fin.
  —Lo sé —respondió Rose con naturalidad.
  —¿Lo sabes? ¿Qué coño está pasando aquí?
  —Espero que puedas perdonarme.
  —¿Qué? —Monique se puso en pie, entre avergonzada y desconcertada—. La nota… Tú viste la nota antes que yo.
  —Sí.
  —La pusiste entre mi ropa…
  —Siento haberte usado —se disculpó Rose—. Si hubiera venido yo sola, habría caído en su trampa. Necesitaba una distracción.
  Monique no daba crédito. Había pasado de la gratitud a la ira.
  —Joder, ¡casi me matan!
  —No se lo habría permitido. Te he salvado, ¿no?
  —Pero…
  —Entiendo que estés enfadada —siguió Rose—. Y no puedo hacer otra cosa más que disculparme de nuevo.
  Monique hizo un gran esfuerzo por calmarse. No servía de nada discutir. Rose era otra víctima del intento de asesinato, no la culpable.
  —Si me hubieras contado lo que querías hacer —dijo Monique—, te podría haber ayudado. Podríamos haber pensado algo entre las dos.
  —Necesitaba que actuaras como si no supieras nada. Y la mejor forma de conseguirlo… era que realmente no supieras nada.
  —¿Dónde ha quedado todo eso de la confianza mutua? —protestó Monique.
  —Creía que tú no te fiabas de nadie. Eso fue lo que me dijiste.
  Y así era. Había sido muy estúpida por dejarse convencer por una nota anónima. Eran esos errores, esas pequeñas muestras de ingenuidad, lo que todavía separaba a aquellas dos mujeres.
  —¿Volvemos a la habitación? —preguntó Rose con tono amable.
  —Vale…
  —Te compensaré por esto, lo prometo.
  —Sí, claro… —respondió en un tono irónico casi inaudible—. De todas formas, ¿por qué iba a querer nadie asesinarte?
  Rose sonrió, sin dejar de caminar.
  —Bienvenida a mi vida, niña.


– CONTINÚA EN YNYS


Ynys


Enlaces de compra y más información:
makosedai.com/novelas


1 Comentario

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

1 Comentario

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Cómo poner etiquetas y emojis

(Cambiar solamente el texto en mayúsculas)
<strong>NEGRITA</strong> <em>CURSIVA</em> <s>TACHADA</s>
<a href='ENLACE' target='_blank'>TEXTO ENLAZADO</a> (Las imágenes se enlazan igual que el texto)
[spoiler]SPOILER SIMPLE[/spoiler]
[spoiler intro='TITULO']SPOILER PERSONALIZADO[/spoiler]

Para mostrar un icono, escribe el código que lo acompaña (:1:, :2:, etcétera)

:1: :2: :3: :4: :5: :6: :7: :8: :9: :10: :11: :12: :13: :14:
:15: :16: :17: :18: :19: :20: :21: :22: :23: :24: :25: :26: :27: :28:
:29: :30: :31: :32: :33: :34: :35: :36: :37: :38: :39: :40: :41: :42:
:43: :44: :45: :46: :47: :48: :49: :50: :51: :52: :53: :54: :55: :56:

Cómo poner etiquetas y emojis

(Cambiar solamente el texto en mayúsculas)
<strong>NEGRITA</strong> <em>CURSIVA</em> <s>TACHADA</s>
<a href='ENLACE' target='_blank'>TEXTO ENLAZADO</a> (Las imágenes se enlazan igual que el texto)
[spoiler]SPOILER SIMPLE[/spoiler]
[spoiler intro='TITULO']SPOILER PERSONALIZADO[/spoiler]

Para mostrar un icono, escribe el código que lo acompaña (:1:, :2:, etcétera)

:1: :2: :3: :4: :5: :6: :7: :8: :9: :10:
:11: :12: :13: :14: :15: :16: :17: :18: :19: :20:
:21: :22: :23: :24: :25: :26: :27: :28: :29: :30:
:31: :32: :33: :34: :35: :36: :37: :38: :39: :40:
:41: :42: :43: :44: :45: :46: :47: :48: :49: :50:
:51: :52: :53: :54: :55: :56:

Cómo poner etiquetas y emojis

(Cambiar solamente el texto en mayúsculas)
<strong>NEGRITA</strong> <em>CURSIVA</em> <s>TACHADA</s>
<a href='ENLACE' target='_blank'>TEXTO ENLAZADO</a> (Las imágenes se enlazan igual que el texto)
[spoiler]SPOILER SIMPLE[/spoiler]
[spoiler intro='TITULO']SPOILER PERSONALIZADO[/spoiler]

Para mostrar un icono, escribe el código que lo acompaña (:1:, :2:, etcétera)

:1: :2: :3: :4: :5: :6:
:7: :8: :9: :10: :11: :12:
:13: :14: :15: :16: :17: :18:
:19: :20: :21: :22: :23: :24:
:25: :26: :27: :28: :29: :30:
:31: :32: :33: :34: :35: :36:
:37: :38: :39: :40: :41: :42:
:43: :44: :45: :46: :47: :48:
:49: :50: :51: :52: :53: :54:
:55: :56:

Entradas relacionadas:
Entradas relacionadas:
Mictlan.tv Remake

Mictlan.tv Remake

Mictlan.tv fue mi tercera novela. Menos sesuda y psicológica que las anteriores, tan (o más) oscura como ellas; lo...

Terrakalank Remake

Terrakalank Remake

El año pasado tomé la decisión, difícil de entender para algunos, pero absolutamente imprescindible desde mi punto de...

Entradas relacionadas:
Mictlan.tv Remake

Mictlan.tv Remake

Mictlan.tv fue mi tercera novela. Menos sesuda y psicológica que las anteriores, tan (o más) oscura como ellas; lo...

Terrakalank Remake

Terrakalank Remake

El año pasado tomé la decisión, difícil de entender para algunos, pero absolutamente imprescindible desde mi punto de...

¡Suscríbete!

Recibirás un aviso cada vez que se publique una nueva entrada.

Share This