Primeros capítulos de Luk Mertective y el yogur de naranja

Aquí podéis leer de forma gratuita los siete primeros capítulos de Luk Mertective y el yogur de naranja, una novela basada exclusivamente en el humor absurdo, con personajes exasperantes, situaciones ilógicas y muy poquito sentido común.

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1

  Luk logró infiltrarse en el edificio del Pentágono, eludiendo tanto los sistemas de seguridad como al estricto personal de vigilancia. Ahora se hallaba en la sala central, frente a toda esa gente que ignoraba lo que estaba a punto de ocurrir. Se creían a salvo, sin prestar atención al joven que en pocos minutos escaparía de allí con los documentos que pretendía robar. De esta forma, cumpliría su primera misión como mercenario.
  Pero ¿cómo había acabado en esa situación…?

  Villamedio (Castilla-La Mancha, España). Marzo de 2019. Casa de Scott.
  Luk y Scott llevaban siendo amigos inseparables desde la guardería. Compartieron clase en el colegio, posteriormente en el instituto, y finalmente en la universidad. Toda una infancia y juventud juntos; una amistad que se reforzó cuando iniciaron su primer negocio conjunto, paralelo a los estudios universitarios. Aprovechando las ventajas de las nuevas tecnologías, utilizaron la plataforma de vídeos “LaTubi” para darse a conocer al mundo. Era la herramienta de promoción perfecta para su tipo de trabajo. Aunque sabían que no sería un camino fácil, únicamente les llevó dos meses alcanzar su primer gran objetivo…
  Scott se encontraba en su habitación, estudiando en silencio, cuando Luk abrió la puerta de una patada. No era un gesto tan inusual como cabría esperar de una persona mentalmente estable; sin embargo, Scott estaba tan acostumbrado que apenas se sobresaltó.
  —¡Scott! —gritó Luk, visiblemente emocionado—. ¡¿Lo has visto?!
  —¿Que si he visto qué?
  —¡Rápido, pon nuestro vídeo! ¡Vas a aluflipar!
  —P-Pero es que estoy estudiando para el examen de mañana…
  Luk apartó a Scott de un empujón, ocupando su silla. Sin perder ni un segundo, abrió el navegador del ordenador de sobremesa que su amigo estaba usando para estudiar.
  —¡Ya tenemos uno! —exclamó mientras accedía a la dirección de su vídeo colgado en LaTubi.
  —¿Un cliente? —preguntó Scott, dejándose embriagar por la emoción de su socio.
  —¡Mejor!
  Luk señaló un punto concreto de la pantalla. ¡Lo habían conseguido! ¡Nadie confiaba en ellos, pero lo habían logrado! ¡Y en solamente dos meses! Debajo del vídeo de LaTubi… ¡tenían un “Me gusta”!
  —¡Guau, Luk! —Scott abrió los ojos como platos—. ¡Tenías razón!
  —Te lo dije —respondió con orgullo—. Ahora vamos a ver vídeos de gatos haciendo cosas estúpidas.
  Media hora y decenas de gatos haciendo cosas estúpidas después, a Scott se le ocurrió una forma de aprovechar ese “Me gusta” para su negocio.
  —Oye, Luk, ¿cómo podemos saber quién nos ha dado un “Me gusta”?
  —Es imposible —cortó de forma tajante—. Pero no te distraigas; mira ese gato que se cree que llega a la ventana… ¡Seguro que no llega! ¡Ja, ja, ja…! ¡¿Qué?! ¡Pero si ha llegado! ¡¿Qué gracia tiene esto?!
  —¿Y si ponemos un comentario preguntando quién ha sido? —insistió Scott.
  —¿En el vídeo del gato?
  —No, en el nuestro.
  Como no tenían nada que perder, eso fue lo que hicieron: pusieron un comentario en su propio vídeo, preguntando «¿De quién es el Me gusta?», y esperaron a que LaTubi les avisara de nuevas respuestas. La primera no parecía fiable: «De las feas de vuestras madres», afirmaba un usuario anónimo. Luk respondió enfadado: «¡Mi madre no usa LaTubi!». De todas formas, se lo preguntaría al volver a casa, por descartar.
  El segundo comentario tampoco ayudaba mucho: «Seguro que le habéis dado vosotros, payasos».
  —¡Nosotros no podemos dar “Me gusta” a nuestro propio vídeo, imbécil! —Luk empezó a zarandear la pantalla del ordenador de Scott.
  —P-Por favor, Luk, deja de hacer eso —suplicó Scott—. Es el único monitor que tengo. Además, creo que sí podemos dar “Me gusta” a nuestro propio vídeo. ¿Quieres que lo haga?
  —No, déjalo. Tampoco me gusta tanto.
  Cuando estaban a punto de perder la esperanza, recibieron una tercera respuesta, que superaba todas sus expectativas. La persona que reconoció haberles dado “Me gusta” era Eli334, una famosa LaTuber (persona que sube muchos vídeos e intenta ganar dinero con ello), y a la que ambos conocían de vista, pues vivía en su misma ciudad.
  —Es una de las dos LaTubers más famosas de Villamedio —dijo Scott, con fines informativos para la novela.
  —¡Y está interesada en contratarnos! —Luk lo celebró como si acabara de marcar un gol, tirándose de rodillas al suelo.
  —C-Creo que no ha dicho eso…
  Pero su amigo ya no escuchaba.
  —¡Tenemos que buscar dónde vive!
  Luk cogió el teléfono móvil de Scott y llamó a un número de información. Su amigo no opuso resistencia; estaba acostumbrado a que usara todas sus cosas sin pedir permiso.
  —Teléfono de información, ¿en qué podemos ayudarle? —preguntó una mujer con voz claramente española, en absoluto latinoamericana.
  —Hola, me llamo Luk, soy el protagonista. Llamaba para pedir la dirección de una persona de Villamedio.
  —¿Cuál es su nombre?
  —“Luk” —protestó él—. ¡Te lo acabo de decir, funcionaria incompetente!
  —No soy una funcionaria —replicó la mujer, más ofendida por eso que por el calificativo de “incompetente”—. Me refería al nombre de la persona cuya dirección desea conocer
  —Es «Eli334». La «E» con mayúscula, y el «334» con números.
  —Oye, Luk —susurró Scott—. Creo que ése no es su nombre real.
  Luk le hizo un gesto para que se callara. Segundos después, inesperadamente (excepto para Luk), la persona al otro lado del teléfono le dio la dirección exacta de aquella chica.
  —¡Vamos a buscarla!
  Luk arrojó el teléfono móvil sobre la cama, con tanta fuerza que rebotó y se estampó contra la pared. Scott respiró aliviado al comprobar que la pantalla no se había rayado… o algo peor.
  —¿Tenemos que ir ya? —preguntó Scott con desánimo.
  —¡Pues claro!
  —P-Pero es que estoy estudiando… Y a lo mejor ella no quiere que vayamos…
  Su amigo lo miró con expresión muy seria, casi amenazante.
  —¿Y qué pasa con nuestro negocio, Scott? ¿Ya no estás interesado?
  —S-Sí que lo estoy…, pero mi madre dice que deberíamos terminar la carrera y buscar un trabajo de verdad. Además, también dice que deberías llamarme «Antonio», en vez de ponerme motes sin ningún sentido…
  —Tu madre es idiota —replicó Luk—. Lucas y Antonio son nombres demasiado anticuados. Si queremos ser mercenarios y detectives, necesitamos nombres más llamativos. ¿Cuántas veces te lo tengo que explicar?
  —Ya lo sé, pero si mi madre se enfada…
  —¡Pues que se enfade! —lo interrumpió Luk—. ¡Ya no somos niños! Y ahora di a tu madre que nos prepare la merienda y vamos a buscar a Eli334.


2

  Siguiendo las indicaciones de la mujer claramente no latinoamericana del teléfono de información, Luk y Scott encontraron sin dificultades la casa de la famosa LaTuber Eli334. Allí descubrieron varias cosas interesantes, como que su nombre real era Elisa, o que “334” no era su apellido. Conteniendo las ganas de tirar la puerta abajo de una patada, Luk pulsó el timbre con poca delicadeza.
  La chica se sorprendió mucho al verlos. De hecho, tardó varios segundos en reconocerlos.
  —Así que estás interesada en contratarnos —dijo Luk a modo de saludo.
  —¿Contrataros? —preguntó ella, confusa—. Ni siquiera sé lo que hacéis.
  —¡¿Entonces por qué nos diste un “Me gusta”?! —Luk hizo un gesto amenazante con la mano.
  —Pensaba que era un vídeo de broma; que estabais haciendo el tonto…, y me hizo gracia.
  —¡Pues no! Es un trabajo serio, y tú puedes tener el privilegio de ser nuestra primera clienta.
  —Vale… —Eli334 titubeó—. Pero ¿a qué os dedicáis exactamente?
  —Cumplimos cosas por encargo.
  —¿En plan… traerme la compra a casa?
  —No —Luk suspiró, empezando a hartarse—. Cosas más peligrosas. Investigaciones secretas, y cosas así molonas.
  —Como explicación no es muy buena que digamos…, pero se me está ocurriendo algo que podríais hacer por mí.
  —¡Cualquier cosa! Pero como vuelvas a decir algo de traerte la compra… —Luk volvió a amenazarla con el puño.
  —¿Conocéis a MiddleChan? —preguntó ella.
  Por supuesto que la conocían. Eli334 era una de las dos LaTubers más famosas de Villamedio; MiddleChan era la otra. Por lo tanto, eso las convertía en rivales irreconciliables.
  —Ya entiendo —Luk sonrió—. Quieres que la matemos.
  —¡No! —respondió ella, asustada—. Basta con que hackeéis su cuenta…, o algo así.
  —No tengo ni idea de lo que significa eso, pero lo conseguiremos —Luk levantó el dedo pulgar en señal de aprobación—. Y ahora hablemos de nuestros honorarios…
  —No pienso pagaros —Elisa puso los brazos en jarra, para dejar claro que aquella decisión no era negociable.
  —Está bien… —Luk se encogió de hombros con resignación—. Dime tu número de teléfono.
  —Ni loca te daría mi número. Seguro que eres alguna clase de pervertido.
  —¡¿Entonces cómo estaremos en contacto?! —Luk dio un puñetazo a la puerta.
  —¡No vuelvas a golpear la puerta! —protestó Eli334, dudando sobre lo que estaba a punto de hacer—. Está bien, os daré mi número… Pero no a ti; mejor se lo doy a tu amigo, el mudito.
  —No es mudo —replicó Luk—, sólo un poco tonto.
  Tras despedirse de aquella chica, Luk y Scott regresaron a la habitación del segundo, que usaban de “centro de operaciones” para su improvisado (y probablemente ilegal) negocio. Estaban muy emocionados ante la idea de su primera misión, aunque había algo que Scott no podía quitarse de la cabeza.
  —Oye, Luk, ¿por qué has dicho que soy un poco tonto?
  —Era broma, hombre —le dio una palmada amistosa en la espalda—. Es que como no decías nada…
  —Me daba vergüenza…
  —¿Vergüenza? ¿Por qué? —Luk abrió la boca con gesto de asombro—. Espera… ¡¿Te gusta Eli334?!
  —N-No, no es eso…
  —¡Venga ya, Scott! A mí puedes contármelo. Somos amigos, y somos adultos, ¿no?
  Scott titubeó. Finalmente decidió confesar.
  —Está bien… Sí, me gusta un poco.
  —¡Ja, ja, ja, ja! ¡Te gusta una chica! ¡Serás idiota! Bueno, vamos a centrarnos en nuestro objetivo. Esa tal Micky Chang…
  —MiddleChan —le corrigió Scott.
  —¡Me da igual cómo se llame! ¿Cómo podemos encontrarla, si no conocemos su nombre real?
  Ambos se quedaron en silencio, pensativos. Tras unos segundos, Scott tuvo una idea.
  —Prueba a llamar otra vez a ese teléfono informativo de antes.
  —Sí, claro —Luk rió de forma irónica—. Y me va a decir su dirección real dando únicamente el apodo de internet. Luego te preguntas por qué te llamo tonto, Scott.
  —Es verdad… Lo siento, Luk…
  —Será mejor que reunamos al resto del equipo.
  El grupo al completo estaba formado por un total cinco personas. Ya conocemos a Luk, el líder, y a Scott, su mano derecha. Los otros tres respondían a los nombres en clave de “Tara”, “Animal” y “Personaje-eliminado”.
  Tara y Animal eran hermanos, y vivían en la puerta contigua a la casa de Scott. Aunque ella tenía unos cuantos años menos, era claramente la más inteligente (y malhumorada) del grupo. Animal llamaba la atención por su gran físico, pese a ser de la misma edad que Luk y Scott. Destacaba mucho más aún al lado de su pequeña hermana. Ambos motes, como siempre, eran obra de Luk, que creía que nadie los contrataría si usaban sus nombres reales (Lucas, Antonio, Ana y Rubén).
  Personaje-eliminado, en cambio, no es un apodo. Sé que suena extraño, así que dejad que os lo explique. Donde pone “Personaje-eliminado” debería aparecer el nombre de la segunda chica del grupo…, pero he tenido que borrarlo debido a un incidente intrascendente (mi abogado lo llama “conflicto legal”). Para comprenderlo, debemos retroceder en la historia hasta varios meses antes de la reunión con Eli334, cuando Luk reunió a sus cuatro amigos para hablarles del negocio que quería crear. Su idea era formar un grupo de… Bueno: mejor que lo explique él.
  —Y eso es lo que haremos.
  —¿Qué es lo que haremos? —preguntó Tara—. Hemos entrado aquí, y lo primero que has dicho es “y eso es lo que haremos”. ¿Por qué nos has reunido? Tengo muchas mejores cosas que hacer que perder el tiempo con vosotros. Literalmente cualquier otra cosa.
  —Sabía que me preguntarías eso —dijo Luk con una sonrisa—. Deja que te responda: el grupo se llamará “Luk Mertective”.
  —No entiendo nada —respondió Personaje-eliminado.
  —Es muy fácil. Me llamo Luk, y soy medio mercenario, medio detective. Así que el grupo se llamará “Luk Mertective”.
  —No pienso ser parte de un grupo así…
  —Pues no se puede cambiar —Luk se cruzó de brazos—. Quiero decir, ya han creado la portada del libro y todo… No puedo pedirle al diseñador que haga otra, ¡porque cuesta dinero, ¿sabes?!
  —¡Es un nombre tontísimo! —protestó Personaje-eliminado—. ¿“Luk Mertective”? ¿A qué niño de dos años se le ha ocurrido?
  —¡No te puedes negar! ¡Desde hace unas cuantas líneas eres un personaje de esta historia! ¡Tus derechos pertenecen al escritor!
  Al final resultó que sí se podía negar, y el juez me obligó a quitar todo rastro de su presencia. Pero, por favor, no hablemos más de Personaje-eliminado. Volvamos al presente, y centrémonos en los cuatro restantes y en la misión que tienen por delante.
  —¡Una clienta nos ha contratado! —exclamó Luk.
  —¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero juntarme con vosotros? —preguntó Tara, enfadada—. Hemos venido corriendo porque dijiste que Antonio se estaba muriendo…
  —Lo primero: se llama Scott —puntualizó Luk—. Y lo segundo: ¿conocéis a una LaTuber llamada MiddleChan?
  —Sí —respondió Scott—. Eli334 nos habló de ella hace un rato.
  —¡No te preguntaba a ti!
  Animal abrió los ojos como si acabara de ver un fantasma.
  —¡¿H-Habéis dicho Eli334?! ¡¿La gran Eli334?!
  Luk lo miró entre sorprendido y disgustado.
  —¿Es que a ti también te gusta?
  —Está obsesionado con ella —contestó Tara—. Si sus vídeos tienen 1000 visitas, 999 son del idiota de mi hermano.
  —¡Tiene muchas más! —replicó Animal—. ¡Es la LaTuber número 1 de Villamedio!
  —¿En serio? —preguntó Luk, desconocedor de estos asuntos—. ¿No tiene más visitas MiddleChan?
  Sin mediar palabra, Animal agarró a Luk por la pechera y lo levantó varios centímetros del suelo.
  —¡Retira eso! —gruñó animal.
  —¡L-Lo retiro! ¡Sólo preguntaba! ¡Scott me obligó!
  —¡No compares a Eli334 con MiddleChan! —insistió Animal, furioso—. ¡Eli334 es la mejor!
  —¿Y MiddleChan?
  —¡No, ella no!
  Era un argumento sólido y sin contradicciones.
  —Entonces querrás cumplir la misión que nos ha encargado, ¿verdad? —dijo Luk, aprovechando la debilidad de Animal.
  —¡Claro que sí! —asintió enérgicamente tras devolver a su amigo al suelo—. ¿Qué tenemos que hacer?
  —Algo de “hacer jaque mate” a MiddleChan —explicó Luk, poco convencido de sus propias palabras—. No lo entendí muy bien. Creo que lo que quiere Eli334 es hundir a su rival. ¿Sabes cómo podríamos hacerlo?
  Animal se quedó pensativo, lo cual solía darle muy pocos frutos en cualquier ámbito de su vida. Pensar no era una de las cien mejores cualidades de aquel chico.
  De pronto, Luk se dio cuenta de algo.
  —¿Dónde está Tara?
  —Se fue hace rato —respondió Scott—. Dijo que no volviéramos a llamarla nunca para nuestras reuniones, y que dejáramos de poner motes a todo el mundo.
  Su ayuda podía ser imprescindible para la misión, así que Luk tuvo que pensar una manera de hacerla volver. Lo mejor era apelar al cariño que Tara sentía por su hermano…, y a la psicología inversa, que funcionaba bien en gente sin muchas luces.
  —Está bien —Luk se encogió de hombros, fingiendo darse por vencido—. Si Tara no quiere participar, disolveremos el grupo. Se acabó Luk Mertective. Llamaré a Eli334 y le diré que abandonamos.
  —¡No! —Animal se arrodilló ante él—. ¡Por favor! ¡Yo convenceré a mi hermana!
  —Es igual. Déjalo. Se acabó la misión.
  —¡Por favor, Luk! ¡Por favor! ¡Dame una oportunidad!
  —¡He dicho que no!
  Mientras Animal imploraba seguir adelante con el encargo de Elisa, Scott susurró algo al oído de Luk.
  —¿No sería mejor que le dejáramos convencer a su hermana?
  —Eso es lo que estoy intentando hacer —Luk le guiñó un ojo.
  —Pero… ya ha aceptado.
  —Ya lo sé, Scott. Mi plan está funcionando.
  —Entonces ¿por qué no aceptas ya?
  —Todavía no. Espera que me lo pida seis veces más.
  Seis peticiones más después, Luk aceptó. Entonces, Animal corrió en busca de su hermana, momento que aprovechó Luk para largarse de casa de Scott. Estaba cansado, y quería dedicar la noche a pensar en los detalles de su primera misión.
  Por fin veía cumplido el sueño de su vida (de ese año, ya que antes había tenido muchos otros “sueños de su vida”). Y lo que más satisfacción le proporcionaba era saber que podría restregárselo a todos en la cara: a los que decían que era mala idea abrir un negocio sin licencia, promocionándolo en LaTubi; a los que decían que debía centrarse en su carrera; a los que decían que debía estudiar para los exámenes, o al menos ir a clase; a los que decían que debía lavarse los dientes también después del desayuno y la merienda; a los que decían que estaba mal visto adelantar a las señoras mayores en la parada del autobús para que no le quitaran todos los asientos…
  Ya nada de eso importaba, porque Luk Mertective tenía su primer caso…, que lo llevaría directamente a la sede del Pentágono.


3

  Los cuatro miembros de Luk Mertective llegaron a la entrada de la sede del Pentágono. Pero, una vez más: ¿por qué estaban ahí?
  Animal había conseguido convencer a su hermana, Tara, de que los ayudara en aquella misión. Y precisamente fue ella quien encontró una forma de beneficiar a su clienta, Eli334, boicoteando a su mayor rival de LaTubi, MiddleChan. Una trama apasionante, ¿verdad? Muy mal se me tiene que dar para no acabar ganando algún premio.
  —El Pentágono —dijo Tara.
  —¿La figura geométrica? —preguntó Luk.
  —No. La organización.
  —¿Estás hablando de la sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos?
  —Sí, Luk —respondió ella irónicamente—. Tenemos que ir al florecitas Pentágono de los florecitas Estados Unidos. ¿Eres florecitas o qué florecitas te pasa?
  Nota de la editorial: Debido al exceso de palabrotas, el autor de esta novela se ha visto obligado a reemplazar la mayoría de insultos por la palabra “florecitas”, para evitar ser censurado. Perdón por las molestias, pero es que los censores son unos grandísimos florecitas.
  —El Pentágono del que estoy hablando —siguió Tara—, es el Pentágono de Lectores. Una compañía que vende libros casa por casa. Te puedes hacer socio, y te salen a buen precio… ¡Pero yo prefiero comprarlos por Amazon! ¡Son muy fiables, y el envío es muy rápido y económico! ¡Gracias por todo, Amazon! Ahora, volviendo al tema: he descubierto que MiddleChan ha publicado un libro contando su vida como LaTuber.
  —¡No me importa lo que haya publicado! —replicó Luk—. ¡Estamos pensando en cómo boicotearla, no en cómo hacerle ganar más dinero!
  Varios “florecitas” después, Tara se calmó y siguió con su explicación.
  —Esta tarde promocionan su libro en la reunión del Pentágono de Lectores que habrá aquí, en Villamedio. Podemos evitar que lo promocionen robando todos los ejemplares que hayan traído.
  Luk se quedó pensativo, poco convencido.
  —Como plan me parece una basura, pero si nadie tiene una idea mejor…
  Scott y Animal no pusieron objeciones. Ambos estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por agradar a Eli334. Su amor por esa chica era una de las pocas cosas que ambos tenían en común.
  Así es como los cuatro llegaron a la sede del Pentágono de Lectores.
  —Nos estamos metiendo en una guerra entre LaTubers —dijo Luk, autoproclamado líder del grupo—. Debemos andarnos con mucho cuidado; probablemente no haya nada más peligroso en todo el mundo. ¡Pero es una misión, y debemos cumplirla si queremos que nos ofrezcan más contratos!
  —Yo sólo lo hago por Eli334 —respondió Animal.
  —Yo lo hago por mi hermano —dijo Tara.
  —Yo lo hago porque me obliga Luk —añadió Scott.
  Luk asintió con la cabeza, fingiendo que había escuchado algo de lo que hubieran dicho sus tres compañeros.
  —Así me gusta, que estéis motivados. Antes de nada, repasemos el plan: entraremos ahí y haremos lo que nos dé la gana a cada uno, pero nunca, y repito: nunca volváis a comer en mi coche.
  —P-Pero, Luk —replicó Scott—, si has sido tú el que se ha comido una hamburguesa mientras conducía… Y encima no nos has dejado pedir nada…
  —¡Y volvería a hacerlo! —Luk puso fin al debate—. Bueno, ya conocéis el plan. ¿Ha quedado claro? —preguntó al limpiador de cristales que pasaba a su lado.
  —Clarísimo —contestó éste—. Con el nuevo producto de limpieza Limpiamucho XL, los cristales quedan brillantes y 100% transparentes. Compra Limpiamucho XL en tu mercado de confianza, por menos de 10€ el bote. ¡Limpiamucho XL, lo puto mejor!
  —No me puedo creer que nos hayan colado publicidad por segunda vez en un mismo capítulo… —dijo Scott.
  —Yo lo que no me puedo creer es la mierda de eslogan que tiene ese producto —añadió Tara.
  A diferencia de sus amigos, Luk parecía emocionado.
  —¡Deme diez botes!
  —Lo siento —respondió el trabajador—, pero sólo tengo uno, y lo estoy usando. No se lo daría ni por un millón de euros.
  —Te ofrezco 50€.
  —Todo suyo.
  Luk rebuscó en sus bolsillos, pero descubrió que no tenía suficiente dinero. De hecho, no tenía nada.
  —Oye, Scott, préstame 50€.
  —¿Para comprar un bote de Limpiamucho XL? —Scott no estaba muy por la labor.
  —No, para otra cosa.
  —Bueno, entonces vale…
  Scott entregó un billete de 50€ a Luk, que éste dio inmediatamente al trabajador a cambio de su bote medio gastado de Limpiamucho XL.
  Después de esta interrupción fundamental para el desarrollo de la trama, los cuatro amigos se acercaron a recepción. Al otro lado del mostrador, una mujer revisaba unos papeles de forma despreocupada.
  —Hola, mi nombre es Luk. Éstos son Scott, Tara y Animal. Estamos en misión secreta.
  —Hola —la mujer lo miró, algo extrañada—. Podéis pasar.
  Aunque sus tres amigos parecían dispuestos a entrar al salón principal, Luk los detuvo con un gesto de la mano.
  —¿No vas a comprobar si nuestros nombres están en la lista? —preguntó a la mujer.
  —No hay lista —ella sonrió, intentando sonar amable—. Todos los interesados pueden entrar de forma gratuita.
  Luk golpeó el mostrador con las palmas de sus manos.
  —¡No pienso entrar hasta que compruebes nuestros nombres en la lista!
  —Pero es que no hay lista…
  —¡Pues no entro!
  Luk se colocó en la puerta que comunicaba con la sala principal, donde, en pocos minutos, se llevaría a cabo la presentación del libro de MiddleChan.
  —¡No más eventos sin listas! —gritó.
  —Si estás protestando, al menos haz que rime —le sugirió Tara—. Así tiene más gancho.
  —Tienes razón —Luk pensó durante unos segundos, mientras todos los allí presentes miraban sin entender qué estaba ocurriendo—. Ya lo tengo: ¡a este evento, yo no entro! ¡Mira en la lista, no seas… lista!
  —Mi nivel de vergüenza ajena ha superado cualquier límite conocido —Tara se tapó la cara con las manos.
  La joven chica se marchó del edificio, repitiéndose a sí misma que jamás volvería a juntarse con ese grupo. Eran tantas las veces que había pronunciado aquella frase, que ya ni ella se lo terminaba de creer.
  Mientras tanto, un guardia de seguridad se aproximó a Luk para intentar acabar con el alboroto.
  —Por favor, señor, tengo que pedirle que entre a la sala.
  —Ya has oído, Scott —respondió Luk.
  —No, caballero —negó el guardia pacientemente—. Le digo a usted. Por favor, entre.
  —¡No quiero! —Luk pataleó—. ¡Voy a marcharme de aquí! ¡Iré adonde no puedan verme ni oírme! ¡Me iré a mi casa!
  —Me temo que no puedo permitírselo —insistió el guardia—. Me pagan por mantener el orden, así que acompáñenme.
  El guardia los llevó hasta la sala de la presentación, y después regresó a su puesto insignificante de personaje secundario o terciario.
  —¡¿Lo veis?! —dijo Luk con una gran sonrisa—. ¡Mis planes siempre funcionan!
  —¿Todo era parte de tu plan? —Scott lo miró desconcertado, aunque con cierta admiración.
  —Sí. Bueno, más o menos. La parte de venir al edificio sí; lo de después, no tanto. ¡Ahora tenemos que encontrar los libros de MiddleChan!
  Aún faltaba media hora para que la presentación diera comienzo, y todavía eran pocos los allí presentes. Los libros no estaban a la vista, lo que indicaba que debían de tenerlos guardados en alguna de las habitaciones traseras.
  —Tenía que haber dicho “usa tu vista, mira en la lista” —murmuró Luk, recordando lo sucedido en recepción.
  —Ya no hace falta —respondió Scott, intentando animar a su amigo—. Estamos dentro, que era lo importante.
  —¡Las protestas también son importantes! ¡Por culpa de gente como tú, la sociedad no avanza!
  —P-Perdona, no quería decir eso…
  —También podía haber dicho “look for Luk”. Joder, ¿cómo no se me ha ocurrido antes? Podría ser mi eslogan: “L4L”. Es como decir “busca a Luk” en inglés, ¿lo pillas?
  —Sí, lo había entendido… —Scott se apresuró a cambiar de tema—. ¿Dónde estarán los libros?
  En aquella gran sala, además de varias hileras de sillas y un pequeño escenario, había tres puertas. La primera era por la que habían accedido, que comunicaba con la calle. Las otras dos, situadas en el extremo contrario de la habitación, eran idénticas, sin letreros ni indicaciones de ningún tipo.
  —Tenemos que separarnos —sugirió Luk—. Animal, busca por la puerta de la derecha. Porque distingues la derecha de la izquierda, ¿verdad? —el hermano de Tara se miró ambas manos antes de asentir—. Nosotros nos encargamos de la otra.
  Ninguna de las dos puertas tenía cerradura, por lo que únicamente debían asegurarse de que nadie los viera entrar. Luk y Scott accedieron al pasillo que había tras la puerta de la izquierda. A continuación avanzaron unos pocos metros, y finalmente entraron a la segunda puerta del pasillo, porque, según Luk, “la primera sería demasiado fácil”.
  —¡Premio!
  Era una pequeña sala llena de libros, repartidos por las numerosas estanterías. Estaban amontonados unos sobre otros, de forma algo desordenada. Aquello estaba lejos de ser una biblioteca. De hecho, no había mucha variedad; eran casi todos repetidos. Probablemente sólo los tenían allí para repartirlos en los eventos promocionales del Pentágono de Lectores. Con lo cual, encontrar su objetivo no les llevó ni medio minuto.
  —¡Está aquí! —exclamó Scott—. ¡El libro de MiddleChan!
  Lo encontró rápidamente gracias al llamativo color rosa de la portada. El título de aquel libro era “MiddleChan os ama”, ante lo cual Luk no puedo evitar reír.
  —¡Ja, ja, ja! —¿veis? Os lo acabo de decir—. ¡“MiddleChan os ama”! ¡Como si fuera… “MiddleChan os ama Bin Laden”!
  —¡Ja, ja! Es gracioso porque has juntado el nombre del libro con el de Osama Bin Laden, aunque no tenían nada que ver. Como si el título fuera el nombre, y luego tú añades el apellido.
  —No hace falta que me expliques los chistes que hago yo —refunfuñó Luk.
  —Vale —Scott dio por terminado este momento de vergüenza ajena—. ¿Qué hacemos ahora, Luk?
  —Coge todos; nos los llevamos.
  Sin embargo, aquello no iba a resultar tan fácil. El único libro de MiddleChan que estaba a la vista se encontraba sobre un maletín cerrado, lo cual indicaba que el resto de ejemplares debían de estar a buen recaudo dentro.
  —Tenemos que abrirlo —concluyó Luk, apremiando a su amigo.
  Scott lo examinó de cerca.
  —Tiene una clave de cuatro cifras…
  —¡Pues busca pistas por la habitación! No sé si esto es un videojuego o una película de aventuras…, pero, si lo es, tiene que haber una pista.
  —¿Y si nos llevamos el maletín? —sugirió Scott.
  —¡¿Estás loco?! ¡¿Qué pasa si hay una bomba dentro?!
  —Es verdad —Scott agachó la cabeza—. P-Perdona, Luk.
  —No importa —en el fondo sí le importaba, pero decidió perdonarlo—. ¡Busca pistas!
  La puerta se abrió poco después, sobresaltando a los dos chicos. Era un hombre trajeado, con rostro serio. Sin duda se trataba de un trabajador del Pentágono de Lectores.
  —¿Qué estáis haciendo aquí?
  —Piensa una excusa —se dijo Luk a sí mismo en voz alta.
  —¿Qué? —el hombre los miró en silencio durante unos segundos—. ¡Ah, ya entiendo! Sois empleados de limpieza, ¿no? Está bien, os dejo solos.
  —¡No! —replicó Luk—. Simplemente nos estamos infiltrando para robar unos libros. ¡¿Algún problema, idiota?!
  Sin decir nada más, el hombre corrió en busca del guardia de seguridad.
  —¡Nos ha descubierto! —exclamó Luk—. ¡Tenemos que irnos! ¡Coge el libro y la bomba, y sígueme!
  —¿Q-Qué va a pasar con Animal? —respondió Scott, preocupado.
  —¡Olvídate de él! ¡Ya está muerto!
  Scott se guardó el libro suelto en el interior de la camiseta, y agarró el maletín con firmeza. Después, ambos salieron corriendo del edificio.
  Habían evitado que el guardia los encontrara, pero no pudieron escapar de la vista de otra persona: una señora de más de ochenta años, que corría tras ellos visiblemente enfadada. No era una mujer cualquiera… ¡Se trataba de la mismísima jefa del Pentágono de Lectores!
  —¡Volved aquí, malnacidos! ¡No dejaré que nadie realice una ofensa semejante, mancillando el maravilloso mundo de la literatura!
  —¡Mierda! —gruñó Luk sin dejar de correr—. ¡Está usando sinónimos elegantes, lo cual demuestra que es peligrosa!
  Luk y Scott montaron en el coche del primero, que arrancó tan rápido como le permitían sus manos temblorosas. La señora saltó sobre el capó, tapándoles parcialmente la vista. Luk decidió acelerar para intentar tirarla al suelo.
  —¡Paraaad cabroneees!
  —¡Aluflipante! —dijo Luk, sorprendido—. ¡Es tan vieja que la censura no hace efecto en ella!
  La anciana se agarraba al capó de una forma sobrehumana. Sabía que era muy peligroso y que ponía en grave peligro su vida, pero, a cambio, cumplía con la condición favorita de toda la tercera edad: estaba viajando gratis.
  Luk frenó de golpe, provocando que la señora saliera despedida y cayera sobre el asfalto.
  —¿Por qué has parado, Luk? —preguntó Scott.
  —Porque así lo ha querido el destino. ¡Nos hemos librado por poco, pero ya nunca podrá encontrarnos!
  Estaban a pocos metros de la casa de Scott, así que Luk aparcó el coche a un lado de la calzada, y ambos bajaron del vehículo. La vieja los miraba desde no muy lejos, amenazando con el puño.
  —¡Volveremos a encontrarnos, gamberros!
  Luk le dedicó un gesto obsceno con la mano, sintiéndose al fin a salvo.
  De nuevo en la habitación de Scott, éste colocó el maletín encima de la cama, y, sobre él, el libro que guardaba debajo de su camiseta.
  —Luk, si es una bomba mi madre me regañará…
  —Pues cállate. Eso es lo que tienes que hacer: callarte.
  No tuvieron tiempo de hacer nada más, ya que fueron interrumpidos por un ruido fácilmente identificable, y que no podían ignorar: alguien llamaba a la puerta de la calle. Era su vecina, Tara.
  —Os he visto entrar al portal, idiotas. ¿Dónde está mi hermano?
  —Lo siento, Tara —Luk puso una mano sobre su hombro—. Tu hermano ha muerto.
  —¡¿Qué?!
  La chica salió corriendo de allí, con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y la preocupación.
  —Oye, Luk… —dijo Scott—. Yo creo que Animal no ha muerto…
  —¿Y a quién le importa? Así tendrás a Eli334 para ti solo.
  Aquella respuesta satisfizo a Scott, por lo que no hubo más objeciones. Al fin podían centrarse en lo que tenían entre manos.
  El maletín permanecía firmemente cerrado, protegido por una clave de cuatro dígitos. Descartando el “0000”, que estaba marcado, sólo tenían otras 9999 combinaciones posibles.
  —Nunca lo adivinaremos… —se lamentó Scott.
  —Quizá si pruebo una combinación al azar…
  Poniendo a prueba su suerte, Luk giró las ruedecitas con números, hasta que se pudo leer “2562”. El maletín se abrió de inmediato.
  —¡¿Cómo lo has conseguido?! —Scott miraba el maletín con la boca abierta.
  —Tengo una inteligencia superior —respondió Luk, tocándose la frente con el dedo índice.
  —¿No ha sido simplemente suerte?
  —¡Claro que no! Ha sido mi inteligencia. ¿Cómo iba a acertar por suerte teniendo una oportunidad entre nueve mil novecientas noventa y nueve?
  —¿Y cómo lo has averiguado? —insistió Scott, impresionado por la “inteligencia superior” de su amigo.
  —Si te explico el truco, pierde la gracia.
  Cuando Luk abrió el maletín, comprendió la magnitud de la misión que estaban llevando a cabo. Ellos, ignorantes ante lo que la vida les tenía preparado, sólo querían encontrar unos libros para ganar algo de dinero aprovechándose del conflicto entre dos LaTubers. Sin embargo, lo que había dentro de ese maletín marcaría a Luk Mertective de por vida.


4

  Luk cogió los papeles que el Pentágono de Lectores escondía en el maletín, y retrocedió un par de pasos, asombrado ante lo que acababa de descubrir.
  —N-No me lo puedo creer…
  —¿Qué es? —preguntó Scott, profundamente intrigado.
  Luk siguió leyendo los papeles en silencio, con los ojos y la boca exageradamente abiertos.
  —Por fin lo he encontrado…
  —¿El qué?
  —El sueño de toda mi vida…
  —¿Qué es, Luk?
  —Finalmente…
  —¡Dímelo, por favor!
  —Lo tengo en mis manos…
  —Luk, es la hora de cenar, mañana seguimos, ¿vale?
  —Años y años buscándolo…
  —Han llamado de tu casa, están preocupados.
  —¿Quién me iba a decir que lo escondían en el Pentágono de Lectores…?
  —Nos vemos mañana en el examen, Luk.
  De pronto, su amigo recuperó la compostura.
  —¡¿Estás pensando en ir al examen y abandonar nuestra misión?! —protestó Luk.
  —P-Podemos hacer las dos cosas, ¿no? —replicó Scott—. Primero el examen, y después la misión.
  —¡No! ¡Haremos primero la misión, luego la misión, y después la misión! ¡No hay tiempo para nada más, y no hay nada más importante!
  —Pero si no nos van a pagar nada… Aceptaste hacer este encargo gratis…
  —No lo entiendes, Scott —Luk suspiró, armándose de paciencia—. Tu mente no es capaz de comprender la grandeza de lo que tenemos entre manos.
  —Si no me lo has dejado ver…
  Luk le mostró el contenido del maletín.
  —Estos papeles son un resumen del libro de MiddleChan. Una guía para que los que van a promocionar su libro sepan de qué trata.
  —Eso no me parece tan importante, Luk…
  —¡No he terminado! —lo interrumpió—. Cuando sepas de qué trata el libro, quedarás maravillado.
  —Mejor me lo cuentas mañana, después del examen.
  —¡No! —insistió Luk, empezando a cabrearse—. ¡Te lo digo ahora! El libro consiste en la búsqueda de la “novena maravilla” del mundo. MiddleChan está buscando lo mismo que yo llevo buscando años y años y días. Ambos tenemos el mismo sueño en la vida: ¡encontrar un yogur de naranja!
  Se hizo el silencio.
  —Reconozco que suena muy emocionante, Luk, pero a lo mejor te has pasado presentándolo y ahora no parece tan especial.
  —Scott, Scott, Scott… ¿Es que no entiendes nada? Los problemas de esa florecitas de Eli334 no son nada en comparación con lo que tenemos delante. Esto es lo que hará grande a Luk Mertective.
  —¡Esperad un momento!
  Una voz sobresaltó a los dos amigos, pese a que no había nadie más en la habitación.
  —¿Q-Quién ha hablado? —Scott miraba hacia todas partes, asustado.
  —Por la voz, parecía el fantasma de Ian McKellen —respondió Luk.
  —¡No soy Ian McKellen! —protestó la voz—. ¡Ian McKellen ni siquiera está muerto! ¡Soy Personaje-eliminado!
  La chica estaba muy ofendida de que hubieran podido confundir su voz con la de un hombre anciano, pero prefirió obviarlo.
  —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Luk—. No puedes aparecerte así como así.
  —Es que no podía quedarme callada ante esta serie de estupideces.
  —Pero tienes que actuar con sentido común —le recriminó Luk—. Que parezca una historia creíble, vamos…
  —¿Y qué tengo que hacer?
  —Pues llama a la puerta y entra como si fueras una persona normal.
  De repente, alguien llamó a la puerta de la casa de Scott. ¡Era Personaje-eliminado! ¡Qué sorpresa!
  —¿Puedo hablar ya?
  —Sí —asintió Luk, satisfecho de que la historia siguiera un cauce lógico (dentro de lo que cabe)—. ¿Por qué has venido?
  —Porque… no entiendo nada. De verdad, estoy totalmente perdida. ¿Qué narices es “Luk Mertective”? ¿Es el nombre inventado de Lucas o es el nombre del grupo que ha formado? Cada vez parece una cosa.
  —Mejor te lo explica el narrador.
  Por desgracia, el narrador tampoco lo tenía claro.
  —Está bien… —Luk suspiró—. Es sencillo: Luk Mertective es mi nombre, y también el nombre de la organización, porque soy tan importante para el grupo que lo normal es que tuviera mi nombre. Y ahora saca tu culo de aquí, desertora.
  —¡Pues ahora no quiero irme!
  Tras decir esto, Personaje-eliminado se fue para siempre.
  —Gracias, narrador —Luk guiñó un ojo, pero al ser una novela escrita, y no gráfica, ese detalle quedó en el olvido.
  Scott seguía asustado y sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, por lo que Luk decidió marcharse de su casa, llevando consigo el maletín del Pentágono y el libro de MiddleChan.
  Desde ese momento, Luk dejó de tener tan clara su misión. Había sido contratado (gratis) para boicotear a MiddleChan. Sin embargo, esta última era la única que podía ayudarlo a encontrar el mítico yogur de naranja. ¿Renunciar a uno de los sueños de su vida, o renunciar al otro? ¿Su trabajo o el yogur? Era una decisión difícil, que no podía tomar en frío (a diferencia del yogur).
  A la mañana siguiente, Luk se armó de valor: lanzaría una moneda al aire y seguiría lo que le dictara el azar. Si salía cara, entregaría el material a Eli334, ayudando a boicotear a su rival. Si salía cruz, le devolvería aquellos documentos a su propietaria a cambio de información sobre el yogur de naranja.
  La moneda giró en el aire. Cara, Eli334. Cruz, MiddleChan. ¿Cuál sería la ganadora? La moneda cayó al suelo, rebotó y siguió girando un poco más, hasta que se detuvo, cumpliendo al 100% la ley de la gravedad, lo cual tranquilizó mucho a Luk. De haber ocurrido lo contrario, su misión podría haberse complicado, así como la vida en la Tierra y la física en general. Quizá los muebles hubiesen empezado a levitar en el aire, y dormir sobre una cama no tuviese sentido nunca más. Pero ahí estaba la moneda, en el suelo, sin despegarse, sin moverse…, y había salido cara.
  Luk miró a su alrededor. Estaba solo en su habitación. Nadie había visto aquello, ni podría acusarle de hacer trampas, así que volvió a lanzar la moneda. Salió cara de nuevo. Lanzó la moneda una tercera vez, y esta vez salió cruz.
  —¡El destino así lo ha querido! ¡Iré a hablar con MiddleChan!
  Encontrarla no iba a ser tarea fácil, ya que desconocía su nombre y apellidos reales. En LaTubi no venía ese tipo de información, y no podía pedir ayuda a Scott, Tara o Animal; todos ellos estaban en clase. Por lo tanto, sólo le quedaba una solución. La peor de todas, pero, al fin y al cabo, la única: visitar a Nora.
  Siempre que Luk se metía en problemas, su hermana Nora lo ayudaba a solucionarlos, haciendo lo posible por evitar que sus padres se enterasen. Ella era su comodín. Lo malo era que, a cambio, tenía que aguantar todo tipo de reprimendas: “Luk, haz esto”, “Luk, no hagas lo otro”, “Luk, quitar los frenos a las bicicletas de los niños está mal”, “Luk, no robes cartas a los vecinos”. “Luk, si no vas a ir nunca a clase di a papá y a mamá que dejen de pagarte la matrícula”. Se ponía muy pesada cada vez que Luk le pedía ayuda. Pero de nuevo estaba en un callejón sin salida, y sus dos únicas soluciones eran esperar un par de horas, o tal vez minutos, hasta que sus amigos salieran de clase, o pasarse por las oficinas donde trabajaba su hermana. Evidentemente, optó por lo segundo.
  Luk entró sin pedir permiso al edificio de aquella empresa informática de Villamedio, como ya había hecho tantas otras veces antes. Saltando los escalones de dos en dos, subió al fondo de la segunda planta, donde estaba la mesa de su hermana. Al verlo, ella se tapó la cara con las manos, como si no se lo pudiera (o quisiera) creer.
  —¿Cuántas veces te he dicho que no vengas a visitarme al trabajo?
  —No sé, ¿crees que llevo la cuenta, o algo? ¡Pues no! —Luk clavó su mirada en el monitor del ordenador que estaba usando su hermana mayor—. ¿Qué haces?
  —Lo de siempre: programar.
  —¿No te aburres?
  —No estoy aquí para divertirme —replicó Nora con paciencia—, sino para ganar dinero…
  —Anda, qué interesante —dijo sin mucho entusiasmo—. Bueno, hablemos de lo que importa.
  —No tengo tiempo para hablar, Lucas.
  Luk miró a su alrededor, confiando en que nadie lo hubiera oído.
  —Quedamos en que me llamarías “Luk”, si no querías que te pusiera un mote yo a ti.
  —No —replicó ella—. El trato era que no me pondrías un mote, y a cambio yo no le diría a mamá y papá todo lo que haces.
  —Uf… —Luk agachó la cabeza y suspiró—. Creo que tu ordenador se aburre contigo más que tú con él. ¿Vas a escuchar lo que tengo que decirte o no?
  —Sea lo que sea, seguro que puede esperar hasta que acabe de trabajar.
  —¡No puede! —protestó el chico—. ¿Es que no lo entiendes? ¿No entiendes nada de lo que te he explicado?
  —No me has explicado nada.
  —Si me dejaras hablar…
  —Está bien… —como ocurría siempre, Nora acabó cediendo para que se callara—. Te escucho.
  Luk sonrió, victorioso.
  —Ayer me infiltré en las oficinas del Pentágono y encontré unos documentos secretos dentro de un maletín. Tenía una clave de cuatro cifras, pero la desbloqueé en el primer intento usando unos poderes que jamás comprenderías. Ahora necesito averiguar la dirección de MiddleChan; ella me ayudará a encontrar el yogur de naranja.
  Cuando el chico dejó de hablar, ambos se quedaron unos segundos en silencio.
  —¿…Otra vez? —preguntó Nora, exhausta.
  —¿Cómo que “otra vez”? Nunca antes me había pasado algo así.
  —Me refiero a que otra vez te estás inventando cosas. Siempre que vienes me cuentas una historia extraña. Y, para mi sorpresa, cada vez es menos creíble.
  Luk se acercó más a su hermana, mirándola fijamente a los ojos, tratando de transmitirle su sensación de urgencia.
  —Nora, lo único que necesito es que me ayudes a encontrar a MiddleChan. Usa la magia de tu ordenador para rastrearla.
  —Los ordenadores no funcionan con magia…
  —Ah, ¿no? ¿Y lo sabe tu jefe?
  —Lucas, escúchame… —la regañina era inminente—. No sé en qué lío te estás metiendo, pero deberías centrarte en lo importante: tu carrera. De hecho, ¿no deberías estar ahora en clase?
  —Hoy no tenía clase. La cancelaron para hacer un examen.
  Nora suspiró, mentalmente agotada, haciendo todo lo posible por no enfadarse con su hermano.
  —Papá y mamá están haciendo un gran esfuerzo para mantenerte y pagarte la carrera, y tú no haces más que el vago.
  —¡¿Es que no lo entiendes?! —insistió Luk—. ¡Éste es mi primer trabajo como mercenario detective!
  —Aclárate: ¿mercenario o detective? Son cosas distintas.
  —¡Las dos! ¡Mercenario y detective! ¡Y por fin tengo un cliente!
  —No sé, Lucas… ¿Cuánto te pagan?
  —Eso no importa ahora. Lo único que necesito es que me ayudes a buscar a MiddleChan.
  En dos minutos de conversación, Nora estaba mucho más cansada que en toda una semana de trabajo.
  —Bueno, supongo que no pasa nada por intentarlo —dijo ella al fin, dando su brazo a torcer—. MiddleChan es esa LaTuber tan famosa, ¿no? Si tiene una página web, puedo encontrar fácilmente sus datos reales en cualquier buscador… —Nora abrió el navegador de internet y empezó a teclear—. Mira, aquí lo pone: la página está registrada a nombre de… “Rocío Banus”.
  Luk salió corriendo sin decir ni escuchar nada más.
  —De nada, eh —murmuró Nora antes de volver a sus quehaceres.
  Una llamada telefónica al servicio de información después, Luk iba camino de la casa de Rocío, esperando que su hermana no le hubiera mentido, y confiando en que ese nombre realmente perteneciera a la famosa MiddleChan.
  Cuando aquella chica abrió la puerta, Luk comprendió dos cosas: que había acertado, y que…
  —En ese momento, supe que aquella sería la mujer de mi vida —dijo en alto.
  —¿Disculpa? —la chica lo miró sin entender nada.
  —¡Ah, perdón! Pensaba que la novela estaba narrada en primera persona. ¿Eres Rocío Banus?
  —Eh… Sí —respondió con desconfianza.
  —¿También conocida como MiddleChan?
  —¿Quién eres tú y qué quieres?
  —Me llamo Luk Mertective —se golpeó el pecho con el pulgar—. Soy un mercenario detective, y he venido a pedirte ayuda.
  —No me interesa, gracias.
  Rocío intentó cerrar la puerta, pero Luk puso la mano entre medias para evitarlo. El golpe fue duro, aunque al menos consiguió su objetivo.
  —¡Aaaah! —protestó con cara de dolor—. ¡Mi mano!
  —¿Q-Qué haces? —Rocío se quedó paralizada, sin saber qué hacer—. ¿Por qué metes la mano? ¿Estás loco?
  —¡Sólo quería evitar que cerraras! ¡Joder, cómo duele!
  —¡Claro que duele! ¡¿A quién se le ocurre hacer algo así?!
  —¡En las películas funciona!
  —En las películas ponen el pie…
  —¡Es evidente que no lo pensé bien, sabelotodo!
  La chica sintió lástima por él, mezclada con cierto sentimiento de culpabilidad, por lo que decidió ofrecerle ayuda.
  —Ven, te daré una pomada para el dolor.
  Una vez más, su plan había funcionado. No sólo había encontrado a MiddleChan, sino que estaba dentro de su casa, siendo cuidado por ella. Y encima parecía que la víctima era él, con la mano enrojecida.
  —Perdona si estoy algo borde —dijo Rocío—, pero ayer fue un día difícil…
  —Lo entiendo… Tienes la regla, ¿verdad?
  La chica ignoró ese comentario.
  —Mi editorial iba a presentar mi libro en el Pentágono de Lectores, pero parece ser que se lo robaron unos niñatos.
  —¡No eran tan niñatos! No todos, al menos.
  —¿Cómo dices?
  —¡Nada, nada! —Luk cambió rápidamente de tema—. ¿Sólo tenían una copia?
  —Sí… Las demás las enviaron a las tiendas. Pero lo malo no es haber perdido un libro, sino la pérdida de publicidad, y de todas las reservas que habría conseguido en la presentación.
  Luk rió de forma algo sobreactuada.
  —Tengo una noticia buena y una mala —dijo él—. Espera: ¿eres menor de edad?
  —No.
  —¡Entonces son dos noticias buenas!
  Rocío miró a Luk desconcertada, preguntándose si había hecho bien en dejarlo entrar. Empezaba a pensar que ese chico tan raro sufría algún problema mental.
  —¿Tiene algo que ver con el maletín que llevas? —preguntó ella.
  —¡Tiene todo que ver, querida Middle!
  —Me llamo Rocío —dijo Rocío.
  —Desde ahora serás Middle.
  —Bueno… —dijo Middle.
  —Abre el maletín, y haz un esfuerzo por no saltar a mis brazos. O mejor déjate llevar…
  Middle intentó abrir el maletín, pero estaba bloqueado mediante una clave de cuatro cifras, que marcaba “0000”.
  —¿Cuál es la clave?
  Luk se quedó pensativo. Se le había olvidado por completo.
  —Creo que era un número de siete cifras… Bueno, olvídate del maletín. Lo que importa es que dentro está tu libro, junto a todos los documentos que tenían los del Pentágono de Lectores.
  El chico esperaba que ella se lo agradeciera fogosamente…, aunque hizo todo lo contrario.
  —¡¿Los robaste tú?!
  —Ésa es una forma muy injusta de verlo —protestó Luk.
  —¡¿Los robaste, sí o no?!
  —Pues… depende. Si por “robar” entiendes entrar a una habitación sin permiso y huir con el maletín, pues ¡claro, acusémonos unos a otros! Entremos en una espiral de venganza sin fin que acabe con la humanidad. Dejemos que nuestros sentimientos se antepongan a…
  —¡¿Quién te has creído que eres para robarme mi libro y traérmelo con todo el morro?!
  —Middle, los árboles no te dejan ver el mar. Lo que importa aquí es el yogur de naranja. ¿Lo tienes o no? Porque si no… —Luk hizo un gesto amenazante con el puño.
  —¡Largo de aquí!
  —¿Te han dicho alguna vez que estás muy guapa cuando tu mente se inunda de ansias homicidas hacia mi persona?
  —¡Vete!
  MiddleChan empujó a Luk hasta la puerta de la calle.
  —¡Espera! —pidió él—. ¡Que me dejo el maletín!
  —¡Encima! ¡Tendrás cara…!
  La puerta se cerró a escasos centímetros de la nariz de Luk, quien se quedó allí un par de minutos, sin moverse, esperando que ella abriera, arrepentida de haberlo echado con tan malas maneras.
  —Cuando tienes la regla no hay quien te aguante, ¿sabes?
  —¡Voy a llamar a la policía! —respondió ella desde el otro lado de la puerta.
  —¡No te atreves!
  —¡Ya estoy marcando el número!
  —¡Seguro que no te lo sabes!
  —¡Sí lo sé! ¡Es el 091!
  Luk rió en alto para que ella pudiera oírlo. Pensó en lo idiota que era aquella chica, confundiendo el 091, un teléfono que no conocía, con el verdadero número de la policía: el 091. Entonces, Luk se dio cuenta de que ambos números eran el mismo, dejó de reír y salió corriendo de allí…, sin el libro, sin el maletín, y sin la ayuda de MiddleChan.


5

  Los cuatro miembros de Luk Mertective estaban reunidos en su punto de encuentro habitual: la puerta del bloque donde vivían tres de ellos. Luk tuvo que aguantar todos sus reproches: Scott se quejaba de que Luk no se hubiera presentado al examen; Animal se quejaba de que lo hubieran abandonado en el edificio del Pentágono de Lectores; Tara se quejaba de que la hubieran mentido diciendo que su hermano había muerto.
  —Cuando acabéis de llorar —los interrumpió Luk—, os explicaré la situación.
  —¡No hay nada que explicar! —replicó Tara—. ¡Nosotros nos vamos!
  —Está bien, haced lo que queráis —Luk se encogió de hombros—. Supongo que Animal no está tan interesado en Eli334 después de todo…
  Por su expresión, era evidente que Animal sí seguía muy, pero que muy interesado en esa conocida LaTuber de Villamedio. Y Luk pensaba aprovecharse de ello tanto como pudiera, del mismo modo que se aprovecharía de la predisposición de Tara a hacer cualquier cosa por su hermano mayor. La chica temía que pudiera pasarle algo malo por culpa de Luk (y era un temor comprensible, desde luego).
  Con Scott, Luk lo tenía más fácil, ya que siempre parecía dispuesto a cumplir sus peticiones, y era extremadamente fácil de convencer.
  —Tengo una mala noticia —explicó Luk—. ¿Cuál queréis oír primero?
  —La mala —respondió Scott.
  —Excelente elección. Pues veréis: MiddleChan me ha robado su libro y los documentos que íbamos a utilizar para boicotear sus ventas.
  —¿Cómo te lo ha robado? —preguntó Tara—. ¿Te asaltó por la calle? ¿Se coló en tu casa?
  —Ambas son correctas, pero no: me lo robó en su propia casa.
  —¿Y qué hacías tú en su casa? —Tara le dedicó una mirada acusadora.
  —Necesitaba información sobre el yogur de naranja.
  Scott y Tara se quedaron en silencio, sin entender nada. En cambio, Animal sabía perfectamente a qué se refería.
  —Es la trama del libro de MiddleChan. Habla sobre la búsqueda de un yogur de naranja. ¡Vaya tontería!
  —¡¿Tontería?! —Luk lo cogió por la pechera y lo levantó cero milímetros del suelo—. ¡Retira eso!
  —¡Es una tontería! —insistió Animal—. Ni siquiera es una búsqueda real. Es decir, es un libro humorístico. Ella no habla de que busque un yogur de naranja en la vida real.
  Luk se aproximó a una papelera cercana, de la que extrajo una lata vacía y medio aplastada, que lanzó sobre la cabeza de Animal. Éste se cubrió con las manos sin comprender el motivo de semejante ataque.
  —¡Te voy a matar! —Luk le señaló con el dedo—. ¡No vuelvas a dudar del yogur de naranja! ¡El yogur de naranja es lo más importante de mi vida, y no permitiré que un semigigante como tú hable mal de él, o de mi querida MiddleChan!
  —¿Tu querida MiddleChan? —repitió Tara, incrédula—. ¿De qué lado estás, idiota?
  —No os quedéis con los detalles —se defendió Luk—. Lo importante aquí es la misión.
  —Acabas de decir que lo importante es el yogur de naranja…
  —Iquivis di dicir qui li impirtinti is il yiguir di nirinji —contestó Luk en un intento de imitar la voz de Tara.
  —Eres peor que un niño pequeño —respondió ella.
  —Ah, ¿sí? —replicó Luk de forma irónica—. ¿Acaso un niño pequeño iría a la universidad? ¿Acaso un niño pequeño sería líder de un grupo de mercenarios detectives? ¿Acaso un niño pequeño podría participar en las votaciones? ¿Acaso un niño pequeño podría conducir? ¿Acaso un niño pequeño patatín patatán?
  —Eso último ni siquiera es un ejemplo…
  —Escuchadme bien —la mirada de Luk estaba llena de resolución—. ¡Tenemos que ir al zoo! ¡Scott, tú pagas!
  Los cuatro amigos pasaron un divertido día viendo animales en el jardín zoológico de Villamedio, y después regresaron a su punto de reunión habitual: el parque.
  —Ha sido divertido —reconoció Tara—, pero no entiendo qué tiene que ver con la misión.
  —¿Qué misión? —preguntó Luk.
  —¿Ya se te ha olvidado toda esa tontería del yogur de naranja?
  Luk cogió a Scott por la pechera.
  —¡¿Tontería?!
  —¡Y-Yo no he dicho nada, Luk! —se defendió su amigo, asustado—. ¡Ha sido Tara!
  —Ya lo sé, pero no quiero tocar a una niña pequeña.
  —No soy una niña pequeña… —protestó ella sin mucho entusiasmo.
  —¡Lo serás hasta que dejes de estar plana! —gritó Luk, conocedor de sus puntos débiles—. Es decir, probablemente toda tu vida.
  —¡¿Era necesario remarcar eso?! ¡A los lectores no les importa cómo florecitas soy!
  —¡A los lectores les importa lo que yo diga que les importa! Y ahora, volviendo al tema del yogur de naranja…
  —Escúchame, idiota —lo interrumpió Tara—: no pienso ayudaros en esa estupidez. En serio, los yogures de naranja no deben de ser tan raros. Seguro que voy al mercado y encuentro diez o veinte.
  —¿Crees que no lo he mirado? —insistió Luk—. Bueno: ¿crees que no he pensado en que debería mirarlo y que algún día lo haré?
  —Dame un día—contestó ella, queriendo finalizar la discusión—. Mañana por la tarde nos volveremos a juntar aquí, y tendrás que tragarte tus palabras.
  Luk y Tara se dedicaron una mirada de odio antes de tomar caminos separados. Scott y Animal se quedaron inmóviles, sin saber qué hacer, y ya sin la compañía de los otros dos integrantes de la banda.
  —¿Rompemos alguna papelera? —preguntó Animal.
  —Mejor que no… —respondió Scott.
  —Vale.
  Al día siguiente, tal y como planearon, volvieron a juntarse en su punto de reunión habitual: el aparcamiento del supermercado. Todos ellos traían documentos que habían sacado de internet. El primero en hablar fue Scott.
  —No os lo vais a creer, pero he buscado “Villamedio” en Google Maps…, ¡y pone que no existe!
  —Cállate, Scott —le ordenó Luk—. Estamos aquí para hablar de algo importante. Tara, ¿quieres un vaso de agua? No vayas a atragantarte con tus palabras…
  Ella parecía algo avergonzada.
  —De acuerdo, no encontré ningún yogur de naranja en las tiendas…, ¡pero sí en internet! ¡Mira! ¡Hay fotos!
  Luk cogió las fotografías que Tara le intentaba mostrar, las partió en trocitos excesivamente pequeños (¿para qué tanto? Era innecesario, en serio), y las tiró a la segunda papelera más cercana (la primera no le despertaba confianza).
  —No me sirven —dijo él—. Cualquiera puede hacer montajes. Es como esas fotografías del monstruo del lago Ness. ¿Habéis visto esas imágenes donde se ve una sombra negra sospechosa? ¿Cómo puede haber imbéciles que se crean eso? ¡Todos sabemos que en realidad Nessie es morada!
  —¿Es una hembra? —preguntó Scott, intrigado.
  —Claro que sí. ¿Cómo habría tenido hijos si no?
  —¡¿El monstruo del lago Ness tiene hijos?!
  —¡Dejad ya ese tema, idiotas! —interrumpió Tara—. ¿Qué es lo que habéis encontrado los demás?
  Luk les mostró el folio que traía doblado en su bolsillo. Había imprimido una foto de MiddleChan.
  —¿Verdad que es guapa?
  —¡En serio, Luk, ¿de parte de quién estás?! —protestó Tara.
  —De Eli334, por supuesto. Tenemos que ayudarla a encontrar el yogur de naranja.
  —¡Eli334 no nos ha pedido eso!
  —¡Pues ya me encargaré yo de que lo haga!
  Scott se interpuso entre ambos.
  —N-No discutáis, por favor. Somos un equipo.
  Mientras Luk y Tara se ignoraban mutuamente, había llegado el momento de Animal. Él era el único que quedaba por mostrar su descubrimiento. Al igual que los anteriores, Animal también había traído un folio. Sin embargo, el suyo estaba en blanco.
  —Mirad, es una lista con los cincuenta mejores vídeos de MiddleChan.
  —Muy bien, Animal —respondió Luk—. Ya has hecho la estupidez del día.
  —A ver si ahora todos pueden hacer bromas menos yo… —protestó.
  —Estamos en medio de una investigación, y traes un puto folio en blanco. En serio, ¿tus dos neuronas están de vacaciones? En el mundo hay 200.000 personas como mínimo, pero es que ni sumando la estupidez de las otras 199.999 te alcanzan.
  —En el mundo no hay 200.000 personas —replicó Tara.
  —¡Dije “como mínimo”! Lleva implícito que probablemente haya más.
  —Pero es que ni te has acercado…
  —Hagamos una votación —Luk cambió de tema súbitamente—. Decidamos si vamos a ayudar a Eli334 o a MiddleChan.
  —Yo voto por Eli —dijo Scott.
  —Yo también —añadió Animal.
  —Y a mí me da igual —respondió Tara—, así que ya está decidido.
  —¡Esperad un momento! —protestó Luk—. ¡Yo aún no he votado!
  —¿Qué más da? La votación va dos a cero.
  —Pero mi voto vale triple.
  Tara se aguantó las ganas de arañarle la cara y dedicarle un manojo de “florecitas”.
  —Voto por MiddleChan —siguió Luk—. ¡Así que el resultado es dos a tres!
  —Mierda —se lamentó Animal—. Ha estado tan cerca…
  —¡¿En serio vais a permitir esto?! —Tara los miró sin dar crédito.
  —¿Qué quieres que hagamos? —respondió Scott, resignado—. Lo hemos sometido a una votación, y hemos perdido.
  Tara suspiró, agotada. Una sensación que le era familiar.
  —Si la culpa es mía, por seguir juntándome con estos idiotas… Me largo.
  Los tres chicos estaban acostumbrados a que ella se enfadara y se marchara sin previo aviso, así que no hicieron nada por tratar de convencerla de lo contrario.
  —¿Qué haremos ahora, Luk? —preguntó Scott.
  —Lo que hacemos todas las noches: ¡tratar de conquistar el mundo!
  —¿Q-Qué?
  —Era una broma —rió—. ¿No pillas la referencia?
  —No, Luk —Scott agachó la cabeza, avergonzado—. Lo siento.
  —Tranquilo —Luk le puso una mano en el hombro—. Todos sabemos que eres idiota. En fin, vayamos a lo importante: tenemos que conseguir ese yogur de naranja. Sólo MiddleChan puede ayudarnos a encontrarlo.
  —Yo creo que ella no sabe dónde está —replicó Animal—. Lo de su libro es una…
  —Cállate —le cortó—. No digas algo de lo que puedas arrepentirte.
  —Pero es que no todo lo que sale en un libro tiene por qué ser verdad…
  —¿Y tú que sabes? —protestó Luk—. Si no te has leído un libro en tu vida.
  —También es verdad —reconoció Animal—. ¿Vamos a romper unas papeleras, o algo?
  —Ahora no. Tenemos que ir a casa de MiddleChan.
  Tras una corta discusión, que básicamente consistió en Luk explicando lo que iban a hacer, y sus dos amigos asintiendo sin replicar, acordaron que sería él quien iría a casa de la LaTuber en solitario. Nadie se opuso. En realidad, Luk era el único que quería ir.
  Como ya hizo el día anterior, Luk se dirigió hacia el chalé de Rocío Banus, la chica que se escondía tras el apodo de MiddleChan. Sin embargo, esta vez no lo iba a tener tan fácil; la respuesta que obtuvo al llamar a la puerta no fue todo lo favorable que hubiera deseado.
  —Lárgate.
  Era un mensaje ambiguo, así que Luk no perdió la esperanza.
  —MiddleChan, tienes que ayudarme.
  —¡Que te largues o llamo a la policía!
  —Buena idea —asintió Luk—, ellos también pueden ayudarnos.
  —Te voy a denunciar por acoso.
  —¡No, por favor! ¡Lo que necesito es que me ayudes a buscar el yogur de naranja!
  Durante un par de segundos, se hizo el silencio.
  —¿Qué? —preguntó ella, confusa.
  —Sé que has escrito un libro sobre el yogur de naranja.
  —¿Todavía estás con eso?
  —No podemos dejar que se nos adelante una gran y malvada corporación cuyo nombre no puedo revelar por temas legales —insistió Luk, desesperado—. ¡Tenemos en nuestras manos ser los héroes de la aventura! O, al menos, el héroe y su poco importante compañera, que probablemente aparezca desnuda en algún momento de la película para ganarnos al público adolescente poco exigente.
  —Vale… —respondió ella con voz más calmada—. Espera un momento, que ahora te abro.
  —¿Lo dices en serio?
  —Claro. Quédate ahí sin moverte.
  Luk esperó pacientemente. Al otro lado de la puerta se oía un murmullo, demasiado bajo como para entenderlo. Tres o cuatro minutos después, Luk empezó a sospechar que ella lo hubiera engañado.
  —¿Sigues ahí, MiddleChan?
  —Sí. Es que… estoy teniendo problemas para abrir. ¿Puedes esperar un poco más?
  —Puedo tirar la puerta abajo, si quieres.
  —Prefiero que no lo hagas, gracias.
  —Como quieras —Luk se encogió de hombros—. ¿Vas a tardar mucho?
  —No lo sé. Parece que se ha atascado. Pero no te vayas, por favor.
  Luk se alegró del cambio de actitud de la chica. Había pasado de gritarle que se fuera a pedirle que se quedara. La tenía en el bote.
  —¿Por qué no me cuentas algo mientras tanto, para saber que sigues ahí? —dijo Rocío.
  —¿El qué?
  —Cualquier cosa. Es por hablar de algo mientras esperamos a… a que consiga abrir la puerta.
  —Hmm… —Luk se quedó pensativo—. Pues, ahora que sacas el tema, estaba pensando en cierto asunto que me tiene indignado. ¿Sabes lo que es un carro de caballos?
  —Sí, claro.
  —Entonces, explícame esto: ¿por qué es aceptable que un caballo arrastre un carro, pero no que un coche arrastre un perro?
  —He cambiado de idea —contestó ella—. Mejor esperamos en silencio.
  —Bueno…
  Pocos minutos después, una pareja de policías entró al edificio. Al escucharlos llegar, MiddleChan abrió la puerta.
  —¡Este chico lleva dos días acosándome! —dijo ella.
  Los policías se interpusieron entre Luk y Rocío.
  —Por favor, acompáñenos.
  —¡No he hecho nada malo! —se defendió Luk.
  —Caballero, no puede perseguir a una persona hasta su casa sin su permiso.
  —¡Porque tú lo digas!
  —Acompáñenos, por favor —insistió el policía.
  Luk retrocedió un par de pasos, mientras una teoría (bastante equivocada) surcaba por su cabeza.
  —Os ha enviado el Pentágono de Lectores para acabar conmigo…
  —¿Veis? —dijo MiddleChan—. No está bien de la cabeza. Me ha dicho que arrastra perros con su coche, o algo así…
  —¡Soy Luk Mertective! ¡El de LaTubi! ¡El que hizo esa cosa, y esa otra!
  Luk no parecía dispuesto a colaborar, por lo que los policías se vieron obligados a esposarlo. Aun así, siguió resistiéndose.
  —¡MiddleChan, ayúdame! ¡Tenemos que conseguir el yogur de naranja!
  Los policías se miraron desconcertados. A sus oídos, todo lo que decía ese chico sonaba a locura total. Empezaron a pensar que se hubiera podido fugar de un hospital mental, o que todo aquello no fuese más que una broma de cámara oculta.
  —Pronto me soltarán o escaparé —dijo Luk, confiado—, porque soy el protagonista del libro. Esperad al siguiente capítulo y veréis. ¡Nos vemos la semana que viene!
  Lo que Luk no sabía era que, en una novela, los capítulos no son semanales. Basta con pasar a la siguiente página para seguir leyendo. Pero podéis esperar una semana si os hace ilusión, eh…


6

  Los policías habían encerrado a Luk en una sala pequeña, con una mesa con cuatro patas, una silla con cuatro patas, y una puerta con cuatro patas. Esto último era raro de narices, la verdad.
  En la pared había un gran espejo que daba a la sala contigua, desde donde los policías observaban los interrogatorios. Sin embargo, se habían equivocado al montarlo, así que eran los presos quienes veían la sala de los policías, no al contrario. En vez de arreglarlo, prefirieron dejarlo así, porque les hacía gracia. Los policías también tienen sentido del humor. No sé si todos, porque no conozco a todos, pero algunos por lo menos sí.
  Un agente entró a la habitación, portando una carpeta de color azul, con pegatinas de los Backstreet Boys. Visto ahora puede parecer hortera y anticuado, pero en su momento era la moda.
  —¿Cuál es su nombre? —preguntó el policía.
  —Luk Mertective.
  —¿Es su nombre real?
  —Sí, por ejemplo.
  —¿“Por ejemplo” qué?
  —Es una forma de hablar.
  —No lo estoy entendiendo. ¿Es “Luk Mertective” su nombre real, sí o no?
  —Sí.
  —De acuerdo —el policía asintió.
  —…Por ejemplo.
  —¡¿“Por ejemplo” qué?! ¡¿Qué quiere decir con eso?!
  —¡Exijo no tener ningún abogado! —protestó Luk, golpeando la mesa.
  —Aún no le he explicado su situación. Ha sido usted detenido por acoso. Mañana se celebrará el juicio, donde se determinará si es inocente o culpable. Yo he sido asignado a este caso. Soy el agente Wiffin.
  —¿De qué parte de Castilla-La Mancha es el apellido Wiffin? —preguntó Luk, poniendo en duda su procedencia.
  —De una —explicó el agente—. Bueno, antes de ponernos manos a la obra, quiero recordarle que tiene derecho a realizar una llamada.
  —¿A cualquier operadora?
  —Sí.
  —Pues me gustaría realizarla ahora mismo.
  —Me parece bien. Espere un momento.
  En la comisaría no había línea telefónica, así que el agente Wiffin tuvo que llamar a una compañía para instalar la línea. Como en la comisaría no había línea telefónica, el agente Wiffin tuvo problemas para llamar a una compañía que instalara la línea. Al final, el agente Wiffin logró llamar a una compañía para instalar la línea telefónica, usando un método alternativo que se explicará en un spin off titulado “La historia literalmente increíble del agente Wiffin”.
  Luk esperó pacientemente hasta que pudo realizar la llamada.
  —Antes de marcar el número —dijo el chico—, necesito saber una cosa.
  —¿El qué? —preguntó el agente Wiffin, conservando la paciencia.
  —¿Qué hay entre medias de los segundos?
  —¿Entre medias…?
  Por su expresión desconcertada, Luk comprendió que debía profundizar en la explicación.
  —Todos sabemos que en medio de las horas están los minutos, y en medio de los minutos están los segundos. Pero ¿qué hay en medio de los segundos?
  —Los milisegundos, ¿no?
  —No —Luk negó con la cabeza—. Una milésima de segundo no es algo de por sí. Es una parte de otro algo; de los segundos. “Media hora” es otra forma de decir “treinta minutos”, que es la unidad real. ¿Verdad que un segundo no se llama “un sesentiminuto”? Porque el segundo sí es algo de por sí. De hecho, si te fijas, se llama “segundo”. Eso significa que hay un primero. ¿Cuál es?
  —Buena pregunta… —el policía se quedó pensativo—. A lo mejor se llaman así: “primeros”. Un segundo son sesenta primeros.
  —Eso es.… —Luk abrió los ojos como platos—. ¡Eso es! ¡Por fin alguien que me comprende!
  Luk y el agente Wiffin se chocaron la mano enérgicamente.
  —Me caes bien, Luk.
  —Veo que éste es el comienzo de una gran amistad, Wiffin.
  —Si tienes más dudas, estaré encantado de ayudarte.
  —Pues ahora que lo dices… —Luk no pensaba dejar pasar esa oportunidad—. Siempre he tenido una duda sobre los retratos robot.
  —¿Qué quieres decir?
  —Cuando hay un crimen, los policías hacen un dibujo del sospechoso siguiendo las indicaciones de los testigos…
  —Ya sé lo que es un retrato robot —lo interrumpió Wiffin—, pero no sé adónde quieres llegar.
  —Pues que en un futuro habrá que hacer algo nuevo. Es decir, si ahora hacen un retrato robot para identificar a un humano asesino, ¿qué pasará cuando los robots puedan matar gente? ¿Harán retratos robot para los humanos y retratos humanos para los robots? ¿O volverá el sentido común, y empezarán a hacer retratos normales para los humanos y dejarán los retratos robot para los robots?
  —Ah, creo que lo entiendo —Wiffin rió—. Muy ocurrente.
  —¡No es una broma! —Luk se puso de pie y dio una patada a la mesa, entre enfadado y asustado—. ¡¿Qué pasará entonces?! ¡Yo no quiero morir asesinado por un robot! ¡No es un asunto de risa!
  —Tranquilo, Luk…
  —Ayúdame… No dejes que me maten los robots…
  —No lo permitiré, te lo prometo —Wiffin apretó el puño, sintiéndose responsable de la seguridad de Luk—. Hablaré inmediatamente con mis superiores. Tenemos que acabar con los retratos robot.
  —¡Espera! —Luk le agarró del brazo con exceso de teatralidad—. No puedes hacer eso. Aún no.
  —¿Por qué? ¡Tenemos que darnos prisa antes de que los robots vayan a por ti!
  —Pero necesitamos ponerle un nombre tonto —explicó Luk—. No puede ser que lo llamemos “retrato robot”. Es muy cliché.
  —Ah, entiendo…
  —Lo llamaremos “robotratos”.
  —Me parece bien —asintió el agente—. Voy a abrir una reclamación sobre los robotratos. Mientras tanto, puedes hacer la llamada de teléfono.
  Wiffin se marchó de la sala con paso decidido. Siguiendo su consejo, Luk se dispuso a realizar la llamada telefónica a la que tenía derecho, porque así lo pone en la Constitución o en las Páginas Amarillas.
  —Ya sé lo que haré —se dijo Luk a sí mismo—. Sólo tengo un deseo, pero es tan fácil como usarlo para pedir deseos ilimitados.
  —Tienes derecho a una llamada, no a un deseo —le explicó alguien que pasaba por ahí—. ¡¿Eres idiota o qué?!
  —¿Sabías que un segundo son sesenta primeros?
  La persona que pasaba por ahí se largó corriendo, temiendo convertirse en un personaje recurrente de la novela. Había estado a punto de verse involucrada en la trama más estúpida de la historia de la literatura, pero se salvó por los pelos.
  Luk descolgó el auricular y marcó el número de su amigo Scott. El chico tardó unos segundos en responder, pero finalmente lo hizo, para su propia desgracia.
  —¿Quién es?
  —Hola, ¿está el señor Turbado? De nombre Gilipollas.
  —¿Qué?
  —Tienes que leerlo junto, ya verás qué broma más graciosa.
  —¿El señor Turbado Gilipollas?
  —¡No, joder! ¡Al revés!
  —¿Gilipollas Turbado?
  —¡Ja, ja, ja! ¡Has dicho “gilipollas”!
  —Luk, ¿eres tú?
  Luk se apresuró a colgar el teléfono tan pronto como sintió que Scott estaba a punto de descubrir su identidad. La gracia de hacer esa broma era que no supieran quién había llamado, pues los idiotas se crecen en el anonimato. La tarea se vuelve más compleja cuando tu nombre aparece en la portada del libro. Hacedme caso, sé lo que se siente.
  Wiffin le había dicho que sólo podía hacer una llamada, pero allí no había nadie para impedirle realizar una segunda, así que volvió a descolgar el teléfono y marcó el número de Nora, su hermana.
  —¿Dígame?
  —Hola, ¿está el señor…?
  —¿Luk?
  Luk colgó rápidamente, con el corazón acelerado.
  —¡Uf! ¡Casi me pillan!
  Wiffin regresó a la sala segundos después, todavía con su carpeta bajo el brazo.
  —Tengo una noticia buena y una mala —dijo mientras se sentaba en la silla.
  —No me cuentes tu vida —replicó Luk—. Hablemos de mi juicio de mañana.
  —De acuerdo. Ya sabes de lo que se te acusa, así que deberías basar tu argumentación en explicar que todo fue un malentendido. De todas formas, la mayoría de jueces son señores mayores, así que pensarán que todo era culpa de ella por ir provocando, que debería someterse a su marido, y que el móvil atonta a los jóvenes.
  —Sí… Los señores mayores son los mejores. Bueno, me largo a mi casa.
  Wiffin lo detuvo con un gesto.
  —Lo siento, Luk, pero me temo que eso no es posible.
  —¿Por qué? Espera… ¡¿Me estás diciendo…?! No… ¡No puede ser! —Luk se echó las manos a la cabeza—. ¡¿Hemos sufrido un apocalipsis zombi?!
  —No que yo sepa —respondió Wiffin con tono tranquilizador—. Pero tienes que pasar la noche en el calabozo.
  —¡¿Rodeado de zombis?!
  —Que no, joder. Que no hay zombis. Los zombis no existen.
  Luk respiró aliviado.
  —Cuando dices que tengo que pasar la noche en el calabozo, ¿te refieres a toda la noche o sólo veinte minutos?
  —Toda la noche.
  —¿Lo podemos negociar?
  —Lo siento, pero no. Tienes que esperar al juicio, que será mañana por la mañana.
  —Hmm… —Luk empezaba a comprenderlo—. ¿Y tiene que ser todo el rato dentro del calabozo, o puedo dar una vuelta por el barrio?
  —Dentro del calabozo.
  —Ya… ¿Y me puede acompañar MiddleChan?
  —¿Quién es ésa? —preguntó Wiffin.
  —La chica que me ha denunciado.
  —Pues, sinceramente, es preferible que no.
  —Vale, vale —Luk se dio por vencido—. Oye, no te lo tomes a mal, pero me esperaba algo mejor cuando vine. Si lo llego a saber, hubiera elegido otro lugar donde pasar la noche.
  —Te doy la razón en que no es el lugar más cómodo de la ciudad.
  —Ni el más divertido —añadió Luk.
  —Bueno, depende de cómo se mire…
  —Ya, supongo… Es como todo.
  —Sí…
  Tras reflexionar sobre ello de forma profunda y filosófica unos cuantos minutos, Wiffin condujo a Luk hasta el calabozo. Su celda era tan simple como esperaba, aunque al menos no tenía que compartirla con nadie.
  —Y ahora, a planear la fuga —dijo Luk en alto.
  —¿Qué? —Wiffin estaba aún al otro lado de las rejas.
  —Nada. Cosas mías.
  —Pero has dicho “fuga”, ¿no?
  —Sí, pero no es lo que imaginas.
  Wiffin lo miró con el ceño fruncido.
  —Luk, como amigo te recomiendo que no hagas ninguna estupidez. Sólo empeoraría las cosas.
  —En el supuesto caso, e insisto en lo de “supuesto”, en lo de “caso”, y en “el”, de que intentara fugarme de aquí… ¿Entraría dentro de lo que tú llamas “estupidez”?
  —Sí —respondió el agente sin titubear—. Entraría mucho. Si fuera un concurso de estupidez, probablemente ganaría o quedaría en segundo lugar.
  —Vale, es todo lo que necesitaba saber. Buenas noches.
  —Buenas noches, Luk —Wiffin le dio un beso en la frente—. Suerte mañana.


7

  Gracias a la llamada telefónica del día anterior, Nora había descubierto que su hermano iba a ser sometido a juicio. Decidió pedir el día libre en el trabajo para ir a acompañarlo, sin contar nada a sus padres. Mientras pudiera evitarlo, prefería no preocuparlos.
  Pocos minutos antes de verse cara a cara con el juez, Luk y Nora se encontraban ante la puerta del juzgado, seguidos de cerca por el agente Wiffin.
  —Mi pasado me persigue… —dijo el chico de repente.
  —¿Quieres dejar de decir eso? —protestó su hermana—. Es la tercera vez que lo dices, y no tiene ningún sentido.
  —Es el final de un largo camino. Las heridas duelen, pero las del corazón son mucho peor.
  —Lucas, cállate, en serio.
  —Nora… —Luk apretó los puños con rabia—. ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que me llames “Luk”?!
  —Vale, lo que tú digas —Nora se encogió de hombros—. Hoy no pienso discutir. Hay cosas más importantes de las que preocuparnos.
  —¿Como que mi pasado me persigue?
  —Dime: ¿de verdad acosaste a…? —Nora suspiró, dejando la pregunta a medias—. Bueno, prefiero no saberlo. Es mejor ser feliz en la ignorancia.
  —¿De qué libro de mierda has sacado esa frase? —Luk puso cara de asco—. Y lo que es más importante: ¿sabe tu jefe que estás aquí?
  —Claro que lo sabe. He tenido que solicitar el día libre.
  —Vaya morro tienes, hermanita. Vacaciones gracias a mí.
  —No es mi ideal de “vacaciones” gastar un día acompañándote al juzgado…
  —Gracias, Nora.
  Aquello la pilló tan de sorpresa que, durante unos segundos, se quedó sin saber qué decir.
  —De nada… Para eso están las hermanas, ¿no? Sabes que todo lo que te digo es por tu bien. ¿Me harás más caso a partir de ahora?
  —¡Jamás!
  Nora reprimió las ganas de tirar a su hermano por las escaleras; prefería acudir al juzgado como acompañante, no como acusada de intento de asesinato.
  El agente Wiffin los condujo hasta la sala donde se desarrollaría el juicio. Por el momento, allí únicamente estaban MiddleChan y su abogada, hablando en voz muy baja. Luk se acercó hasta estar a cinco centímetros exactos de ellas, intentando escuchar su conversación de forma no muy disimulada.
  —¡¿Qué estás haciendo?! —le recriminó la abogada.
  —¿Eh? —Luk se hizo el tonto.
  —¡No puedes hacer eso!
  —No he hecho nada. Sólo pasaba por aquí.
  —¡No puedes poner tu cara a cinco centímetros exactos de la mía para espiar las conversaciones!
  —Ah, ¿no? —replicó Luk—. ¿Acaso hay una ley que me lo impida?
  —¡Sí!
  La mujer abrió un libro de leyes que casualmente tenía delante, y justo en la página por la que abrió venía una ley que explicaba perfectamente que “se prohíbe acercarse a cinco centímetros de una persona para espiar conversaciones”.
  —¡Este texto es muy ambiguo! —protestó Luk—. ¡Las leyes deben ser interpretadas, no son literales!
  Nora lo agarró del brazo, tirando de él, y obligándolo a sentarse en su asiento.
  —Lucas, compórtate. Tu futuro está en juego.
  —¡Pero es que me ha leído un texto de un libro que me quitaba la razón!
  —Se llama “ley”, y hay que respetarla.
  —Pues que me respete ella a mí —Luk se cruzó de brazos—. ¿Alguna vez le hice yo algo a la ley? Y ahora ella quiere meterme en la cárcel…
  —Lo único que tienes que hacer es estarte quieto y callado. No es tan difícil.
  —Ya, pero…
  —¿Podrás hacerlo? —lo interrumpió Nora, procurando mantener un tono amable al mismo tiempo que firme—. ¿Sí o no?
  —Sí…
  —Yo estaré en los asientos de atrás, apoyándote.
  —¿Puedes ir a la sandwichería de la Plaza Mayor a traerme un sándwich de queso con tomate?
  —No.
  La chica se sentó dos filas detrás de su hermano, confiando en que cumpliera su palabra. Algo dentro de su cabeza le gritaba que “ni de coña”. Ese algo era el cerebro, el sentido común y la experiencia.
  Poco después, un hombre trajeado y con el pelo engominado entró en la sala. Tras echar un rápido vistazo a los allí presentes, se sentó al lado de Luk.
  —Buenos días —saludó el hombre—. Te he estado buscando.
  —¡¿Eres mi pasado?!
  —No. Soy tu abogado.
  —Dije claramente que no quería ningún abogado —protestó Luk.
  —¿Y cómo piensas librarte de la cárcel entonces?
  —Pues… Es que también dije que no quería ninguna cárcel.
  —Yo me ocuparé de que eso se haga realidad.
  El abogado le puso la mano en el hombro, intentando ganarse su confianza.
  —¿Quién te ha contratado? —preguntó el chico—. Responde únicamente si es algo gracioso.
  —Lo siento, no lo es —reconoció el abogado.
  —Entonces me da igual —Luk le dio la espalda.
  —He estudiado tu caso, y, sinceramente, veo una victoria fácil. Lo único que hiciste fue ir un par de veces a su casa. La primera te dejó entrar voluntariamente; eso hace que tu acto no constituya acoso. Y eso precisamente fue lo que te hizo creer que serías bien recibido una segunda vez. Fue un simple malentendido, motivado por tu bienintencionada confianza en los demás. El juez lo entenderá. Hasta puede que quede ella como la mala.
  —Interesante… —Luk se acarició la barbilla, pensativo—. ¿Me estás diciendo que habría alguna forma de drogar a su abogada y obligarla a actuar a nuestro favor?
  —No será necesario. Basta con explicar lo sucedido, y…
  —Genial —lo interrumpió—. Pero ¿por qué no drogarla?
  —Es que no hace falta, créeme —insistió el abogado—. Tienes todas las de ganar. Limítate a ser sincero, y discúlpate tantas veces como sea necesario.
  —Vale, vale —Luk asintió—. Lo entiendo. Pero quizá, tal vez, es posible… Si la drogáramos, aumentarían un poco más mis opciones…
  El abogado suspiró, armado de paciencia.
  —Te estoy diciendo que no hace falta, chico. No he debido de explicarme bien. Se te acusa de haberla perseguido en dos ocasiones. La primera te dejó entrar voluntariamente, sin ningún tipo de coacción. Volviste una segunda vez, y ahí fue cuando ella te rechazó. Tú te sentiste dolido, porque la considerabas tu amiga, y por eso te negabas a marcharte sin una explicación. Basta con que te comprometas a no volver a su casa, para dejar claro que no está en tu mente acosar a nadie.
  —¿Y entonces quedaré libre?
  —Claro que sí —el hombre respiró aliviado—. No tendrás cárcel ni multa económica. Siguiendo este plan, todo irá sobre ruedas.
  —Me alegra oírlo. Pero insisto en lo de drogar a su abogada.
  El abogado de Luk golpeó la mesa con el puño mientras se ponía en pie.
  —¡¡Que te he dicho que nooo!! —volcó la silla de una patada—. ¡¡Que no vamos a drogar a nadieee!! ¡¡Que noooo!!
  Dos policías, alarmados por el escándalo, entraron a la sala y se llevaron al abogado, que no dejaba de patalear y emitir insultos. MiddleChan y su abogada tenían los ojos abiertos como platos, mientras que Nora había enterrado su cara entre las manos. Luk parecía tranquilo, como si aquello no fuera con él.
  Todos quedaron en silencio cuando el juez entró en la sala y ocupó su asiento. El juicio estaba a punto de comenzar. El futuro de Luk pendía de un hilo. MiddleChan seguía incrédula, mientras que Nora se negaba a mirar, temiéndose lo peor.
  —¿Dónde está el abogado defensor? —preguntó el juez, extrañado.
  —Ha ido a por droga —respondió Luk.
  —Típico de abogados —el juez se encogió de hombros—. ¿Tiene un abogado suplente?
  —No hará falta —Luk se golpeó el pecho—. Puedo representarme yo mismo.
  —¿Conoce y entiende el procedimiento?
  —Sí, señorrr.
  —De acuerdo —el juez asintió con la cabeza—. Pero, por favor, no diga “señor” con tres erres. No es correcto, y el archivo de texto lo marca como error.
  —Intentaré recordarlo.
  —Perfecto. Pues, si está listo, proceda con el alegato inicial.
  Luk se puso en pie lentamente, revisando los papeles de su abogado (o “exabogado”). A continuación, miró a su alrededor con expresión seria y profunda.
  —Señoría, quiero alegar que mi pasado me persigue.
  —¡Protesto! —exclamó la abogada de la acusación—. Eso no significa nada.
  —Se admite —concluyó el juez.
  Luk hizo un gesto amenazante a la mujer con el puño.
  —¡Protesto! —dijo la abogada—. El acusado me ha hecho un gesto amenazante, como indica el párrafo anterior.
  —Se admite la protesta —repitió el juez—. Por favor, no vuelva a hacer gestos amenazantes a nadie. Y ahora, como en todos los juicios, estaremos hablando tres horas de cosas sin importancia, y sacaremos las pruebas definitivas en los últimos cinco minutos.
  Luk y la abogada dieron sus puntos de vista del caso durante un largo rato, pero el juez ignoró todo lo que dijeron hasta que el juicio estaba a punto de terminar.
  —Escuchemos sus últimos alegatos. Primero el acusado.
  Luk volvió a ponerse en pie.
  —Señoría, opino que castigar a alguien por cosas del pasado es de rencorosos. Hay que perdonar y seguir adelante. Lo contrario es un comportamiento infantil. Y yo personalmente odio a los niños. Los mataría a todos.
  —Abogada, es su turno —indicó el juez.
  —Señoría, el caso parece muy claro: este chico se enamoró de Rocío, y, en un claro comportamiento machista, creyó que ella estaba obligada a corresponderle. Ni siquiera cuando amenazó con llamar a la policía se marchó de la puerta de su casa. Y encima dijo algo de arrastrar perros con su coche, que nadie ha entendido aún. Es un sádico que debería estar entre rejas.
  Luk se puso en pie de golpe, interrumpiendo el alegato y señalando con su dedo índice a aquella mujer.
  —¡Ahora lo entiendo! ¡Ya decía yo que os parecíais!
  —¿Qué está insinuando? —preguntó el juez.
  —Desde el momento en que empezó el juicio —siguió Luk—, la abogada ha ido contra mí. Ni una palabra bonita, ni una caricia… Nada. Sólo malas intenciones.
  —Pero eso es porque es la abogada de la acusación.
  —¿De verdad es por eso…? ¡¿O será que es en realidad la madre de MiddleChan?!
  Todos se quedaron con la boca abierta, mientras de fondo sonaba una música de tensión y emoción, con varios zooms y primeros planos. Luk le quitó la máscara a aquella mujer, revelando su verdadera identidad.
  —¡Lo sabía! —exclamó el chico—. Ella fue quien colocó el cuadro otra vez en su lugar. Conocía la ubicación de la caja fuerte, y puso las huellas del ama de llaves a propósito para que la culparan. También fue ella quien escondió el cadáver; eso explica los restos de pólvora encontrados en su vestido.
  —¡Basta ya! —gritó la mujer—. ¡Sí, lo reconozco! ¡Soy la madre de Rocío! ¡Y sí, puede que fuera yo quien asesinara a aquella vieja arpía y escondiera su cadáver! ¡Pero tú no te vas a librar de la cárcel!
  Luk volvió a sentarse, sonriendo ante la proximidad de su victoria.
  —Señor juez, mi alegato ha finalizado. Esas dos zorras se han aliado contra mí por pura envidia. Me largo, pringaos.
  Luk dejó caer el micrófono (estaba apagado y nadie sabía por qué lo tenía, pero le dio un efecto dramático a la situación), y empezó a caminar hacia la salida. Sin embargo, un policía lo obligó a sentarse de nuevo.
  —Es mucha información de golpe… —el juez tenía la mirada perdida, pensativo.
  —Ella misma ha confesado —insistió Luk—. Es la madre de MiddleChan, y por eso me guarda tanto rencor. Necesita tratamiento psiquiátrico urgente.
  —No tan rápido —lo interrumpió el juez—. Es cierto que la abogada de la acusación es la madre de Rocío…, pero eso yo ya lo sabía.
  —¿Cómo…?
  Luk notó una sonrisa malévola en la boca del juez.
  —Primero llamas zorra a mi hija, y después llamas loca a mi mujer…
  ¡Giro de guion! ¡El juez era el padre de MiddleChan! Increíble profundidad argumental, recordad ponerme cinco estrellas en las valoraciones por favor.
  —¡Eso no es correcto del todo! —se defendió Luk—. También llamé zorra a tu mujer.
  —Te voy a imponer una orden de alejamiento de tres millones de kilómetros —concluyó el juez.
  —¡Espera! —Luk se subió encima de la mesa—. ¡No puedes hacer eso!
  —¿Hay algún motivo por el que no pueda?
  —¡Sí, señoría! Me gustaría recordar a los aquí presentes que la violación es legal a partir de los dieciséis años.
  Aquellas palabras terminaron de enfurecer al juez.
  —¡Condeno al acusado a pena de muerte y un día de cárcel!
  —Espera, cariño —la abogada, que ya no ocultaba su relación con el juez, se aproximó al estrado—. Eso quizá sea pasarse.
  —Tienes razón… ¡Retiro el día de cárcel! ¡Lo condeno únicamente a pena de muerte!
  Un policía esposó a Luk, mientras Rocío se iba de la mano de sus padres, como si fuera una niña pequeña. Por su parte, Nora seguía con la mirada perdida, sin terminar de creerse las últimas tres horas de su vida.


– CONTINÚA EN LUK MERTECTIVE Y EL YOGUR DE NARANJA



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