Análisis: The Legend of Zelda: Phantom Hourglass

Cada vez que Nintendo anuncia un nuevo Zelda, la ansiedad por jugarlo me embarga.

Y cada vez que publican un nuevo vídeo o imágenes, esa ansiedad aumenta exponencialmente.

Hace ya ni sé el tiempo que este juego fue anunciado, y nada más verlo me llegó a la mente la cantidad de horas que me pude tirar siendo niño para acabarme el Link’s Awakening de Game Boy (en esa época si te atascabas no estaba Internet para decirte la solución).

La saga de Zelda siempre ha sido un sinónimo de calidad (menos el Majora’s Mask, ¡odio ese juego!), y últimamente, con cada lanzamiento surgía cierta controversia entre los jugones: como que si la apariencia del Wind’s Waker era muy infantil, que sí el Twilight Princess de Wii tenía gráficos de GameCube,etc.

La controversia con éste juego surgió cuando se supo que el sistema de control, completamente táctil (bueno, se usa el botón L para usar objetos y la cruceta para Inventarios), y unas declaraciones de Miyamoto diciendo a los habituales de la saga que le dieran una oportunidad.

Estas declaraciones no las entendí en su momento y sigo sin entenderlas ahora, creo que lo único que consiguieron fue crear desconfianza, pero bueno.

Hace un mes pude comprarme este juego, y ahora que lo he concluido me siento capaz de criticarlo con pleno derecho.

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