EMN
Una historia de terror solo lo será mientras se pretenda empatizar con las víctimas. Esa misma historia deja de pertenecer al género de terror si el protagonista es el asesino, o si el espectador carece del factor «EMN»: empatía mínima necesaria. Esta es la causa de que a tantas personas les produzca risa el cine de terror. «¡Muerte, sangre, ja, ja, ja!». Una visión morbosa, pues no hay nada tan humano como la atracción por lo escabroso. Hablamos de un contexto ficticio, así que no vamos a juzgar a nadie por ello. En casos más avanzados de carencia de EMN podemos encontrar a los mayores fanáticos del humor negro: esos que tienen un chiste o un meme preparado para cada desgracia acontecida en el mundo. Ni siquiera permiten un lapso temporal para que pase el duelo. ¡Eso sería un error! Cuanto más reciente sea la tragedia, cuanto más afecte a poseedores de EMN, mayor es su hilaridad potencial. Y luego hay otro caso: el de los propios criminales reales. Sin importar cuál sea su conexión con dichas historias de terror, podemos afirmar que una versión de sí mismos, si no permanente, al menos temporal, adoleció de una ausencia flagrante y absoluta de EMN.
El autor de esta reflexión era el teniente Sergeev, uno de los cuatro tripulantes de la nave espacial rusa Zond 9, estacionada en la Luna. Sergeev, quien se consideraba a sí mismo «un filósofo en el cuerpo de un astronauta», sorprendía de vez en cuando a sus compañeros con ensayos acerca de temas inconexos, sin ninguna relación aparente con su campo de experiencia. Todo eso de la «EMN» no era más que el último de una larga lista de capítulos que pensaba publicar en forma de libro cuando regresasen a la Tierra. Todavía debían aguantar otros cien días terrestres en la superficie del satélite, extrayendo minerales y enviando datos, antes de volver a casa, por lo que tendría tiempo de sobra para seguir divagando y, así, ampliar más su proyecto. El teniente Sergeev no se conformaba con plasmar sus pensamientos sobre el papel, sino que insistía en compartirlos con el resto de la tripulación. Esta vez, el afortunado espectador sería el mayor Kuzmin, un hombre de paciencia infinita, al que, tras tanto tiempo trabajando juntos, Sergeev apreciaba casi como a un segundo padre. Kuzmin no se limitaba a escuchar, sino que aportaba su opinión crítica, siempre apreciada por el teniente.
—El concepto en sí me parece acertado —dijo Kuzmin tras escuchar el monólogo—. Pero no me convence la sigla.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Sergeev, decepcionado.
—Es demasiado confuso. Cualquiera perdería el interés en una historia que empieza con una explicación de algo llamado «EMN» —añadió entre las risas de ambos.
—Ya, supongo que tienes razón.
El teniente y el mayor siguieron disfrutando de su animada conversación, ajenos a las preocupaciones de sus compañeros, quienes, desde otra sala de la nave espacial, observaban las imágenes del exterior que les mostraban los seis monitores, alineados en dos hileras horizontales paralelas. El primero de estos hombres era el coronel Yakovlev, líder de la misión, además del más veterano y condecorado de los cuatro tripulantes. Lo acompañaba el doctor Antonov, subdirector del departamento científico de la Corporación Espacial Estatal rusa, también conocida como «Roscosmos».
—Sigo sin ver nada —dijo Yakovlev, con la mirada fija en la pantalla.
—Retrocede otra vez —le pidió el doctor Antonov.
El coronel situó la grabación en el punto exacto en que saltó la alarma de detección de movimiento. Para asegurarse, ya que era la cuarta vez que revisaban la misma escena, retrocedió un minuto más y redujo la velocidad a la mitad. Ambos permanecieron en silencio, en busca de cualquier mínimo detalle que hubiesen podido pasar por alto. Pero allí no había nada.
—Habrá sido un error —concluyó el coronel Yakovlev.
—Nunca había fallado —replicó Antonov, pensativo—. ¿Crees que pueda tratarse de un señuelo?
—¿Una señal intrusa de los americanos? —Yakovlev torció el gesto, sopesando aquella idea—. Tal vez estén tratando de boicotear nuestra misión. Informaré a la base terrestre, por si acaso.
La alarma de detección de movimiento volvió a activarse. Sin embargo, las imágenes en tiempo real de los monitores no variaron ni un ápice. Llegados a este punto, Yakovlev y Antonov empezaron a sospechar que una de las cámaras pudiese estar defectuosa y no mostrase más que una imagen estática donde ellos creían estar viendo el exterior en tiempo real. Era difícil de distinguir en un entorno como aquel, la superficie lunar, sin actividad de ningún tipo. Tal vez, conjeturaron, fuese ese mismo error el que disparaba la alarma de detección de movimiento sin motivo aparente. Para asegurarse, el coronel Yakovlev decidió salir a comprobar el estado de las seis cámaras que rodeaban la nave espacial. Mientras se preparaba, el doctor Antonov informó al teniente Sergeev y al mayor Kuzmin de lo sucedido. Los tres se agruparon en la sala de control, frente a los monitores, donde se mantuvieron a la espera.
El detector de movimiento no informó al sistema de vigilancia cuando Yakovlev apareció en la primera de las seis pantallas. La alarma estaba programada para ignorar la presencia de los trajes espaciales y demás herramientas que formasen parte de la misión. Sus compañeros le confirmaron por radio el buen estado de la cámara. A continuación, el coronel repitió el mismo proceso en las cinco restantes. Todas las cámaras daban muestras de funcionar a la perfección. Con el trabajo cumplido, Yakovlev regresó al interior de la nave. El siguiente paso para detectar el fallo, tal y como manifestó previamente, era informar de lo sucedido a la base terrestre. Por desgracia, esto tampoco sería posible, ya que la antena no daba señal. La comunicación se había caído. De nuevo, como ocurrió con la alarma del sistema de detección de movimiento, Antonov remarcó el hecho de que «nunca había fallado». Tantas casualidades comenzaban a tornarse en un motivo serio de preocupación.
La situación, lejos de mejorar, estaba a punto de volverse más compleja. Los seis monitores emitieron un pitido al unísono, acompañado por una misma alerta mostrada en todas las pantallas. Se trataba, una vez más, de la alarma del detector de movimiento. Pero ahí no acabó la cosa. En cuanto los cuatro se agolparon frente a los monitores, la imagen se pixeló tanto como para que cualquier forma o color se volviese indistinguible.
—¡He visto algo! —aseguró el mayor Kuzmin, señalando al monitor inferior derecho.
—¿Qué era? —preguntó Antonov.
—No estoy seguro. Parecía… una neblina concentrada.
Los cuatro tripulantes mantuvieron la mirada fija sobre aquel monitor, esperando que los gruesos y poco esclarecedores píxeles diesen paso a la imagen nítida original. Pero nada cambió, ni en esa ni en las demás pantallas. Entonces, los astronautas rusos oyeron un ruido metálico de origen desconocido. Todos guardaron silencio, inmóviles, mirándose los unos a los otros. El ruido apareció de nuevo. No estaban preparados para lo que se les venía encima.
—Es como si… alguien estuviese llamando a la puerta —observó el teniente Sergeev.
Todos coincidían en su parecer, pese a que no lo creían posible. ¿Cómo iba a haber alguien llamando a la puerta de su nave espacial, en mitad de la Luna? Si hubiese otra misión simultánea, fuese del país que fuese, lo sabrían. Aunque las naciones rivales tratasen de mantenerla en secreto, la habrían detectado tarde o temprano. Sin embargo, la cadencia y la intensidad de aquellos golpes no dejaban lugar a dudas. Salvo, quizá, una: ¿cuánta fuerza necesitaba un supuesto astronauta para que sus golpes retumbasen por toda la nave?
Yakovlev, convencido de que debía haber alguna explicación razonable detrás de aquel misterio, se preparó para volver a abandonar la nave espacial Zond 9. Solo Kuzmin permanecería en la sala de control, mientras que Antonov y Sergeev prefirieron observar desde el pasillo previo a la esclusa de aire. Este dispositivo, para quien no esté versado en el tema, se compone de una pequeña cámara con dos puertas herméticas, una de las cuales comunica con el exterior. No pueden ser abiertas al mismo tiempo, lo cual evita que el aire del interior y el exterior de la nave terminen mezclados. De lo contrario, sería imposible sobrevivir allí dentro, tal y como sucede en toda la superficie lunar…
En teoría.
Cuando Yakovlev abrió la segunda de las puertas herméticas, creyó estar sufriendo una alucinación, quizá debido a un fallo en el tanque de oxígeno. Sergeev y Antonov se preguntaron qué retenía al coronel en la puerta, pues, por algún motivo que no podían apreciar desde su posición, no se decidía a poner un pie en el primero de los escalones que conducían a la superficie lunar. Kuzmin ignoraba lo sucedido, ya que las cámaras enviaban imágenes borrosas a los monitores.
—¡Hola!
El coronel Yakovlev seguía sin dar crédito a lo que le mostraban sus ojos, que parecían haberse aliado con sus oídos para tejer un convincente engaño. Porque aquello debía de ser un engaño, claro. Era imposible. Era absolutamente imposible que lo que tenía delante, saludándolo con la mano, fuese una chica joven, de no más de veinte años, con el pelo largo, de tono rubio platino, recogido en dos trenzas. Sus inusuales iris de color púrpura no resultaban tan sorprendentes como el hecho de que careciera de un traje espacial adecuado para sobrevivir fuera de la atmósfera terrestre. De hecho, pese a hallarse a -20 ºC, vestía con poco más que unos jeans blancos rasgados, zapatillas del mismo color, y una cazadora de cuero y un top, ambos de color negro, que le dejaban al descubierto la cintura.
—¿Hola? —repitió la chica al no obtener respuesta—. Siento haberme presentado sin avisar, pero necesito un lugar donde esconderme durante un tiempo, y…
Yakovlev, absorto, ni siquiera era capaz de entender aquellas palabras. No porque no comprendiese, palabra a palabra, lo que pretendía decir aquella chica, sino porque su mente se negaba a asimilarlo. Rehusaba aceptar la situación que estaba viviendo. El teniente Sergeev, al notar que algo iba mal, quiso salir en busca a su superior, pero no podría hacerlo mientras este mantuviese la segunda puerta hermética abierta. Fuese lo que fuese que estaba contemplando, lo mantuvo en estado de absoluta perplejidad durante más de un minuto, hasta que, al fin, reaccionó.
Antonov, Sergeev y Kuzmin compartieron su estupefacción al ver al coronel regresar al interior de la nave… en compañía de una muchacha vestida con ropa de calle. Al pedirle explicaciones, la chica, que parecía llevar la situación con absoluta calma, les informó de que su nombre era Ae. Negaba pertenecer a alguna agencia espacial, organización gubernamental o sociedad alguna, en general. Definía su paso por ese lugar como «simple casualidad». Estaba huyendo. Escondiéndose. Y todo porque, al parecer, había roto algo. Y ese algo debía de ser importante, ya que, en cuanto lo descubrieran, alguien querría capturarla y hacérselo pagar. Cuánto misterio.
Los astronautas, hombres de ciencia y lógica, descartaron la idea de estar siendo víctimas de una broma por parte de Roscosmos. La Corporación Espacial Estatal rusa jamás recurriría a semejante pantomima para tomarles el pelo. Pero ¿qué otras posibilidades quedaban? Eran demasiado conscientes de la situación como para creer que estaban soñando. Todas sus comprobaciones daban un mismo resultado: se hallaban en la Luna, sin margen de dudas. No podía ser un plató de televisión ni un escenario ficticio. Llevaban varios meses allí, cumpliendo con su misión. Aquello había sucedido de verdad, tal y como indicaban el diario de a bordo y demás documentos de la nave. Por mucho que les emocionara la idea de haber establecido contacto con vida inteligente alienígena (pese a su aspecto humano y hablar ruso con fluidez), Ae negó ser una criatura lunar. Según ella, procedía de un lugar mucho menos místico: Finlandia. Era un dato tan convencional, dentro de toda aquella anormalidad, que, en cierto modo, les hizo gracia. Tendrían que conformarse con saber su supuesta nacionalidad, pues era todo cuanto estaba dispuesta a compartir con ellos por el momento. Nadie ajeno a la misión estaba autorizado a permanecer en el interior de la Zond 9. Todo lo que sucedía allí era secreto de Estado. Pero, por supuesto, eso no significaba que estuviesen dispuestos a abandonar a una persona en mitad de la Luna. Y menos aún a una chica inmune a las temperaturas extremas y a la falta de oxígeno. Ya habría tiempo de descubrir cómo llegó hasta allí. Por ahora, solo podían pensar en los grandes aportes para la ciencia que obtendrían al ponerla en manos de los mejores científicos de su madre patria. Bajo este pretexto, el doctor Antonov logró convencer a sus tres acompañantes: Ae se quedaría con ellos hasta su aún lejano regreso a la Tierra.
Eso, en cualquier caso, era lo que habría sucedido si todas las condiciones les hubiesen sido favorables. La realidad no sería tan benévola.
Kuzmin alertó a sus compañeros en cuanto observó las señales anómalas del ordenador. Esta vez no se trataba de un pequeño fallo de imagen. De hecho, el problema ni siquiera nacía de la nave y sus alrededores. Era algo mucho más grave.
—No puede ser… —dijo para sí mismo.
Una conclusión con la que sus camaradas, tras revisar los datos, estuvieron de acuerdo. Sin perder ni un segundo, Yakovlev, Sergeev y el propio Kuzmin se enfundaron sus trajes de astronauta, para poder confirmar (o, si todo iba bien, desmentir) aquella imposibilidad que parecía indicar el ordenador. Antonov fue el único que permaneció dentro de la Zond 9, en el enésimo intento de establecer comunicación con la base terrestre. No serviría de nada. Esa base ya ni siquiera existía. Los tres cosmonautas rusos se quedaron petrificados al contemplar el estado del planeta Tierra. Incluso desde esa distancia, se podía apreciar el humo, el fuego, los destellos de las explosiones… En definitiva: los efectos de una guerra nuclear a escala global. Una destrucción sin precedentes. El fin de la raza humana.
El coronel Yakovlev sintió que le faltaba el aire. El mayor Kuzmin rompió a llorar al acordarse de su familia. El teniente Sergeev cayó sobre sus rodillas, con la cabeza enterrada entre los brazos. Esos cuatro hombres eran los últimos humanos con vida.
Ae no se mostraba tan afectada, habrá quien afirme que por carencia de EMN, pese a la convicción de que, tarde o temprano, tendría que pagar las consecuencias. Al fin y al cabo, aquello no habría sucedido sin su desafortunada intervención. Huir a la Luna solo le haría ganar algo de tiempo. Hasta que llegase el momento de reanudar la huida, Ae se aseguraría de disfrutar del espectáculo. Por eso, mientras los rusos eran testigos de cómo el bello color azul de la Tierra iba adquiriendo un apagado tono grisáceo, la chica se sentó en una silla de playa a comerse una bolsa de pipas. Pipas ya peladas, claro, pues no sería de buena educación llenar la superficie lunar de cáscaras chupadas. Y menos aún después de haber provocado la destrucción de la Tierra.
De repente, Ae notó una mano sobre su hombro. No necesitó girarse para saber de quién se trataba. La había subestimado. Si bien es cierto que no esperaba ser descubierta tan pronto, tampoco fingiría sorpresa. Estaba preparada para actuar. Con movimientos pausados, la joven de rasgos nórdicos guardó la bolsa de pipas en el bolsillo de su cazadora y comenzó a levantarse de la silla de playa.
—Puedo explicarlo…
Pudiera o no, lo cierto es que no pensaba hacerlo. En cuanto notó que la mano se despegaba de su hombro, Ae salió corriendo en dirección opuesta a la nave espacial. Confiaba en poder dejar atrás a su perseguidora, aunque no sabía adónde iría a continuación. Por desgracia, su intento de fuga duró poco. El suelo se elevó ante ella, formando un muro de piedras enormes y afiladas. Ae podría haberlo esquivado sin muchas complicaciones, pero optó por frenar en seco y darse por vencida. Si ella también participaba en la persecución, no tenía nada que hacer. Dicho de otro modo: si Ae se resistía, podía enfrentarse a una insoportable tortura física, al cercenamiento de sus extremidades o, en el peor de los casos, a la descomposición de su materia. Una manera poco agradable de despedirse de la vida.
Así fue como Ae acabó aprisionada en un lugar remoto de la galaxia, lejos de todo planeta, estrella o forma de vida. Un castigo que, tras un largo periodo de tiempo, está a punto de llegar a su conclusión. El daño ha sido reparado. Es el momento de que Ae demuestre que es merecedora de una segunda oportunidad. Más le vale aprovecharla, pues no habrá una tercera.
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