Final Fantasy X y la religión
Final Fantasy X y la religión
Fecha de publicación: 2 de marzo de 2022
Autor: Chris H.
Fecha de publicación: 2 de marzo de 2022
Autor: Chris H.

Final Fantasy X forma parte de los Grandes Final Fantasy, una sociedad selecta paralela a la saga Final Fantasy, y cuyos integrantes quedan a elección de cada uno. Esto no es un debate ni una competición. Lo que hace especiales a esos Grandes Final Fantasy, además de lo evidente (jugabilidad, música, aspecto visual, etcétera), es la elegancia y la magia con que tratan multitud de temas interesantes, así como la profundidad filosófica que destilan por todos sus poros virtuales. Sus pretensiones, más que satisfechas, superan a las de sus demás hermanos, también de gran calidad, aunque en un peldaño inferior. Una afirmación que podríamos extender a casi todos los demás videojuegos habidos y por haber.

Lo anterior era una opinión. Esto, en cambio, es una certeza: hay videojuegos, ya pertenezcan o no a esta saga, demasiado complejos como para osar englobarlos en una única temática. «Final Fantasy VII es un alegato ecologista», «Final Fantasy IX demuestra que no hay nada más valioso que la amistad», y un largo etcétera. Aunque ninguna de esas afirmaciones es falsa, son demasiado pobres como para hacer justicia a las obras que describen. En ese mismo error, el de reducirlos a una verdad a medias, caería si dijese que «Final Fantasy X trata sobre las religiones». Pero así es. Final Fantasy X, todo Final Fantasy X, de principio a fin, tanto cuando hablan de ello como cuando no, trata sobre la religión. Consigue hacerlo sin robarle protagonismo a otras claves fundamentales del argumento, como el amor entre el dúo protagonista, el dolor ante la muerte sembrada por Sinh o la tirante relación paternofilial de Tidus y Jecht. Por muy interesante que pueda resultar todo «lo demás», vamos a dejarlo de lado y a profundizar, cual artículo monográfico, en sólo una de sus muchas vertientes. La madre de todas ellas, si me preguntáis.

The Sending

Aunque en ningún momento pretende abandonar su condición de historia de fantasía, ni darnos moralinas baratas, lo cierto es que podemos extrapolar todo cuanto vemos en pantalla a la realidad que conocemos: nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestras religiones. Para ello, adoptamos el punto de vista de Tidus, un ignorante (sin carácter peyorativo), una hoja en blanco, en proceso de aprendizaje. No sólo está adquiriendo conocimientos, sino también aprendiendo a pensar.

Tras lo que podríamos considerar un prólogo, con la destrucción de Zanarkand, Tidus llega a Spira, una tierra que le es desconocida. Los habitantes viven atemorizados por Sinh, el mismo monstruo gigantesco que sembró el caos en el hogar de Tidus. «Supuestamente», cabría añadir, pues nadie cree su versión. Quienes entran en contacto con Sinh se ven afectados por una toxina que altera sus recuerdos y los hace enloquecer. Si es, o no, el caso de Tidus, no importa; lo que importa es que, al inicio del juego, conoce tanto de Spira como nosotros, los jugadores.

La sociedad de Spira está dividida entre aquellos que apoyan los mandamientos de la religión de Yevon, dirigidos por el clero, y los que actúan por su cuenta, como la raza albhed. Estos últimos recurren al uso de máquinas, prohibidas por el clero, lo que traslada esta «diferencia de opiniones» a un plano más peligroso, próximo a la guerra civil.

Es entonces cuando se nos presenta al elenco protagonista de Final Fantasy X, un grupo de lo más heterogéneo respecto a su mentalidad, aunque luego puedan llevarse a las mil maravillas. Sin necesidad de etiquetarlos de forma explícita, se nos muestra a cada uno de estos personajes como el adalid de cada una de las posturas que, tanto en Spira como en la vida real, adoptamos todos y cada uno de los individuos que formamos parte de la sociedad (lo cual sólo excluye a Tarzán). Vamos a analizarlos uno por uno, que es la mejor forma de comprender la forma en que Final Fantasy X traslada estas «etiquetas» al jugador.

Tidus (recién nacido)

«¿Yo era el único que no lo sabía…?»

La posición de Tidus ante este conflicto es perfectamente ambigua. Justo como debe ser. ¿Por qué? Porque a Square no le interesa mostrarnos su forma de pensar, sino dejar que le implantemos la nuestra. Tidus, sin dejar de hablar, sin perder su marcada personalidad, es un personaje con el que nos identificamos completamente. Ni siquiera hace falta que nos caiga bien. Lo que importa, lo que siempre debería importar para identificarnos con un personaje, es que veamos la vida con sus ojos, que oigamos con sus oídos y que comprendamos por qué actúa como actúa. Por eso, Tidus es un protagonista maravilloso, tanto para el «lector» como para el «escritor».

Tidus es el único personaje que nos da libertad y nos permite tomar decisiones. Todos los demás dejan clara su postura desde el primer momento (aunque más adelante en la historia comprobemos que no siempre han sido o serán de tal manera). No me voy a limitar a listarlos, sino que voy a ordenarlos en función de su afinidad a la religión de Yevon.

Wakka (fundamentalista)

«¡Sinh se irá cuando expiemos nuestros pecados!»

No es necesaria la evidencia, basta con tener fe. Hay que perseguir y castigar a quien opine diferente.
Todas las dudas que Wakka pudiese albergar en su interior, si es que era el caso, desaparecieron tras la muerte de su hermano Chappu. El pequeño de los dos hermanos decidió contradecir la fe de Yevon y usar máquinas para combatir a Sinh…, con trágico resultado. Desde entonces, Wakka odia a los albhed, así como a todo aquel que «provoque» la ira de Sinh.
Wakka no piensa; se limita a obedecer. Es el creyente perfecto. Confía en que, si siguen rezando y expiando sus pecados, Sinh desaparecerá. Eso afirma el clero, por lo tanto es una verdad incuestionable.

Con todo esto, Wakka no deja de ser una buena persona. O, al menos, una persona que se esfuerza por hacer el bien. Lo que él no sabe es que ese «bien» que busca puede no serlo tanto a largo plazo…

Yuna (creyente)

«Por eso he aprendido a sonreír cuando estoy triste.»

Yuna, como Wakka, se limita a asentir y obedecer. Siente que está haciendo lo correcto. Ambos se muestran más que dispuestos a dar su vida por la fe si es necesario, sin cuestionarse nada. Y, sin embargo, no son iguales. Tal vez lleguen a la misma conclusión, pero Wakka habla sin tan siquiera pensar, mientras que Yuna prefiere ser prudente. Se permite el lujo, incluso, de tener dudas. Dudas que encierra en su interior, pues antepone la felicidad de los demás sobre la suya propia, pero que, de vez en cuando, asoman la cabeza. Tal vez por eso sea incapaz de reír con naturalidad.

Si Wakka es un soldado del ejército de Yevon, Yuna es un arma.

Lulu (agnóstica)

«Hay muchas cosas que no conozco. Aún no sé qué pensar.»

Lulu es la duda personificada. Es inteligente, no juzga a quienes opinan diferente a ella, pero vive en el limbo de la indecisión. Se deja llevar por la sociedad, cuestionando todo cuanto la rodea pero con miedo a dar el paso. Se mantiene siempre en segundo plano, silenciosa, vigilante. Si la religión de Yevon no existiese, habría vivido su vida sin creer que le faltaba algo. Si hubiese otra religión mayoritaria, creería en ella tanto como en ésta. Vive la vida que le ha tocado vivir, sin más. Le da miedo que todo por cuanto ha luchado haya sido en vano, así que está dispuesta a llevarlo hasta las últimas consecuencias.

Al contrario que Wakka, Lulu no cree en la vida después de la muerte. Sabe que jamás se reencontrará con Chappu, del que, tal y como se insinúa en varias ocasiones, era pareja sentimental. No se esconde. Debe aceptarlo y seguir adelante.

Kimahri (indiferente)

«Kimahri usará máquinas si sirven para encontrar a Yuna.»

Kimahri Ronso adopta la posición más complicada de todas: mantenerse ajeno al conflicto. Obligado a marcharse de su hogar, ha hecho de la promesa de proteger a Yuna el único motivo de su existencia. No le importa absolutamente nada Yevon, el clero, Sinh o las máquinas. Sólo le importa Yuna. Si ella apoya la religión de Yevon, Kimahri lo hará. Si Yuna decidiera revelarse, el ronso sería su punta de lanza (casi literalmente).

Por desgracia, esto dice poco de él como individuo. Triste existencia la suya.

Auron (apóstata)

«Morid huyendo del dolor, o vivid y enfrentaos a él.»

Auron conoce bien la religión de Yevon, ya que fue miembro de los monjes guerreros, el brazo armado del clero. Sin embargo, terminó siendo desterrado y excomulgado por rechazar la mano de la hija de un sacerdote. La única persona que no le dio de lado fue el invocador Braska, el padre de Yuna, quien le ofreció viajar junto a él, como su guardián, para derrotar a Sinh. Este viaje cambió la vida y mentalidad de Auron más aún que su excomunión. Conocer los secretos más oscuros de la religión lo llevaron a rechazarla por completo.

Sin embargo, Auron también tiene una promesa que cumplir. Dos, de hecho. Prometió a Braska que acompañaría a Yuna en su propio peregrinaje, y a Jecht que cuidaría de Tidus. ¿Cómo puede cumplir sus promesas ahora que se posiciona en contra de la religión de Yevon? Muy fácil: dejando que sean ellos quienes vean la verdad con sus propios ojos. No adoctrinando, sino enseñando a pensar y mostrando evidencias.

Rikku (atea)

«¡No está bien obedecer sin pensar!»

Los albhed, raza a la que pertenece Rikku, se han propuesto destruir a Sinh a su manera: con máquinas. No conformes con eso, tratan de interponerse en los peregrinajes de los invocadores. Son el mal personificado… desde el punto de vista del bando contrario. Aunque todos somos los malos del cuento para alguien, ¿no? El miedo es la mejor herramienta de control. Es por eso que Rikku debe esconder su condición de albhed ante Wakka, ya que él no aceptaría viajar con alguien de su calaña. ¡Hereje!

No es casualidad que Rikku sea la más joven del grupo. El ateísmo, que no es ninguna creencia, sino la ausencia de las mismas ante la falta de evidencias de todas ellas, era minoritario hasta hace unos años (más que nada porque te torturaban y mataban por ello; cosa que sigue ocurriendo en muchos países de nuestro querido planeta Tierra). Tampoco es casualidad que sus métodos sean los más agresivos, ya que los albhed han sido perseguidos y vilipendiados durante décadas por renegar del dogma. Tienen derecho a defenderse…, aunque se conformarían con ser escuchados. Ay, si los creyentes estuviesen dispuestos a escuchar, cuántas cosas cambiarían…

Cabe remarcar que Rikku no es necesariamente atea, aunque sea el papel que desempeña en este debate del «metajuego». Al fin y al cabo, su mundo no es el nuestro, y la existencia de Sinh está más que demostrada.

Podemos extraer muchas reflexiones y conclusiones de Final Fantasy X, algunas de ellas inquietantemente literales, pues la historia de este juego, como la de todos, sean o no de fantasía, está basada, hasta cierto punto, en datos y sucesos reales. Habrá quien otorgue mayor importancia a ciertos aspectos de la historia y quien lo haga a otros diferentes. Habrá quien se sienta más identificado o coja más cariño a unos personajes u otros. Al final, lo que más importa, lo que nos afecta a todos, es lo maravillosamente bien implementados que están todos estos temas en el argumento del juego, sin lastrar ni un ápice su jugabilidad. Uno de los muchos motivos que lo convierten en una obra maestra atemporal del universo videojueguil.

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