Relato: Por un pasaje

Por un pasaje

  El barco más rápido de los siete mares, una bandera tan respetada como temida, cofres repletos de joyas y doblones, una tripulación unida y leal, y, por supuesto, las mujeres más bellas que cualquier hombre hubiera visto jamás. Todo ello, con el beneplácito del rey de Inglaterra, quien pronto lo nombraría caballero. Fogg se había convertido en una leyenda viva entre los corsarios y piratas, héroe nacional; no tanto para los exploradores extranjeros, especialmente aquellos que osaban ondear la Cruz de Borgoña.
  Y todo lo había logrado en un abrir y cerrar de ojos. Concretamente, los poco más de dos minutos que duró aquel sueño, antes de que los berridos de Lidenbrock lo devolvieran al mundo real.
  —¡Despierta, tarugo mohíno!
  —¿Qué cojones pasa? —preguntó Fogg con desgana, sin girarse ni abrir los ojos.
  —¡Un barco! —exclamó Lidenbrock.
  Fogg se incorporó de golpe, creyendo que estaban siendo atacados. Sin duda, se trataba de un instinto remanente tras tantos años en alta mar. Pronto comprendió que se equivocaba. Era imposible que nadie quisiera atacar su navío, pues no existía tal cosa. El “cómodo lecho” sobre el que dormía no era más que hierba aplastada bajo la sombra de una palmera. Aquella pequeña isla desierta, con su cada vez más escasa vegetación, era lo único que les quedaba. Y así creían que vivirían sus últimos días.
  Hasta que apareció el barco.
  Fogg y Lidenbrock corrieron hasta la playa, donde esperaba Glenarvan, oteando el horizonte con la mano derecha a modo de visera. Sobre la superficie marina, bajo el sol abrasador, se podía divisar claramente lo que sin duda era un gran y pesado galeón.
  —¿Veis la bandera? —preguntó Lidenbrock, entre cuyas pocas cualidades tampoco se incluía una visión decente.
  —Clara y nítida —asintió Glenarvan.
  —¿Son de los nuestros?
  —No sé si existe tal cosa como “los nuestros” —replicó el siempre correcto Glen—. Pero lo cierto es que dudo entre dos opciones. La primera, me temo, es que se trate de un barco del Imperio Español.
  —¿Y la segunda?
  —Que haya otro reino con una bandera idéntica.
  —Si lo hay, yo no lo conozco —respondió Fogg, ignorando todo rastro de ironía en el comentario de su amigo—. Así que esos hijos de mil ratas y una comadreja tienen que ser navegantes españoles en busca de ciudades que saquear.
  —Aquí no hay ciudades —observó Lidenbrock—. Y mucho menos riquezas que saquear.
  —Eso no parece importarles —concluyó Glenarvan—, pues, sin ninguna duda, estamos en medio de su trayectoria.
  Los tres excompañeros de tripulación, ahora compañeros de no tripulación, llegaron a la conclusión de que ésa podía ser una mala noticia tanto como podía ser una buena noticia. Aunque ¿acaso un pensamiento tan vago puede considerarse “conclusivo”?
  —En realidad —dijo Fogg—, un barco español puede sernos tan útil como cualquier otro. Si nos sacan de aquí, estoy dispuesto a besarle los pies a quienquiera que sea ahora su rey.
  —O reina —puntualizó Glenarvan.
  —O un puto cerdo con báculo y corona —Fogg escupió al suelo—. ¿Qué diferencia hay? Tan pronto como bajen la guardia, robaremos uno de sus barcos y los dejaremos con un palmo de narices.
  —¡De vuelta a Inglaterra! —exclamó Lidenbrock.
  —¿Tanto echas de menos ese estercolero hediondo en el que vivías, Brock? —replicó Fogg—. ¡Busquémonos un nuevo hogar! Eso es lo que digo. ¡Una nueva vida, al oeste, en el nuevo mundo! Mientras sigamos juntos, vayamos donde vayamos, no estaremos solos.
  —Sí, claro —respondió Glenarvan, no sin ironía—. Gustosamente me conformaré con esa vida, mientras la alternativa sea morir o permanecer en una isla dejada de la mano de Dios. Especialmente si tenemos en cuenta quiénes son mis dos acompañantes. Pero, a riesgo de sonar descorazonador, debo recordaros que estáis pensando qué hacer con vuestra libertad antes siquiera de obtenerla.
  —Lo haremos —Fogg sonrió, confiado, mostrando su desgastada dentadura—. Dejádmelo a mí. Juro por los pechos desiguales de la madre de Brock que os sacaré de aquí.
  Lidenbrock y Glenarvan intercambiaron una rápida mirada de dudas que rápidamente tornaron en resignación. ¿Era Fogg el más adecuado para tratar con marineros españoles? Puede que no fuera el más inteligente, el más educado, el más calmado ni el más convincente. Sin embargo, nadie podía negarle cierto mérito decisivo: había sido el primero en ofrecerse. Lo consideraron suficiente motivo.
  Brock y Glen se ocultaron tras las palmeras. Habían llegado a la conclusión obvia de que dos personas resultaban menos intimidatorias que tres, y una menos que dos. Si bien es cierto que cero personas resultan menos intimidatorias aún, finalmente optaron por descartar esa opción. Cuando los españoles, si es que realmente lo eran, vieran a aquel famélico pirata solo y desarmado, con actitud pacífica, tal vez aceptaran dialogar. Tal vez. Un “tal vez” que incluía otras posibilidades, como las de ser ignorado, decapitado o reventado por una bala de cañón.
  Fogg saltó, agitó los brazos, gritó, hizo una necesaria pausa para miccionar y repitió el proceso, hasta estar seguro de que alguien lo hubiera visto desde la cubierta del galeón. El imponente navío le pareció incluso más grande de cerca, lo cual, sospechaba él, respondía a asuntos de perspectiva o de magia negra, si es que existía tal cosa (la magia negra, se entiende; de la perspectiva no tenía dudas).
  El galeón detuvo la marcha tras situarse a una distancia prudencial, exhibiendo con orgullo el aspa roja sobre fondo blanco de su insignia. Más abajo, sobre la borda, se distinguían no menos de veinte cabezas, todas ellas unidas a cuerpos, lo cual resultaba tranquilizador. Desde el lateral del navío, toda una hilera de cañones amenazaba con convertir la isla en poco más que rocas y arena. Fogg alternó la mirada de uno a otro cañón, intentando adivinar por dónde aparecería la pesada bala que acabaría con su vida. Afortunadamente, sus peores temores no se hicieron realidad.
  Fue entonces cuando la vio. Una pequeña barca de remos recorría lentamente la distancia que separaba el galeón de la playa. Tres marineros viajaban a bordo. Uno de ellos era el encargado de manejar los remos, mientras que otro, del que Fogg únicamente podía ver su oscura y rizada melena, permanecía inmóvil, sentado de espaldas al sentido de la marcha. El tercero de los ocupantes destacaba sobre los demás. Primero, por lo más evidente: iba erguido. Su elegante sombrero y ostentosas vestimentas, sin olvidar el sable de brillante empuñadura que llevaba enfundado al cinto, evidenciaban una relativamente alta posición dentro de la armada española. O eso, o era un ladrón afortunado.
  Fogg levantó los brazos, mostrando las palmas de sus manos desnudas. Iba desarmado. No suponía ninguna amenaza para los recién llegados, y así quería hacérselo saber.
  —¡Bienvenidos a mi humilde isla, señores! —exclamó cuando la barca se hallaba ya cerca de la arena—. ¿Habláis mi idioma?
  Los españoles no respondieron. Para su sorpresa, decidieron no aproximarse más, dejando cierta separación entre la embarcación y tierra firme. Tras cruzar unas palabras que Fogg no comprendió, el hombre de pelo largo se puso lentamente en pie, opacando a sus acompañantes con sus casi dos metros de altura y sus anchos hombros. Bajó de un salto, hundiéndose en el agua hasta las rodillas. A continuación, sacó de la barca una enorme espada gótica, tan larga como la mitad de su cuerpo, quizá más, y se dirigió lentamente hacia la playa, sin quitar la vista de encima al pirata.
  Fogg dio un paso atrás, temeroso.
  —No os preocupéis, amigo mío —dijo en un inglés casi perfecto el hombre de costosas vestimentas, sin bajarse de la barca—. Alonso no os hará daño, siempre y cuando no le deis motivos para ello. ¿Puedo saber de dónde sois?
  —De Leicester, señor.
  —Vaya, ese parece un buen motivo —bromeó.
  —Pero ya no respondo ante nadie —se apresuró a explicar Fogg, tal y como tenía ensayado—. Me limpio el culo con todas las banderas, menos con la que me pague. Salvo que me pague por limpiarme el culo con su bandera, claro está.
  —Parecéis realmente ansioso por formar parte de una tripulación —dijo sin disimular cierto tono burlón—. ¿Os gusta mi barco, lord de la isla?
  —Ya lo creo. Tiene todo lo que busco en un barco: quepo dentro y puede flotar.
  El hombre rió.
  —Pero ¿dónde están mis modales? —se quitó el sombrero e hizo una ligerísima reverencia—. Mi nombre es Juan Diego Alfonso de Luna Manrique Dávila y Figueroa. Se me conoce como “capitán Figueroa”, pero vos podéis llamarme simplemente “capitán”, para acortar.
  —Encantado, capitán —el pirata intentó imitar sus buenas maneras con otra reverencia—. Yo soy Fogg. Puedes llamarme Foggy, si quieres.
  —No, no quiero. ¿Tanto tiempo lleváis aquí, que habéis perdido incluso vuestro apellido?
  —Simplemente no lo recuerdo —replicó Fogg, algo molesto con tanta pregunta—. ¿Es que vosotros nunca olvidáis cosas, o qué?
  Alonso, el intimidatorio hombre de casi dos metros, lo observaba en silencio desde la arena, con ambas manos sobre la empuñadura de la espada gótica, apenas clavada en el suelo. Fogg le devolvió la mirada, preguntándose cuáles serían sus intenciones, para actuar en consecuencia. Es decir: para elegir si enfrentarse a él y morir rápidamente, o salir corriendo y morir unos minutos más tarde.
  —No temáis, lord de la isla —dijo el capitán Figueroa—. Hemos venido en son de paz. Pero debéis comprender que actuemos con precaución.
  —Lo entiendo —asintió Fogg—, tanto como se pueden entender las cosas que no se entienden muy bien. ¿Qué esperabas encontrar en una isla desierta, capitán?
  —Casi desierta —puntualizó Figueroa—. Y he aquí mi pregunta. Yo sé cómo he acabado aquí. Pero ¿cómo habéis acabado vos? ¿Se trata de un retiro espiritual, o, tal y como sospecho, vuestra agradable estancia en semejante isla paradisíaca se debe a ciertas desavenencias con vuestro anterior capitán?
  —Ah, ¡pero fue un malentendido! —se defendió el pirata—. Esos bastardos hijos de ninguna madre me abandonaron tras acusarme de robar ocho monedas de oro.
  —¿Y decís que se trató de un malentendido?
  —¡Claro que sí! —aseguró Fogg—. No fueron ocho monedas, sino cinco. Además, eran parte del botín que recuperamos de un barco portugués a punto de hundirse, tras un desgraciado choque entre su casco y nuestras balas de cañón. Creía que ese tesoro pertenecía a toda la tripulación, y por eso cogí mi parte. ¿Qué son ocho monedas en comparación?
  —¿No eran cinco? —preguntó el capitán.
  —Cinco, ocho, ¿qué más da? —se encogió de hombros—. Ya cumplí mi penitencia, ahora soy un hombre nuevo. Quiero vivir una vida normal y honrada, y creo que ese precioso galeón vuestro es un buen comienzo, capitán.
  —Conmovedor —respondió Figueroa, con la sonrisa permanente en sus labios—. Desearía poder saber si estáis diciendo la verdad. Debo reconocer que habéis sonado sincero. Extremadamente sincero, diría yo. Pero, por otro lado, habéis confesado ser de Leicester. Y es bien sabido que la única criatura más rufián y traicionera que un hombre inglés… es un pirata inglés.
  —¡Ya no lo soy!
  —¿El qué no sois? ¿Hombre, pirata o inglés?
  —¡Las tres cosas! —exclamó Fogg—. Bueno, hombre sigo siéndolo, pero ¿por cuánto tiempo? Mañana hará un año que llegué a esta maldita isla. Y te aseguro que no estaré aquí ni un puto día más. ¡Ni uno, te digo! Cuando llegamos, hicimos un pacto: si no lográbamos escapar antes de un año, acabaríamos con nuestra miseria.
  El capitán Figueroa tardó en contestar, intrigado.
  —Interesante confesión —asintió lentamente—. Aunque no estoy seguro de qué habéis confesado. Si he oído bien, habéis dicho que “hicisteis un pacto”. Decidme, lord de la isla: ¿mantenéis conversaciones con las rocas…, o acaso no sois el único pobre desgraciado que acabó viviendo entre las palmeras?
  Fogg era consciente de que no había tratado aquel asunto de la mejor manera posible. Preferiría haberlo confesado de buena fe, antes que revelarlo por error. La conclusión, sin embargo, era la misma.
  —Somos tres, capitán. Mis dos compañeros están ahí atrás, escondidos como monos.
  —¿Por qué razón, si se puede saber?
  —¡Por esa razón! —Fogg señaló la hilera de cañones—. Pensamos, o más bien pensé, como líder del grupo, que sería más fácil hablar con vosotros si creíais que yo estaba solo.
  —No os culpo —respondió Figueroa—. Aunque no tenéis nada que temer, ya seáis uno, tres o tres veces tres…, siempre y cuando todos vayáis desarmados. Así pues, decidme, Fogg: ¿tenéis algo que temer?
  —No, capitán. Bueno, sí —el pirata clavó su mirada sobre el gran hombre que lo observaba desde la playa—. ¡Esa cosa!
  —Tenéis suerte de que Alonso no entienda vuestro idioma, pues no le gustaría que os refiráis a él como “esa cosa”.
  —¡No, él no! —se apresuró a puntualizar—. ¡Esa jodida espada!
  El acero brillaba con fuerza bajo el sol de la mañana, como si emitiera brillo propio. Por muy bien cuidada que estuviera aquella imponente arma, las pequeñas muescas de su filo dejaban claro que su portador no dudaba en usarla y mancharla de sangre cuando la situación lo requería. ¿Tendría que sumar pronto una nueva muesca a la colección?
  —La espada y él son uno, amigo mío —dijo el capitán Figueroa—. Lleva aferrado a ella desde que lo conocí. ¡Y por aquel entonces era más bajo que yo! A veces hasta sospecho que pudieran tener algún tipo de relación romántica, similar a la que vosotros los ingleses soléis tener con cabras. Sin ofender.
  —No tengo nada en contra de las cabras —reconoció Fogg, quien no había entendido ni la mitad de lo que acababa de oír—. Tampoco a favor. Soy bastante neutro en todo lo relacionado con las cabras, capitán.
  —Está bien saberlo. Pero no perdamos más el tiempo con la retórica de esta charla intrascendente. ¿No vais a presentarme a vuestros dos compañeros, lord de la isla?
  El pirata se giró hacia las palmeras, elevando una mano.
  —¡Podéis salir! ¡Son amigos! —no hubo respuesta—. ¡Vamos, arrastrad vuestros culos peludos hasta aquí!
  Pero no ocurrió nada.
  —Disculpad mi insinuación, Fogg —dijo el capitán, impaciente—, pero ¿esos amigos vuestros… son lo que, digamos, una persona normal y corriente podría describir como “seres humanos”?
  —No tengo ni la menor idea de lo que insinúas —reconoció el pirata—. Brock y Glen únicamente pueden ser descritos de una manera: con insultos. Ya verás —Fogg rodeó su boca con las manos a modo de altavoz—. ¡Eh, idiotas! ¡Focas desnutridas! —gritó a pleno pulmón—. ¡Abono de nutrias con disentería! ¡Venid aquí ahora mismo o nos iremos sin vosotros!
  No quedaba muy claro si aquello había sido una petición, un aviso o una amenaza, pero surtió efecto. Lidenbrock y Glenarvan se mostraron al fin, e iniciaron el camino que los separaba de la playa.
  —¡Ahí los tienes! —dijo Fogg al capitán.
  —¿Dónde?
  —¡Ahí! —los señaló—. El que parece que le ha pasado un carro por la cara es Brock. Y el que tiene menos vello facial que una niña de cuatro años es Glen.
  —¿Se encuentra bien, Fogg? Creo que se está imaginando cosas.
  —¿Qué? —Fogg volvió a mirarlos; estaba convencido de que sus dos amigos seguían ahí, cada vez más cerca—. ¿Acaso son invisibles ante tus ojos, o qué?
  —Más o menos… —Figueroa lo miró con rostro preocupado—. ¿Cuánto tiempo decís que habéis pasado aquí?
  —Mañana hará un año —repitió mecánicamente, con la cabeza en otra parte—. He oído historias, capitán. Historias sobre hombres que abrazaron la locura. Hombres sanos, hombres cuerdos, hombres fuertes. Nadie está a salvo si se le aprietan las tuercas correctas. O, mejor dicho, si se le desaprietan. ¿Me sigues? —escupió al suelo—. Yo puedo no parecer sano, cuerdo ni tampoco muy fuerte, pero créeme si te digo que mis tuercas están perfectamente apretadas. Si Brock y Glen no son reales, que ese animal me parta en dos con su espada.
  Figueroa mantuvo la mirada seria durante varios segundos. Entonces, rompió a reír.
  —Os estaba tomando el pelo, amigo mío. ¡Deberíais haber visto vuestro rostro! Reconoced que os hice dudar, al menos.
  —Ni por un momento —mintió Fogg.
  Lidenbrock y Glenarvan se unieron a su compañero, ajenos a la extraña conversación que acababa de sucederse. Fogg les dio sendas palmadas amistosas en los hombros, únicamente, aunque jamás lo reconocería, para probarse a sí mismo su cordura. Los hombros de Brock y Glen parecían tan reales como siempre. El capitán se dio cuenta de aquello, aunque prefirió guardárselo para sí mismo, sin poder ocultar su sonrisa.
  —Disculpen mi intromisión en su isla, caballeros —el capitán hizo otra ligera reverencia—. Mi nombre es Juan Diego Alfonso de Luna Manrique Dávila y Figueroa.
  —Podéis llamarle “capitán” —añadió Fogg, con la lección aprendida.
  —Yo soy Glenarvan Smith —se puso una mano en el pecho e inclinó la cabeza educadamente—. ¿De dónde sois, capitán?
  —De aquí no, os lo aseguro —fue su única respuesta—. Ni pienso quedarme más de lo necesario.
  —¿Y cuánto es “lo necesario”?
  —Diría que es exactamente el tiempo que llevo aquí. Quizá, como mucho, restándole o añadiéndole un par de minutos.
  —Capitán —el tercer pirata dio un paso al frente—. Mi nombre es Lidenbrock Deepvalley. Deep por parte del que dice ser mi padre, Valley por parte de la que sin duda es mi madre. ¿O era al revés? —se acarició la barba, pensativo—. Bueno, no importa. Mi familia siempre ha sido muy trabajadora, capitán. ¿Recuerdas las reformas en la catedral de Salisbury, después de aquel temporal de hace cuatro años?
  —Confieso que no tengo ni la menor idea de a qué se refiere, señor Deepvalley.
  —Ya, bueno. ¡Pues estuvieron a punto de contratarnos! Al menos a mi hermano. ¡Ese maldito desgraciado! Si no hubiera muerto ahogado, ahora todos seríamos un poco menos pobres. Por eso es mejor no confiar en nadie, eso es lo que siempre digo.
  —Apasionante —lo interrumpió Figueroa—. ¿Debo asumir que los tres acabasteis en este precioso y tranquilo lugar por el mismo malentendido?
  —¡Malentendido, eso es! —asintió Fogg, satisfecho.
  —¡Por veinte monedas de nada! —añadió Lidenbrock—. ¡El fuego ni siquiera fue culpa nuestra!
  —No del todo —concluyó Glenarvan—. Al menos, no la parte de la propagación.
  —El fuego nunca sabe estarse quieto —protestó Brock, asombrosamente capaz de enfadarse con los elementos—. Y a la que te descuidas, se te sube encima.
  —En eso se parece a tu madre —bromeó Fogg, cuyo repertorio de chistes, habitualmente enfocados en las relaciones maternales o en insultos soeces y gratuitos, parecía tan reducido como la calidad de los mismos.
  Alonso elevó su espada y golpeó el suelo con ella, sacando un “clink”, o quizá un “clank”, que silenció a los tres piratas como si hubiera emitido una onda paralizante.
  —Gracias, Alonso —dijo el capitán Figueroa en su idioma, antes de retomar el inglés—. Si perdemos más tiempo intentando razonar con esas criaturas a las que Dios nos hizo el favor de encerrar en unas islas, mis hombres se impacientarán. Y yo me debo a ellos.
  —¿Quién es Alonso? —preguntó Brock a sus amigos—. ¿El mastodonte o la espada?
  —Por lo que sé de español —contestó Glenarvan—, que no es tanto como para presumir de ello, diría que “Alonso” es un nombre bastante común en sus tierras.
  —¡Ja! —Lidenbrock soltó una sonora carcajada—. ¡Vaya nombre más extraño! —e hizo un juego de palabras que no tendría gracia traducido ni sin traducir.
  —Capitán —dijo Glen, dispuesto a hacer avanzar la conversación—. ¿Puedo preguntar qué os ha traído hasta aquí?
  —Un malentendido —Figueroa sonrió—. Ya somos cuatro, al parecer.
  —¿Cuántas monedas robaste tú? —preguntó Lidenbrock, sintiendo un renovado interés.
  —Otro tipo de malentendido, querido amigo. Perdimos a un buen hombre no muy lejos de aquí, a causa de una tormenta repentina, y llevamos buscándolo desde entonces. Nuestras esperanzas comenzaban a difuminarse como fina niebla, cuando divisamos a lo lejos esta pequeña isla, y en ella a vuestro fiel amigo Fogg haciéndonos señales con los brazos. Pronto nos vimos sumidos en la decepción, claro está, al ver que no se trataba de quien esperábamos encontrar… Pero quiero pensar que no ha sido en vano. En el lugar del que vengo, se suele decir que “no hay mal que por bien no venga”.
  —Excepto la muerte —replicó Glenarvan.
  —Depende —insistió el capitán—. La muerte de uno puede ser el bien de otro. Y no hay que mirar muy lejos. La más que probable muerte de uno de mis hombres ha dejado una cama vacía. ¡Y que me saquen los ojos si no estoy viendo aquí mismo, ante mí, a tres nuevos candidatos! Esto, sin duda, es una señal divina.
  —No sé si será una señal —dijo Fogg—, o si realmente Dios ha tenido alguna intención en dejarnos aquí abandonados un año entero antes de que vengan a rescatarnos. Pero si nos sacáis de aquí, será a vosotros, y no a Él, a quien le estaré eternamente agradecido.
  —Lo mismo digo —añadió Glenarvan—. Capitán, lo que tenéis ante vos no son tres hombres desvalidos que necesitan ser rescatados, sino tres supervivientes fortalecidos por las malas experiencias, dispuestos a hacer lo que haga falta por quien tenga la bondad de acogerlos bajo su manto.
  —¡Quiere decir que nos gustaría formar parte de tu tripulación! —Lidenbrock creyó conveniente explicarlo.
  —Ésa era precisamente mi propuesta —respondió Figueroa con infinita paciencia.
  —¡Pues no se hable más! —exclamó Brock.
  —Pero hay un problema —lo interrumpió el capitán—. Un pequeño detalle. Una minucia. Otro malentendido, debo precisar. Tal vez mi dominio del inglés no esté lo suficientemente pulido como para hacerme entender, así que permitidme que vuelva a intentarlo. La cantidad de hombres que hemos perdido en trágicos accidentes causados por tormentas asciende a la cifra de uno. Por tanto, mediante una correlación directa y una rápida intervención de lo que se conoce por “lógica”, llegamos a la conclusión más o menos evidente pero inevitable de que la cantidad de camas libres debe coincidir con dicha cifra. Los espectadores más avispados pueden haber notado ya cierta discrepancia entre el número de camas libres y el de candidatos recién surgidos de una isla desierta. Señores, prueben a dedicar unos minutos a resolver esta ecuación, y verán que si extraemos “tres” de “uno” obtenemos un resultado negativo. Dicho de otro modo: si los tres suben a mi barco, nos encontraríamos con la peculiar situación de disponer de “menos dos” camas. ¡Lo sé! ¡Malditas matemáticas! ¡Rara vez tren buenas noticias!
  —Eso no es problema —sentenció Fogg—. Podemos dormir en el suelo.
  —Ay, si tan solo fuese un inconveniente nocturno… —se lamentó Figueroa—. Después será la comida. Después, la bebida. Finalmente, el reparto de los botines.
  —¿Qué son dos o tres personas más o menos? —replicó Glenarvan.
  —Dos o tres personas, quizá —asintió el capitán—. Pero ¿dos o tres ingleses? ¡Oh, amigo! ¡No quisiera ser el capitán de ese barco! Por desgracia para vosotros, sucede que lo soy. ¿Voy a aceptar a tres ingleses en mi tripulación? Si me lo llegara a plantear, sería yo el loco. ¿Admitiré gustosamente a uno solo? Pues lo cierto es que gustosamente, lo que se dice gustosamente, tampoco. Pero estoy dispuesto a hacerlo, aunque sea por la necesidad de haber perdido a uno de mis hombres. Y si este invitado sustituto resulta ser capaz, tal vez pueda quedarse con nosotros. Ésa es mi oferta. ¿La aceptáis?
  Los tres piratas se miraron entre sí, sin saber qué contestar.
  —No hay mucho que aceptar, me temo —respondió Glen—. Nos ofrecéis un puesto para tres personas. ¿Qué esperáis que hagamos? ¿Abandonar a nuestros dos compañeros aquí?
  —No, claro que no —contestó el capitán—. No quiero ser cómplice de esta tortura a la que habéis sido condenados, pues no he sido yo el agraviado con vuestras cinco, ocho o veinte monedas robadas. Este lugar no es el paraíso ni el infierno, pero a mí se me antoja bastante similar a la puerta de entrada al otro mundo. Creo que va siendo hora de cruzarla, ¿no os parece?
  —No, no nos parece —replicó Lidenbrock—. Prefiero seguir sufriendo en este mundo antes que la promesa de disfrutar del otro, en el que, por lo que sabemos, puede que ni siquiera haya ron.
  —¡Pues no se hable más! —Figueroa dijo unas palabras en su idioma—. ¡Veamos cuánto deseáis realmente formar parte de mi amada tripulación!
  Siguiendo las órdenes de su capitán, Alonso desenfundó una daga que portaba en el cinto y se la arrojó a los piratas. El arma cayó mansamente cerca de ellos; era evidente que no llevaba intención de herirlos.
  —Sois tres personas —siguió el capitán Figueroa—. Os estoy ofreciendo un puesto. Es una promesa. No hay trampas. Podéis luchar por conseguirlo, o podéis morir aquí.
  —¿Qué? —Glenarvan no daba crédito—. ¿Esperáis que nos matemos por una cama?
  —Lo único que espero, señor Smith, es que demostréis vuestro grado de compromiso y vuestro orden de prioridades.
  —¡Estos dos hombres han estado siempre a mi lado! —protestó Fogg—. ¡Son como mis hermanos!
  —Pues morid juntos —Figueroa se encogió de hombros—. ¿Qué más me da? La decisión es vuestra, queridos amigos.
  Fogg, Lidenbrock y Glenarvan se miraron entre sí, dudando sobre las intenciones de sus compañeros. Ninguno se movió, lo cual resultaba tranquilizador. Por un momento, incluso se plantearon lanzarse al ataque para tratar de apresar al capitán y usarlo de rehén. Había sido toda una temeridad por su parte acudir en persona, aunque tomara la precaución de quedarse a bordo de la pequeña barca. El problema era Alonso y su enorme espada gótica, quien bloqueaba el camino. Tal vez pudieran acabar con él usando la daga, pero difícilmente sobrevivirían los tres.
  Tras mucho cuchichear y pensar en diversos planes, llegaron a la conclusión de que las probabilidades de éxito eran casi nulas. Morir a manos de Alonso era una posibilidad. Que el capitán escapara, una mayor. Que algo, lo que fuera, saliera mal, tenía más de certeza que de probabilidad.
  Así pues, únicamente quedaba una opción: usar la inteligencia. En serio. No es un chiste.
  —Ahora lo entiendo —dijo Glenarvan, esta vez en alto—. Capitán, creo que hemos pasado vuestra prueba.
  —¿Mi prueba? —Figueroa lo miró con interés—. Explicaos, señor Smith.
  —Estabais probando nuestra lealtad. ¿Hasta qué punto nos debemos a nuestros camaradas? ¿Seríamos capaces de traicionar a quienes más nos importan? Pues he aquí nuestra respuesta, capitán. Nada puede romper nuestro vínculo de confianza, como tampoco se rompería otro vínculo que nos enlazara a vuestra tripulación. Somos leales hasta el final. Además… Adem…
  Glenarvan tuvo dificultades para seguir hablando. Es comprensible, pues no resulta fácil mantener la compostura y la buena dicción cuando se tiene la boca llena de sangre.
  Fogg se había acercado silenciosamente por la espalda y le había atravesado el cuello con la daga.
  —Ésta no era ninguna prueba de lealtad —dijo Figueroa—. He sido completamente sincero, y creo que nuestro amigo común, Fogg, ha sido consciente de ello desde el primer momento.
  Glen no replicó, pues estaba demasiado ocupado yaciendo muerto en el suelo.
  Lidenbrock tampoco protestó. Pudo haber detenido a su amigo, pero no lo hizo. Sabía que era la decisión correcta. Ni siquiera era una decisión difícil. Ellos mismos, los tres, habían jurado poner fin a sus vidas si no eran capaces de abandonar la isla en un año. Y ese plazo terminaba en menos de veinticuatro horas. Puede que el capitán Figueroa únicamente estuviese dispuesto a aceptar a uno de ellos a bordo, pero, para los otros, quedarse en tierra no era sinónimo de sobrevivir. Su decisión, en realidad, consistía en determinar si morirían los tres o únicamente dos. Y dado que ninguno de ellos estaba dispuesto a sacrificarse por los demás, el conflicto se volvía inevitable.
  Tan pronto como Fogg se giró hacia su compañero, éste le pateó la mano con que sujetaba la daga. A él no lo pillaría desprevenido. La pequeña y afilada arma salió volando de vuelta hacia su verdadero dueño, Alonso, quien la vio caer un par de metros frente a él sin inmutarse. No parecía tener prisa por recuperarla.
  Fogg saltó hacia un lado, evitando el segundo ataque de Brock. Éste perdió el equilibro, pero logró mantenerse erguido balanceando su cuerpo. Si bien Lidenbrock era algo más fuerte que Fogg, también lo superaba en lentitud; una desventaja que podía tornarse definitiva. Fogg no tuvo dificultades para contraatacar desde el lateral, colocándose tras la espalda de Brock mientras le pasaba un brazo alrededor del cuello. Su estrategia consistía en hacerle perder el conocimiento; así no tendría que matarlo.
  Los dos amigos forcejearon, conocedores de que toda su vida dependía de ese instante. Sí, “amigos”, pues no habían dejado de serlo a causa de esa disputa. No estaban luchando porque se odiaran, ni porque realmente quisieran matarse, sino para sobrevivir. Simple y estricta supervivencia. Uno de ellos daría su vida a cambio de que el otro pudiera salir de la isla. Era, en realidad, un acto de generosidad. Generosidad forzada, un concepto contradictorio, pero que concluía de la misma manera que cualquier otro tipo de generosidad: ayudando a un amigo en estado de necesidad. ¿El fin no justifica los medios?
  Lidenbrock se arrodilló, haciendo creer a Fogg que estaba perdiendo las fuerzas. En realidad, fue un movimiento estratégico para quitárselo de la espalda, lanzándolo por encima de su cabeza, hacia delante. Fogg cayó de cara, llenándose la boca de arena. Tosió y escupió repetidas veces, aunque no era, ni de lejos, una de las cosas más asquerosas que habían bajado por esa garganta.
  En vez de revolverse hacia su compañero, Fogg se arrastró en busca de la daga. Cuando estaba a punto de hacerse con ella, Brock, de nuevo anticipándose con una rápida patada, mandó la daga un par de metros más allá.
  Si ambos hubiesen dispuesto de un arma propia, quizá la escena fuese distinta. Tal vez se estuviese disputando un combate igualado y honorable. Pero aquello era lo más cercano a una pelea en el barro… sin barro. La arena, donde ellos se encontraban, permanecía prácticamente seca, dificultando sus movimientos, quemándoles los pies sudados, saliendo disparada hacia todas partes cada vez que uno propinaba un golpe.
  Fogg, aún en el suelo, se agarró a la pierna de Lidenbrock para evitar que éste llegara a la daga. Su desesperación era tal, que a punto estuvo, incluso, de morderle el gemelo o el tobillo, de no ser porque Brock logró soltarse a tiempo con un fuerte tirón, cuando ya sentía la espesa saliva sobre su piel. Esta vez no fue la boca lo único que se le llenó de arena. Fogg se encogió, tapándose los ojos con las manos. Sus glándulas lagrimales hacían lo posible por expulsar los granos de arena que, arropados por los párpados, amenazan con cegarlo. Pero no era suficiente. El escozor le impedía abrir los ojos. Impotente y sin dejar de escupir arena, se arrodilló esperando el golpe final, que no tardó en llegar.
  Fue un tajo diagonal, que prácticamente lo partió en dos, desde el cuello a la cintura. La espada gótica se manchó de sangre como nunca antes. O quizá como muchas otra veces. Pero aquellas dos mitades de cadáver no pertenecían a Fogg, sino a Lidenbrock. En su intento desesperado por alcanzar la daga, había obviado el hecho de que ésta se encontraba a no más de un par de pasos de Alonso. Y el enorme hombretón hispano de dos metros no se iba a arriesgar a tener a un pirata armado tan cerca de él. Estaría loco si lo hiciera. Y sí, puede que lo estuviera, pero por otros motivos que no vienen al caso.
  —¡Tenemos un ganador! —exclamó el capitán Figueroa—. ¡Enhorabuena!
  Cuando Fogg recuperó la compostura, ni siquiera sabía lo que había ocurrido. Vio a Lidenbrock en el suelo, hecho un amasijo de piel, órganos desparramados y sangre, de lo que anteriormente fue un ser humano. Estaba bastante convencido de que él no era el causante de aquello, pero se alegró igualmente. Si otro lo había matado por él, era un cargo menos en su conciencia. Algún día se vengaría. Se vengaría en nombre de ambos. Pero la obediencia era parte de esa venganza, como también lo era la paciencia. Paciencia ante lo que, sin ninguna duda, sería una muy larga espera a bordo de un barco español, en el que fingiría sumisión. ¿Y acaso hay forma mejor de fingir que convertir la farsa en realidad?
  —Espero que seáis un hombre de palabra, capitán —dijo Fogg, con la respiración entrecortada, hablándole por primera vez con respeto.
  —Eso lo vais a comprobar ahora mismo, amigo mío, sin importar lo que yo diga.
  Fogg echó un rápido vistazo al que fue su hogar durante los últimos doce meses. O eso era lo que él creía, habría que puntualizar, pues realmente no llevaba allí ni veinte semanas. Mucho menos tiempo del que pensaba, pero demasiado, al fin y al cabo. Suficiente como para convertir a Fogg en una sombra de quien un día fue.
  Pasó junto al cuerpo de su amigo, siguiendo las huellas de Alonso, en dirección a la pequeña barca de madera. El hombre de oscura y rizada melena se unió al capitán y al encargado de los remos, mientras Fogg seguía caminando, ya con el agua por las rodillas. Después, siguió caminando aún más. Llegó a la barca, con el agua por la cintura, y siguió caminando. Cuando atravesó el imponente galeón, el agua ya le llegaba por el cuello. Por eso, siguió caminando, sin importarle todo aquello que nunca había sucedido, y que no fue más que una excusa desesperada de su subconsciente para acabar con tanto sufrimiento.
  Fogg continuó caminando hasta que sus piernas dejaron de responder. Y entonces, al fin, pudo descansar.


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2 comentarios sobre Relato: Por un pasaje

  • maquinangel

    Me tuviste pegado al asiento desde el principio. Lleno de detalles, muy bien argumentado. Me temía ese final. Por unos momentos me sentí en una película de Alfred Hitchcock o algún episodio de The Twilight Zone. En espera del siguiente relato. Me ha encantado.

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