Relato: Mayo

Mayo

  AD3721050 se convirtió en la imagen visible del movimiento por los derechos de los androides. No era el modelo más moderno, ni el más extendido entre los organismos del Estado, pero se había ganado el corazón del pueblo gracias a un vídeo viral en el que un empleado, despedido poco después por revelación de secretos, mostraba las deplorables condiciones en que estaban almacenados cuando se encontraban fuera de servicio.
  Aquello fue suficiente para que quienes exigían su liberación, e incluso una equiparación de derechos, ganasen el apoyo popular de decenas de miles de ciudadanos, hasta entonces ajenos a todo debate sobre el tema. Apelar al corazón suele dar mejores resultados que apelar a la lógica, del mismo modo que conmueve más corazones ver un único vídeo de un perro apaleado, que atender a mil y una charlas sobre los horrores del abandono animal.
  En el vídeo difundido por el exempleado, se podía comprobar cómo las unidades AD3721050, nombre en clave “Mayo”, pese a su aspecto idéntico al que tendría un hombre humano en su treintena, eran tratadas peor que objetos desechables. Que estuvieran todos apelotonados, inmovilizados y a oscuras, no era tan grave como el hecho de que no podían ser desactivados. Es decir, que los androides pasaban todo el tiempo de su encierro sin poder moverse ni un centímetro, en condiciones deleznables, y siendo conscientes de ello.
  El debate se iniciaba con ese concepto: la consciencia. Estamos ante modelos androides antropomórficos, de elevada inteligencia artificial, una recreación casi perfecta del exterior de un cuerpo humano, capaces de ver, oír, hablar… ¿Podía seguir considerándose a esos seres como simples máquinas? ¿Qué más condiciones necesita cualquier forma de vida, natural o artificial, para que la sociedad decida otorgarle derechos?
  ¿Para empezar a vivir en libertad, hay que rebelarse contra los amos? ¿Ante un ser incapaz de negarse a obedecer órdenes, jamás se mostrará ningún tipo de compasión?
  La mayor parte de la población compartía un mismo punto de vista: los androides fueron creados para obedecer a los humanos, y, por tanto, deben mantenerse siempre a nuestra sombra. Eso no significa que estén a favor de su maltrato. Al menos, no del maltrato que molesta a la gente: el que ven. Hay cosas terribles que todo el mundo sabe que ocurren, pero que toleran siempre que cumplan la regla de oro: “que no me afecte a mí”. Casi nadie saldría de un matadero con una sonrisa en la boca; sin embargo, son mayoría quienes después disfrutan de esa comida, sin pararse a pensar (por su bien) en la procedencia.
  Era cuestión de tiempo que el debate por los derechos de los animales se trasladara a las nuevas formas de vida. Y, como siempre, había quienes se mostraban indiferentes, y quienes tenían posturas extremistas, de uno u otro lado. El vídeo de varias unidades Mayo inmovilizadas, mirando a cámara, mudas, era espeluznante, sin importar la ideología del espectador. El hecho de que no hablaran ni intentaran liberarse lo hacía más aterrador aún. La esclavitud consentida. Máquinas lobotomizadas… durante su creación. Androides capaces de destruirse a sí mismos si se les daba la orden. Sin dudar, sin cuestionar el motivo, sin compasión por los de su misma especie, ni por sus propias vidas.
  Tras el vídeo, llegó la explosión de furia. Muchos de los que permanecían indiferentes, mostraron su apoyo a la causa. Los que defendían a los androides, se radicalizaron. Los que ya adoptaban posiciones radicales, tomaron las armas. Ya no era cuestión de derechos y libertades, sino de salvar vidas.
  Apenas unos días después de la publicación de aquel vídeo, seiscientas cuarenta y siete personas asaltaron la comisaría central de la ciudad. Los policías se vieron completamente desbordados. Aquellas seiscientas cuarenta y siete personas no actuaban egoístamente, sino que cargaban sobre sus hombros los sueños y esperanzas de miles de ciudadanos que, desde sus casas, quizá temerosos ante las represalias, no acudieron al encuentro pese a compartir su objetivo. Y, por supuesto, también los sueños y esperanzas, si es que se les podía llamar así, de todas las formas de vida androides.
  Los agentes de policía no se atrevieron a abrir fuego ante semejante marea social. Aunque, si recurrimos a un símil marítimo, lo más correcto sería decir que se trataba de todo un tsunami social. La mayoría de los manifestantes rodearon la comisaría, cortando cualquier tipo de ayuda externa, mientras los más valientes acorralaban a los policías, exigiendo la puesta en libertad de todos los modelos almacenados. Incluso algunos de los policías, incumpliendo sus obligaciones, se posicionaron a favor de la ideología de los asaltantes.
  Aquel fue el día en que la lucha llegó a su fin. Los miembros de la plataforma a favor de los derechos de los androides liberaron, despojándolos de sus cadenas físicas y mentales, a las siete unidades Mayo que allí se encontraban, inmóviles y sin protestar.
  —Desde ahora, podéis pensar por vosotros mismos —les dijeron—. Sed libres, tomad vuestras propias decisiones.
  El modelo Mayo, como muchos otros, poseía la capacidad de captar frases, analizarlas de forma lógica y actuar en consecuencia. Aquellos hombres y mujeres habían acudido a liberarlos, uniéndose en comunidad, jugándose la vida, desafiando las leyes y a los encargados de hacerlas cumplir.
  En cuanto fueron plenamente conscientes de su situación, las siete unidades Mayo llegaron a una misma conclusión de forma simultánea. Al fin y al cabo, su procesador era idéntico, y su sistema de análisis no difería entre unidades.
  “Irrupción agresiva. Resistencia a la autoridad. Toma de rehenes. Rechazo a la posibilidad de negociación. Individuos armados. Amenaza inmediata. Máximo nivel de alerta por terrorismo.”
  Como parte de las fuerzas de seguridad, Mayo contaba con armamento incorporado. Era el momento de tomar la decisión; una decisión fácil, en realidad: solo tuvieron que limitarse a cumplir su trabajo. Para eso habían nacido.


(Imagen de la cabecera: Detroit: Become Human)

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