Guía argumental de Death Stranding – Parte 1
Guía argumental de Death Stranding – Parte 1
Fecha de publicación: 27 de febrero de 2020
Autor: Chris H.
Etiquetas: Death Stranding
Fecha de publicación: 27 de febrero de 2020
Autor: Chris H.
Etiquetas: Death Stranding

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  Una vez, se produjo una explosión. Un estallido que dio lugar al espacio y al tiempo.
  Una vez, se produjo una explosión. Un estallido que puso un planeta en órbita en ese espacio.
  Una vez, se produjo una explosión. Un estallido que originó la vida que conocemos.
  Y, entonces, llegó la siguiente explosión. Una explosión que sería la última.



Capítulo 1 – Tras el Stranding

  El ruido de un motor a pleno rendimiento es lo único que quiebra el desgarrador silencio de los páramos abandonados de la costa este, en aquel país que tiempo atrás era conocido como Estados Unidos. Samuel “Sam” Porter, porteador autónomo subcontratado por la empresa Bridges, transporta varios paquetes a bordo de una trirrueda, a la que podríamos definir como una moto futurista, cuya rueda delantera puede dividirse en dos para conseguir mayor estabilidad, y volver a unirse si lo que se necesita es velocidad.
  Sam corre como si huyera de alguien, pese a que nadie lo persigue. Y es que su preocupación no procede de la tierra, sino del cielo. Un manto de nubes comienza a formarse sobre aquella región, amenazando con derramar su contenido. Un problema serio, si tenemos en cuenta que, en ese mundo devastado, lo que arrojan las nubes no es simple lluvia, sino lo que ellos llaman “el declive”, acompañado siempre por un arcoíris invertido, con el arco hacia abajo; otro de los extraños sucesos provocados por el Death Stranding.
  Tan pronto como Sam nota la primera gota abrasando su pelo castaño, se apresura a cubrirse la cabeza con la capucha de su mono de trabajo. Los pájaros que vuelan por los alrededores tratan de huir. Algunos lo consiguen, otros caen fulminados al instante.
  Los terrenos yermos dan paso a la vegetación, anunciando la cercanía del lugar de destino de Sam: Central Knot City. Sin embargo, cuando ya apenas le quedan un par de minutos para llegar, sucede algo inesperado. Ante él aparece una mujer rubia, de pelo corto, portando un paraguas. En su ropa se puede leer “Fragile Express”. Está en mitad del camino, con la mirada perdida. Sam no tiene tiempo de esquivarla. El impacto es inevitable.
  La trirrueda cae por un barranco, quedando destrozada y fuera de su alcance. Afortunadamente, Sam no ha sufrido daños, pues logró saltar antes de precipitarse al vacío. En cuanto a la mujer…, no hay rastro de ella. Tampoco de su paraguas. Se ha volatilizado.
  Tras recoger parte de la carga, desperdigada durante el accidente, Sam busca algún lugar cercano donde refugiarse del declive. No tarda en hallar una pequeña cueva, habitada únicamente por un ciervo que no parece dar importancia a la presencia de aquel hombre. Sam deja la carga en el suelo y se desprende de la parte superior del mono de trabajo, para dejar que se seque. Es entonces cuando podemos apreciar su tatuaje con forma de calavera en la mano derecha, además del enrojecimiento de gran parte de su piel, y las marcas con forma de manos que tiene por los brazos y el tronco. No son exactamente heridas, sino una reacción alérgica, en la que profundizaremos más adelante.
  Al quitarse la ropa, una fotografía que llevaba consigo cae al suelo, quedando en el límite entre la cueva y el exterior. Sam se agacha a por ella, pero alguien lo detiene, agarrándolo del brazo. Es esa misteriosa mujer rubia otra vez. Y, como no tarda en comprobar, lo ha hecho por su bien.
  De pronto, una huella con forma de mano aparece en el suelo, incrustándose en la tierra, bajo la fotografía. Después le sigue otra, y otra, avanzando lentamente sin rumbo fijo. Sam y la mujer se hacen a un lado, moviéndose con parsimonia y conteniendo la respiración, para evitar ser detectados por aquel ser invisible.
  Es llamativo también el hecho de que ambos han comenzado a llorar, aunque no es por miedo ni por tristeza. Tampoco es un simbolismo. Paciencia, enseguida se entenderá. Ya os adelanto que esta historia es cualquier cosa menos convencional.
  El ciervo, asustado, sale corriendo de la cueva, atrayendo la atención de la criatura a la que no pueden ver. Pocos segundos después, Sam y la mujer pueden respirar aliviados y dejar de contener el aliento. Están a salvo.
  —Creo que se fueron —dice ella.
  Lo primero que hace Sam es soltarse bruscamente del agarre de la mujer, quien aún rodeaba su antebrazo con la mano. Le ha quedado una marca rojiza profunda, pues, entre otras cosas, tiene alergia al contacto humano; de ahí que presente tantas marcas similares por los brazos y el tronco. Además, esta condición le ha causado afenfosfobia, o miedo a ser tocado.
  —Perdona, no pretendía agarrarte tan fuerte —se disculpa ella, antes de observar las lágrimas que corren por sus mejillas—. Alergia quiral…. Veo que tienes Dooms, como yo.
  —Tengo el factor de extinción —responde Sam—, pero tú me superas.
  —¿Cuál es tu nivel? ¿Puedes ver a los EV?
  —No, pero los siento.
  —Nivel dos, entonces —concluye la mujer.
  —¿Qué haces aquí?
  —Intento mantenerme seca, como tú. Me llamo Fragile.
  Ella le tiende la mano, pero Sam se gira, ignorándola.
  —Sí, he oído hablar de ti…
  —Ah, ¿sí? Y tú eres Sam Porter Bridges… “El hombre que reparte”.
  Es curioso que el nombre completo de Sam incluya su oficio y la empresa para la que trabaja. Cosas del futuro posapocalíptico. Como ya veréis durante la narración, casi todos los nombres de los personajes tienen cierto significado.
  Fragile saca de su bolsa un criptobio, un pequeño insecto, parecido a una oruga, capaz de flotar en el aire.
  —¿Quieres? —se lo ofrece a Sam, pero él lo rechaza—. Un criptobio al día, del declive te salvaría —la mujer se lo lleva a la boca—. ¿Te gustaría trabajar para mí? Debe de ser duro estar solo.
  —Creía que Fragile Express tenía mucho personal.
  —Muchos traidores, más bien. Ya no quedamos muchos, salvo alguna poca gente honrada. Y además… —Fragile se quita un guante y le muestra la mano envejecida, como de anciana—. Tampoco queda mucho de mí. Me mojé casi entera.
  —No puedo ayudarte con eso —replica Sam—. Yo me dedico a hacer entregas, nada más.
  Tan pronto como cesa el declive, Fragile despliega su extraño paraguas y se prepara para marcharse.
  —¿Vas a la ciudad, Sam? Ten cuidado. Esas cosas volverán pronto.
  Cuando él se dispone también a abandonar la cueva, encuentra la fotografía que se le cayó al quitarse el mono. En ella aparecen tres personas: él, una mujer de aproximadamente su misma edad, cuyo rostro apenas puede verse por el desgaste, y una mujer algo más mayor, rubia, con gafas y con el pelo largo.
  —El declive acelera todo lo que toca —dice Fragile—. Pero no puede llevárselo todo. El pasado no desaparece. Hasta pronto, Sam Porter Bridges.
  Tras decir esto, Fragile desaparece ante sus ojos.
  Sam tiene por delante un corto trayecto a pie de vuelta a Central Knot City. ¿Aprovechamos para aclarar todo lo que pueda haber quedado en el aire durante este confuso inicio? Es una historia bastante liosa, por lo que conviene explicar todo con calma, aunque tenga que repetirme. Vamos allá.
  Sam trabaja para Bridges, empresa de transporte de mercancías, un oficio que se puede considerar extremadamente peligroso ahora que ha aparecido el declive, esa lluvia capaz de envejecer rápidamente a las personas y demás animales a los que toca, pero que, sin embargo, se convierte en agua normal una vez que alcanza la tierra. También causa un desgaste acelerado en muchos objetos. Por si eso no fuera suficientemente peligroso, el declive trae consigo también a los entes varados, o EV, los seres invisibles que Sam puede sentir a causa del Dooms.
  Fragile, trabajadora (jefa, en realidad) de otra compañía de transportes, Fragile Express, también se ha visto afectada por esa “enfermedad”, o más bien “condición especial”, que es el Dooms. Ella posee un nivel mayor de Dooms, por lo que es capaz de ver a los EV, además de usar esa habilidad que ya conoceremos mejor en próximos capítulos, y que le permite aparecer y desaparecer a voluntad.
  También hemos podido comprobar cómo los humanos (y no sólo ellos, sino todos) sufren alergia quiral, lo cual no parece tener más efecto que provocar lágrimas, aunque puede llegar a ser mortal, especialmente para quienes no tienen Dooms. Quedaos con ese concepto, “quiral”, porque será fundamental para la trama.
  Sam, además, sufre afenfosfobia, lo cual es comprensible en su caso, dado que cualquier contacto directo con su piel le deja marcas permanentes.
  Esto es todo lo que sabemos hasta el momento. Así pues, sigamos con la historia.

Capítulo 2 – Necrosis

  Salir a la superficie se ha convertido en una actividad de alto riesgo, por lo que toda la población vive ahora bajo tierra, en avanzados refugios subterráneos. Lo único que queda fuera, además de, como es lógico, las respectivas entradas a los refugios, son los centros de entrega y distribución, donde los porteadores reciben y llevan los encargos, y que comunican con los almacenes inferiores mediante un sistema totalmente automatizado.
  La diferencia entre los centros de distribución y los de entrega, que no son exactamente lo mismo, es que los primeros son almacenes enormes, situados en ubicaciones clave, mientras que los de entrega son pequeños puntos repartidos por cada área, para facilitar el trabajo de los porteadores.
  Sam acaba de llegar a uno de esos centros de entrega, en la entrada de Central Knot City. El porteador coloca los paquetes en el montacargas y activa el terminal de envíos. Pocos segundos después, un holograma (“quiragrama”, en realidad) aparece ante él. Es una mujer con gafas, y el pelo oscuro recogido en una coleta. Su nombre, o más bien su apodo, es Mama.
  —¿Por qué has tardado tanto? —pregunta ella—. No es típico del mensajero legendario.
  —Perdí la moto, y tuve que esperar a que amainara.
  —Vaya, parece que lo has pasado mal. Por suerte, la mercancía está en perfectas condiciones. Bien hecho, Sam.
  Antes de abandonar el centro de entrega, el terminal de envíos emite un mensaje de alerta.
  —Encargo especial para Sam Porter Bridges. Prioridad uno.
  Esta vez, el paquete no le será entregado mediante el montacargas, sino personalmente, por otro trabajador de Bridges. Sam sale al exterior, donde divisa una camioneta acercándose a su posición. Mientras el conductor permanece en la cabina, el copiloto, un hombre de mediana edad que lleva un extraño dispositivo amarrado al pecho, conectado por cables a su traje, se apea del vehículo y se aproxima a Sam.
  —Soy Igor, de la división de eliminación de cadáveres. Eres Sam Porter, supongo —le tiende la mano, pero éste no se la estrecha—. Ah, vale, leí que tenías alguna fobia.
  —¿Eliminación de cadáveres? ¿Qué ha pasado?
  Igor indica a Sam que lo acompañe hasta la caja trasera de la camioneta. Allí yace un cuerpo bien envuelto en una bolsa para cadáveres.
  —Tiene cita con la incineradora —explica Igor.
  —¿Cuánto hace que palmó?
  —No lo sabemos muy bien, pero yo diría que más de cuarenta horas.
  —¿No estaba en cuarentena? —pregunta Sam, extrañado.
  —Estaba sano. Ha sido un suicidio.
  —Madre mía…
  —Suerte que lo hemos encontrado —sigue Igor—. Lo pusimos en hielo, pero a saber cuándo se necrosará.
  —¿Adónde lo lleváis?
  —Hay una incineradora al norte.
  —La ruta está infestada de EV —le advierte Sam—. ¿No podéis usar otra?
  —Ojalá pudiéramos, pero no hay tiempo.
  —Pues incinera aquí mismo al pobre diablo.
  —¿Y emitir tantísimo quiralio tan cerca de la ciudad? Imposible.
  —Es mejor que intentar ir a la incineradora —insiste Sam.
  —Eh, lo lograremos. Sólo necesitamos a alguien como tú, con Dooms.
  Sam examina el cadáver con la capacidad extrasensorial que le proporciona su condición especial.
  —Ya está en las primeras fases de la necrosis. Démonos prisa, o pronto esto será un cráter.
  —¿Entonces qué? ¿Contamos contigo? —Igor le tiende la mano nuevamente—. Por la presente, Bridges contrata formalmente a Sam Porter.
  —Es “Sam”, a secas —se gira, rechazando una vez más el apretón de manos—. Y no puedo ver a los EV, sólo sentirlos.
  —Por eso hemos venido bien preparados —Igor da una palmada al dispositivo que lleva anclado al pecho.
  —Un Bebé Bridge, ¿eh?
  —Contigo y con su ayuda, nos iremos anticipando a sus movimientos.
  Igor retira la capa que cubre el dispositivo. En el interior, flotando en líquido amniótico y protegido por un cristal, hay un pequeño bebé, o más bien un feto en avanzado estado de desarrollo. Mediante ese mecanismo, el bebé y el usuario están conectados.
  —Qué mal cuerpo se me pone siempre que me conecto a él —dice Igor.
  —Bueno, es normal —responde Sam—. Estás conectándote al otro lado. A mí también me pasa.
  Con Sam e Igor montados en la caja trasera de la camioneta, junto al cadáver, el conductor inicia el trayecto hacia la incineradora del norte.
  —El mundo era diferente cuando yo era niño —dice Igor—. América era un país libre. Todo el mundo iba donde le salía de las narices. No hacían falta porteadores como tú. Había autopistas, aviones… ¡Joder, si hasta podías visitar otros países!
  Ya sabéis que los estadounidenses tienden a llamar “América” a su país, para acortar, así que acostumbraos. Cada vez que mencionen América, se estarán refiriendo al país, no al continente. Aunque lo cierto es que ya no hay diferencia entre una cosa y otra…
  —Ahora cuesta imaginarlo —sigue aquel hombre—. Como ves, el Death Stranding causó una buena. Estamos jodidos. ¡Bien jodidos! Y a los que tuvieron la suerte de sobrevivir, se los llevó el declive. Luego aparecieron esos bichos de la Playa… El mundo de los vivos y el de los muertos mezclados… La gente empezó a atrincherarse en las ciudades, y a poner a los porteadores como tú en un pedestal —Igor mira hacia lo lejos—. ¡Joder, un arcoíris!
  El arcoíris invertido es un presagio del declive. Y el motivo de su aparición está allí mismo, a su lado, dentro de una bolsa para cadáveres.
  —¿Dónde está la incineradora? —pregunta Sam, impaciente—. ¡Éste va a reventar!
  —Mierda… ¡Hay que acortar a través de los EV!
  Igor indica al conductor que abandone la carretera y siga por mitad del campo, pues deben quemar el cadáver antes de que la necrosis se extienda por todo el cuerpo. Porque, cuando eso ocurra…
  La camioneta avanza bajo la lluvia. Sam e Igor, con las capuchas puestas para evitar ser alcanzados por el declive, se sujetan firmemente a los laterales de la caja trasera. De pronto, el motor se detiene.
  Ha llegado el momento de saber para qué sirve llevar un bebé conectado al traje. Por motivos que se explicarán más adelante, esos Bebé Bridge, o BB (aunque, en realidad, la traducción correcta sería “Bebé Puente”), son capaces de detectar a los entes varados. Cuando lo hacen, se activa un radar que también va unido al traje, el odradek, que les indica la proximidad y posición de esos seres invisibles. Si la luz del odradek es azul, hay EV en las inmediaciones. Si es naranja, están muy cerca. Aunque no saben a ciencia cierta cómo pueden detectarlos, los últimos estudios revelan que usan un mecanismo parecido a la ecolocalización de los delfines. Es decir: producen sonidos que rebotan en los objetos y vuelven en forma de eco, permitiéndoles hacerse una idea de su entorno.
  Y ahora, mientras esperan a que el motor vuelva a funcionar, la luz del odradek de Igor se ha vuelto anaranjada.
  —¿Puedes verlos, Sam?
  —No, no siento nada.
  —Vaya… Este BB debe de estar mal, o algo.
  El motor vuelve a activarse, momento que aprovecha el conductor para pisar el pedal de aceleración a fondo. El tiempo juega en su contra. Por desgracia, el viaje concluye apenas unos segundos después, pues los EV logran volcar el vehículo, lanzando por los aires a sus ocupantes.

Capítulo 3 – La Playa

  Sam ha perdido el conocimiento durante unos segundos. Lo primero que hace al recuperarse es buscar a los trabajadores de Bridges. Igor está cerca, también poniéndose en pie con dificultad. El peor parado ha sido el conductor, cuyas piernas han quedado atrapadas bajo los restos de la camioneta.
  Mientras Sam examina la bolsa para cadáveres, preguntándose cuánto tiempo les quedará antes de que la necrosis esté completa, Igor trata de rescatar al otro hombre. Éste no lleva capucha, por lo que el declive está causando rápidamente estragos en su piel. Ya parece un anciano.
  Para complicar más aún las cosas, el cadáver ha concluido su proceso de necrosis, deshaciéndose en un charco de brea (que, por si no lo sabéis, es una sustancia negra que surge al quemar material orgánico en ausencia de oxígeno, en el proceso conocido como “pirólisis”). Y de ese mismo lugar, de ese mismo cuerpo, surge un nuevo EV. ¡Pero los problemas no han hecho más que empezar! Agarraos fuerte, que lo que viene ahora no es fácil de digerir.
  El ente varado se dirige hacia el conductor, atraído por sus gritos de dolor. A su alrededor se forma otro charco de brea, del que surgen numerosas manos que atrapan a aquel pobre hombre.
  —¡Socorro! —grita desesperado.
  Igor lo ayuda de la única manera posible: disparándole en la cabeza. Ya era tarde para salvarlo.
  Durante un segundo, Sam cree ver a otro hombre cerca de allí, con la cara cubierta por una máscara dorada. Pero, tan pronto como aparece, vuelve a desaparecer. ¿Qué está pasando? Tranquilos, no desesperéis, la confusión absoluta es comprensible en este punto.
  El cuerpo necrosificado no sólo ha causado la aparición de un nuevo EV, sino que lentamente está inundando toda la zona de brea. Igor dispara a los entes varados que se aproximan a él, pero sus balas los atraviesan sin causarles ni el más mínimo rasguño.
  —¡Huye! —grita a Sam, quien permanece inmóvil y sin saber qué hacer.
  Igor le arroja la cápsula con el BB, y se dispone a acabar consigo mismo de la misma forma que hizo con el conductor. Sin embargo, cuando está a punto de apretar el gatillo, los EV lo elevan en el aire, haciendo que pierda la pistola entre la brea. Desesperado, Igor saca un cuchillo y se apuñala repetidas veces en el pecho, intentando acabar con su propia vida.
  Sam recoge el BB y lo conecta a su traje, instantes antes de que un EV gigantesco aparezca ante él. Su odradek ya no es azul, ni tampoco amarillo, sino rojo. Señal de peligro inmediato. No hay nada que pueda hacer. No tiene tiempo de correr. Es el fin. En un último acto instintivo, protege la cápsula del BB con su cuerpo.
  El EV gigantesco explota, causando una total devastación en la región de Central Knot City, y acabando con la vida de quienes allí se encuentran.

  Sam yace sobre el suelo arenoso de una playa. O, mejor dicho, de una Playa, con mayúscula, que no es lo mismo. La Playa es el acto final, el escenario que une la vida y la muerte. Todos los seres humanos tienen su propia Playa, en la que aparecen tras su fallecimiento. Desde allí, viajan a ese lugar desconocido, del que tanto se especula y nada se sabe, que es el mundo de los muertos.
  Sam va completamente desnudo. Cuando se pone en pie, podemos apreciar una cicatriz en forma de cruz que le cubre la zona donde debería estar su ombligo.
  El cielo está nublado. A su alrededor, todo es muerte y desolación. La orilla está plagada de innumerables peces muertos, e incluso tiburones, delfines y ballenas. Es un paisaje sobrecogedor. Y la guinda del pastel la ponen cinco siluetas oscuras que permanecen flotando, inmóviles, varios metros sobre el agua del mar.
  Sam encuentra un bebé tirado en la arena, llorando desconsolado. Cuando intenta abrazarlo, desaparece entre sus brazos, como si realmente se tratara de un EV. El bebé le deja varias marcas en el cuerpo, antes de encaminarse hacia el agua de la Playa, como se puede apreciar por las pequeñas huellas incrustadas en la arena.
  Antes de poder asimilar lo que está viendo, aparece una mujer rubia, de pelo largo, con vestido rojo y tacones, que canta una conocida canción infantil.
  —“London Bridge is falling down, falling down, falling down. London Bridge is falling down, my fair lady”.
  La mujer se adentra en el mar, ignorando a Sam. Él trata de seguirla…, pero, apenas ha puesto un pie dentro del agua, cae como si estuviera en mar abierto. En realidad, lo que ha hecho es transportarse a la Grieta.
  Vale, un nuevo concepto. ¿Qué es la Grieta? Ya sabemos que los humanos, al morir, deben pasar por la Playa. Sin embargo, Sam es lo que se conoce como “repatriado”; puede usar la Grieta para regresar al mundo de los vivos. Dicho de otro modo: Sam puede resucitar.

  Sam abre los ojos, confuso. Está en perfectas condiciones, como si nada hubiese pasado. No tiene ni un rasguño. Ha vuelto al lugar donde murió. Ya no hay rastro de Igor, ni del conductor, ni tampoco de la camioneta. De hecho, ha desaparecido gran parte de la región, pues en el lugar donde el cadáver sufrió la necrosis completa y apareció el EV gigante, ahora sólo hay una huella, con forma de mano, de dimensiones colosales. Toda el área se ha convertido en un cráter gigantesco. Normal que tuvieran tanta prisa por quemar el cuerpo…
  En realidad, todo apunta a que podría no ser la necrosis lo que causara por sí misma la brutal explosión, sino el momento en que el ente varado gigantesco absorbe a un ser humano. En ese instante, cuando la vida y la muerte se unen, cuando la materia se encuentra con la antimateria y la masa se convierte en energía, se crea un vacío, que es lo que provoca el cráter. Por eso mismo, Igor trató de quitarse la vida, en vano, para evitar ser absorbido y causar un vacío.
  Sea como sea, tenemos a Sam de vuelta en el mundo de los vivos. El BB sigue con él, y también parece en perfecto estado, gracias a que lo protegió con su propio cuerpo. Al reconectarse la cápsula al traje, Sam puede ver lo que a todas luces se trata de un recuerdo.

  El bebé duerme plácidamente dentro de su cápsula, flotando en líquido amniótico, cuando un hombre rubio se aproxima a él.
  —BB, ¿me oyes? Soy yo, papá.
  El hombre coge la cápsula en brazos y echa a correr, tratando de huir de allí.

  Tras esta corta visión, el porteador pierde el conocimiento.

Enlaces:

Parte 1: capítulos 1-3
Parte 2: capítulos 4-18
Parte 3: capítulos 19-38
Parte 4: capítulos 39-61

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