Fecha de publicación: 23 de junio de 2024
Autor: Chris H.
Categoría: Ae
Etiquetas: Ae
Fecha de publicación: 23 de junio de 2024
Autor: Chris H.
Categoría: Ae
Etiquetas: Ae

Despecho

  ¿Tienes miedo a las alturas? No deberías. Para ya, por favor. Te estás causando un estrés innecesario y es incómodo para los demás. Qué bochorno.
  ¿Te parece una petición absurda? Lo mismo sucede si tratas de contrarrestar la tristeza de alguien con palabras de ánimo. O si te interpones en el camino sagrado entre un ser humano y su preciado inodoro. Deja que salga (expresión que vale para ambos casos).
  Curiosamente, es posible interferir en la vida de un individuo para producir los tres efectos opuestos. O para producir los tres efectos, a secas. Un laxante acelera la expulsión de la materia fecal. Si lo que quieres es poner triste a alguien, las opciones son casi ilimitadas. Por ejemplo, dale mucho laxante a ese alguien justo antes de un evento importante. Dos pájaros de un tiro.
  Inducir miedo a las alturas no es diferente. Por mucha confianza que tenga esa persona, basta con estar en el lugar y momento adecuados para hacerle ver la vida de otro color. De uno muy oscuro. Incluso para ponerse triste y cagarse de miedo. Pero no vayamos a lo escatológico.
  Damián estaba tumbado en el suelo del avión, con la cabeza junto al hueco de la puerta. Bueno, de donde debería estar la puerta, antes de que Ae la derribase de una patada. Ahora, la puerta del avión yacía en el fondo del mar, un lugar nada apropiado para colocar una puerta. Y menos la de un avión.
  Las trenzas de aquella chica se agitaban con la furia del viento mientras inmovilizaba a Damián contra el suelo. La fuerza que ejercía su antebrazo sobre el cuello enrojecido del hombre era suficiente para que hubiese renunciado a cualquier tentativa de escapar. Él aún llevaba puesta la mochila del paracaídas, pero de nada le serviría en su situación actual. Ae era más peligrosa que la fuerza de la gravedad. Sin embargo, la chica estaba enfocando todos sus esfuerzos en salvarle la vida. Lo necesitaban. Al fin y al cabo, aquel hombre era el piloto de la avioneta.
  Debería haber sido un viaje tranquilo. Los ocho ocupantes, todos ellos hombres y mujeres de negocios, habían sido invitados a una isla privada para celebrar el cumpleaños de un viejo magnate de la industria ferroviaria. Es allí donde debería haber comenzado este relato, con un argumento misterioso e intrigante, centrado en la resolución de un asesinato. El dueño de la isla aparecería muerto en mitad de la noche, los demás tendrían que investigar, etcétera. En fin, lo que es un thriller a la vieja usanza. Os prometo que era realmente interesante.
  Pero todo se torció en mitad del vuelo, cuando sucedió algo inesperado. El piloto decidió ignorar el guion del relato y llevar a cabo su propio crimen. Un crimen de venganza. Os cuento, que tiene miga.
  Los empresarios estaban acostumbrados a tomar vuelos privados. Eso implicaba que los pilotos debían pasar tanto tiempo en el destino como sus contratantes. Mucho tiempo lejos de sus familias. No sé si me seguís. Vamos, que el piloto y uno de los empresarios acabaron compartiendo algo más que palabras y miradas. Lejos de esa zona de confort en la que, se supone, deberíamos sentirnos a gusto, hallaron la auténtica libertad. La libertad de amar sin barreras de género. Se hicieron promesas. Y las incumplieron.
  El empresario juró que dejaría a su mujer, por quien aseguraba no sentir nada, para iniciar una nueva vida junto al piloto. Cuál fue la sorpresa de este último cuando descubrió que, lejos de cumplir la promesa, el empresario llevaba meses viéndose en secreto con otra de las empresarias. ¡Qué bribón!
  Al piloto le costó aceptarlo. Cuando tuvo ante sí las pruebas fotográficas, su mundo se vino abajo. Había sido engañado y ridiculizado. Por suerte, se presentó ante él la oportunidad de vengarse. No solo de los empresarios amantes, sino de todos los que eran como ellos. Actuaban como si el mundo les perteneciera. Como si el resto de la humanidad existiese para ser utilizados. Al final resulta que, en el capitalismo, los productos son las personas.
  Damián, el piloto, elaboró un plan sencillo e infalible. En algún punto, a mitad de trayecto, saltaría de la avioneta en paracaídas. Nadie sobreviviría al accidente.
  Pero no había contado con la presencia de Ae. Nadie lo hizo, de hecho. ¿Qué pintaba allí? Ni yo lo sé. En cualquier caso, fue la única con los reflejos suficientes como para evitar que el piloto abandonase la avioneta. También era la culpable de que ya no hubiese puerta, lo cual resultaba un poco confuso. Sabemos lo que pretendía él, pero ¿qué pretendía ella? En fin, quizá sea mejor no saberlo.
  —¿Estás dispuesto a dejar que mueran vidas inocentes por un mal de amores? —recriminó al piloto.
  —¡Ninguno de ellos es inocente! —se defendió Damián—. ¡Y no sabía que tú ibas a bordo!
  —No lo digo por mí —replicó Ae—. ¡Lo digo por ella!
  La chica señaló hacia el final del pasillo. Allí, tumbada en el suelo, entre dos asientos, había una pequeña caniche de pelaje marrón.
  —¿La perra? —preguntó Damián, confundido.
  —¿Qué culpa tiene ella? —protestó Ae.
  Pese a la evidente gravedad de la situación, el hombre se tomó su tiempo en responder.
  —Ninguna —dijo al fin.
  —Ni siquiera te lo habías planteado —insistió Ae.
  —No —reconoció, avergonzado.
  —Y luego soy yo la cruel e insensible…
  Sin previo aviso, Ae arrojó al piloto, aún equipado con la mochila del paracaídas, a través del hueco de la puerta. No quería intervenir en el devenir de los acontecimientos. Le bastaba con salvar a la caniche, víctima de las maquinaciones humanas.
  La chica de trenzas gemelas recorrió el pasillo en silencio, con calma, lo que contrastaba con la expresión y gritos de pavor de todos los demás pasajeros. Al llegar ante la perrita, se puso de cuclillas.
  —Tú te vienes conmigo.
  La caniche no se resistió al abrazo de Ae, quien enseguida realizó el trayecto inverso, hasta la no-puerta. Para ellas no había paracaídas, aunque tampoco lo necesitarían. Ae se aseguró de que la pequeña caniche marrón estuviese bien aferrada entre sus brazos y saltó al mar.
  Y aquí acaba este relato. La historia del asesinato en la isla del magnate ferroviario habría sido más larga y emocionante, pero el piloto se empeñó en desbaratarla. Culpa suya. Al menos, la perrita está a salvo. Es un fi… Perdón, me interrumpió el sonido de una explosión. Decía que es un final feliz.


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