Chiste
¿Os sabéis este chiste?
Una canadiense, una finlandesa y una coreana entran en un bar. La primera pide un café. La segunda asesina al camarero. La tercera recolecta su energía vital.
Espera, ¿seguro que era un chiste?
La canadiense se enfada porque tardan mucho en servirle el café. Ignora el horrible destino que ha sufrido el hombre al que se lo encargó. La finlandesa se enfada por tener que perder el tiempo con sus dos hermanas. Se siente cohibida y vigilada. La coreana ya parecía enfadada de antes, incluso sin necesidad de estarlo. Es así, y punto.
Los demás clientes huyen atemorizados al descubrir el cadáver en el cuarto de baño.
La canadiense reprende a sus dos hermanas por lo que han hecho. «Podíais haberme avisado». La finlandesa se encoge de hombros, indiferente. «Se lo merecía». La coreana observa a través de la ventana, impaciente. «¿Por qué tardan tanto?».
Ruido de sirenas a lo lejos.
La canadiense se pone en pie, con intención de escapar. La finlandesa le pide que vuelva a sentarse, pues, según ella, no tienen motivos para huir. La coreana no aparta la vista de la ventana, con expresión aburrida.
La policía ha rodeado la cafetería.
La canadiense se sirve el café ella misma. Irlandés. La finlandesa arrastra el cadáver desde el baño hasta la entrada, dejando un leve rastro de sangre por el camino. La coreana permanece sentada, mirándose las uñas.
Uno de los agentes de policía, equipado con un megáfono, les pide que liberen a los rehenes.
La canadiense da un trago a su café, apoyada sobre la barra, como si todo aquello no fuese con ella. La finlandesa deja salir al cocinero y a la otra camarera, los únicos que aún permanecían en el local. La coreana memoriza la cantidad de agentes y su posición exacta para evitar hacerles daño por accidente.
Si esto es un chiste, nadie se ríe.
La canadiense había decidido acompañar a sus dos hermanas pequeñas sin haber sido invitada. La finlandesa jamás invitaría a su hermana mayor, pues era demasiado impredecible; todo lo contrario que la menor. La coreana no quería ser invitada, ya que solía verse arrastrada por los arrebatos violentos de la mediana de aquellas tres inusuales hermanas.
Los agentes de policía empuñan sus armas. El tiempo de negociación está a punto de terminar.
La canadiense abandona el bar con una sonrisa deslumbrante iluminando su rostro. Nadie se interpone en su camino. De hecho, algunos agentes deciden acompañarla para protegerla. ¿De quién? La finlandesa arroja el cuerpo sin vida del camarero a los pies del hombre que grita desde el megáfono. Aunque ellos todavía no lo saben, es un hombre buscado por la policía. La coreana respira aliviada al suponer que aquella situación está próxima a alcanzar una conclusión, sea cual sea. No le preocupa tanto lo sucedido como lo que puede llegar a suceder.
Durante unos segundos, se hace el silencio.
La canadiense susurra a los agentes que la acompañan que pronto entenderán todo. En realidad, ella tampoco está convencida. La finlandesa explica, en pocas palabras, los motivos que la han llevado a cometer semejante crimen. En realidad, no le importa que lo comprendan. La coreana será quien defienda la supuesta «justicia cósmica» detrás de dicho acto, cuando su hermana se vea obligada a justificarse ante ciertos poderes superiores. En realidad, puede que ambas sean cuestionadas por igual.
Una semana antes, el fallecido provocó el incendio de varias hectáreas de bosque debido a una imprudencia grave. Lejos de avisar a los bomberos, huyó del lugar para que nadie pudiera identificarlo. Incontables formas de vida vegetal y animal pagaron las consecuencias. Otra nueva cicatriz para la vetusta y cansada madre Tierra.
La canadiense, que, en realidad, no nació en Canadá, preferiría haber obligado al camarero a confesar. Ella misma podría haberlo logrado con solo pedírselo amablemente. La finlandesa, que, en realidad, no nació en Finlandia, considera que los juicios humanos no tienen valor en absoluto dentro del orden de la naturaleza. La confesión del camarero no habría rebajado su ansia de venganza; solo la habría prolongado. La coreana, que, en realidad, no nació en ninguna de las dos Coreas, sabe que no hay la menor diferencia entre la vida y la muerte de un único individuo, o incluso de toda su especie; pero también sabe que ninguna de ellas está allí para alterar la energía del planeta Tierra, sino única y exclusivamente para supervisarla.
Los agentes de policía observan las pruebas presentadas por aquella chica tan confiada y osada. No hay lugar a dudas: aquel tipo fue culpable del incendio. Pero eso, por supuesto, no justifica asesinarlo a sangre fría en un bar. Bueno, ni en ningún otro sitio.
La canadiense tiene dudas. La finlandesa cree que sí está justificado. La coreana cree que no lo está.
Algunos agentes de policía no opinan, como la canadiense. Otros opinan como la finlandesa y otros como la coreana. Pero no deben permitir que sus valores morales obstaculicen su trabajo. Les pagan por actuar, no por pensar. Sirven al dinero, viven por y para el dinero. Odian toda corriente económica o política que se oponga al dinero como amo y señor, pues eso pondría en entredicho, ya no sus valores morales, sino su propio valor como seres humanos que viven en sociedad.
La canadiense observa desde lejos cómo algunos, solo unos pocos, de esos agentes de policía tratan de convencerse a sí mismos y al resto de que la conducta de aquella asesina es reprobable y, por lo tanto, merece ser arrestada y juzgada. La finlandesa, que sabe que en ningún caso será arrestada y juzgada, sin importar la conclusión a la que lleguen todos aquellos agentes, alberga la esperanza de que la traten como lo que es: una heroína. No es que necesite la aprobación de seres inferiores, pero ha concluido que sería lo apropiado. La coreana podría explicarle una y mil veces que resulta imposible ganarse el corazón de las personas con miedo, pero jamás llegarían a un entendimiento. Para empezar, porque a la hermana mediana nunca le ha interesado ganarse el corazón de los seres humanos. Ni siquiera los considera dignos de ello. Si no estuviese obligada a cuidarlos…
Qué disyuntiva tan problemática. Si la planta llora al intentar cortarle las hojas secas, nunca sanará. Pero ¿quién es el jardinero o jardinera para decidir el destino de la planta? ¿Alterar la naturaleza es un acto de amor o de egoísmo? ¿Es ambas cosas? ¿No es ninguna?
Ah, pero no olvidemos que esto es un chiste.
Una canadiense, una finlandesa y una coreana entran en un bar. El planteamiento está claro. El desarrollo, pese a ser confuso por momentos, no resulta difícil de seguir. ¿Por qué nadie ríe, entonces? Podría ser que el chiste fuera malo. Podría ser que no lo hayamos entendido. Pero el motivo es otro: el chiste no ha terminado. La gente ríe al escuchar el remate del chiste, no antes. Por lo tanto, ¿qué es lo que define al chiste? ¿Tal vez el remate sea al chiste lo mismo que la muerte a la vida? ¿Podemos reír mientras estemos vivos o debemos esperar a la muerte? Si la muerte define la vida, ¿podría una criatura inmortal llegar a comprender el significado de vivir, salvo en la existencia de quienes le rodean? ¿Podría alguien comprender su propia existencia en algún momento previo a su muerte?
O quizá sea un planteamiento erróneo. Quizá el chiste lleve siendo un chiste desde que empezó. En ese caso, este relato no os habría mentido. «Una canadiense, una finlandesa y una coreana entran en un bar». Ahí tenéis el chiste. Todo lo posterior es circunstancial. ¿Qué importancia tiene, por lo tanto, la muerte del camarero? ¿Qué importancia tiene la actuación de la policía? La tendría, claro está, en otro contexto, pero no en un chiste.
Si el chiste solo cobra relevancia tras su conclusión, todo lo anterior es superfluo. Si el chiste es chiste desde su inicio, todo lo que sigue es superfluo. La canadiense lo sabe. La finlandesa lo sabe. La coreana lo sabe. Partiendo de una misma base, cada una de ellas toma decisiones distintas y actúa de forma diferente. ¿Es el chiste cómo reaccionamos ante el chiste? ¿Existe, pues, un chiste por cada persona que lo escucha?
Para la canadiense, el chiste terminó tan pronto como perdió el interés. El remate no le hizo gracia. Para la finlandesa, el chiste nunca terminará mientras su propósito siga adelante. Ella es su propio remate. Para la coreana, el chiste jamás empezó, dado que sabía cómo terminaría. Sin remate, nada importa. Yo tengo mi propio punto de vista. Tú tienes tu propio punto de vista. Estos cinco puntos de vista listados, así como los del resto de personajes que aparecen en el relato o los de las personas reales que lo lean, son igual de válidos. Coexisten en paralelo, de un modo no excluyente.
Podríamos terminar así.
O también podríamos terminar así:
—Por eso —concluyó Ae, esgrimiendo la reflexión filosófica previa como escudo—, no tendría ningún sentido castigarme por lo que estoy planeando hacer.
Rucusire le sostuvo la mirada, de una forma analítica, sin prejuicios, antes de darle su opinión sincera.
—Es una excusa más bien pobre para matar a alguien, unnie —sentenció.
—No solo es una excusa pobre —añadió Suné, sonriente—. Diría, incluso, que esa excusa es un chiste.
Ae soltó una carcajada.
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