Relato: Demasiado tarde

(El siguiente relato ha sido creado a partir de una idea propuesta por @Cris_Serendipia a través de Twitter.)

Demasiado tarde

  Mar pasó corriendo junto a las cajas del supermercado.
  —¡Será solo un momento! —gritó.
  Sabía que no era muy considerado por su parte acudir al supermercado cuando quedaban menos de quince minutos para la hora de cierre, pero se encontraba en una situación de extrema urgencia. Si tenía que disculparse, lo haría. Si tenía que discutir, también. Estaba allí porque lo necesitaba.
  Apenas quedaba gente por los pasillos. Los últimos clientes se dirigían ya hacia las cajas, dispuestos a pagar y marcharse. Incluso algunos trabajadores empezaban a abandonar sus puestos. Pronto, únicamente quedaría ella. Se arriesgaba a ser expulsada. Necesitaba darse prisa.
  Los nervios le hicieron tardar más de lo previsto en localizar el pasillo correcto. Era consciente de que habría tardado menos si hubiera preguntado, pero prefirió no exponerse ante lo que probablemente hubiera sido una respuesta acusadora. “Ya es un poco tarde, señorita; ¿no puede esperar a otro día?”. Obviamente, no podía. Pero ¿cómo podría explicárselo a otra persona, cuando a ella misma le costaba comprenderlo?
  Restaban cinco minutos para la hora de cierre, cuando finalmente se plantó ante la sección de cuerdas. Y no estamos hablando de una orquesta formada por violines, violas, violonchelos y contrabajos, sino a, literalmente, estanterías llenas de cuerdas. Cuerdas de distintos materiales. Cuerdas de distintos tamaños. Cuerdas de distintos precios. Cuerdas y más cuerdas, perfectamente organizadas, deseosas de que alguien las eligiera y las llevase a casa.
  Mar era un manojo de nervios. Se sentía muy estúpida. Ni siquiera se había llegado a plantear que hubiera varios tipos de cuerda. ¿Cómo no iba a haberlos? La cuerda no es un elemento obtenido directamente de la naturaleza, sino fabricado artificialmente. Al menos, las que venden en tiendas. Y los humanos tienen la costumbre de fabricar una gran variedad de artículos, esperando, al mismo tiempo, llamar la atención de una gran variedad de clientes.
  ¿Qué clase de cliente era Mar? Bueno, sobre todo era la clase de cliente que necesitaba darse prisa, si no quería llevarse la bronca de un trabajador, o terminar acompañando a un guardia de seguridad hasta la calle, en un paseo vergonzoso que le impediría volver a pisar aquel supermercado.
  ¡Pero es que había muchas cuerdas!
  Cableado de algodón, polipropileno, cableada rafia, fluor Standers, hilo trenzado, cáñamo pulido, cuerda plastificada, cableada polietileno, tendero con tensor, arranque motor, hilo de nylon, trenzada poliamida, trenzado de algodón, hilo retorcido, reflectante, pulido, estor poliester, cabo… Palabras y más palabras, que ya ni siquiera tenían sentido dentro de su cabeza.
  Mar miró a su alrededor, en busca de ayuda. No había nadie. De todas maneras, ¿qué iba a decir? “Disculpe, necesito una cuerda capaz de soportar el peso de una persona”. No era una petición ilógica, pero podía requerir de explicaciones que ni quería ni podía dar.
  Pero ¿acaso importaba? Eligiera la cuerda que eligiera, había un problema que no podría solventar. Acababa de darse cuenta de algo. ¡Qué despiste más injustificable! Todas las cuerdas tenían algo en común: costaban dinero. Y ella no llevaba ni un solo euro encima…
  ¿Qué clase de desesperación puede llevar a una persona a ir a comprar sin dinero?
  ¿Debía aceptar su derrota? ¿Cambiaba algo no hacerlo?
  ¿Qué hora era?
  Cuando las voces de su cabeza dejaron de gritar, Mar al fin pudo escuchar el silencio en que estaba sumido el supermercado. Demasiado silencio. El tipo de silencio que te hace empezar a preocuparte.
  Mar corrió hacia la salida, con el corazón a mil por hora. Los clientes ya se habían marchado…, y también los trabajadores. Las cajas estaban vacías. Las puertas, cerradas.
  ¿Cuánto más podía empeorar su día? Probablemente, nada.
  Entonces, se apagaron las luces.
  Mar retrocedió instintivamente, presa del pánico. Tropezó consigo misma, perdiendo el equilibrio. Sin saber cómo, acabó con su espalda contra el suelo, donde permaneció unos segundos, incapaz de reaccionar.
  Respiró profundamente, haciendo un esfuerzo por tranquilizarse. Después se puso rápidamente en pie, sintiéndose desorientada. La oscuridad no ayudaba.
  —¡Socorro! —exclamó.
  No sirvió de nada, como tampoco había servido avisar a los empleados cuando entró. Lo recordaba perfectamente. ¿Acaso no la habían oído? Imposible. ¿Se habían olvidado de ella? Tal vez. Sin embargo, ella se inclinaba por otra teoría: lo habían hecho a propósito. ¿Era un escarmiento por llegar tan tarde y haber perdido tanto tiempo? No es que lo hubiera hecho con maldad; era un asunto de vida o muerte. Pero eso los trabajadores no lo sabían.
  Mar estaba convencida de que sabían que estaba allí. El motivo: las cámaras de seguridad. En medio de la oscuridad absoluta, las luces de las cámaras destacaban como estrellas en el firmamento. Por lógica, al menos una de esas cámaras estaría apuntando hacia ella. Hizo gestos con los brazos, en un acto desesperado por llamar su atención.
  ¿Tenían las cámaras sistema de visión nocturna? Poco importaba, la verdad. Si no lo tenían, no la verían. Si lo tenían, la estaban ignorando. Para ella, era el mismo resultado.
  Si realmente se trataba de un escarmiento por ir a comprar tan tarde, en algún momento se cansarían, y estarían obligados a soltarla. De lo contrario, podría considerarse secuestro.
  ¿Un secuestro…?
  No necesitaba llegar a tal extremo para avisar a la policía…, ¡o a cualquier otra persona! El ataque de pánico le había impedido ver la solución más sencilla: llamar por teléfono.
  Mar cogió su teléfono móvil, sintiendo las manos temblorosas. Le costó encontrar el botón que encendía la pantalla. Probó una vez, y otra, y una tercera, antes de comprender que el problema no era suyo, sino del aparato. ¿Por qué no se encendía la pantalla? Siempre se aseguraba de cargar la batería al máximo antes de salir de casa. ¿Tal vez se había apagado…?
  No, no era eso.
  El teléfono móvil estaba mojado. Probablemente no estuviera apagado, sino estropeado.
  ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a ella?
  Mar pensó en buscar la sección de alimentación, para comprobar si realmente servía de algo meter el móvil en arroz, esperando que éste absorbiera la humedad. Alguno de sus amigos aseguraba que era cierto, comprobado de primera mano. Pero ¿acaso alguno de sus amigos había tenido que buscar el arroz en un supermercado sin luz? Estaba casi segura de que no.
  Tardó casi veinte minutos en comprender que nadie acudiría a rescatarla.
  Al final había terminado por acostumbrarse al silencio y la oscuridad. No es que estuviera cómoda, pero tenía la certeza (o quería creer que la tenía) de que nada malo podía ocurrirle dentro de un supermercado cerrado. Nada peor que la situación en la que ya estaba metida, al menos.
  La calma que sentía era, en cierto modo, inquietante. Cuanto más tranquila estaba, más nítida veía la imagen que todavía permanecía borrosa en su mente, y que la había llevado al supermercado con tanta urgencia. Ya ni siquiera recordaba el motivo de que estuviera allí.
  Poco a poco, la imagen iba cobrando forma y color. Concretamente, la forma y el color de un risco, junto al olor del tabaco, el sabor del alcohol y el sonido de la música.
  Y allí estaba Ana.
  ¿Quién era esa chica? ¿De qué la conocía?
  Y lo más importante: ¿por qué estaba colgando de un saliente, un metro por debajo de la cima del risco?
  Su amiga intentó alcanzarla, estirándose tanto como podía. No era suficiente. Le faltaba muy poco…, pero ese “poco” era un “todo”. Desesperada, miró a su alrededor. Allí únicamente había una botella de cristal semivacía, un cartón de tabaco y un teléfono móvil, todo ello tirado en el suelo. ¿Se estaban haciendo una fotografía? ¿Había resbalado? No podía recordarlo. Lo único que recordaba era el miedo y la desesperación.
  Si no encontraba algo para llegar hasta ella, Ana iba a caer al agua. Desde esa altura, la caída podría ser mortal. Sin saber qué hacer, corrió en busca de los demás, esperando que pudieran ayudarlas.
  —¡Socorro! —gritó Ana, desesperada.
  —¡Será solo un momento!
  Fue la última vez que las dos amigas se vieron.
  ¿Cuánto había pasado desde entonces? Probablemente varias horas. Medio día, incluso. Tal vez más. Mar no había podido conseguir una cuerda a tiempo. Cuando llegó al supermercado, ya era muy, muy tarde para Ana. Demasiado tarde.
  Había sido una estupidez. Un acto desesperado, de rabia, impotencia o negación. Quizá de todo al mismo tiempo.
  Ahora ya lo comprendía. Ya entendía por qué los trabajadores del supermercado la habían ignorado, por qué ninguna cámara la controlaba, y por qué había terminado encerrada en aquel lugar. No: claro que no estaba encerrada. Podía irse cuando quisiera. Tenía que irse.
  Lo que prometía ser una noche de fiesta y diversión, acabó en tragedia. Cuando Ana cayó del risco, fue arrastrada por las olas. Si murió antes o después, no importaba; nada cambiaba. Lo único que importaba era que ahora Ana formaba parte del mar. Al perder la vida, también había perdido su condición de ser humano. Ahora, Ana es el Mar.

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