Relato: Quizá algún día

Quizá algún día

  La ciudad de El Havre, al noroeste de Francia, se convirtió durante un par de horas en el hogar de los sueños y esperanzas de muchas mujeres. Concretamente, el estadio de fútbol elegido como una de las sedes para albergar el Mundial femenino de fútbol de la FIFA. Poco más de noventa minutos, en los que la discriminación perdía todo su sentido, como si jamás hubiera existido.
  Las jugadoras saltaron al campo llenas de nervios, pero con la confianza y la tranquilidad de saber que las miles de personas que gritaban desde las gradas, y todos aquellos que lo hacían desde sus casas, sentían por ellas el mismo respeto que merece cualquier otra persona en cualquier otro deporte.
  ¿Cómo le explicas a una niña nacida en esta época, desconocedora de la desigualdad de antaño, que debería sentirse agradecida por ser libre de votar y elegir su propio futuro, como haría cualquier hombre mayor de edad? ¿Cómo puedes hacerle entender que para algo tan básico como no ser discriminada por ser mujer, han tenido que pasar milenios de progreso y educación? Es tan absurdo que, por mucho que lo intente, jamás podrá comprender en su totalidad la humillación y la impotencia de sus predecesoras.
  El día que Azahara, rompiendo con la convencionalidad de una sociedad que intenta llevarnos de la mano, cambió sus Little Pony por un balón de fútbol, tuvo en su abuela Dolores un apoyo con el que ni siquiera su madre, apenas treinta años antes, habría podido contar. Cuando aquella anciana miraba a su nieta corretear por el campo, veía un sueño hecho realidad. Durante noventa minutos, Dolores sentía una libertad que no había experimentado jamás. A veces incluso le costaba reprimir el llanto; eran lágrimas de felicidad, pero también de dolor enterrado. Su pequeña Aza no tendría que sufrir todo lo que había sufrido ella. Aunque no se atrevía a reconocerlo abiertamente, el día que enviudó sintió una liberación indescriptible. Por desgracia, eso no cambiaba la realidad: todos los años arrebatados nunca volverían. Ya era demasiado mayor para cumplir sus sueños. Por eso, los vivía a través de su nieta.
  El 8 de junio del año 2019, la selección femenina de España disputó el primer partido del que era ya su segundo Mundial. Y entre toda la gente que abarrotaba el Stade Océane de El Havre, había una ancianita que destacaba por su entusiasmo. Cantaba y animaba como si tuviera veinte años. En cierto modo, los tenía, pues estaba viviendo una segunda vida.
  Su pequeña Aza solamente jugó quince minutos, pero fueron los quince mejores minutos de su vida. Azahara ya no era una niña en busca de un sueño otrora imposible; era una mujer que lo estaba viviendo. Y tanto ella como sus compañeras, entrenadoras, árbitras y demás personal femenino del estadio, estaban disfrutando de una fiesta mayor que la del fútbol: la fiesta de la libertad.
  Ninguna de las personas que se reunieron aquella tarde en el Stade Océane, eran realmente conscientes del momento histórico que estaban viviendo. No importaba tanto el resultado como el hecho de que hubiera uno. Sin chistes, sin miradas o comentarios de desprecio, sin facilidades por su condición de supuesto sexo débil. Todas esas mujeres llevaban sobre sus hombros la ilusión de personas como Dolores, a las que se había negado la posibilidad de vivir su propia vida.
  La anciana murió meses después, pero lo hizo, metafóricamente hablando, con una sonrisa en los labios. Aunque amaba de igual manera a sus tres hijos y sus cinco nietos, era Azahara quien consiguió hacer que se sintiera realizada. En cierto modo, verla triunfar era una rotura de cadenas, su venganza, por la pesadilla encubierta y disfrazada de normalidad que había vivido tantos años con aquel hombre, en aquella sociedad cómplice.
  Lo cual resultaba ciertamente irónico.
  Del mismo modo que Dolores jamás habló mal de su marido, para ahorrar sufrimiento innecesario a sus nietos y nietas, Azahara hizo creer a su inocente abuela que todo aquello era cosa del pasado, y que tanta lucha realmente había servido para que las chicas de su generación no tuvieran que pasar por lo mismo. En realidad, Azahara, como muchas otras, era plenamente conocedora de ese miedo, esa desesperación y esa sensación de vacío e impotencia. Jugar al fútbol le permitía sentirse libre durante un rato, sí, pero también le servía de tapadera para dar explicación a todos esos moratones que tenía por el cuerpo, de los que nunca nadie sospechó.
  Quizá algún día Azahara pudiera ver reflejado en los ojos de su nieta el fulgor de una libertad auténtica; una que hiciera justicia a tanta lucha por el progreso social, y que llenara de lágrimas de felicidad a quienes cometieron el terrible pecado de ser mujeres y nacer demasiado pronto.
  Quizá, algún día…


(Imagen de la cabecera: Villanova.com)

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