No sé bien cómo explicarlo. Perdón. Ni siquiera sé cómo controlarlo. Cuando mi mente necesita escribir, todas las demás funciones entran en suspensión. Me está pasando ahora. Debería estar leyendo, porque todos los días, antes de dormir, empieza lo que yo denomino «mi ratito de leer». Desconexión total. Tengo aquí al lado el cómic de Lucifer. Me gusta mucho y quiero ver cómo sigue. Pero ha surgido una idea. Se ha encendido esa pequeña chispa que, de ser ignorada, volverá a apagarse. Por lo tanto, debo apuntarla. Debo fotografiar este paisaje mental. En el caso que nos ocupa, por comodidad, lo más rápido sería apuntarlo en mi bloc de notas del móvil. Es lo que estoy haciendo ahora. No: es lo que debería estar haciendo ahora. Solo quería apuntar la idea que se manifestó en mi mente sin avisar. Pero mi mente dijo que no le parecía suficiente y me sumió en el trance.
Así que, aquí estoy, en medio de uno de esos trances, como en un sueño lúcido. Una sensación que solo se comprende mediante la experimentación. Quiero salir, pero no puedo. Porque si ahora mismo me obligara a cerrar el bloc de notas, tardaría pocos segundos, un par de minutos a lo sumo, en volver a abrirlo, dejando a mi estimado Lucifer con la palabra en la boca. Y no es una criatura a la que convenga enfadar.
En muchas ocasiones, al escribir, cuesta encontrar las palabras. Es como arrastrarse por el lodo. Vas despacio, muy despacio, depositando el mayor de tus esfuerzos en avanzar, por poco que sea. Resulta frustrante, porque sientes que has perdido el tiempo. No ves hasta dónde has llegado, sino hasta dónde podrías haber llegado, en una competición contigo mismo. Con una versión idílica de ti mismo, mejor dicho. Pero es que no se puede vivir en el trance. No se puede. No es compatible con…, en fin, absolutamente nada. Los momentos de trance son los que me ayudan a escribir tanto y tan rápido, pero ¿a costa de qué? La respuesta es sencilla: de todo. Ahora es el rato de lectura, pero en otro momento pudo ser el de dormir. Por supuesto que la escritura me ha arrebatado horas de sueño no pocos días. Por supuesto que me he obligado a apagar el ordenador, con la intención de seguir al día siguiente, y he acabado escribiendo en la cama, con el móvil, como estoy haciendo ahora. Por supuesto que algún día he comido dos horas tarde, porque no podía separarme del teclado. Y habrá quien, con una ceja levantada, piense: «¿No sería más sensato parar, comer y después seguir escribiendo?». Pues sí, claro. También podría haber apuntado ahora los puntos clave y haber desarrollado esta idea mañana. Pero es que, al entrar en trance, no tienes ideas sueltas. Las frases se forman solas. Y se forman tan rápido como si una persona te las estuviera dictando. Entonces, para salir del trance tienes que dejar, como mínimo, una frase entera colgando de la nada. Lo que, para mí y mi penosa memoria, es tan bueno como aceptar que caiga en el olvido. Pero eso, insisto, ocurre en el mejor de los casos. Porque hay ocasiones en las que lo que la voz de tu mente te está dictando no es un riachuelo de palabras, sino toda una cascada. Tu mano va muy por detrás de tu cerebro. No tienes un hueco para descansar y decir: «Lo dejo aquí por ahora». Eso solo ocurre cuando sales del trance.
La inspiración es un don. No se puede ignorar. No se debe ignorar. Para mí, al menos, resulta de lo más satisfactorio. Por eso, cada vez que el trance llame a la puerta, abriré de mil amores. De hecho, creo que tiene copia de la llave…
Necesidad satisfecha. Al fin puedo dormir. Mañana será otro día, Lucifer.








0 comentarios