Primeros capítulos de Zodion

Aquí podéis leer de forma gratuita los siete primeros capítulos de Zodion, mi primera novela, de la que quiero destacar tres puntos: su originalidad (tanto en planteamiento como en desarrollo), la intriga constante, y, sobre todo, los dilemas morales de los numerosos protagonistas.

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1 – Kentaro

  La oficina de Gustav siempre me había transmitido serenidad.
  Disfrutaba mucho hablando con el profesor, pero también sabía apreciar esos ratos en los que él se dedicaba al papeleo diario, mientras yo realizaba las tareas que me había encomendado. El silencio sólo se quebraba ligeramente por la lluvia al otro lado de la ventana, o por los suaves y agradables ruidos que producen acciones sencillas como pasar hojas de un libro, o el rasgar del lapicero sobre el papel. Escribir a mano era muy habitual en el profesor; reconozco que mucho menos en mi caso, más acostumbrado al teclado de mi ordenador portátil. Por suerte, mis tareas en aquella oficina consistían casi siempre en buscar y clasificar archivos; mi letra no es digna de admiración, y no me resulta cómodo usar bolígrafo o lápiz. Los inconvenientes de las nuevas tecnologías…
  Sin embargo, éste era otro tipo de silencio. Era un silencio absoluto. No era un silencio como cuando ambos nos quedábamos pensando o leyendo, preparándonos para continuar. No. Más bien era un silencio como el que te queda después de ser alcanzado por un lanzamisiles.
  Por dentro, estaba gritando. Por fuera, nada.
  Nunca más volvería a ver aquella oficina. Pero, al menos, sabía que ésa era la última vez que la vería. Con el profesor no tuve tanta suerte. Jamás se me habría pasado por la cabeza que el jueves de la semana anterior sería el último día que trabajaría para… No: con él.
  —Kentaro, ¿estás bien?
  La secretaria de Gustav había regresado; ni siquiera lo había notado.
  —Sí —me costó responder—. Ya me voy.
  —El profesor te apreciaba mucho, ya lo sabes.
  ¿Se supone que eso debería hacerme sentir mejor? ¿Debería alegrarme sabiendo que quien había muerto era mi amigo, no sólo mi jefe? La verdad es que prefería que me hubiera dicho que me odiaba. Así tendría una excusa bajo la que enterrar tanta tristeza.
  —Avísame para cualquier cosa que necesites, ¿vale?
  —Gracias —respondí forzando una sonrisa.
  Siempre viene bien tener alguien con quien desahogarse, pero, ¿de qué íbamos a hablar ella y yo? Que ella trabajara para él no significa que lo conociera. Yo conocía al Gustav que había detrás de la placa de presidente de la compañía Zodion. Yo conocía a Gustav con la cercanía de un amigo.
  Puede sonar injusto. Ya sé que yo no era el único que estaba sufriendo por la pérdida del profesor. Pero es que había algo que me dolía casi tanto como aquello. Dejad que os lo explique.

  Yo acudía a la oficina todos los jueves por la tarde. El jueves de la semana anterior había transcurrido con normalidad. Acabé mis cometidos en poco más de una hora, por lo que el profesor me dejó elegir si marcharme o quedarme con él durante las tres horas que me pagaba. Evidentemente, me quedé. Él me había dejado bien claro, en ocasiones similares anteriores, que me pagaría las tres horas aunque terminara mucho antes. Pero sé que disfrutaba tanto como yo de nuestras conversaciones, por lo que decidí estar allí un rato más.
  Gustav sabía de casi todo, y siempre tenía anécdotas que contar, algo de lo que yo intentaba aprender. Él, por su parte, solía plantearme varios juegos, como acertijos, y mostraba mucha curiosidad por mi país de origen. Las típicas dudas que uno puede resolver navegando por Internet; pero ése era su único punto débil: no tenía nada en contra de los ordenadores, pero prefería dejarle el trabajo informático a otros. Yo le respondía encantado, henchido de orgullo por tener la oportunidad de enseñar algo, fuese lo que fuese, al hombre más inteligente que conocí jamás. Aunque fueran detalles insignificantes o fiestas estúpidas de las que sólo había oído hablar a mi madre. Su constante interés me hacía contárselo como si todo lo hubiera conocido en persona. No, como si fuera yo quien lo hubiera inventado, pese a haber vivido sólo cinco años allí. De todas formas, pocas veces podía demostrar algo parecido a orgullo por haber nacido en Japón. Solía darme más problemas que ventajas.
  El caso es que, después de aquellas tres horas, regresé a mi casa. La semana transcurrió con normalidad hasta el jueves siguiente, cuando volví al edificio de la compañía Zodion. Recogí mi tarjeta en recepción y me dejaron acceder a la zona de despachos, como siempre. No noté nada raro. La gente trabajaba, o al menos paseaba de un lugar para otro. Fue al encontrarme con la secretaria cuando noté algo raro. No estaba sentada en su mesa, y llevaba puesto el abrigo, como si acabara de llegar o estuviera a punto de marcharse. Su pose me dejó claro que estaba esperándome; su mirada, que algo había pasado.
  —Kentaro, lo siento…
  A partir de ahí, todo pasó muy rápido. El profesor Gustav había muerto. Pero… había muerto el viernes de la semana anterior. Es decir, un día después de haber estado con él, y seis días antes de mi regreso a las oficinas. ¿Entendéis ahora mi enfado? Muere una persona que se había convertido en alguien tan importante para mí, y me entero seis días después, cuando ya habían pasado el velatorio y el entierro. Ni una oportunidad para despedirme. Ni en vida ni en muerte.

  Tras despedirme de la secretaria, me dispuse a volver a casa. Sin darme cuenta, había llegado al recibidor del edificio. Del mismo modo que al entrar no noté nada raro, ahora no podía dejar de notar las miradas de todos en mi nuca. Sabían que me acababa de enterar. Seguramente, en sus cabezas rondaban pensamientos de compasión. Me alegré de que se quedaran en sus mentes; no me gustan esas conversaciones vacías de lamentos mutuos.
  —¿Yukimura?
  Dejé de mirarme los pies por un segundo. Delante tenía a un hombre trajeado, al que no estaba seguro de haber visto antes.
  —¿Nos conocemos? —le pregunté, intentando sonar tranquilo.
  —No personalmente. Mi nombre es Filip Svalbard, soy el asistente del profesor Neroyka.
  Me pregunté cómo me había reconocido. Primero supuse que era por ser el único asiático a la vista. Luego lo pensé mejor: llevaba una tarjeta de acceso colgada en el pecho, con mi foto y mi nombre: Kentaro Yukimura.
  —Sé que debes estar pasándolo muy mal ahora —me dijo—, pero necesito hablar contigo —al ver que dudaba, insistió—. El profesor dejó algo para ti. ¿Me acompañas a mi despacho?
  Lo último que me apetecía era entrar a otro despacho, pero me tenían que pagar las horas que llevaba aquel mes; el motivo parecía evidente.
  Filip me condujo hasta su despacho en silencio. Una vez allí, me invitó a sentarme y abrió un cajón de su escritorio, del que sacó una carpeta con mi nombre.
  —Lo primero… —sacó un sobre de la carpeta y lo dejó en mi lado de la mesa—. Cuéntalo para comprobar que no falte nada.
  —Hay de más —dije tras contar el dinero dos veces—. Es el pago de todo el mes, incluyendo esta semana y la que viene.
  —No, está bien. Sé que Gustav estaba muy contento con vosotros. Por favor, acéptalo.
  Le di las gracias y lo guardé en el bolsillo de mi cazadora.
  —¿Lo saben los demás? —pregunté.
  Quizá sea necesario aclarar quiénes son “los demás”. El profesor tenía contratadas a cinco personas. Yo me ocupaba los jueves, pero eso no significa que el resto de tardes no tuviera ayuda. Habría aceptado encantado un contrato que me permitiera trabajar allí toda la semana, pero él prefería ayudar a cinco personas con necesidades económicas, en vez de sólo a uno.
  —Sólo faltabas tú. Espero que puedas disculpar que te hayan informado tan tarde.
  —Has dicho “lo primero” —hice lo posible por cambiar de tema—. ¿Es que hay algo más?
  Fijé mi mirada sobre la carpeta que aún sostenía entre sus manos.
  —Sí. Hay una segunda cosa, más importante aún. En teoría debería enviártelo por carta, pero aprovechando que también tenía que darte el dinero…
  ¿“Más importante”? Filip revisó varios papeles que había en la carpeta. No estaba seguro de si me los iba a leer o a entregar.
  —El profesor dejó un mensaje para ti —eso me sorprendió—. Bueno, “mensaje” no es la palabra correcta. Verás, Yukimura, el profesor sabía que no le quedaba mucho… —se quedó en silencio, como esperando a que yo dijera algo, cosa que no sucedió—. Tenía un encargo preparado para cuando no estuviese entre nosotros.
  —¿Un encargo?
  —Sí, pero no para vosotros, sino más bien para mí. Es difícil de explicar, disculpa.
  —No importa —claro que importaba; estaba empezando a ponerme nervioso.
  —Como ya imaginarás, la familia Neroyka tiene mucho dinero. Los negocios de la compañía Zodion están dando muchos beneficios.
  —Ya —ahora estaba definitivamente muy nervioso.
  —La versión corta es: Gustav te ha nombrado heredero.
  —¿…Cómo?
  —Es decir, en parte. Más bien “candidato a heredero” —intenté decir algo, pero las palabras se negaban a salir—. ¿Puedo preguntar de qué conocías a Gustav?
  —Eh… Fui alumno suyo en la universidad. Después estuvimos un tiempo sin ningún contacto, hasta que me llamó para ofrecerme este trabajo.
  —¿Tan buen estudiante eras?
  —No, no lo creo. Me esforzaba, pero había notas más altas que las mías. Nos llevábamos bien. Era muy buen profesor.
  —Entonces podemos afirmar que has aprovechado muy bien estos pocos meses que has estado trabajando aquí.
  —¿“Aprovechado”? —no me gustó que usara ese verbo.
  —Me refiero a que, si ha considerado nombrarte heredero, ha debido de ser por la amistad que habéis contraído durante estos meses.
  —… Supongo. No lo sé. Sí, pero…
  —No quiero que pienses que sospecho de ti. Sólo preguntaba por curiosidad. Al fin y al cabo, me limito a seguir las órdenes que dejó escritas. No estoy aquí para juzgarte.
  —¿Y qué órdenes son esas?
  —Parte de la herencia pertenece a su hijo; otra parte va destinada a la empresa en sí; es la tercera parte la que necesita explicación. Sabes que a Gustav le encantaban los juegos, ¿verdad?
  —Sí, sobre todo los acertijos —una sonrisa melancólica apareció inesperadamente en mi boca.
  —Digamos que… tenía un juego organizado para cuando este desafortunado momento llegara.
  —¿Tengo que resolver un acertijo?
  —No, no… Algo más complejo. Verás, no puedo darte muchos detalles aún. Sus instrucciones son claras: tengo que reunir a todos los candidatos, y llevaros en avión a uno de los centros de investigación de Zodion. Allí todos tendréis la oportunidad de repartiros vuestra parte de la herencia.
  —¿Por qué allí?
  —Es parte de las instrucciones. Tranquilo, tanto el viaje como la estancia corren de nuestra cuenta.
  —¿Cuánto tiempo tendríamos que estar?
  —En realidad, tanto tiempo como queráis. Gustav ha dejado bien claro que tenéis que ser tratados como miembros de su propia familia, y podéis utilizar aquellas instalaciones todo el tiempo que creáis conveniente. Míralo como unas pequeñas vacaciones, que no sólo no os costarán dinero, sino que os harán ganarlo. Lo único que tengo que pedirte es que te comprometas a no contar nada a nadie. Un contrato de confidencialidad.
  —Mira… agradezco mucho la oferta, pero todo esto me parece muy extraño. Creo que la fortuna debería repartirse entre la familia; yo ahí no pinto nada.
  —Eres libre de decidir, por supuesto. No te quiero obligar a nada. Como te digo, me limito a cumplir las instrucciones de Gustav.
  —Con tu permiso, voy a marcharme. Gracias, de verdad —me levanté de forma un tanto apresurada.
  —Por favor, coge mi tarjeta por si cambias de idea.
  Filip me entregó una tarjeta con su nombre, la dirección del edificio en el que nos encontrábamos, un número de teléfono y un correo electrónico. En la parte izquierda tenía el logo de Zodion.
  Por algún motivo, aquella conversación me había dejado más enfurecido aún. Primero me avisan seis días tarde de la muerte del profesor, y ahora me plantean un juego (¡¿un juego?!) minutos después de enterarme de su muerte. Quizá su intención era buena, pero sus maneras no. Lo mejor era volver a casa y olvidarme de todo.



2

  Kentaro regresó a casa y se encerró en su habitación sin apenas saludar. Un videojuego era la mejor terapia para evadirse de aquel horrible día.
  Apenas había encendido la videoconsola, alguien llamó a la puerta de su habitación. Era Minami, su hermana pequeña.
  —Taro, ¿ha pasado algo?
  Su intento de no preocupar a su familia había sido un fracaso absoluto. Lo conocían demasiado bien.
  —No, ¿por qué?
  Kentaro no apartó la mirada del televisor. Sentía que si miraba a su hermana a los ojos, ella le leería el pensamiento. ¿Acaso había sospechado algo por lo rápido que había ido a su habitación y por el fugaz saludo que les había dedicado al entrar a casa?
  —Has vuelto dos horas antes de lo normal —oh, era eso.
  Kentaro miró a la puerta, y ella lo entendió. La cerró tras de sí y se sentó junto a su hermano.
  —El profesor Gustav murió el viernes pasado. Me lo acaban de decir.
  —Lo siento —le dio un abrazo—. ¿Por qué no te lo han dicho antes?
  —Eso es lo que más me cabrea.
  Minami no conocía personalmente a Gustav Neroyka, pero su hermano le había contado muchas cosas de él, por lo que, en cierto sentido, ella había llegado a admirarlo casi tanto como Kentaro. Si todo lo que le contaba era verdad (y seguro que lo era), debía tratarse de un hombre muy interesante.
  Siempre que Gustav le planteaba acertijos a Kentaro, éste hacía después lo mismo a su hermana. Ella rara vez los acertaba, pero le daba igual; lo importante era el rato que pasaban juntos. Los acertijos que más le gustaban eran los que el propio Kentaro había sido incapaz de resolver, ya que Gustav se negaba a darle la solución, salvo que se tratara de un acertijo humorístico. ¿Qué tiene cuatro piernas por la mañana, dos por la tarde, y una por la noche? “Un veterano de guerra”, había dicho entre risas el profesor, al ver que Kentaro se veía incapaz de resolver esa curiosa versión del acertijo de la esfinge. El chico daba muchas vueltas a los acertijos para intentar sacar una respuesta lógica; Minami prefería dar respuestas absurdas. Ya que no lo iba a acertar igualmente, al menos hacía reír a Kentaro y a su padre, que también se ofrecía voluntario para tratar de resolverlos. ¿Qué es negro por dentro y de muchos colores por fuera? “¡Ganguro!”, dijo Minami (como siempre, la respuesta más absurda que se le ocurrió). “Una casa a oscuras”, dijo su padre (que sí se esforzaba de verdad, pero tampoco acertaba). Gustav se reía mucho cuando Kentaro le planteaba todas las respuestas en su siguiente encuentro.
  Pero volvamos a la habitación de Kentaro. O, mejor dicho, a su mente. Una cosa era poner acertijos, y otra muy distinta tomarse la herencia como un juego. ¿Y por qué a él? ¿Por qué meter a Kentaro en un asunto tan de familia como ése? Además, ni siquiera conocía a la familia Neroyka. Si se presentaba allí, le mandarían de vuelta a casa de una patada en el culo.
  La cena no fue muy agradable. Minami supo guardar el secreto, aunque para ello tuviera que hacer el gran esfuerzo de apenas hablar en toda la noche. Por suerte, sus padres no estaban tampoco muy habladores. Normalmente se preguntaría si algo marchaba mal. Pero, en ese momento, sólo podía agradecer no tener que conversar con nadie.
  En la casa de los Yukimura tenían una especie de agenda de tareas. Al principio de cada mes, Hiroko, la madre, elaboraba un pequeño calendario en el que ponía quién debía ocuparse de cada labor doméstica, tratando de mantener un reparto equitativo. De hecho, las tareas se usaban como moneda de intercambio y como incentivo. Por ejemplo, Minami tenía que realizar más tareas si pedía muchos favores a su padre (que, por otro lado, no sabía negarse a nada que le pidiera), mientras que tenía menos por cada sobresaliente que sacara en un examen (ocurría pocas veces, pero ocurría).
  Aquella noche, tanto la tarea de hacer la cena como la de recoger y limpiar después, correspondían a Kentaro y su padre, cuyo nerviosismo era evidente.
  —Kenta —así le llamaba su padre, que en ese momento no dejaba de mirar hacia el comedor para asegurarse de que ninguna de las dos mujeres estuviera escuchando—, tengo que contarte algo.
  Kentaro dejó lo que estaba haciendo y le miró, comprendiendo la seriedad del asunto antes incluso de conocer los detalles.
  —Tu madre aún no lo sabe… —el hombre bajó la voz.
  —¿Qué pasa? —Kentaro no tenía mucha paciencia después de todo aquello.
  —Han cerrado la empresa sin dar explicaciones. Nos hemos quedado todos en la calle, y sin posibilidad de indemnización.
  —¿…Así de fácil? ¿De un día para otro?
  —Si lo sabían antes, no nos dijeron nada. Hoy ha sido nuestro último día.
  —¿Por qué no se lo has dicho a mamá?
  —No sé cómo decírselo… No es fácil… Y menos con tu hermana delante…
  El problema de aquel despido no era únicamente el despido en sí. El problema era cuándo había ocurrido. Si había que elegir el peor momento de los últimos años para perder el trabajo, sin duda era ése.

  Para entenderlo hay que viajar veintiún años al pasado. Concretamente, al año en que nació Minami. Tras varios meses de muchísimo esfuerzo y sacrificio, Félix por fin había logrado asentarse en Japón. Todo por lo que había luchado estaba dando sus frutos, gracias a la preciosa niña que acababa de nacer, de su unión con la que había sido (y seguía siendo, en cierta manera) su profesora de japonés.
  Sin embargo, la niña había nacido con una maldición: una enfermedad que pondría su vida en peligro desde bien pequeña, y que los obligó a trasladarse a Estados Unidos, único lugar en el que trataban aquella enfermedad. No fue fácil para él, pero mucho menos para Hiroko. Aunque, en realidad, ella parecía mucho más decidida. Tenía el nivel de inglés suficiente como para desenvolverse correctamente en Norteamérica, y sabía que cualquier cambio sería a mejor si ello implicaba salvar a su pequeña. Kentaro fue el que peor lo pasó. No llegaba a los seis años, apenas empezaba a conocer el mundo, cuando tuvo que volver a empezar de cero. Al menos estaba contento de poder tener una hermanita y un padre. Años atrás tuvo otro padre, eso lo sabía, pero su madre apenas le hablaba de él. Kentaro sabía que era mejor no preguntar; no le gustaba verla llorar.
  Si el viaje, el cambio de vida y el tratamiento fueron posibles, era gracias a los padres de Hiroko. Ellos les pagaron casi todo, y, de hecho, todavía seguían pagando una parte importante de los gastos médicos. Es por eso que, como agradecimiento, Félix hizo que su familia usara aquel apellido en vez del suyo propio.
  Félix consiguió un trabajo; Hiroko pudo continuar ejerciendo de profesora. Años después, cuando Kentaro aún era muy joven, pero con edad suficiente como para compatibilizar trabajo y estudios, empezó a trabajar ayudando a su madre en la academia. Fue el único momento de alivio económico. Consiguieron dinero para la universidad de ambos hermanos, e incluso pudieron permitirse viajar a Japón en dos ocasiones para visitar a los abuelos. Normalmente ocurría al revés: eran los padres de Hiroko los que viajaban a Estados Unidos una vez al año.
  El tratamiento de Minami no era agresivo, pero sí constante. Todas las semanas debía pasar por consulta para recibir su dosis medicinal. Para ella era algo tan natural como dormir. A sus veintiún años no necesitaba que sus padres se lo recordaran, del mismo modo que a una persona normal no le tienen que recordar que debe comer o dormir. Pero lo que Minami no sospechaba, y llegamos a la parte importante, era que el doctor había llamado a Félix pocas semanas atrás para darle una mala noticia, que supondría el principio de la crisis que ahora atravesaban los Yukimura. Algo que de por sí ya era horrible, pero superable: el precio de los medicamentos se había duplicado. ¿Cómo podían jugar de esa manera con la vida de la gente? ¿Por qué el gobierno no daba algún tipo de subvención para estos casos? Bueno, eran malas noticias, pero nada que no pudieran superar con sus tres sueldos y la ayuda de los abuelos. Como mucho, quizá habría que reducir gastos o pedir algún préstamo bancario…
  Sin embargo, los últimos acontecimientos habían desequilibrado la balanza. Kentaro había perdido parte de su fuente de ingresos con la muerte de Gustav, y perdería lo demás en cuanto llegase junio. Al menos, hasta el curso siguiente. Pero lo peor de todo era el despido de Félix, quien tenía el mayor salario de los tres.
  —¿Por qué no hay indemnización? —preguntó Kentaro.
  —Se han declarado insolventes. No pueden pagarnos, porque no tienen ni un dólar.
  Una cosa es que las desgracias no vengan solas, y otra muy distinta es que formen una banda de moteros y se dediquen a pasearse por el vecindario rompiendo los buzones y las vidas de la gente.
  Kentaro estaba seguro de que su padre encontraría trabajo tarde o temprano. El problema era que la diferencia entre “tarde” y “temprano” podía decidir la vida de Minami.
  Tras contarle a Félix sobre la muerte de Gustav, Kentaro se marchó a dormir. Pero, antes, registró los bolsillos de su cazadora. Junto a sus llaves había una tarjeta con el logo de Zodion. Por primera vez, aquella idea no le pareció tan estúpida.



3 – Kentaro

  Creía que no volvería a aquellas oficinas. Sin embargo, dos días después, allí estaba, de pie ante las puertas de cristal que tantas veces había atravesado durante los últimos meses. Las veces anteriores sentía que eran puertas normales; ahora me parecían de fuego. Como si por el simple hecho de pasar entre ellas fuera a quemarme. Mis piernas se negaban a seguir andando, y a punto estuve de darme la vuelta. Pero debía hacerlo. Por mis padres, por mis abuelos, pero, sobre todo, por Minami.
  —Tengo una reunión con Filip Svalbard —dije a uno de los hombres que había en recepción.
  Esperaba que me entregara la típica tarjeta de identificación, sin más. Pero no. El hombre consultó en su ordenador si aquello era verdad. Me sentó un poco mal; ¿acaso no me recordaba de todos los jueves que había pasado por un trámite parecido?
  —Acompáñame.
  —No hace falta, conozco…
  —Si me pillan dejando pasear libremente a un invitado, me despiden —se pasó un pulgar por el cuello.
  Entendía el protocolo, pero me parecía una tontería. Si hubiera querido robar algo, habría podido hacerlo los meses anteriores. No tuve más remedio que seguir al recepcionista hasta la oficina de Filip. Una vez allí, llamó a la puerta (¿eso tampoco puedo hacerlo yo?), me presentó (gracias, oye) y se marchó. Por unos momentos dudé de si se me permitía hablar sin la presencia de un trabajador, o si podía tocar una silla sin que viniera la policía a por mí. ¿Qué me pasaba? Me notaba a mí mismo entre enfadado y avergonzado. Debía calmarme.
  —Buenas tardes, Yukimura.
  —Puedes llamarme Kentaro.
  —Disculpa, pensaba que los japoneses preferíais llamaros por el apellido.
  —Salvo la cara, me queda poco de japonés —intenté no sonar borde, pero creo que los nervios me hicieron fracasar en el intento.
  —¿Has cambiado de idea, Kentaro?
  —Sí… Bueno, no… No estoy seguro. Tengo muchas preguntas.
  —Lo sé, pero no tengo permitido responderte a muchas de ellas.
  —¿Por qué tanto secretismo?
  —Al fin y al cabo es un juego, ¿no? Si te contara más cosas que a los demás, tendrías ventaja.
  —¿Y por qué no nos lo cuentas a todos?
  —Sigo instrucciones escritas, ya lo sabes…
  Quise responderle algo que me diera la razón, pero ante eso no había salida. Si era la última voluntad de Gustav, y Filip era tan obediente como parecía, no le haría cambiar de parecer.
  —¿Qué tengo que hacer?
  —Muy fácil —parecía contento pese a mantener siempre su seriedad—. ¿Trabajas? ¿Estudias?
  —Trabajo en una academia de idiomas.
  —¿Podrías solicitar vacaciones o una excedencia?
  —Depende. ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
  —Te lo diría si lo supiera…
  —Podría intentarlo, pero, ¿y si no me compensa? ¿Y si es mayor la pérdida por no trabajar unos días… o semanas —la posibilidad se me pasó por la cabeza—, que lo que me corresponde de herencia? A todo esto, ¿de cuánto estamos hablando?
  —Diez millones de dólares.
  Estoy convencido de que notó mi sorpresa. De hecho, estoy seguro de que la notaron todos los trabajadores a un kilómetro a la redonda, sin necesidad de telepatía. Me acababa de explotar la cabeza. Después me calmé, y recordé la conversación del otro día.
  —¿Y qué parte de esos diez millones me corresponde si supero las pruebas? —de repente me imaginé una especie de gincana infantil, saltando neumáticos y explotando globos.
  —Exactamente la misma que a los demás. No estás en superioridad ni desventaja con respecto a nadie. No puedo darte detalles, pero sí te diré una cosa: es tan fácil conseguirlo, que si yo estuviera en tu lugar no me lo pensaría ni un segundo.
  —¿Y… cuántos herederos somos? —me sonaba fatal lo de “heredero”, pero me sonaba mucho peor “participante”.
  —No puedo darte más detalles aún. Si estás interesado en participar debes firmar este documento.
  Filip sacó unos papeles y un bolígrafo, y me los alcanzó. Mientras los leía, no podía evitar pensar en que, quizá, la trampa era que el número de herederos era muy elevado. Por ejemplo, si fuéramos diez millones de herederos, tocaríamos a un dólar cada uno. En ese caso no compensaba. Pero, desde luego, ésa era una idea estúpida. Si fuéramos cien, una cifra muy alta pero dentro de los límites razonables, mi parte sería de cien mil dólares. Suficiente para pagar el tratamiento de Minami varios años. Joder, vaya si me conformaba con eso…
  —¿Firmo aquí?
  Filip asintió con la cabeza. El contrato no tenía nada raro, ni letra pequeña, ni dobles sentidos. Lo único que decía era que tenía derecho a participar en el juego de repartición de la herencia de Gustav Neroyka, que debía respetar todas las reglas, que se nos garantizaría viaje, alojamiento y otros servicios de forma gratuita… y que no debía contar nada a nadie. En general. Es decir, que no podía hablar de ello antes, durante ni después. Podía decir que lo había ganado en una herencia, pero no mencionar nada del juego. Aunque, bueno, para eso primero debía ganarlo. “Ganarlo”. Una palabra tan importante y a la que le había dado poca importancia hasta ahora. ¿Qué pasaba si no lo “ganaba”? ¿Qué pasaba si, después de todo esto, volvía a casa con las manos vacías? El viaje y demás seguirían siendo gratis, pero, ¿qué ocurriría con Minami?
  Cuando terminé de leer y firmar, Filip recogió los papeles y comprobó que todo estaba en orden. Después se levantó, y yo hice lo mismo.
  —Nos reuniremos el martes de dentro de dos semanas, en la entrada de este edificio, a las ocho de la mañana. Intenta estar a tiempo, por favor —con esa frase, definitivamente me había descartado como japonés.
  —¿Y si cambio de idea?
  —No lo harás —me salió una sonrisa ante esa respuesta, más por confusión y nerviosismo que por otra cosa.
  Tenía diez días para prepararme. El problema era que no sabía para qué debía prepararme. ¿Qué tipo de ropa llevar? ¿Cuánta? ¿Cómo justificaría esto ante mis padres? ¿Me permitirían ausentarme del trabajo por varios días?
  Por un momento pensé en romper el contrato. Pero, ¿cómo iba a decir que no a una fuente, supuestamente, tan fácil de ingresos…?



4

  La semana y dos días siguientes habían pasado muy despacio para Kentaro. No dejaba de darle vueltas a todo eso del “juego” organizado por Gustav. Ya no sólo por lo inusual del asunto (no todos los días te ofrecen un herencia de diez millones de dólares), sino por lo tétrico que resultaba dedicar parte de una vida a organizar un juego al que debían asistir tus conocidos tras tu muerte.
  Pero, visto de otra forma, era totalmente el estilo de Gustav. No es que Kentaro y demás participantes se alegraran de la muerte del profesor, por supuesto, pero era una especie de ruta de escape. ¿No eran la promesa de una herencia y el planteamiento de un último juego, suficiente motivo como para que todos ellos tuvieran la mente ocupada, rellenando de alguna manera el inmenso vacío que deja la pérdida de un ser querido? O quizá sólo era para que recordaran a Gustav Neroyka como lo que siempre fue: un hombre generoso, alegre, y, sobre todo, único.
  Era verdad que el juego ocupaba gran parte de los pensamientos de Kentaro, pero durante esos once días tenía otras cosas más urgentes de las que preocuparse. Su padre seguía buscando trabajo, y su hermana podía quedarse pronto sin el medicamento que le había salvado la vida.
  Si Kentaro pedía una excedencia en la academia de idiomas, toda la carga económica recaería sobre Hiroko y sus padres. Algo que habría sido difícil pero posible en condiciones normales. Desde el momento en que se duplicó el precio del medicamento, era directamente imposible.
  ¿De verdad podía la familia Yukimura perder el sueldo de Kentaro? Bueno, parte ya lo había perdido junto con su trabajo en las oficinas de Zodion. ¿Se podía permitir renunciar también, justo ahora, al dinero que ganaba como ayudante en la academia de idiomas?
  No era mucho dinero, la verdad. Hiroko trabajaba entre cuatro y seis horas al día, de lunes a sábado, y recibía un sueldo decente. Pero el trabajo de Kentaro tenía mucha menos responsabilidad: en el mejor caso, podía cubrir la baja puntual de algún profesor. Su madre era la única que enseñaba japonés, pero también había clases de inglés para extranjeros. Kentaro servía de parche para ambos. El resto del tiempo se dedicaba a ayudar a quien lo solicitase, ya fuera corrigiendo exámenes y ejercicios, o ayudando al director de la academia con papeleo y otras tareas no tan distintas a las que realizaba junto a Gustav. Lo más raro que había hecho era repartir publicidad por buzones. Vamos, que era un chico para todo.
  ¿Podía Kentaro prescindir de ese dinero? ¿Podía la academia prescindir de Kentaro? Lo primero se solucionaba trayendo a casa parte de la herencia. Lo segundo no dependía de Kentaro. Hiroko llevaba muchos años trabajando allí, por lo que ella y el director se habían convertido en buenos amigos (de ahí que pudiera enchufar a su hijo…). No tendría inconveniente en conceder unas vacaciones (en forma de excedencia) al joven Kentaro si avisaba con tiempo. Una semana parecía suficiente para buscar un reemplazo temporal. Pero convencer al director no era problema; el verdadero quebradero de cabeza de Kentaro era buscar una excusa convincente para explicar a sus padres que pensaba irse de viaje unos días, en aquel momento tan difícil.
  El acuerdo de confidencialidad dejaba bien claro que no podía decir nada acerca del juego a nadie. ¿Ni siquiera a sus padres? Podría hacerlo y Zodion no tendría por qué enterarse, pero, ¿y si se enteraban? ¿Y si de alguna manera, por contarlo, terminaba perdiendo el dinero de la herencia, y Minami…? No, mejor no arriesgarse. Inventaría una excusa. No podía decir nada del juego, pero sí podía hablar de la herencia y del viaje. Kentaro juntó ambos conceptos de la forma más sencilla posible, ya que complicar la historia podía abrir grietas que derribaran su mentira. Por eso lo mejor no era mentir, sino contar una verdad a medias.
  Kentaro había hablado mucho a su familia sobre el profesor; fue fácil hacerles creer que había dejado una pequeña parte de su herencia (si decía la cifra real no le creerían) para los que consideraba sus mejores y más cercanos trabajadores, junto con otro regalo, que era un viaje sorpresa con todos los gastos pagados. Un gesto acorde a la generosidad y filantropía del profesor Neroyka. El dinero que perdía no trabajando esos días se compensaba con su porción de herencia.
  Eso habría sido suficiente para convencer a Félix y Minami, pero con su madre podía ser más complicado. Por eso, para asegurarse, hizo que el propio Filip Svalbard, exasistente del profesor y encargado de organizar el juego (“viaje”, perdón), llamara a Hiroko para confirmar esa media-verdad. Al tratarse de un hombre tan serio y al que apenas conocía, tuvo dudas de si aceptaría ayudar. Pero vaya si lo hizo. Su lealtad a Gustav permanecía intacta tras la muerte del profesor, y estaba haciendo todo lo posible para que los elegidos pudieran participar en el juego (¡“viaje”!).
  Aunque hubiera organizado todo de forma tan perfecta (o eso le parecía a él), Kentaro no durmió bien ninguna de aquellas diez noches. Pero la última fue la peor de todas. Soñó que él y su hermana iban en el avión que los transportaba adondequiera que fuera aquel misterioso juego. De repente, descubrió que era él quien manejaba el avión. Sin saber qué hacer, intentó imitar algo parecido al control de aviones que había visto en los videojuegos, pero el avión empezó a descender sin hacer caso a todos aquellos botones y palanquitas. Lejos de pensar en su propia muerte, lo único en lo que podía pensar era en su hermana, que estaba de copiloto. Tenía que salvarla.
  De repente, Kentaro despertó. Lo hizo suavemente, como el que ha dormido demasiadas horas, no como los actores de película que se sobresaltan como si tuvieran un cactus en la espalda. Intentó mirar la hora en su móvil, pero éste no respondía. Volvió a intentarlo. ¿Quizá no estaba pulsando el botón correctamente? En ese momento es cuando llegó el verdadero sobresalto. Su móvil estaba apagado. Trató de encenderlo, pero no tenía batería. Kentaro abrió el cajón de su mesilla de noche y sacó un reloj de pulsera algo viejo, pero que se mantenía en funcionamiento. Marcaba las nueve. Había quedado a las ocho. Genial.
  Por suerte, tenía la maleta hecha del día anterior. Eso le permitió llegar al edificio Zodion poco antes de las diez. Apenas pudo despedirse de su familia, y tenía esa incómoda sensación de que se olvidaba algo, pero lo único que le importaba era llegar cuanto antes. Sabía que lo más probable era que se hubieran marchado sin él, pero debía mantener la esperanza.
  Junto al edificio había un coche. Y, junto al coche, un rostro conocido. Kentaro corrió hacia Filip con la maleta a cuestas.
  —Me he dormido, lo siento mucho… ¿Ya se han marchado?
  —No te preocupes, te estábamos esperando. Vamos, sube.
  Por la voz, Kentaro no notó que Filip estuviera enfadado. Buena señal. Pero, ¿“esperando”? ¿Desde cuándo un avión espera a sus pasajeros?
  El trayecto en coche se le hizo mucho más corto de lo que realmente fue. En todo momento sentía ganas de abrir la puerta y lanzarse a la carretera. Y en lo que se debatía entre jugarse la vida de forma estúpida o permanecer sentado como un buen chico, llegaron a su destino.
  Kentaro siguió a Filip como un patito siguiendo a mamá pato. Lo único que sabía era que estaban en un aeropuerto. Cuando el hombre se detuvo en seco, Kentaro estuvo a punto de chocarse contra su espalda. Tenían que pasar por el detector de metales. Junto al guardia de seguridad había otro hombre de paisano, con una identificación de Zodion en el pecho.
  Kentaro recogió sus cosas mientras Filip hablaba con aquel hombre.
  —Antes de subir, tengo que pedirte que dejes el móvil y el ordenador portátil.
  —¿Que los deje dónde? —Kentaro miró a Filip extrañado.
  El hombre con la tarjeta de Zodion se acercó a él y le sonrió amablemente.
  —Yo te los guardaré hasta la vuelta, no te preocupes.
  ¿Hasta la vuelta? Es decir, ¿tendría que estar allí sin su móvil y sin su portátil? No tenía ganas de discutir, y sabía que hacer preguntas no implicaba obtener respuestas, así que accedió sin rechistar.
  —Gracias, no ha sido tan fácil con algunos de tus compañeros…
  ¿Compañeros? Es decir, ¿todos ellos habían estado poco antes en ese mismo aeropuerto? Por algún motivo, se imaginaba que viajarían desde sitios distintos. Entonces, ¿todos eran de aquella ciudad? ¿Era “compañeros” una forma de hablar o acaso se refería a excompañeros de clase?
  Entre pregunta y pregunta (todas en su cabeza), Filip y Kentaro llegaron al avión. El hombre trajeado subió primero, seguido por el chico, aún con cara de sueño. Sin fijarse mucho en quién ocupaba el resto de asientos, se sentó en el más cercano a la entrada. Escuchó algún susurro. Lo único que entendió fue “Bella durmiente”. Estaba demasiado avergonzado como para mirar hacia atrás, y, además, tenían razón: llegaba dos horas tarde. Probablemente habían tenido que esperarle mucho tiempo.
  —Hay muy poca gente —dijo a Filip, que permanecía de pie observando a todos los pasajeros.
  —Es un vuelo privado. Sólo vamos la tripulación, los doce herederos y yo.
  —Doce, ¿eh?
  ¿Significaba eso que los diez millones se repartirían a partes iguales entre sólo doce personas? Era muchísimo más de lo que había imaginado, pero no tenía la cabeza lo suficientemente despejada como para hacer cálculos, y mucho menos para hacerse ilusiones antes de tiempo.
  —¿Puedo saber ya adónde vamos?
  —Lo siento, ya te he contado todo lo que tenía permitido.
  Desde ese momento, Kentaro perdió la noción del tiempo. Se sentía completamente perdido sin móvil. Lo único que podía hacer era esperar. Dormir y esperar.



5 – Kentaro

  No suelo dormir mucho. Normalmente, con seis horas aguanto todo el día perfectamente. Pero aquella semana y media había sido horrible. Apenas había dormido, y, por culpa de eso, fui tan descuidado de tener el móvil sin batería y llegar tarde al encuentro.
  También por culpa del cansancio acumulado me pasé todo el viaje dormido. ¿Cuánto tiempo había sido? Ni idea, pero no me di cuenta hasta que ya habíamos aterrizado.
  Filip fue el primero en salir del avión. Yo me apresuré a ser el siguiente, deseando ver dónde estábamos. Era un aeropuerto. Lo sabía porque estaba bajando de un avión. Si no, quizá no lo habría tenido tan claro. No había ningún otro vehículo, aparte de un autobús situado a un lado de la pista. Junto al “aeropuerto” había lo que a mí me pareció un complejo industrial. Resultó ser un centro de investigación de Zodion, como descubriría durante los dos minutos de trayecto en autobús. Era ahí adonde nos dirigíamos.
  Cuando llegamos, los pasajeros tomamos caminos distintos. Los dos pilotos y el conductor del autobús se marcharon, mientras que Filip nos pidió que lo siguiéramos. Tras coger mi maleta, en esta ocasión procuré situarme el último del grupo y empecé a contar. Once; entre él y yo había once personas. Esto demostraba dos cosas: primero, que no se me había olvidado contar durante el camino. Segundo, que, efectivamente, éramos doce posibles herederos. Y, salvo que engañasen de espaldas, la mayoría de ellos eran más o menos de mi edad. De lo que estaba convencido era de que no conocía a ninguno.
  El complejo industrial de Zodion parecía ser un recinto cerrado. Era muy grande, con varios edificios, un parque, terreno sin edificar… y eso que desde allí sólo se veía una parte. Durante el recorrido sólo había podido ver una entrada al recinto, que estaba vigilada por un guardia de seguridad con uniforme de la compañía.
  El autobús nos había dejado junto a un edificio de dos plantas, que parecía ser nuestro primer destino. Filip nos llevó hasta una sala de reuniones, no muy grande, pero suficiente para que cupiéramos los trece de forma holgada.
  —Por favor, sentaos.
  Todos dejamos las maletas en un lateral de la sala, y ocupamos las sillas en el orden que nos pareció conveniente, sin dirigirnos la palabra. Estaba claro que veníamos mentalizados de que esto era un juego, y por tanto podíamos ser rivales, no compañeros.
  —Gracias por acceder a participar en este evento. Gustav estaría muy feliz de saber que sois parte de esta especie de homenaje que vamos a hacer a su última voluntad —dicho así, me hizo sentir mal de haber dudado en un primer momento—. Voy a proceder a explicaros las reglas.
  Mientras Filip revisaba su carpeta, aproveché para mirar de reojo a los demás. Siguiendo el orden de las agujas del reloj, la primera persona a mi izquierda era una chica de pelo castaño recogido en una trenza, quien, además, era la única con gafas. Después había otro chico más o menos de nuestra edad, que no se había quitado el gorro gris de lana ni al entrar al edificio. Pude ver algún mechón marrón cayendo por su frente, por lo que descarté que fuera calvo. La tercera silla pertenecía a una mujer de mediana edad y cara de pocos amigos. La cuarta a una chica pelirroja muy joven. A su izquierda había otro chico moreno más o menos igual de joven, que me dio la impresión de estar a punto de salir corriendo. En la sexta silla había un chico alto y de pelo negro, demasiado bien peinado, sobre todo si lo comparamos conmigo y mi cara de sueño. En el siguiente asiento había un hombre que aparentaba todo lo contrario: forma de vestir algo desaliñada y barba negra abundante. El octavo lugar lo ocupaba un chico quizá algo mayor que yo, de piel morena. Me pregunté si sería de la India, de Brasil o de Puerto Rico. Una gama muy amplia, lo sé. La chica de la novena silla me daba un poco de miedo. Tenía el pelo relativamente corto, salvo por el flequillo, y un lado de la cabeza rapado. Sentí que si descubría que la estaba mirando me rompería la cara de un puñetazo. Intenté no ser prejuicioso. La penúltima posición era para una chica muy guapa con melena rubia, y entre ella y yo estaba el último de mis supuestos rivales, que era un anciano más o menos de la edad de mis abuelos maternos, con el pelo gris bien conservado.
  Definitivamente no conocía a nadie. Me pregunté si tendría tiempo de hablar con ellos y conocerlos en profundidad, o si estaríamos de vuelta en casa antes de poder entablar amistad.
  Parecía que Filip iba a empezar a hablar, pero de pronto su mirada se clavó en la puerta.
  —¡Hola!
  Una voz aguda nos sobresaltó. Todos miramos hacia la puerta, donde había una chica joven de piel morena, pelo rubio largo algo alborotado, y, según aprecié mientras caminaba hacia Filip, rasgos ligeramente asiáticos.
  —Espera un segundo, estaba a punto de explicarles las reglas —por cómo le hablaba Filip, supuse que era una especie de ayudante—. Antes de nada, tengo que haceros entrega de… —se giró hacia una caja marrón que tenía junto a él.
  —¡Yo se lo daré! —dijo la chica, metiendo ambas manos en la caja.
  Lo que había dentro de la caja marrón eran doce cajas pequeñas de color blanco, cada una de ellas con un símbolo dibujado.
  —¿Sabes cuál es para cada uno? —preguntó Filip, mientras volvía a revisar sus papeles.
  —¡Claro! ¡Lo llevo estudiando días o siglos!
  La chica fue entregando las cajas en función del símbolo que tenían dibujado. Si era intencionado y no aleatorio, era algo que teníamos que creernos porque sí.
  —¿Podemos abrirlas? —preguntó la chica de la trenza marrón.
  —¡Sí, son unos regalos!
  Sentía cierto dolor de cabeza, y la voz aguda de esa chica que hablaba como si acabara de tomarse cinco cafés no me hacía sentir mejor.
  Al abrir mi caja fue cuando recordé de qué me sonaba ese dibujo: era el símbolo de Sagitario. En la caja había un teléfono móvil aparentemente moderno, una llave con su correspondiente llavero, y algo que definiría como una medalla de cordón muy fino. En los tres estaba el mismo símbolo de la caja.
  —¡No los perdáis! ¡Han costado mucho dinero, creo! —la chica miró a Filip, esperando que le diera la razón, pero éste no hizo caso.
  —Encended los móviles, por favor —dijo él—. Son parte imprescindible del juego.
  Sin entender absolutamente nada, hice lo mismo que llevaba haciendo todos estos últimos días: obedecer.



6 – Tauro

  Sé que con todo el dinero que estaba a punto de ganar gracias a la empresa Zodion, para la que había trabajado meses atrás, no debería quejarme… pero no me hizo ninguna gracia que me quitaran el móvil en el aeropuerto. Una cosa era no poder decir a nadie adónde iba, y otra que me dejaran totalmente incomunicada del resto del mundo. Por eso fue una gran alegría descubrir que nos habían prestado (¿o regalado?) otro móvil.
  —Perdona, ¿me puedes ayudar?
  Cuando sentí una mano sobre el hombro, no pude evitar sobresaltarme. Era el anciano de mi izquierda. Al parecer, no sabía encender su móvil.
  —Tienes que mantener apretado este botón —le dije con una sonrisa, mientras pensaba por qué me lo había preguntado a mí, y no al asiático que estaba a su izquierda.
  No me importaba ayudarle, pero me habría ahorrado el susto. Estaba muy tensa.
  —Desde ahora —dijo el señor Svalbard—, los empleados, y eso me incluye, nos dirigiremos a vosotros por vuestro nombre en clave.
  —¿Qué necesidad hay de eso? —preguntó con desgana el chico con gorro gris de lana.
  —Algún participante nos ha solicitado mantener su identidad en secreto, para evitar ser rastreado después —¿no bastaba con usar nombre falso…?—. Sois libres de presentaros entre vosotros si queréis, pero no se exigirá a nadie dar su nombre real.
  —¡Y ahora, las reglas! —exclamó la chica de piel morena que hacía las funciones de asistente, estirando sus brazos hacia delante como si estuviera lanzando un conjuro mágico.
  —Buscad en vuestro móvil una aplicación llamada Zodion App —tras abrirla, le indiqué al anciano los pasos a seguir—. ¿Veis las opciones? Entrad al apartado de “Votación”.
  Siguiendo las indicaciones del señor Svalbard, accedí al apartado marcado como “Votación”. Dentro sólo había un mensaje en el que ponía “Votación deshabilitada”.
  —¡Aún no podéis votar! —la chica hizo el gesto de negación con la mano, como si no pudiéramos entender sus palabras.
  —Cuando habilite la votación, os saldrán dos botones —el señor Svalbard continuaba a lo suyo, ignorando a su ayudante—. Un botón verde con la palabra “Repartir”. Otro, rojo y con la palabra “Todo”. El juego puede ser tan sencillo o complicado como vosotros queráis que sea —hizo una pausa para dar un último vistazo a sus papeles—. Cuando habilite las opciones desde mi móvil, os aparecerán ambos botones. Cada uno de vosotros debe votar de forma secreta, y yo recibiré el resultado de la votación. Al cabo de un minuto se cerrará la votación, hayáis votado todos o no.
  —Disculpe —el chico alto habló por primera vez—. ¿Y qué sucede si alguien no vota?
  —En ese caso, quedará eliminado del juego.
  —Gracias, perdone por la interrupción.
  —Entiendo que tengáis muchas dudas —y tanto, yo tenía como unas cien sin pararme a pensar mucho—. Pero para eso estamos; no tengáis reparo en preguntar. Ahora dejad que os explique el procedimiento. Si todos pulsáis el botón verde (“Repartir”), la herencia se dividirá a partes iguales entre todos. Son diez millones, por lo que cada parte se compone de más de ochocientos mil dólares —casi podía sentir el dinero en mis manos—. Si todos pulsáis el botón verde, el juego termina aquí y ahora. Mañana estaréis de vuelta en vuestras respectivas casas.
  Era tan fácil… Pulsar un botón, y más de ochocientos mil dólares en mi bolsillo. Pero. Faltaba el “pero”, claro.
  —¿Y qué pasa si alguien pulsa el botón rojo? —me sorprendí ante lo bien que hablaba inglés el chico asiático. Aunque posiblemente eso podrían pensar de mí también.
  —Si una persona pulsa el botón rojo y el resto el botón verde… la persona que pulsó el botón rojo se llevará toda la herencia.
  —¡¿Qué?! —el chico del gorro gritó como si se acabara de despertar—. ¿Y eso por qué?
  —Son las reglas del juego.
  —Si dos personas pulsan el botón rojo —hice la pregunta que todos estaban pensando—, ¿se reparte entre ambas?
  —No. Ésa es la tercera posibilidad: si dos o más personas pulsan el botón rojo, se anula la votación.
  —¿Y habría que repetirla una y otra vez?
  —Sí, pero no al momento. Se repetiría al día siguiente. Como mucho una votación al día.
  El señor Svalbard se quedó en silencio, esperando que asimiláramos las reglas de aquel juego. Eran sencillas, en verdad. Si todos optábamos por repartir, la herencia se repartiría a partes iguales. El problema era que una sola persona optara por quedarse todo. Entonces el resto nos iríamos con las manos vacías. Y si hubiera más de una persona que tratara de llevarse todo, tendríamos que estar allí un día más, esperando a la siguiente votación.
  Viendo que todos tenían reparos por preguntar, decidí aliviar mi curiosidad:
  —¿Cuál es el límite de votaciones?
  —No hay límite.
  —Entonces, si un día tras otro hay varios votos rojos, ¿cuándo nos vamos de aquí?
  —Como dije, tan pronto como vosotros mismos os pongáis de acuerdo para terminar con esto.
  —Bueno, no hay problema —empezaba a oler el dinero—. Votamos todos verde, y a casa.
  —Vamos a empezar la votación de hoy.
  Miré mi móvil con ansiedad. Por un momento pensé en qué pasaría si de repente me había vuelto daltónica y no era capaz de distinguir los colores. Me reí por dentro. Estaba eufórica. No, lo que estaba era nerviosa. Ochocientos treinta y tres mil dólares a cambio de un viaje en avión. Iba a poder ayudar a tanta gente con esto…
  Un pitido sonó en nuestros móviles, dando la señal de salida. Miré al anciano por si necesitaba ayuda, pero me hizo un gesto para indicarme que todo estaba bien. Aprendía rápido. Bien por él. Había un botón verde y uno rojo. Estupendo, podía distinguirlos. Pulsé el botón verde tres o cuatro veces, pese a que después de la primera se volvió gris, mientras un mensaje aparecía en pantalla: “Votación realizada”. Ochocientos treinta y tres mil dólares, venid con mamá.
  El minuto de votación se me hizo muy largo. Todos estaban en silencio, imagino que pensando en qué se iban a gastar el dinero. Yo no tenía que pensarlo; lo tenía decidido desde antes de viajar. Era una cuestión de necesidad.
  Otro pitido indicó el final del tiempo asignado.
  La ayudante del señor Svalbard estaba trasteando con un aparato en el fondo de la sala de reuniones. Era una pantalla.
  —¡Aquí se mostrará el resultado! —dijo al ver que la mirábamos.
  Tal y como anunció, los votos no tardaron en aparecer, aunque no ponía a quién pertenecía cada uno. Tardé varios segundos en entender lo que estaban viendo mis ojos. El color verde predominaba, pero… también había rojo. El resultado era 9-3. Escuché algún comentario de asombro, e incluso un insulto. De repente, perdí toda la confianza. El problema no era que hubieran votado rojo tres personas. El problema era que podía haberlo hecho una sola, y los demás habríamos perdido todo el dinero. ¿Cómo podían ser tan egoístas? ¿Acaso alguno de ellos necesitaba el dinero más que yo?
  —Parece que no nos iremos mañana —dijo el señor Svalbard con la misma expresión neutra de siempre—. Bueno, era una posibilidad. Si no, no habría sido necesario organizar todo lo demás. Desde ahora será Dana quien se ocupe de vosotros. Mañana al mediodía nos reuniremos aquí de nuevo.
  El señor Svalbard se marchó antes de que nadie se atreviera a abrir la boca. Unos, por la rabia. Otros, porque tenían mucho que ocultar.
  —¿Quién ha sido el imbécil que ha votado rojo? —preguntó el chico del gorro de lana.
  —Yo he sido uno de ellos —el chico alto se puso en pie—. Dejad que os lo explique.



7 – Aries

  Ante la tensión que había en la sala, me dispuse a dar las explicaciones pertinentes.
  —Dejad que os lo explique.
  El joven chico de mi derecha me miró asustado. Noté que alguno debía de estar reprimiendo sus ganas de lanzarme una silla. La chica de melena rubia me miraba como si acabara de robarle todo ese dinero a punta de pistola. En cambio, la chica de pelo corto ni me miraba.
  —He votado rojo por un motivo.
  —Sí, el motivo es que eres un grandísimo stronzo —el chico del gorro se puso de pie. Por ese insulto, debía ser italiano.
  —Pensaba repartirlo.
  —Yo también, por eso pulsé verde.
  —Por favor, dejad que se explique —le cortó el anciano.
  —Gracias —estaba seguro de que lo entenderían, si me dejaban seguir—. Veréis: si nadie votaba rojo excepto yo, pensaba repartir entre todos la herencia. Mi primera intención era votar verde, por supuesto, pero entonces pensé en qué ocurriría si todos votábamos verde menos uno. Esa persona se llevaría todo el dinero, y podría dejarnos a los demás sin nada. De esta forma, votando yo rojo, me aseguraba de algo: si nadie más votaba rojo, toda la herencia vendría a mí, y la repartiría entre los doce. Pero si una persona más votaba rojo, me aseguraba de que no se lo llevara todo para él o ella.
  —No lo entiendo —dijo la chica pelirroja que estaba dos asientos a mi derecha.
  —Era una forma de asegurarse de que nadie se llevara todo el dinero —le explicó el anciano—. Obligarnos a repartirlo o seguir jugando.
  —Exacto —respondí—. Gracias por entenderlo.
  Todos se quedaron en silencio durante unos segundos, hasta que la mujer de mediana edad se dispuso a hablar.
  —Yo también he votado rojo, pero por un motivo distinto —el italiano hizo un ademán de contestar, pero lo frené con un gesto—. Quiero decir, ¿quiénes sois vosotros? ¿De qué conocíais a Gustav?
  —Trabajé con él —respondió el chico fuerte de piel morena.
  —¡No me importa! —la mujer levantó el tono de voz, cortando las contestaciones de los demás—. ¡Ninguno de vosotros era familia suya! ¡Gustav era mi padre, me niego a repartir mi herencia con todos vosotros! Sois todos unos niñatos, no tenéis ningún derecho. Tú pareces un mendigo —dijo mirando hacia el hombre de la barba—. ¿De qué conocía un mendigo a mi padre? ¿Y tú? —ahora su mirada se dirigía al anciano—. ¿Qué eras, su conserje?
  —Por favor, cálmate —traté de poner fin a esa incómoda situación—. Gustav nos eligió. Con esas palabras estás deshonrando su memoria.
  La mujer se mordió la lengua. No sabía si estaba pensando en algo que responderme o si estaba a punto de lanzarme un chorro de veneno.
  —Ya sabemos que Mr. Oxford y la vieja han votado rojo —esta vez fue el chico italiano quien cortó la discusión, aunque fuera de aquella manera—. Pero hay tres votos. ¿Quién es el tercero?
  Nadie respondió. Quien rompió el silencio fue la ayudante de Filip Svalbard.
  —¡Hola, mi nombre es Dana y soy vuestra guía! ¡Bienvenidos al centro de investigación de Zodion! Dejad que os acompañe a vuestras habitaciones. ¿Os gustan?
  —¿Cómo quieres que lo sepamos antes de verlas? —protestó el italiano.
  Recogimos nuestras maletas y salimos de aquel edificio, siguiendo a Dana.
  —¡Dejad que os recuerde las reglas! ¡Uno, prohibido fumar! ¡Dos, prohibido abandonar el recinto! Si alguien lo hace, el juego se dará por terminado y todos perderéis. ¡Tres, llevad siempre la medalla de vuestro símbolo! ¡Tú también, la que sólo tiene pelo en media cabeza! —la chica de pelo corto ni se inmutó—. ¡Cinco, no podéis hablar con el personal de las instalaciones! Si queréis algo, hacédmelo saber por móvil. Dentro de la Zodion App hay un chat, con el resto de números guardados —pensé en decirle que se había saltado el cuatro, pero la dejé continuar—. El restaurante está allí —dijo apuntando hacia un edificio cercano a la sala de reuniones—. Podéis comer lo que queráis, es gratis. También podéis llevaros la comida a vuestra habitación. No me acuerdo de todas las reglas, pero, si tenéis dudas, preguntadme.
  Dana se paró en seco y se puso con los brazos en jarra, esperando que le preguntásemos algo. Como nadie parecía tener ganas de hablar, dije lo primero que se me ocurrió.
  —¿Podemos usar el móvil para llamar a nuestras familias?
  —¡No! ¡No dos! ¡Eso es más que no! No hay línea de teléfono, ni televisión, ni Internet en casi todo el recinto. Lo único que hay es Entrenet…
  —¿Intranet? —preguntó el chico asiático.
  —¡Eso! Podéis comunicaros por el chat entre vosotros o conmigo, pero nada más. ¡Y poneos ahora mismo las medallas o estaréis eliminados! —los que faltaban por ponérselas obedecieron. Era mucho dinero como para perderlo por esa tontería—. No salgáis de vuestras habitaciones sin ellas.
  —¿No hay nada que podamos hacer para divertirnos? —preguntó Libra, la chica pelirroja.
  —Podéis dormir, comer, pasear, hablar, mirar el cielo… Además, en el segundo piso del edificio en el que acabamos de estar hay una librería.
  —¿Y gimnasio? —preguntó Leo, el chico de piel oscura.
  —¡También! Está por ahí —Dana señaló hacia tres o cuatro sitios distintos—. Ahora que lo pienso: no. Bueno, si no hay más preguntas, ésas de allí son vuestras habitaciones. Reconoceréis vuestras puertas por el símbolo. ¡Avisadme si necesitáis algo!
  Dana se fue corriendo como si acabara de recordar que tenía la comida puesta en el fuego. Los demás miramos hacia los dos bloques que nos había indicado la guía, y que estaban pasando el restaurante. ¿Cómo podía saber cuál de los dos era el mío?
  Antes de que todos se marcharan a descansar, les hice un gesto para llamar su atención.
  —No somos rivales. Vamos a solucionar esto y a llevarnos todos nuestra parte, ¿de acuerdo? —la señora soltó una risita desagradable—. Descansad un poco, y nos reunimos a las siete en el restaurante para hablar de esto mientras cenamos, si os parece bien.
  Nadie puso pegas, así que empezamos a buscar nuestras habitaciones. Cada uno de esos bloques tenía dos pisos, y las habitaciones estaban repartidas de la siguiente manera: en el bloque 1 estaban los símbolos de Capricornio, Acuario, Piscis, Aries, Tauro y Géminis. En el bloque 2: Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio y Sagitario. Por tanto, yo me quedaría en el bloque 1. La cabra estaba en la primera puerta del segundo piso.
  Esperaba no tener problemas con los dos conflictivos, que se alojaban en el mismo edificio: Géminis, el chico italiano, y Piscis, la supuesta hija de Gustav.


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2 comentarios sobre Primeros capítulos de Zodion

  • Alberto

    Ya había leído algún fragmento en Kindle, aunque ahora he podido ver más de la obra. La primera vez que leí algo tuyo (precisamente fue Zodion, aunque ahora estaba echándole un ojo a Mictlan.tv. Tengo pendiente la compra de ambos) lo que me fascinó fue tu dominio de los diálogos. Me encanta cómo los utilizas, una maravilla.

    • No sé si se me darán bien o mal, pero siempre me ha gustado más desarrollar la historia con conversaciones que con la «voz» del narrador. Supongo que es influencia del cine y sus sucesores.
      Como lector me pasa igual: prefiero profundizar en los personajes que perderme en largas descripciones que añaden poco o nada a la historia.
      Se podría decir que con las conversaciones matas dos pájaros de un tiro.

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