Relato: Racha de suerte

(El siguiente relato ha sido creado uniendo las ideas propuestas por los lectores.)

Racha de suerte

  Sir Otois clavó la vista en el muñeco, aguantando la respiración, y éste le devolvió una mirada apagada, vacía de toda emoción. La relación entre ambos no era del todo cordial. Lo correcto, en realidad, sería decir que se odiaban. Y si no lo hacían, al menos lo parecía. Sir Otois intentaba sin descanso atravesar al muñeco con sus flechas. Por su parte, el muñeco tenía la fea costumbre de esquivar todos los impactos; sin moverse, lo que era más humillante aún para el caballero.
  3.
  La flecha rozó el hombro izquierdo del muñeco. Un casi-impacto que habría podido considerarse cercano, de no ser porque sir Otois había apuntado a la cabeza. Pero eso solamente lo sabía él.
  —Alcanzando al enemigo en un brazo —explicó a las doncellas que presenciaban la competición—, éste puede quedar incapacitado para luchar, volviéndose un objetivo fácil de abatir.
  —Se necesitan muchos disparos para derribar a un enemigo —replicó sir Berthelot—, si insistís en disparar al pequeño hueco que hay entre su cuerpo y el firmamento.
  Puede que sir Otois no estuviera especialmente acertado con el arco, pero lo suyo, más que de puntería, era un problema de suerte. ¿Acaso hay alguna diferencia a efectos prácticos? Probablemente no, pero a él le valía para excusarse ante las damas.
  —Es que tengo muy mala suerte —decía, como si eso le fuera a servir de algo para ganar a su rival.
  Lo que también tenía era muy mal perder. Berthelot, por su parte, tenía muy mal ganarle. No podía dejar escapar la más mínima ocasión de burlarse de su amigo, sobre todo si había doncellas de por medio. Lo más agudo y lo más simple de la mente humana, unido en un elfo de casi dos metros de altura. Sir Berthelot llegó a Nuevo Jardín como integrante de una compañía mercenaria, que ahora había sido absorbida por el Ejército Real, en el que sir Otois llevaba sirviendo más tiempo del que merecía. En época de necesidad, no se rechazaba ninguna espada. Tampoco ningún arco, claro, aunque hubiera alguno tan poco fiable como el de Otois. Era por eso que prefería manejar la espada; más fiable, menos probabilidad de fallar.
  El juego de ambos caballeros llegó a su fin con la aparición de la capitana Astraea. Las doncellas se dispersaron rápidamente, como si hubiera empezado a llover.
  —¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí?
  —Ya íbamos para allá —se excusó Berthelot.
  —¿Y qué os entretenía? ¿Sir Muñeco se interpuso en vuestro camino?
  Astraea estaba de mal humor. Siempre. Pero ¿quién no lo estaría en su lugar? De padre humano y madre elfa, había crecido soportando la discriminación por ser mestiza. Por si no tuviera ya suficiente desventaja su condición de mujer… Había necesitado endurecer su carácter hasta límites insospechados para llegar a ser tomada en cuenta en el Ejército Real. Y por si eso no fuera suficiente, ahora tenía que dirigir a un puñado de inútiles en la batalla que probablemente acabaría con toda la civilización conocida. Era para estar al menos un poco enfadada, ¿no?
  —Divertirse es algo fundamental —dijo sir Otois—. Si no…
  —Silencio —lo interrumpió la capitana—. Damien nos espera.
  El año 241 de la Quinta Era tenía una peculiaridad: iba camino de ser el último año de la última era. No era una peculiaridad de la que presumir, aunque, en realidad, pronto tampoco habría nadie que pudiera presumir de nada. Nuevo Jardín resistía a duras penas el ataque de la Orden de San Pedro, que, a diferencia de lo que pueda sugerir su nombre, no era un grupo de fanáticos intentando hacer respetar la religión y quemando a herejes. Ojalá fuese algo como eso. La Orden de San Pedro era una división de ángeles enviados por Dios para acabar con aquella ciudad, capital del reino.
  La humanidad se veía amenazada por los mismos seres que los habían protegido durante siglos. Sus custodios, a los que habían rezado en busca de salud, seguridad, amor…, ahora eran sus guías hacia el fin del mundo. Del suyo, concretamente.
  ¿Qué le queda a un hombre fervoroso cuando su propia religión intenta matarlo? Tal vez nada. O tal vez… ellos.
  —Os llevo esperando una eternidad —Damien hizo una reverencia—. Literalmente. Confiaba en que algún día dejarais de rechazarnos de forma tan prejuiciosa. Desearía que no hubiera tenido que ser en condiciones tan aciagas…
  —Dejaos de rodeos —protestó Astraea—. No hemos aceptado escuchar vuestra propuesta porque confiemos en vosotros, sino porque la alternativa es morir.
  —El médico me ha prohibido morir —añadió Otois—. Dice que es malo para la salud.
  —No voy a juzgar vuestras motivaciones —Damien se encogió de hombros—. Me limitaré a celebrar nuestro acuerdo.
  Todos se quedaron en silencio, pensativos. Como representante de los demonios, aquel oscuro ser había sido el enemigo de la humanidad desde… siempre. Ahora, con Dios intentando acabar con ellos, la situación había cambiado. ¿O no? El enemigo de mi enemigo puede ser mi amigo…, pero también puede no serlo.
  —Sigo sin entenderlo —la capitana suspiró—. He vivido toda una vida de virtud y rectitud. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
  —Progresar —respondió Damien con calma—. O más bien: evolucionar.
  —¿Y qué tiene eso de malo?
  —De seguir así, pronto descubriréis que vuestro Señor Todopoderoso no es tan “todopoderoso” como pensáis. Y ¿qué motivo tendréis para seguir adorándolo cuando podáis vivir felizmente sin Él? No os quiere leales, sino sumisos. Os dio libre albedrío para que hicierais exactamente lo que pide, y castigaros si no.
  —¡No sois los más apropiados para hablar de eso! —protestó la semielfa.
  —Ah, ¿no? Mientras que nosotros nos ocupamos de castigar únicamente a los que han sido malvados, ¿qué hace ese supuesto paradigma de la bondad? La última vez que miré, intentaba acabar con toda la humanidad, sin distinciones.
  La capitana no supo qué responder. Berthelot lo hizo por ella.
  —Está claro que Dios no es lo que sus fanáticos nos han intentando hacer creer. Al fin y al cabo, no dejan de ser comerciales de la mayor de las empresas, queriendo vendernos un producto: nuestra salvación.
  —¡Y todos la compramos! —añadió Otois—. Que me den lo que he pagado, o me devuelvan las oraciones.
  Damien rió.
  —Vuestra salvación llegará mediante las trompetas de los ángeles, pero también bajo su acero. ¿Aun así os negáis a escuchar nuestra contraoferta?
  —¿Contraoferta? —Astraea desenfundó su espada—. Yo respondo al acero con más acero. ¿Os parece suficiente contraoferta?
  —Suena a lo más justo, lo reconozco —asintió el demonio—. Y no venimos para prevenirlo, sino para unir nuestro acero al vuestro.
  —¿Por qué?
  —Porque creemos en vuestra causa.
  —Ni siquiera tenemos una “causa” —replicó la capitana—. Es simple supervivencia.
  —¡Buena causa, ésa!
  —Vuestra ayuda será bienvenida —dijo Berthelot—. Pero no somos estúpidos: no llegará gratis.
  —Tampoco os costará nada —respondió Damien—. La petición que os haremos a cambio, bien podría parecer un segundo favor más que un pago.
  —Hablad —apremió Otois, impaciente.
  —A diferencia del Algopoderoso, no nos oponemos a vuestro progreso. Al contrario: queremos asegurarnos de que siga adelante. Para ello, nos gustaría tomar control de vuestra economía.
  —¡Aja! —exclamó sir Otois—. ¡Quieren quedarse con nuestro dinero!
  —No, no —Damien le hizo un gesto para que esperase—. Todo lo contrario: queremos cuidarlo por vosotros. Seguirá siendo vuestro, pero nosotros nos ocuparemos de mantenerlo seguro, lejos de ladrones, facilitando el comercio, e incluso proporcionándoos beneficios por el simple hecho de permitirnos custodiarlo. Lo llamaremos “banco”. Todo pensando en vuestro bienestar.
  —Suena bien —reconoció Astraea—. Demasiado bien.
  —Aceptamos —la interrumpió Otois.
  —¡No os precipitéis! —le recriminó la capitana.
  —Es que esto se está haciendo eterno…
  —¡Estamos hablando de la supervivencia de la raza humana! ¡¿Acaso no podéis esperar cinco minutos?!
  —Uf… —Otois suspiró—. Es que es lo mismo de siempre…
  —No te salgas del papel —protestó Berthelot.
  Astraea los miró sin comprender nada.
  —¿De qué estáis hablando?
  El sonido de las campanas dio por terminada la conversación. Estaban siendo atacados. Esta vez, como descubrirían poco después, desde el interior de los muros.
  —¡Han atravesado las defensas! —les advirtió sir Joffridus.
  —¡¿Dónde estaban los vigilantes?! —protestó Astraea.
  —Vuestros enemigos son seres divinos —respondió Damien—. ¿De verdad esperabais detenerlos eternamente con unas cuantas piedras apiladas según el estilo arquitectónico de la época?
  —¡Ahora no tengo tiempo para vosotros! ¡Cuando nos ocupemos de esta amenaza, hablaremos!
  Damien no protestó. Todos sabían que la ayuda de los demonios era de vital importancia, aunque a algunos su orgullo les impidiese verlo. Era cuestión de tiempo. De muy poco tiempo, probablemente.
  Astraea, Otois, Berthelot y Joffridus encontraron al ángel en medio de la calle 24, contemplando el paisaje como si todo aquello no fuera con él. O más bien como si los estuviera esperando.
  —No parece gran cosa —dijo sir Otois—. Yo me ocupo.
  2.
  El caballero ni siquiera llegó a acercarse al ángel; su acometida acabó en fracaso, cuando cayó al suelo sin más ayuda que la de su peso y falta de equilibrio. Sir Berthelot rompió a reír, atrayendo por primera vez la atención del ser de luz.
  Enfrentarse a un ángel era mucho más peligroso que enfrentarse a un humano, aunque ambos morían con la misma facilidad si eran mutilados. La capitana Astraea era de los pocos que podían presumir de ello. Se había convertido en toda una heroína del Ejército Real, tras la increíble hazaña de derrotar a siete de esos ángeles con su espada larga, a la que ahora apodaban “Anochecer”. Sin duda, una racha de suerte difícilmente igualable.
  Los cuatro caballeros rodearon al ángel, quien respondió desplegando sus alas y elevándose en el aire. Sus movimientos eran gráciles y rápidos. En una mano portaba una espada de luz; en la otra, lo que era más peligroso: nada. Con ella creó una barrera que rechazaba todas las flechas de sir Berthelot. El ángel estaba esperando el momento adecuado para contraatacar. Y entonces…
  ¡Kaboom!
  Uno de los muros de la ciudad saltó por los aires. Definitivamente, los ángeles habían pasado al ataque.
  —¡Tenemos que avisar a Damien! —exclamó Otois.
  —¡No podemos fiarnos de ellos! —replicó la capitana.
  Desoyendo su opinión primero, y sus órdenes después, el hombre salió corriendo en busca del demonio. Mientras tanto, aprovechando la confusión, el ángel se abalanzó sobre sir Joffridus. Éste intentó bloquear el golpe con su escudo, pero la espada de luz lo atravesó con la misma facilidad que un cuchillo cortando mantequilla.
  —¡Tenéis que esquivar el golpe! —dijo Astraea al saco inmóvil de huesos y carne en que se había convertido aquel caballero.
  —Un poco tarde para eso, ¿no creéis? —respondió Berthelot.
  A continuación, el ángel se dirigió hacia el elfo, quien ya había aprendido la lección. Rodó hacia un lado para alejarse de la espada de luz, procurando mantener el arco bien asido. Apenas logró ponerse en pie cuando el ángel se lanzó nuevamente al ataque. Esta vez, Astraea predijo el movimiento de su rival.
  16.
  La espada “Anochecer” hizo honor a su nombre, apagando un poco de la luz desprendida por el ángel. El brazo con que aquel ser divino empuñaba la espada se separó de su cuerpo. Sin perder ni un segundo, sir Berthelot desenfundó una daga y saltó sobre el ángel. Mala decisión: se había olvidado de la otra mano. El caballero elfo chocó contra una barrera invisible, que le hizo caer desplomado, mareado por el golpe. Aunque no hubiera logrado dañar al ángel, al menos lo distrajo, permitiendo a la capitana propinar el golpe de gracia.
  El ángel murió sin gemir ni gritar. Su desaparición dejó en el aire unas notas musicales que se clavaban en el cerebro y producían una mezcla de satisfacción e incomodidad, como si se tratara de una melodía que calmaba el corazón, pero que ellos no eran capaces de asimilar.
  —Hacéis honor a vuestra fama —dijo Damien, aplaudiendo—. Una racha de suerte insuperable.
  Sir Otois y el demonio habían llegado justo a tiempo para contemplar el final de la batalla.
  —Necesitamos su ayuda —Berthelot se mostraba ya tan convencido como su amigo.
  —¡Habéis visto que podemos matarlos! —insistió Astraea.
  —También hemos visto que pueden matarnos —el elfo señaló hacia el cadáver de sir Joffridus.
  —Además —añadió el demonio—, ¿acaso habéis olvidado la explosión? Uno de los muros ha caído. Los peones de vuestro Señor pasan al ataque.
  —Esto no tiene ningún sentido —respondió la capitana—. Los ángeles son seres sempiternos. ¿Por qué arriesgarse a un combate directo en vez de asediarnos hasta que muramos a causa de nuestra propia condición?
  —¡Muy perspicaz! —Damien sonrió, viendo en ese argumento su oportunidad de convencerla—. Él teme que los humanos lleguéis a evolucionar tanto como para alcanzar la inmortalidad, ya sea de forma natural o artificial.
  —Tonterías. Incluso si eso fuera posible, estamos muy, muy lejos de lograrlo.
  —¿Qué es “muy lejos” para alguien que no comparte vuestro concepto de tiempo? Los milenios son un parpadeo para un ser eterno. Deberíais sentiros orgullosos: habéis hecho perder la paciencia a alguien para quien la palabra “paciencia” no tiene ningún sentido.
  —Tío, esto no tiene ningún sentido —protestó Otois, perdiendo la paciencia.
  —Que no lo entiendas no significa que no lo tenga —replicó una voz invisible.
  —Paso. No sé cómo me he dejado convencer otra vez. ¿Es que no lo veis? Los personajes, la historia… Es todo demasiado típico.
  —¡Que ahora viene lo mejor! —insistió la voz invisible.
  —¡Por mí como si viene el Papa en chándal! Y viendo lo flipao que eres, no lo descarto.
  Astraea contemplaba aquella escena con los ojos abiertos como platos, atónita. ¿Estaba sufriendo alucinaciones?
  —Al menos acaba la partida —le pidió Berthelot.
  —Sólo si lo llevamos por un camino menos convencional —respondió Otois.
  —Es lo que hay; no vamos a cambiarlo ahora porque no te guste.
  20.
  Sin mediar palabra, sir Otois decapitó a su amigo.
  —A tomar por culo —dijo el caballero entre risas.
  —Eres un gilipollas —respondió la cabeza de Berthelot.
  La extraña conversación entre sus soldados no era nada en comparación con el asesinato injustificado que acababa de presenciar Astraea. Y eso, a su vez, parecía lo más normal del mundo en comparación con que la víctima siguiese hablando después de perder la cabeza. O más bien todo el resto del cuerpo.
  —Esto no puede estar pasando… —murmuró la capitana—. Es un sueño, o un engaño de los demonios.
  Damien también observaba la escena, pero con una expresión divertida en el rostro. Mientras tanto, el cuerpo de Berthelot se puso en pie.
  —¡En esta historia no hay zombis! —dijo una voz invisible.
  De pronto, la cabeza del elfo dejó de hablar, y su cuerpo quedó tirado en el suelo, como si nunca se hubiera intentado poner de pie.
  Astraea estaba convencida de que aquello era una pesadilla, y quería despertar lo antes posible. Por desgracia para ella, en realidad era todo lo contrario. Era un sueño del que nunca despertaría. Su realidad era la imaginación de otros. Otois y Berthelot dejaron de existir cuando la partida llegó a su precipitado final, pero para ella no había partida ni fin. Lo que para ella era un mundo, para otros era un tablero. Lo que para ella era una guerra, para otros era una “historia manida”. Lo que para ella era la supervivencia de la humanidad, para otros era una tarde de amigos.
  Cuando Otois y Berthelot desaparecieron, el tiempo dejó de fluir. Ya nada importaba. Sin embargo, ella siguió existiendo. Había sido creada, pero no destruida. Lo único que podía devolver la normalidad a su mundo era que los jugadores retomaran la partida…, cosa que no ocurrió nunca.
  La capitana Astraea había sido condenada a una eternidad de absoluto vacío. Soledad infinita. Una espera interminable. Y el culpable era su propio creador. Su futuro estaba escrito, pero jamás llegaría a él.
  Qué suerte la suya.



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(Imagen de la cabecera: Heroes of Might and Magic)

12 comentarios sobre Relato: Racha de suerte

  • Gold-St

    ¡No me lo esperaba! Lástima la falta de zombis babosos, le hubieran dado caldo a la situación.

  • Nicolas Flamel

    ¡Muy bueno!
    Gran detalle en especial el que incluyeras también mi idea

  • Nicolas Flamel

    @Chris: Y la incluyes varias veces, incluyendo en uno de los elementos más destacables del relato

    https://live.staticflickr.com/7918/33668350608_55f434408c_o.png

  • Iskander

    No esta pero que nada mal.

    Aprovechando el tema voy a tomarme la libertad de hacerte una sugerencia Chris, espero no pecar de atrevido.

    Hace muy poco tiempo ha salido la web wrixy.com (No estoy haciendo publicidad, solo quiero compartir una idea). Es algo así como Wattpad, donde las personas pueden escribir y transmitir sus relatos o libros.

    Es un proyecto de un «Youtuber» conocido. La intención de esta web es que tenga algo llamado «Partner» donde los autores más visitados reciban dinero, algo así como Youtube, ya me pilla algo mayor todo esto, por ello disculpadme si no consigo explicarme correctamente, pero creo que la idea se entiende.

    Como he comentado hace unas lineas, esa es la intención, es decir, creo que por el momento nadie gana dinero por esas visitas y ni siquiera es seguro que llegue a ocurrir.

    Toda esta parrafada viene porque aunque no sea seguro que se pueda ganar dinero de forma directa, si creo que es una idea viable que Chris suba los primeros capítulos de sus libros (igual que tiene en esta misma web).

    Al ser un proyecto reciente que viene de una persona con bastantes millones de personas siguiéndole todo eso sumado junto al bien hacer que muestra nuestro anfitrión, creo que puede ser posible que haya un número significativo de personas que acaben adquiriendo sus libros.

    • Siguiendo tu consejo, me he creado sendas cuentas en Wattpad y Wrixy, donde he subido los primeros capítulos de Zodion. En los próximos días iré haciendo lo mismo con el resto de novelas.

      Ya te/os confirmaré si ha servido de algo. Gracias por la sugerencia.

  • Iskander

    Revisando wrixy he visto que Zodion no ha salido correctamente escrita, tiene los errores típicos de las tildes, ignoro si a todos los libros les ocurre lo mismo o si es cosa de la web, que al ser nueva no va bien, o algo que dependa de Chris.

    • No sé cuáles son esos «errores de las tildes», pero te confirmo que la página funciona de pena, y está llena de fallos.

      Lo peor es que no me reconoce los saltos de línea…

  • Iskander

    Si en efecto, eran saltos de linea, te pone una cosa así: &asp (no es literal, ahora mismo no puedo mirarlo, y creo que sale cuando corresponde una tilde en la palabra. La página acaba de salir prácticamente, supongo que necesitarán tiempo.

  • Ya me lo he leido!

    Está bien, no me esperaba el final xDD

    Buen trabajo, ahora escribe una novela.

    Es una orden

  • Gold-St

    @Xexu: No me le agobies, que tiene como 18 novelas abiertas ahora mismo XD.

    Aunque no sería mala idea una novela sobre zombis. Por lo menos una guía argumental.

¡Sé buena persona y comenta!

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