Relato: Por un pasaje

Por un pasaje

  El barco más rápido de los siete mares, una bandera tan respetada como temida, cofres repletos de joyas y doblones, una tripulación unida y leal, y, por supuesto, las mujeres más bellas que cualquier hombre hubiera visto jamás. Todo ello, con el beneplácito del rey de Inglaterra, quien pronto lo nombraría caballero. Fogg se había convertido en una leyenda viva entre los corsarios y piratas, héroe nacional; no tanto para los exploradores extranjeros, especialmente aquellos que osaban ondear la Cruz de Borgoña.
  Y todo lo había logrado en un abrir y cerrar de ojos. Concretamente, los poco más de dos minutos que duró aquel sueño, antes de que los berridos de Lidenbrock lo devolvieran al mundo real.
  —¡Despierta, tarugo mohíno!
  —¿Qué cojones pasa? —preguntó Fogg con desgana, sin girarse ni abrir los ojos.
  —¡Un barco! —exclamó Lidenbrock.
  Fogg se incorporó de golpe, creyendo que estaban siendo atacados. Sin duda, se trataba de un instinto remanente tras tantos años en alta mar. Pronto comprendió que se equivocaba. Era imposible que nadie quisiera atacar su navío, pues no existía tal cosa. El “cómodo lecho” sobre el que dormía no era más que hierba aplastada bajo la sombra de una palmera. Aquella pequeña isla desierta, con su cada vez más escasa vegetación, era lo único que les quedaba. Y así creían que vivirían sus últimos días.
  Hasta que apareció el barco.
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Relato: Invisible

Invisible

  Aquel día empezó como tantos otros: con el tono predeterminado del teléfono móvil interrumpiendo sus pocas horas de sueño.
  —Hergueta, ¿estás disponible? —preguntó una voz que no le costó reconocer.
  —Siempre —respondió con tanta firmeza como pudo reunir.
  —Tienes que ver esto, en serio.
  —¿Ver qué?
  —Es mejor que lo veas en persona, porque no me vas a creer. ¿Puedes acercarte a la Plaza Mayor?
  —Estoy ahí en quince minutos —concluyó antes de colgar.
  Salió de la cama de un salto, con el ánimo recuperado. Eran más de las diez de la mañana, lo que significaba que su mujer ya debía de estar en la tienda. Cuanto menos supiera, mejor. No es que estuviese haciendo nada ilegal, pero ella se preocupaba demasiado sin motivo, así que prefería mantener aquellos avisos puntuales en secreto.
  El excomisario Fidel Hergueta había recibido una jubilación anticipada, en contra de su voluntad, después de que los psicólogos del Cuerpo Nacional de Policía hubieran determinado que “podría no estar capacitado para continuar desarrollando sus labores al mando de la unidad”. Fidel hizo todo lo posible por hacer cambiar de opinión a sus superiores, pero lo único que consiguió fue que le concedieran un cargo especial, casi simbólico, como era el de consejero de la comisaría de Madrid Centro, donde había pasado la mitad de su vida laboral. En realidad, no tenía obligaciones de ningún tipo, pero se le permitía visitar la comisaría tantas veces como quisiera (que eran muchas), aconsejar a los más jóvenes o aportar su punto de vista experto en según qué tipo de casos.
  Fidel, o Hergueta, como todos lo llamaban, era muy querido entre los más veteranos de la comisaría. Sin embargo, no podía evitar notar que su aportación decaía con el paso de los meses, especialmente con la llegada de nuevos agentes, demasiado autosuficientes y seguros de sí mismos como para requerir la presencia de un “consejero”.
  Enrique era su último enlace con el Cuerpo Nacional de Policía. Cuando él se jubilara, o si cambiaba de destino, se acabarían las llamadas, los consejos y, probablemente, también las visitas a la comisaría. Enrique los jubilaría a ambos. No era el único que pedía su opinión, pero sí era, sin ninguna duda, el único que no lo hacía por lástima o por sentirse presionado. Si dependiera de él, Hergueta seguiría siendo comisario.
  Cuando Fidel llegó a la Plaza Mayor, no vio nada fuera de lo común. Gente, mucha gente, caminando de un lado para otro, sumidos en sus pensamientos, sin molestar a nadie.
  —¡Aquí! —exclamó Enrique, acompañándolo de un silbido.
  Su compañero estaba en medio de la plaza, haciéndole gestos con un brazo. No fue hasta que estuvo a su lado cuando por fin pudo ver el cuerpo que yacía en el suelo. Era un hombre de mediana edad, al menos en apariencia, con barba desaliñada y vestido con ropas andrajosas.
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Relato: 2019-nCoV

2019-nCoV

  Cada mañana, Zhao encendía el televisor de su pequeña sala de estar, esperando oír buenas noticias. Necesitaba algo más que planes y promesas. Su vida dependía de ello. Pero las buenas noticias nunca llegaban. En los mejores días, la situación permanecía estable dentro de la gravedad. El resto del tiempo, no hacía más que empeorar.
  Zhao ni siquiera estaba seguro de cuándo y dónde contrajo la enfermedad. Llevaba una vida normal, trabajando, saliendo de vez en cuando con sus amigos… Incluso acababa de conocer a una chica, con la que tenía esperanzas de llegar a algo más. Pero todo eso se truncó. Sus vidas, las de absolutamente todo el mundo, dieron un vuelco el día que se hicieron públicas las primeras cifras de infectados por el virus 2019-nCoV.
  Después, llegó la cuarentena. Una situación que Zhao, hasta ese momento, únicamente había visto en películas, y que ahora vivía en sus propias carnes. Una medida exagerada, en su ignorante opinión. Porque, en teoría, el brote se había originado en la ciudad de Wuhan, y todos los enfermos estaban ya siendo tratados en los hospitales de aquella ciudad. ¿Por qué, entonces, el gobierno chino había decidido poner en cuarentena toda la provincia de Hubei?
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Relato: Soledad

Soledad

  Ambiente festivo. Calles decoradas de forma excesiva y hortera. Villancicos. Gente. Mucha gente. Grandes árboles iluminados con luces parpadeantes. Referencias religiosas cada vez más adulteradas. Sí, definitivamente había llegado la Navidad. Únicamente restaba la nieve para completar el prototípico paisaje navideño idílico.
  Para casi todo el mundo, era una época de felicidad inexplicable. Para Lorena, ese 23 de diciembre no era sino un día más.
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Relato: Mayo

Mayo

  AD3721050 se convirtió en la imagen visible del movimiento por los derechos de los androides. No era el modelo más moderno, ni el más extendido entre los organismos del Estado, pero se había ganado el corazón del pueblo gracias a un vídeo viral en el que un empleado, despedido poco después por revelación de secretos, mostraba las deplorables condiciones en que estaban almacenados cuando se encontraban fuera de servicio.
  Aquello fue suficiente para que quienes exigían su liberación, e incluso una equiparación de derechos, ganasen el apoyo popular de decenas de miles de ciudadanos, hasta entonces ajenos a todo debate sobre el tema. Apelar al corazón suele dar mejores resultados que apelar a la lógica, del mismo modo que conmueve más corazones ver un único vídeo de un perro apaleado, que atender a mil y una charlas sobre los horrores del abandono animal.
  En el vídeo difundido por el exempleado, se podía comprobar cómo las unidades AD3721050, nombre en clave “Mayo”, pese a su aspecto idéntico al que tendría un hombre humano en su treintena, eran tratadas peor que objetos desechables. Que estuvieran todos apelotonados, inmovilizados y a oscuras, no era tan grave como el hecho de que no podían ser desactivados. Es decir, que los androides pasaban todo el tiempo de su encierro sin poder moverse ni un centímetro, en condiciones deleznables, y siendo conscientes de ello.
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Relato: Quizá algún día

Quizá algún día

  La ciudad de El Havre, al noroeste de Francia, se convirtió durante un par de horas en el hogar de los sueños y esperanzas de muchas mujeres. Concretamente, el estadio de fútbol elegido como una de las sedes para albergar el Mundial femenino de fútbol de la FIFA. Poco más de noventa minutos, en los que la discriminación perdía todo su sentido, como si jamás hubiera existido.
  Las jugadoras saltaron al campo llenas de nervios, pero con la confianza y la tranquilidad de saber que las miles de personas que gritaban desde las gradas, y todos aquellos que lo hacían desde sus casas, sentían por ellas el mismo respeto que merece cualquier otra persona en cualquier otro deporte.
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Relato: Descenso a la fama

Descenso a la fama

  Sus más de cincuenta vídeos subidos a una plataforma multimedia de Internet, no sumaban más de ochocientas visualizaciones en total…, de las cuales, probablemente, la mitad fueran suyas.
  Aun así, Luis no se rindió.
  Sus numerosos fracasos, si esa palabra es válida para un chico de catorce años, le hicieron comprender que no bastaba con intentar imitar a los influencers famosos. Él no tenía su labia, su belleza, su dinero ni su suerte. Luis comprendió que, para hacerse famoso, tendría que ofrecer a los espectadores algo diferente.
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Relato: Demasiado tarde

(El siguiente relato ha sido creado a partir de una idea propuesta por @Cris_Serendipia a través de Twitter.)

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Relato: Racha de suerte

(El siguiente relato ha sido creado uniendo las ideas propuestas por los lectores.)

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