Hoy escribo sobre giros de guion
Hoy escribo sobre giros de guion
Fecha de publicación: 1 de abril de 2022
Autor: Chris H.
Categoría: Hoy escribo
Etiquetas:
Fecha de publicación: 1 de abril de 2022
Autor: Chris H.
Categoría: Hoy escribo
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Qué asco me da la palabra «guion» desde que le quitaron la tilde.

Pero no estamos aquí para hablar de eso, sino de un perro. Un perro que corre hacia una mujer. No una mujer cualquiera, sino la mismísima protagonista. ¿La protagonista de qué? La protagonista de una novela, claro está.

A ver, pongamos orden.

Tenemos a esta mujer, nuestra protagonista, caminando distraídamente por un parque. De pronto, un perro se aproxima a ella a toda velocidad, quién sabe con qué intenciones, si es que alberga alguna, pues no deja de ser un perro. El dueño grita «¡Tranquila, que no muerde!», con una sonrisa bobalicona en el rostro. Vaya idiota.

En este momento, el lector promedio confía en que, efectivamente, el perro no acabe mordiendo a la protagonista. Voy a ir más allá en mis predicciones. Si el dueño del animal es bien parecido, la mayoría de quienes lean dicha escena, y eso incluye a los propios escritores, buscarán la forma más conveniente de que ambos humanos acaben involucrados en una relación romántica, posiblemente tóxica, como lo son la mayor parte de relaciones ficticias, y no menos las reales. Pues vale. Pero…

Habrá quien, con un mínimo de criterio, espere encontrarse algo más que un simple texto conformista y falto de inspiración. Habrá quien no acuda a comer sabiéndose, de antemano, el menú del día. Habrá quien espere ser sorprendido. O sorprendida, incluso. Esa persona, tal vez, disfrute al ver cómo el perro de la novela, contradiciendo el mensaje tranquilizador de su amigo (mejor que «dueño») humano, se abalanza sobre la mujer, desencadenando una escena tan, o tan poco, violenta y sangrienta como requiera el género al que pertenezca la novela. En cualquier caso, ya se habría producido un hecho inesperado, no únicamente por el ataque en sí, sino porque quien lo ha sufrido, y de la forma menos heroica posible, es la protagonista de la novela.

Esto, de por sí, no es mejor ni peor. Puede darse el caso de que, si el lector conoce bien al escritor, resulte más predecible el ataque que su omisión. Por lo tanto, volveríamos al punto de partida. También podría darse el caso, en escritores igual de poco inspirados, de que la sorpresa llegue desde un ángulo absurdo, sea o no creíble. Por ejemplo, podría caer un meteorito sobre el perro (poco creíble), o podría, al final, ser todo un sueño (creíble aunque de gusto cuestionable). Sería problemático, digo, si esto pretendiese ser el golpe de efecto final del texto. Cualquier recurso es válido, o puede serlo, si se sabe encajar en el momento adecuado.

Por si no se entiende, pongo un ejemplo real, de un escritor muy famoso. La novela comienza con la protagonista dando el último adiós a su hermano en un cementerio. Cuando llegamos al final, descubrimos que no ha muerto nadie, sino que la escena era engañosa. Ambos se van a marchar de la ciudad, y han quedado en el cementerio para despedirse, ya que es un lugar de especial valor simbólico para ellos, o porque uno trabaja allí, o qué sé yo. Vale, os he engañado, no era un ejemplo real. No soy tan mezquino como para destriparos el argumento de una novela. Sin embargo, os aseguro que lo he escrito pensando en el argumento de cierta novela que prefiero no desvelar, en la que se sucede un «engaño» del mismo nivel. Y esta novela ha sido un éxito absoluto, así que…

Bueno, volvamos al perro. Es ahora cuando la historia se pone más interesante; al menos para mí, ya que estoy a punto de sumarme a la ecuación. Supongamos (y es una suposición sencilla, ya que se corresponde en un alto porcentaje con la realidad) que soy yo quien ha escrito dicho relato acerca de un perro que está a punto de atacar a una mujer, mientras el hombre grita eso de «¡Tranquila, que no muerde!». Si el lector me conoce lo suficiente, como ya dije antes, es probable que se adelante a mis pensamientos, y, por lo tanto, averigüe que voy a concluir la historia con un asesinato intrascendente, o con un romance más intrascendente aún, si cabe, entre ambos humanos. Ese lector, que me conoce bien, y que está en la obligación moral de dejarse llevar por la narración, pero que no es (necesariamente) idiota, esperará ser sorprendido. Tendrá ciertas expectativas. Eso aumenta la dificultad de la escritura, aumenta el nivel del reto…, y lo hace todo más interesante.

Sorprender es muy fácil. Es extremadamente fácil. Tanto como asustar en el cine. Basta con querer hacerlo. Se abre ante nosotros, los escritores, un abanico casi ilimitado de posibilidades. ¿Cuál escoger? El lector, si es exigente y conoce al escritor, sabe que será sorprendido, y, aun así, espera ser sorprendido. Tiene que ser una sorpresa inesperada. Una sorpresa sorprendente.

«¡Tranquila, que no muerde!», podría decir el hombre, antes de añadir «¡Pero yo sí!». Resulta que el tipo era un licántropo. Nadie lo vio venir. Sería un final exitoso si se escribiese de forma correcta, pues la gente disfruta del sufrimiento ajeno y las situaciones macabras. Para ello, nos habríamos apropiado de un elemento fantástico habitual, como es la existencia de hombres lobo. Debo puntualizar que ésta no habría sido mi elección en ninguno de los casos, ya que no dejaría de parecerme tramposo meter, de la nada, elementos de fantasía en una historia presentada como realista. Pero, bueno, ya sería algo sorprendente. Una declaración de intenciones, al menos. Querer (y poder) hacer algo sorprendente aun esperando esa sorpresa. A cada escritor se le ocurrirían múltiples finales más o menos interesantes y originales. No sé, a lo mejor la mujer era alérgica a los perros, o todo desemboca en una metáfora metafísica, o… miles de posibilidades que a mí jamás se me ocurrirían. Que guste más o menos, al final, depende del propio lector.

Tal vez, después de tanto irme por las ramas, os interese saber cómo acabaría yo ese relato. Si no, es tan fácil como dejar de leer aquí y ahora. No lo has hecho. Sigues leyendo. Vale, tú lo has querido. En mi estilo de escritura hay un elemento habitual, involuntario, que consiste en no sólo no escribir lo que el lector espera, sino en, además, no escribir lo que el lector desea. Que esa es otra: los lectores quieren que los sorprendas pero sin salirte de su círculo de tolerancia y satisfacción. Algunos, incluso, se enfadan si no han sido «más listos» que el escritor. Ay, que me desvío.

«¡Tranquila, que no muerde!». La mujer observa al cánido corriendo a toda velocidad, cual fiera hambrienta, hacia su posición. Y ahora es cuando viene la sorpresa, ¿no? Vale, pues demos un paso al costado. Porque esto no es un relato sobre un perro y una mujer, sino un artículo sobre giros de guion. Y no sé tú, pero yo ya he dicho todo lo que quería decir. El giro de guion, por lo tanto, es terminar el artículo en este preciso instante después de haberos hecho creer que iría por otro camino. Un tortazo de realidad para rebajar esa ensoñación. Venga, salid de vuestra burbuja fantasiosa, que esos personajes no eran más que maniquíes de práctica a los que usar de ejemplo.

No es lo que esperabais, y probablemente tampoco lo que deseabais. Es, en definitiva, lo que prometí.

4 Comentarios

  1. Gold-St

    Segundos después, la perra reflexiona sintiendo la humedad sobre su cuello. ¿Quién me manda a mí volver a creer en los humanos? La retahíla de imágenes de todas las veces que la habían traicionado se interrumpe secamente cuando la última dentellada de la mujer desgarra la médula canina.

    Responder
  2. J. Bartolo

    Creo que ha llegado el momento de decirle a mi amigo Chejov que me preste su rifle cargado, para fusilar al perro, a su dueño, a la mujer y de paso al autor. Ese si sería un buen giro de guión

    Responder
    • Chris H.

      ¡No puedo estar menos de acuerdo con el principio de tu amigo Chéjov! Hablaré de ello en otra entrada, ya que ha salido el tema.

      Responder

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  1. Gold-St

    Segundos después, la perra reflexiona sintiendo la humedad sobre su cuello. ¿Quién me manda a mí volver a creer en los humanos? La retahíla de imágenes de todas las veces que la habían traicionado se interrumpe secamente cuando la última dentellada de la mujer desgarra la médula canina.

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  2. J. Bartolo

    Creo que ha llegado el momento de decirle a mi amigo Chejov que me preste su rifle cargado, para fusilar al perro, a su dueño, a la mujer y de paso al autor. Ese si sería un buen giro de guión

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    • Chris H.

      ¡No puedo estar menos de acuerdo con el principio de tu amigo Chéjov! Hablaré de ello en otra entrada, ya que ha salido el tema.

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