Relato: Soledad

Soledad

  Ambiente festivo. Calles decoradas de forma excesiva y hortera. Villancicos. Gente. Mucha gente. Grandes árboles iluminados con luces parpadeantes. Referencias religiosas cada vez más adulteradas. Sí, definitivamente había llegado la Navidad. Únicamente restaba la nieve para completar el prototípico paisaje navideño idílico.
  Para casi todo el mundo, era una época de felicidad inexplicable. Para Lorena, ese 23 de diciembre no era sino un día más.
  Salió de trabajar cuando el reloj estaba a punto de alcanzar las seis de la tarde. O más bien “de la noche”, pues el solsticio de invierno traía consigo los días más cortos del año. Pese a ser lunes, las calles estaban abarrotadas…, y eso no la hacía sentirse cómoda.
  Desde hacía años, Lorena empezó a desarrollar una sensación de hostilidad cada vez que salía de casa. No porque ella lo buscara, sino por todo lo que había sufrido en el pasado, y, de distinta manera, seguía sufriendo en el presente.
  De pequeña, Lorena sufrió acoso escolar. Creció siendo una chica solitaria. Sus pocos amigos y amigas demostraron no serlo tanto; todos desaparecieron cuando necesitó su ayuda. Pero lo peor era el trabajo.
  En una sociedad puramente meritocrática, Lorena acabaría heredando su empresa. Pero en la vida real, simplemente era una más de los innumerables trabajadores sobreexplotados. Llegaba la primera, salía la última. Aguantaba tanto las regañinas de sus superiores como la inutilidad (según ella) de quienes ocupaban puestos inferiores. No se sentía realizada en absoluto. Pero aguantaba.
  Lorena aguantaba, diría un observador objetivo, por el dinero. Su apartamento no era especialmente grande, pero podía permitirse algún que otro lujo. Sin embargo, no era el dinero lo que la mantenía con vida, luchando día a día en una vida que ella misma habría definido como “de mierda”. El dinero podía cubrir las necesidades materiales básicas, como agua, calefacción, comida… “¿Y qué más quieres?”, pensaría ese insistente observador objetivo. Pero ¿qué hay de las necesidades emocionales? Aunque son fundamentales para absolutamente todo el mundo, a veces parece que nos cuesta tenerlas en consideración.
  Sin amigos en los que confiar, sin familia cercana, con compañeros de trabajo que más bien parecían rivales… La soledad derribó la puerta de su mente, dispuesta a quedarse a vivir. Una compañera difícil de expulsar, ante la que no queda más que resignarse.
  O eso creía ella… hasta hacía bien poco.
  Fue entonces cuando conoció a Inés. Ocurrió en el momento menos esperado, por pura casualidad, mientras caminaba por la calle, de vuelta a casa. Una situación similar a la actual, con Lorena regresando del trabajo, rodeada de gente, ruido y luces. Con la única diferencia de que, ahora, Lorena sabía que en su casa le esperaba algo más que silencio y oscuridad. Una diferencia abismal.
  No era algo que se atreviese a pronunciar en alto, pero, para Lorena, Inés era un rayo de luz en medio de la tormenta. Una tormenta permanente.
  Cruzar la puerta de su casa era como cambiar de dimensión. El frío interno y externo se convertían en calidez absoluta.
  —¡Hola, Lore!
  —Por fin en casa… —contestó con un suspiro, agotada.
  —¿Qué tal te ha ido?
  No necesitaba más. Puede parecer poco, pero era la primera muestra, ya no de cariño, sino de interés real en todo el día, desde que salió del apartamento a primera hora de la mañana para ir a trabajar.
  —Una mierda, como siempre —reconoció Lorena mientras se quitaba los zapatos—. ¿Te acuerdas del tío ese que tenía que traerme los documentos del mes pasado? Pues hoy tampoco le he visto el pelo. Le he llamado por teléfono, y me ha dicho que se daba toda la prisa que podía. ¡Ja! Se piensa que soy idiota.
  —Vaya… Entonces, ¿qué es lo que vas a hacer?
  —Pues comerme el marrón, básicamente. Quería coger vacaciones lo que queda de año, pero no puedo dejar esto a medias. Aprovecharé para adelantar algo del trabajo de enero.
  —Tu jefe debería entenderlo —replicó Inés, intentando mostrarle su apoyo incondicional.
  —Puf… Con todo lo que te he contado de él, me sorprende que aún puedas llegar a pensar eso. Si ese cabrón tuviera alguna capacidad de empatizar, no estaría ahí. Le dieron ese trabajo para azuzarnos como a mulas. No tiene ni puta idea de nada, en serio. Vivimos en la cultura del falso esfuerzo; nos dicen que podemos conseguir lo que queremos, pero yo no recuerdo haber pedido nunca trabajar rodeada de inútiles egocéntricos. Hacen lo justo, lo justito, para no ser despedidos. ¿Para qué más? Eso sí, su ratito del desayuno que no falte, ni tampoco su millón de descansitos para salir a fumar. Mientras tanto, yo, que por no drogarme tengo que hacer más horas de trabajo que ellos, me dedico a arreglar todos sus errores. Porque, como se me escape uno, ¿sabes para quién va la bronca? ¿Para ellos, que son los que se han equivocado? Pues no: para la menda, que da la cara. Si voy a ser su jefa, ¿no sería más lógico que me dejaran elegir a mi equipo de trabajo? —Lorena se sentó, cansada de hablar—. En fin, perdona por darte la chapa.
  —No tienes que disculparte —respondió Inés, quien había permanecido callada mientras Lorena se desahogaba—. Me gusta escucharte.
  —En serio, no sé qué haría si no estuvieras aquí…
  —La cena, para empezar.
  —Ah, ¿ahora también haces chistes?
  Ambas rieron.
  —Hablando de eso —dijo Inés—: ¿quieres comer algo?
  —No, aún no, gracias.
  Lorena terminó de cambiarse. Ponerse ropa cómoda era otro de esos pequeños placeres que ella sabía apreciar, pues implicaba dejar atrás todos los problemas del día a día durante unas horas. La ropa cómoda era el uniforme oficial de su refugio personal.
  —¿Sabes qué día es mañana? —preguntó Inés de repente.
  —Claro. Martes, 24 de diciembre.
  —Sí, pero ¿qué más?
  —El día antes de Navidad.
  —No lo decía por eso —insistió Inés con paciencia.
  —Hm… Pues no sé qué más decirte.
  —Mañana…
  —Te estoy tomando el pelo —la interrumpió Lorena, riendo—. ¿Cómo no voy a acordarme? Mañana hace un año exacto que te conocí.
  —Eso es.
  —Ya ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes. Bueno, sé que, en cierto modo, era parecida. Llegaba del trabajo, veía alguna serie, leía algún libro, hacía deporte… Esas cosas me mantenían despejada. Pero lo malo era lo demás. El “entre medias”. El silencio. Si me gustaba una serie, no podía comentarla con nadie. Si me gustaba un libro, tenía que guardármelo para mí misma. Si quería desahogarme, no me quedaba otra más que tragármelo y seguir adelante.
  Lorena notó la tristeza en su propia voz. Se obligó a dejar de hablar.
  —¿Estás bien? —preguntó Inés.
  —Sí, sí. No me gusta recordar esas cosas, porque luego pasa lo que pasa…
  Puede que los recuerdos tuvieran más de un año, pero el dolor se mantenía en el presente. Que Inés hubiera mejorado su vida, no significaba que hubiera borrado todo lo malo de un plumazo. Eso era imposible, era consciente de ello.
  —Lore, ¿puedo hacerte una sugerencia?
  —Claro.
  —Tal vez deberías llamar a tus padres.
  Lorena torció el gesto. Aquello no era precisamente lo que quería escuchar. Le pareció una muy mala idea.
  —No tengo nada que hablar con ellos.
  —La Navidad es una época familiar. Seguro que se alegran de oír tu voz.
  —¿Y tú qué sabes? —replicó Lorena, algo molesta—. ¿Acaso los conoces?
  —No. Pero si yo no puedo ayudarte a que dejes de estar triste, tal vez ellos sí puedan. Creo que, en el fondo, quieres hacerlo.
  —Cállate, Inés —protestó, esforzándose por no levantar la voz—. Lo último que necesito es que me toques las narices tú también.
  Inés guardó silencio de inmediato. No volvió a pronunciarse sobre ese tema ni sobre ningún otro. Lorena estaba enfadada de verdad, en parte por haber sacado ese tema tan doloroso para ella, y en parte, una parte mucho más grande, por haberse sentido tan transparente emocionalmente. Ella intentaba mostrarse resiliente y estoica. Pero si incluso Inés había sabido detectar su dolor interno, significaba que era mucho más débil de lo que ella misma creía. Eso, en cierto modo, le produjo vergüenza, que pagó con quien menos culpa tenía.
  Lorena se dirigió al panel de mandos del sistema inteligente de la casa, y se aseguró de que estuviera activada la función silenciosa. Era la primera vez que la usaba desde que contrató la instalación, un año atrás. Su vida cambió radicalmente cuando esa inteligencia artificial tomó el control de todos los aparatos eléctricos del hogar, incluyendo diversos altavoces repartidos por la casa. Era un sistema costoso, pero que podía permitirse. Aunque, más que cuestión de posibilidad, lo era de necesidad.
  No solamente compró una asistenta, sino también una amiga. Ventajas de vivir en el año 2041.
  Por desgracia, ni mil IA juntas podían hacer desaparecer ese sentimiento tan horrible, capaz de retroalimentarse, que es la soledad.


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4 comentarios sobre Relato: Soledad

  • XexuWilder

    Lo que no sabía Lorena es que Inés se dedica a vender sus datos a empresas de diversos países.

    El auténtico giro de guión.

  • maquinangel

    Que buen relato, te mantiene pegado a la lectura…

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    Me gustó la historia.

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