Primeros capítulos de La dimensión de las respuestas

Aquí podéis leer de forma gratuita los siete primeros capítulos de La dimensión de las respuestas, una historia divertida de princesas, amor, amistad… ¿O todo lo contrario?

No os dejéis engañar por la primera impresión, pues detrás del enfoque alegre y colorido se esconde una historia cada vez más oscura, y definitivamente no apta para todos los públicos.

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1

  El jardín que rodeaba el castillo tenía tres mil tipos diferentes de flores. Ni uno más, ni uno menos. Su extensión ocupaba casi la totalidad del pequeño Princesado, acogiendo en su interior las coloridas casas y los caminos de piedra que completaban el bonito paisaje de aquel lugar. A todos los rincones llegaba el suave olor de las flores, formando diferentes mezclas cada día. El clima constante y agradable permitía que la vegetación se mantuviera en perfectas condiciones durante todo el año. La brisa era ligera, y la lluvia o nieve inexistentes. Sin embargo, nunca habían tenido problemas de sequía; podían sentirse afortunados por ello.
  El jardín, a su vez, estaba rodeado por el Bosque Oscuro, llamado así por la gran densidad de su arboleda, que bloqueaba la luz de los rayos solares. Nadie era tan insensato como para alejarse de la luminosidad de aquel precioso jardín y adentrarse en el bosque. Tampoco es que pudieran, pues una barrera mágica mantenía a salvo el Princesado, impidiendo que nadie entrara o saliera de allí. La barrera era casi invisible, excepto por el brillo con que relucía al ser alcanzada por la luz del sol. Su altura superaba los cincuenta metros de alto, dejando en ridículo tanto a las casas como a los propios árboles del Bosque Oscuro. Sólo había algo más alto que la barrera mágica: la torre de vigilancia del castillo. Desde allí se podía observar la casi infinita extensión del bosque, que llegaba hasta las lejanas montañas.
  Un río atravesaba el Princesado de un extremo a otro, separando la zona del castillo, al este, del resto de edificios, todos ellos pequeños y humildes, de una sola planta, construidos con la madera de los árboles más cercanos del Bosque Oscuro. Ya no quedaban apenas árboles en el interior de la barrera; afortunadamente, tampoco los necesitaban.
  Ninguno de los habitantes del Princesado podía permitirse demasiadas posesiones, pero todos eran felices con lo que tenían. Se conformaban con la paz y tranquilidad que aquel lugar les había garantizado durante toda su vida. Y lo más importante: todos amaban a su joven soberana.
  Aunque la princesa era todavía una niña, recaía sobre sus hombros la tarea de cuidar de aquel lugar tan peculiar, así como de todos sus habitantes. Por suerte, no estaba sola: sus mejores amigos siempre la ayudaban y aconsejaban. Kyro, Amuk y Griezzy llevaban con ella desde que tenía uso de razón; se mantenían a su lado en todo momento, la hacían reír, la protegían… En resumen: la hacían sentir la chica más querida e importante del mundo. El cariño era mutuo, así como la confianza inquebrantable entre todos ellos, inseparables desde que la princesa era muy pequeña.
  Ver a los cuatro juntos era una imagen muy llamativa, pues no se parecían en nada. Ni siquiera compartían raza, ya que los tres amigos de la princesa no eran humanos. O, mejor dicho, no lo eran del todo. Pese a su forma humanoide, Kyro tenía rasgos perrunos, el gigantón Amuk era medio oso, y a todos les gustaban las orejas de conejo de Griezzy.
  Aunque los tres eran fundamentales para ella, tanto sentimentalmente como en labores de gobierno, su relación con Kyro era especial. Fue su primer amigo incluso antes de saber lo que significaba esa palabra. Llegó a su lado cuando ella era un bebé, aguantándola en los peores momentos, ofreciéndole su amor sin condiciones, y demostrando que jamás encontraría a nadie en quien pudiera confiar más que en él. Kyro se ocupaba de la mayoría de asuntos del gobierno, siempre con la aprobación de la princesa, consciente de que era demasiado joven como para tomar decisiones difíciles. Kyro llevaba un parche en el ojo que le daba aspecto temerario, y todos sabían que era mejor no desafiarlo a una lucha con espada. Pese a vivir en un país de paz eterna, estaba más que preparado para entrar en combate si alguna bestia osaba molestar por los alrededores del Bosque Oscuro.
  Amuk también había aprendido a manejar con soltura una lanza, y su envergadura era mucho más intimidatoria que el parche de Kyro. Sin embargo, su personalidad era muy diferente: Amuk no se jactaba de su fuerza, ni tenía la menor intención de usarla fuera del castillo; siempre para una buena causa. La princesa se sentía en calma con su simple presencia. Amuk era capaz de transmitir paz y tranquilidad con su voz y forma de ser. De hecho, bastaba una mirada, o el sonido de su respiración, para que todos supieran que no había nada de lo que preocuparse.
  Griezzy era todo lo contrario: nervio puro. Le costaba estar mucho rato en el mismo sitio, por lo que pasaba gran parte del día recorriendo el Princesado, asegurándose de que todo estuviera en orden, ofreciéndose para ayudar, buscando cosas que hacer… Sin contar las orejas, Griezzy era poco más alto que la princesa. Lo compensaba con su gran velocidad y agilidad, además de con un ánimo infatigable y un buen humor constante. Era imposible aburrirse con él.
  La princesa, por su parte, no tenía ninguna habilidad especial… excepto, claro está, el hecho de ser la gobernante de aquel lugar. Poder dirigir el Princesado con doce años ya era una habilidad sin igual. Todos la admiraban por su valentía, atreviéndose a llevar adelante aquel cometido sin titubear. La gente quería vivir en paz, y ella se lo proporcionaba. No había hambre, no había pobreza, no había altercados en las calles… ¿Qué más se puede pedir?
  Ella sabía que era especial, pero quizá todavía era demasiado joven para comprender la importancia vital de su cargo. A veces le costaba centrarse; estaría totalmente perdida sin la ayuda de sus amigos. Por mucho que se esforzara, tener doce años era un hándicap. El tiempo le traería la madurez y experiencia que necesitaba. Hasta entonces, estaba más preocupada por contemplar las flores del jardín, por probarse mil y un vestidos, y por peinar su larguísima melena, que ya le llegaba hasta las rodillas.
  Ésa era la vida de Shasla, princesa del territorio más tranquilo y bonito del mundo. Un país sin problemas ni preocupaciones. Un lugar en el que nunca pasaba nada.
  Pero eso estaba a punto de cambiar.



2

  Todas las mañanas, Shasla recorría la parte del jardín que se encontraba frente al castillo, recogiendo flores con las que formaba un colorido ramo. La variedad de flores era tal, que ningún día repetía la combinación. Tampoco lo pretendía; simplemente se limitaba a observar las flores con admiración, y después cogía alguna al azar. Era más una costumbre que una afición, pero no había dudas de que el castillo ganaba en belleza con los ramos de flores adornando los pasillos.
  Mientras tanto, Amuk descansaba en un banco del camino, desde donde vigilaba los alrededores sin perder de vista a la princesa. El imponente oso no podía imaginar una situación de mayor paz y felicidad que aquella: tranquilidad total, clima agradable… y lo que era más importante: la compañía de Shasla, que disfrutaba de esos momentos tanto como él.
  Este día no sería diferente. El olor de las flores y el sonido de los pájaros ponían el broche de oro a semejante atmósfera tan acogedora. Aquello, junto al fluir del río y los pasos de la princesa, era lo único que rompía el silencio de esa mañana. Hasta que llegó Griezzy.
  —¿Son todas para ti? —preguntó a la princesa, que se encontraba dando los últimos retoques al ramo.
  —¿Quieres alguna?
  —Sólo si me la regalas tú. ¿Cuál crees que me iría bien?
  Shasla examinó detenidamente el ramo que tenía entre las manos, tratando de elegir una flor.
  —¿Te gustan los lirios amarillos?
  —No es que sepa diferenciarlos de ninguna otra flor —reconoció entre risas.
  La princesa le entregó un lirio, que él se colocó en el cinturón.
  —Te queda bien.
  —Seguro que Kyro opina distinto. Por cierto, ¿sabes dónde está? Tengo que hablar con él urgentemente.
  —¿Ha pasado algo?
  —No, no… —hizo una pequeña pausa—. Sólo quiero preguntarle una cosa.
  Shasla estuvo tentada de seguir preguntando, pero le pareció de mala educación, así que prefirió no hacerlo.
  —Está en el castillo —señaló hacia allí—. No lo he visto salir.
  —Muy bien —asintió—. Nos vemos en un rato, princesa.
  Griezzy se internó en el castillo, dejando a Shasla pensativa, mirando su ramo de flores. Cuando se quiso dar cuenta, Amuk estaba a su lado.
  —Princesa, ¿se puede saber por qué Griezzy llevaba tanta prisa?
  —Estaba buscando a Kyro, pero no me ha dicho el motivo.
  —Entiendo…
  Amuk clavó su mirada en la puerta del castillo, mientras la chica seguía contemplando el ramo en silencio. Había algo que la preocupaba. Quizá fuese una tontería, pero no podía quitárselo de la cabeza.
  —¿Crees… que he sido muy egoísta?
  —¿A qué os referís?
  —Griezzy me ha pedido que compartiera el ramo con él, pero sólo le he dado una flor.
  —Ese conejo no sabe apreciar la belleza de las flores como nosotros, princesa —respondió con una sonrisa tranquilizadora.
  —Pero ¿no habré parecido muy egoísta? Debería haberle dado la mitad, como mínimo.
  —Entiendo lo que queréis decir, pero creedme: a él le habéis alegrado el día con vuestro regalo. No necesita más. De hecho, sería feliz sin necesidad de obsequios, sabiendo que todo el Princesado está a salvo.
  La princesa asintió, intentando convencerse de las palabras de Amuk. Sin embargo, seguía sintiéndose mal consigo misma. Puede que a Griezzy le dieran igual las flores, pero no se merecía esa muestra de egoísmo. No podía dejarlo así.
  —Espérame aquí —Shasla empezó a correr hacia el castillo.
  —¿Adónde vais?
  —¡Ahora vuelvo!
  —¡Esperad, princesa!
  Amuk intentó ir tras ella, aunque no iba a ser fácil alcanzarla, pues el guardián era mucho más lento. La niña accedió al castillo, protegiendo el ramo de flores entre sus brazos. Quería regalárselo a Griezzy; se había obsesionado con esa nimiedad. Pero esta vez no le daría una flor o dos, sino el ramo entero. Sólo de esa manera podría quitarse el remordimiento de conciencia. No importaba si luego él las conservaba o las tiraba a la basura. Quería demostrarle que estaba dispuesta a compartir absolutamente todo con ellos, al igual que sus amigos lo hacían con ella.
  —¿Cuánto hace de eso?
  Era la voz de Kyro. Venía de la sala que se encontraba a su izquierda, cuya puerta no estaba cerrada del todo.
  —Hace menos de diez minutos —respondió Griezzy.
  La princesa decidió esperar a que salieran para darle una sorpresa. Se escondió el ramo a la espalda y aguardó con paciencia, escuchando accidentalmente la conversación entre ambos guardianes.
  —¿Cómo se te ha podido escapar? Shasla podría estar en peligro.
  Cuando la chica escuchó aquella frase, sintió un escalofrío y su sonrisa desapareció. ¿De verdad estaba en peligro? Nunca antes lo había estado; ni siquiera sabía cómo debía sentirse.
  —No era como los demás oscuritos —explicó Griezzy—. Parecía más rápido y sigiloso.
  —¿Tanto como para escapar de ti? No he conocido a nadie que pueda ganarte corriendo.
  —…Me avergüenza reconocerlo, pero lo perdí de vista un segundo y desapareció.
  —Quizá se fue por donde vino.
  —Es posible —Griezzy hizo una pausa—. Tenemos que contárselo a Amuk para que esté alerta mientras lo buscamos.
  —De acuerdo. Y no te preocupes, Griezzy: lo solucionaremos juntos.
  —Gracias.
  Antes de que ambos abandonaran la sala, Shasla sintió el impulso de salir corriendo. No quería que la descubriesen espiando. Regresó a la entrada del castillo, donde se topó con Amuk.
  —Os estaba buscando, princesa.
  Ella no respondió. Intentó decir algo, pero no encontraba las palabras adecuadas.
  —Habéis vuelto pronto —Kyro acababa de llegar por el mismo pasillo que la chica.
  —¿Has terminado el ramo? —preguntó Griezzy, que iba a su lado.
  Shasla recordó el motivo de que lo hubiera seguido: quería regalarle el ramo de flores. Sin embargo, no fue eso lo que dijo.
  —¿De qué estabais hablando allí dentro? —miró hacia el lugar por el que habían venido.
  Ninguno de los dos respondió inmediatamente. Aquello los había pillado por sorpresa; era evidente que no querían hablar de ese tema con Shasla.
  —Cosas sin importancia —dijo Griezzy—. Estamos revisando el puente para asegurarnos de que está en perfecto estado.
  La princesa miró a su amigo sin abrir la boca. De nuevo se hizo el silencio.
  —Tenemos que irnos —Kyro puso fin a esa tensa situación—. Amuk, por favor, cuida de ella.
  —Siempre lo hago.
  —Y ya sabes cuánto te lo agradezco.
  —¿A qué viene esto? —Amuk se sentía confuso—. No tenéis que agradecerme nada. Protegeros a todos es mi razón para vivir.
  —Lo sé, lo sé —rió—. Ven a buscarme luego.
  Por la forma de hablar de Kyro, Amuk entendió que había algo más que quería decirle, pero que no podía hacerlo con la princesa delante. Tendría que guardarse su curiosidad para después, pues ambos se marcharon en dirección al puente… y no precisamente para comprobar su estado.
  —¿Qué os apetece hacer ahora? —preguntó Amuk a la princesa—. ¿Buscamos un lugar para colocar el ramo?
  —He escuchado su conversación.
  La respuesta de Shasla dejó a su amigo sin palabras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por fingir normalidad.
  —¿Qué es exactamente lo que habéis escuchado?
  —Un oscurito ha atravesado la barrera, y Griezzy lo ha perdido de vista. Ha venido a pedir ayuda a Kyro para encontrarlo.
  El tono de la princesa era neutro, carente de toda emoción. Amuk no sabía si estaba enfadada, asustada, ambas cosas o ninguna.
  —No os preocupéis; conmigo estáis a salvo.
  —Ya lo sé, pero…
  —Hay algo más que os preocupa, ¿verdad?
  —…Sí.
  —¿Qué es, princesa?
  —Es que Griezzy… —se mordió el labio, desviando la mirada—. Griezzy primero me dijo que no había pasado nada, cuando hablé con él en el jardín. Y luego me dijo que iban a revisar el puente, pero sé que no es verdad.
  —Bueno, pero…
  —¿Por qué? —lo interrumpió—. ¿Por qué me ha dicho algo que él sabía que no era verdad?
  —No quería preocuparos.
  —¿Debería preocuparme? —clavó sus ojos en él, haciendo que Amuk se sintiera incómodo.
  —Claro que no, princesa.
  —¿Entonces por qué no me ha dicho la verdad? ¿Por qué me…? ¿Por qué me ha…?
  La princesa se quedó en silencio, como si no conociera la palabra que necesitaba para terminar la oración.
  —¿Os encontráis bien?
  —Mentira —fue su única respuesta.
  —Princesa, creo que necesitáis descansar.
  —Mentira —repitió—. Es una mentira. Él ha mentido.
  En toda su vida, nunca había sospechado que uno de sus amigos pudiera no decirle la verdad. No le importaba el motivo: mentir estaba mal. Eso se lo habían enseñado desde pequeñita. En su mundo no debería existir la mentira.
  —Princesa, a veces la gente miente para que los demás no se preocupen. Es un gesto de buena voluntad.
  —¿Me ha ocultado la verdad por mi propio bien?
  —Exacto. Él sabe que estáis a salvo conmigo, pero cree que podríais asustaros si supierais que, de vez en cuando, algunos oscuritos atraviesan la barrera.
  —¿Más de uno?
  En ese momento, Amuk supo que había metido la pata. Ya no podía mentir. No después de lo mal que se había tomado la mentira de Griezzy.
  —A veces, muy de vez en cuando, hay zonas de la barrera que se debilitan ligeramente. No pasa a menudo, pero algunos oscuritos logran entrar al Princesado.
  —¿Y qué sucede con ellos?
  —No tenéis nada que temer, princesa. Kyro y Griezzy siempre hacen bien su trabajo. Tan, tan bien, que yo ni siquiera tengo que mancharme las manos —sonrió, intentando tranquilizarla.
  Shasla le devolvió la sonrisa, recuperando la calma. Por un momento llegó a pensar que Griezzy no confiaba en ella, y por eso le ocultaba la verdad, pero ahora sabía que mentir era otra forma de proteger a la gente a la que querían.
  Y eso, de alguna manera, despertó su curiosidad.



3

  La princesa se despertó en mitad de la noche, sintiendo un escalofrío. Alguien la había llamado en sueños. ¿O no había sido un sueño? Fuera lo que fuera, necesitaba comprobarlo.
  Tenía que salir del castillo.
  ¿Por qué tenía que salir del castillo? No estaba segura del motivo, pero sí de que era algo importante. Quizá seguía confundida por el sueño, o quizá estaba más lúcida que nunca. Esa voz que la había llamado en silencio… ¿Era una voz de mujer? No: no era una voz de nadie, porque nadie la había llamado. Tenía la sensación de que alguien la necesitaba, pero no había escuchado nada. Sin embargo, sabía que era una mujer.
  Shasla se asomó al pasillo, todavía con ropa de dormir. Nunca había salido de su habitación en mitad de la noche. La verdad es que ni se lo había planteado. Si no fuera por aquel sueño… ¿O no era un sueño?
  La luz de la luna iluminaba los pasillos, atravesando los grandes ventanales, permitiendo a la princesa caminar sin temor de tropezarse. Kyro, Amuk y Griezzy descansaban en sus respectivas habitaciones, sin imaginar lo que estaba ocurriendo. Shasla caminó sin hacer ningún ruido; lo último que quería era despertarlos. Sabía que, si se enteraban, no la dejarían salir. Le dirían que era peligroso, y la llevarían de vuelta a su habitación. Pero ¿era eso verdad? ¿De verdad era peligroso salir de noche? ¿De verdad era peligroso salir sola?
  —Quizá sea una mentira —se dijo a sí misma—. De ésas que se dicen para demostrar a la gente cuánto la quieres.
  Era la primera vez que encontraba la puerta principal del castillo cerrada, aunque no tuvo dificultades para abrirla desde el interior. No la cerró del todo cuando salió de la fortaleza, temiendo no poder volver a entrar después.
  De noche, el Princesado seguía siendo muy bonito. Era otro tipo de belleza; las flores iluminadas con la luz de la luna tenían un encanto especial, y el río parecía diferente, más misterioso, e incluso más ruidoso. Era lo único que se escuchaba en todo el jardín, mientras Shasla lo recorría sin rumbo fijo.
  Kyro y Griezzy no habían vuelto a hablar, al menos delante de ella, del oscurito que se había colado a través de la barrera mágica. Por tanto, no podía saber si lo habían encontrado o no. Sin embargo, su duda acababa de quedar resuelta. Allí, frente a ella, se encontraba un pequeño ser más negro que la noche, cuyo cuerpo era pura oscuridad, como una sombra o una nube tormentosa. Es por eso que los llamaban “oscuritos”.
  Los oscuritos vivían en el Bosque Oscuro, y rara vez se dejaban ver. Algunos andaban a dos patas y otros a cuatro. Ni siquiera los primeros alcanzaban a la princesa en altura; su aspecto no era muy amenazador, aunque todos sabían que eran problemáticos: si los dejaban entrar acabarían con la paz del Princesado.
  Debido a su forma y color, no le extrañaba que ese oscurito hubiera podido dar esquinazo a Griezzy y Kyro escondiéndose en algún rincón del Princesado. Probablemente, sus guardianes pensaban que había regresado al bosque, o quizá esperaban encontrarlo al día siguiente. Lo que ninguno imaginaba era que lo encontraría Shasla. ¿O sería más correcto decir que la había encontrado él?
  Ambos se miraron fijamente, sin moverse. El oscurito iba a cuatro patas, y su tamaño era parecido al de un zorro mediano. La princesa, con la ropa de dormir y desarmada, no tenía miedo. Lo único que sentía era curiosidad por aquel ser aparentemente indefenso, sin darse cuenta de que ella lo estaba tanto como él.
  —Hola…
  No sabía si los oscuritos hablaban, pero no perdía nada por intentarlo. Desgraciadamente, todo apuntaba a que no. O quizá era simplemente que el oscurito no se fiaba de ella.
  —No voy a hacerte nada.
  Shasla dio un paso hacia él, pero el oscurito retrocedió. Definitivamente no se fiaba de la princesa.
  —No voy a mentirte —dijo para tranquilizarlo—. Siempre te diré la verdad.
  Al oscurito no parecía importarle aquello. También existía la posibilidad de que no estuviera entendiendo ni una palabra. Al fin y al cabo, los oscuritos eran bestias que vivían en el bosque. ¿Por qué iban a conocer el idioma del Princesado?
  Se lo habían repetido mil veces: “no salgas del castillo sola, quédate en tu habitación durante la noche, ten siempre a uno de tus amigos para protegerte, y, lo más importante, no se te ocurra jamás atravesar la barrera mágica o acercarte a un oscurito”. Ella había obedecido absolutamente toda sus instrucciones, sin cuestionarlas, porque sabía que sus amigos querían lo mejor para ella. Y también sabía que nunca la mentirían.
  Eso, evidentemente, había cambiado. Ahora entendía el concepto de “mentira”, y sabía que no todo lo que le decían era verdad. Quizá no todos los oscuritos fuesen malos. Quizá la mintieron para protegerla de los oscuritos malos, pero ése era uno de los buenos, que sólo buscaba amigos.
  —¿Quieres ser mi amigo?
  Shasla dio otro paso hacia él, pero el oscurito echó a correr. Rodeó a la princesa y se dirigió a toda velocidad hacia la entrada del castillo. Fue entonces cuando recordó que había dejado la puerta abierta.
  —¡Espera!
  La chica corrió tras el oscurito, aunque éste era demasiado rápido. Ahora comprendía cómo se sentía Amuk al perseguirla a ella. El oscurito atravesó uno de los pasillos y bajó por las escaleras que llevaban al sótano, como si supiera perfectamente hacia dónde dirigirse. Allí abajo no llegaba la luz de la luna, pero había antorchas colgando de las paredes. Era un lugar extraño, diferente al resto del castillo. Y lo más curioso: la princesa ni siquiera lo conocía.
  Cuando Shasla alcanzó al oscurito, éste se encontraba frente a una puerta cerrada. Primero se limitó a mirarla, y luego empezó a golpearla con las patas delanteras. La puerta no cedió.
  —¿Quieres entrar ahí?
  Al escuchar a la princesa, el oscurito se asustó y se alejó a través del pasillo. Shasla se acercó a la puerta e intentó abrirla, pero descubrió que ni siquiera tenía pomo.
  —¿Quién ha hecho esto? —protestó.
  El oscurito la miró fijamente desde una esquina. Al devolverle la mirada, supo que la puerta se abría con magia. Era más bien como si lo acabara de recordar. Necesitaba algo. Necesitaba… una contraseña. No entendía por qué lo sabía, pero lo sabía. Lo vio en el brillo oscuro de sus ojos. Lo sintió en su interior.
  —No sé qué tengo que hacer…
  De repente, la mirada del oscurito cambió. Parecía haber perdido el miedo. Salió de su escondite y corrió hacia la princesa con intención de abalanzarse sobre ella. Shasla se quedó paralizada, sin poder reaccionar. Sólo tuvo tiempo de taparse la cara.
  Sin embargo, no sintió el impacto. El oscurito había fallado. Cuando se apartó las manos, vio que Kyro estaba a su lado, con la espada desenfundada. La había salvado por los pelos.
  —¿Estás bien, Shasla?
  —…Sí.
  —Sal de aquí. Yo me ocupo de él.
  El oscurito corrió hacia el fondo del pasillo, mientras Kyro lo perseguía. La chica subió las escaleras del sótano y regresó a la planta baja del castillo, donde se encontró con Amuk.
  —¡Princesa! ¿Estáis herida?
  —…No —respondió con voz temblorosa.
  —Regresad a vuestra habitación.
  Ella asintió, sintiéndose a salvo cerca de su amigo.
  —…Ha sido culpa mía.
  —No tenéis que disculparos, princesa —la abrazó para tranquilizarla—. Pero, por favor, no volváis a hacerlo. Si os llegara a pasar algo…
  Los dos caminaron en silencio hasta la segunda planta, donde se encontraban las habitaciones.
  —Amuk, ¿qué sitio era ése?
  —Uno sin nada de interés, os lo aseguro.
  —Hasta hoy ni siquiera conocía su existencia.
  —Y así debería seguir siendo. ¿Para qué necesita una princesa como vos descender hasta un lugar tan lúgubre como el sótano?
  —No es eso… —Shasla suspiró—. Éste es mi castillo; debería al menos conocer sus estancias.
  —No os torturéis por ello.
  Pero la princesa estaba lejos de tranquilizarse.
  —¿Por qué nunca había visto esas escaleras? Ni siquiera están ocultas. Habré pasado por delante cientos de veces.
  —Quizá no le disteis importancia.
  Shasla negó con la cabeza.
  —No lo entiendo, Amuk…
  —Le estáis dando demasiadas vueltas a algo sin mayor trascendencia. Pero, si de verdad estáis interesada, mañana por la mañana puedo acompañaros al sótano.
  —¿De verdad?
  —Por supuesto. Lo único que os pido es que no volváis a poneros en peligro, y menos estando sola.
  —¡Prometido! —exclamó con una sonrisa.
  La princesa aceleró el paso para llegar a su habitación cuanto antes. Quería dormirse rápidamente para que la noche diera paso a la mañana, y así poder regresar al sótano para investigar aquella puerta cerrada. Su curiosidad aumentaba por momentos.
  Y eso que aún no había visto nada.



4

  Las escaleras hacia el sótano eran perfectamente visibles desde la planta baja del castillo. Cualquier persona que pasara por allí las vería sin dificultades. Pero, por algún motivo, Shasla no las había encontrado hasta la noche anterior. Ahora bajaba por segunda vez.
  El pasillo del sótano permanecía iluminado por antorchas, ya que la luz solar sólo alumbraba la zona próxima a las escaleras. Sin ayuda del fuego, aquel lugar estaría sumido en la más absoluta oscuridad. ¿Significaba eso que alguien se ocupaba de remplazar las antorchas a diario? ¿De verdad era posible que no lo hubiera descubierto antes?
  La princesa se detuvo frente a la puerta cerrada y sin pomo que el oscurito intentó abrir en mitad de la noche. Probó suerte, pero nada había cambiado.
  —Es aquí —explicó a su acompañante.
  —¿Qué queréis que vea?
  —Lo que quiero es que abras.
  Amuk examinó la puerta de cerca.
  —Me temo que no hay cerradura, así que sobra decir que no tengo la llave…
  —¡Usa tu fuerza!
  —¿…Mi fuerza?
  —Derriba la puerta, por favor.
  Amuk la miró con expresión de asombro. Le parecía una idea absurda.
  —Princesa, aquí no hay nada que ver.
  —Entonces nos iremos tan pronto como abras.
  —Si insistís…
  —Insisto —sonrió.
  Ella parecía ansiosa por conocer lo que se escondía al otro lado. Si era un trastero o un cuarto vacío se llevaría una gran desilusión. Quizá había comida; de ahí que el oscurito hubiera intentado entrar, guiado por el olor.
  —Apartaos, por favor.
  La princesa se hizo a un lado, mientras Amuk se alejaba de la puerta lo poco que le permitía el pasillo. Embistió con el hombro con todas sus fuerzas, pero la puerta no se movió ni un milímetro.
  —¿Estás bien? —Shasla se acercó a él, preocupada.
  —Os aseguro que esto no es madera, princesa. Tampoco piedra. El material de esta puerta supera con creces mi capacidad.
  —Había que intentarlo… Lo siento.
  —No os disculpéis; yo también estoy intrigado por conocer el motivo de que el constructor del castillo decidiera levantar una puerta sin pomo ni cerradura —Amuk se quedó pensativo—. Quizá ni siquiera sea una puerta.
  —Sí lo es —respondió ella, segura de sus palabras.
  —¿Cómo lo sabéis?
  —El oscurito intentó pasar al otro lado.
  —¿Y qué conocimientos sobre arquitectura tiene un oscurito, princesa? Probablemente estaría tan perdido como lo estamos vos y yo ahora mismo.
  —Pero me dijo que abriera…
  —¿Cómo? ¿El oscurito os habló?
  —No exactamente, pero…
  —Los oscuritos son muy peligrosos, princesa. Pueden confundiros la mente.
  —A lo mejor Kyro sabe algo.
  Amuk suspiró.
  —No estáis escuchando nada de lo que os digo, ¿verdad?
  —¡No! —rió.
  Kyro la había salvado la noche anterior, cuando el oscurito se abalanzó sobre ella. Si hubiera llegado unos segundos más tarde, quién sabe lo que esa bestia le hubiera podido hacer. Prefería no pensarlo. Era una experiencia que no quería repetir. Había aprendido la lección.
  —¿Una puerta? —preguntó Kyro al escuchar aquella historia.
  —Dura como el mismísimo castillo —respondió Amuk—. Probablemente más.
  —¿Qué puerta no tiene pomo ni cerradura?
  —¡Ésta! —exclamó la princesa—. Estoy segura de que hay algo al otro lado.
  Kyro miró a su amiga con expresión de confusión.
  —Shasla, ¿a qué viene todo esto? ¿Qué te pasa?
  —No me pasa nada. Lo único que quiero es ver qué esconde esa puerta.
  —Pero ¿por qué?
  —¿Y por qué no?
  Kyro tardó en responder; no estaba acostumbrado a ese tipo de lógica por parte de su amiga.
  —Porque puede ser peligroso, Shasla.
  —Estaré a salvo mientras estéis conmigo.
  —Exacto. Por eso no deberías hacer… excursiones nocturnas.
  —Os prometo que no lo volveré a hacer —inclinó la cabeza como disculpa—. Pero vosotros prometedme que me ayudaréis a abrir esa puerta.
  —¿Y qué podemos hacer? —preguntó Amuk—. Ni entre todos tendríamos la suficiente fuerza como para hacer mella en esa dichosa puerta.
  La princesa sonrió; tenía la respuesta preparada.
  —Hay que usar la cabeza. ¡Y no me refiero a derribarla a cabezazos!
  —Ya imagino —Kyro rió—. Buscaré en la biblioteca, por si hubiera algún libro sobre esa puerta, pero no te hagas muchas ilusiones…
  —¡Gracias!
  —Pocas veces os había visto tan emocionada con algo —dijo Amuk.
  Kyro se marchó, dejando a los otros dos a solas. Shasla decidió regresar a su rutina habitual: contemplar las flores, formar un ramo y disfrutar del buen clima. Ese plan satisfizo más a su amigo, viendo a la princesa disfrutar de una mañana tranquila y pacífica, alejada de cualquier posible peligro.
  Sin embargo, por segundo día consecutivo, su recolección se vería interrumpida por la llegada de alguien. Esta vez no era Griezzy, sino una mujer a la que no recordaba haber visto antes. Aparentaba poco más de treinta años, y llevaba ropa blanca impoluta, más bien sencilla, sin ningún tipo de lujo. A Shasla le pareció una científica.
  —Buenos días, joven princesa.
  —Buenos días —respondió Amuk, que había acudido tan pronto como la había visto acercarse.
  —Oh —la mujer se sorprendió; no lo había escuchado llegar—. Buenos días a ti también.
  —¿Qué os trae a este lugar, Camelia?
  —¿La conoces? —preguntó la chica a su amigo.
  —Por supuesto —fue Camelia quien contestó—. Vivo en el extremo oeste del Princesado. Sobra decir que yo a vos sí que os conocía, princesa.
  —Encantada —hizo una reverencia formal.
  —El placer es todo mío —le devolvió el gesto.
  —Me gusta conocer a mi pueblo.
  —Somos poca cosa comparados con vos, princesa… Aunque quizá yo pueda ofreceros algo que os interese.
  —¿El qué?
  —Respuestas.
  Amuk se interpuso entre ambas.
  —Camelia, no os burléis de la princesa.
  —¡No me estoy burlando! —fingió estar ofendida.
  —Deja que hable, por favor —pidió Shasla.
  —Gracias —Camelia sonrió—. Tan bondadosa como siempre.
  —¿Qué son esas “respuestas” de las que hablabas?
  —No es nada que tenga, pero es algo que puedo ofreceros… siempre y cuando estéis dispuesta a hacerme una visita.
  —¿No puedes decírmelo aquí?
  —Es algo que debo mostraros, no contaros. Podéis traer a vuestro gran amigo aquí presente, si desconfiáis de mí.
  —¡No desconfío! —se apresuró a responder—. Confío en todos y cada uno de los habitantes del Princesado.
  —Y no tenéis motivos para pensar lo contrario, creedme —Camelia se despidió con la mano—. Os estaré esperando.
  La mujer se marchó, dejando a Shasla profundamente intrigada. Amuk no parecía tan interesado; estaba más próximo a la preocupación.
  —No sé qué idea os habéis hecho de ella —dijo Amuk—, pero no es lo que creéis que es.
  —¿Y qué es?
  —Es… peligrosa.
  —¿“Peligrosa”?
  —No ella sino su oficio. Es bruja. Hace pociones. Brebajes que no siempre funcionan como deberían.
  —¿Qué tipo de pociones?
  —Para curar enfermedades, levantar el ánimo… Ese tipo de cosas.
  —¡Pero son cosas buenas!
  —Sí, por supuesto… Pero, princesa, las mejores intenciones no siempre ofrecen los mejores resultados. Es mejor confiar en los remedios conocidos que en las pociones milagrosas de esa mujer.
  Shasla asintió, aunque todavía tenía dudas.
  —¿Qué tipo de poción crees que quiere ofrecerme?
  —No lo sé; pero hay algo que sí sé: no la necesitáis. Vuestra salud es excelente, nunca habéis enfermado, estáis llena de energía y vitalidad…
  —Pero no tengo todas las respuestas.
  Amuk titubeó.
  —No, claro. Nadie las tiene.
  —Ella ha dicho que me daría respuestas.
  —Respuestas para preguntas que no deseáis hacer.
  —Vaaale…
  Shasla desistió, para alivio de Amuk. El oso regresó al banco, buscando recuperar la tranquilidad de que gozaban antes de la llegada de Camelia.
  Por desgracia para él, la princesa no se olvidaría tan fácilmente de aquel asunto.



5

  No era ninguna sorpresa que Kyro tampoco vería con buenos ojos visitar a la bruja Camelia. Así se lo hizo saber a la princesa, aunque, como es obvio, tampoco podía impedírselo.
  —Si estás tan decidida a ir como parece, al menos deja que te acompañe.
  —¡Por supuesto! Podéis venir todos, si queréis.
  —Gracias pero no —replicó Griezzy—. Prefiero mantenerme alejado de la bruja.
  —¿Por qué os asusta tanto?
  —No es miedo, princesa. Bueno, sí es miedo, pero no a ella sino a sus… métodos.
  —Exacto —Kyro asintió—. Nadie niega que Camelia sea buena persona, pero es muy imprudente y descuidada. Tiene la cabeza llena de pájaros.
  —¿…Qué significa eso? —preguntó la chica.
  —Significa que dice muchas tonterías, y es capaz de hacer creer a los demás en cualquier locura.
  —Es una vendedora de humo —añadió Griezzy.
  Las palabras de sus amigos tuvieron el efecto contrario al deseado, pues ahora la princesa estaba más intrigada aún por conocer mejor a aquella mujer. Esa misma tarde se dirigieron al extremo contrario del pequeño Princesado para encontrarse con ella. Camelia se mostró muy feliz con su llegada.
  —Qué alegría volver a veros, princesa —miró a su acompañante—. ¡Pero si es Kyro! ¡Mi guardián favorito!
  —¿Tu favorito? —respondió él con cara de desagrado—. No estoy para juegos, Camelia.
  —Sé sincero: ¿has acompañado a la princesa para poder verme?
  —La he acompañado para evitar que te aproveches de ella. Es demasiado bondadosa como para decirte que no.
  —¿Y por qué iba a hacerlo? Todo lo que tengo para ella es bueno.
  —¿Bueno para quién?
  —Para todos —le guiñó un ojo.
  Kyro suspiró, provocando las risas de Camelia y Shasla. A la princesa le parecía que aquella mujer era muy divertida y simpática; opinión que no compartían sus tres amigos.
  —¿Es verdad que eres una bruja?
  Camelia volvió a reír, sorprendida por aquella pregunta tan directa.
  —Si fuera una bruja, podría chasquear los dedos y crear fuego.
  —¿…Puedes?
  Una pequeña llama salió del puño de Camelia mientras ella chasqueaba los dedos, tal y como había dicho. Shasla se quedó con la boca abierta.
  —¡Vaya! —exclamó Camelia—. Parece que sí soy bruja después de todo.
  —No te dejes engañar por sus trucos baratos —dijo Kyro, nada impresionado.
  —Entonces pasemos a los caros.
  Camelia intensificó la mirada, despertando la curiosidad de Shasla y la desconfianza de Kyro.
  —No más fuego, por favor —pidió él.
  —No, ¿eh? —la bruja apuntó hacia él con ambos brazos—. ¡A ver cómo esquivas esta llamarada!
  Kyro ni se inmutó.
  —¿Has terminado?
  —Pierde la gracia si no te asustas.
  —Pierde la gracia si tu “llamarada” no echa ni humo.
  —No estoy tan loca como para quemar a un pobre perrito indefenso.
  —Lo que no estás es capacitada.
  Shasla no pudo aguantar la risa ante aquella discusión. Kyro era su mejor amigo, Camelia le caía muy bien, pero ver a los dos juntos era un espectáculo impagable.
  —¿Puedes lanzar una llamarada de verdad? —preguntó la princesa, intrigada.
  —¡Claro que puedo!
  —Claro que no puede —replicó Kyro.
  —¿Quieres comprobarlo?
  —Adelante.
  —No será gratis.
  —Entonces no será.
  Shasla los interrumpió, pues empezaba a impacientarse. Estaría encantada de presenciar todos los trucos o hechizos de aquella mujer, pero tendría que ser otro día. El motivo de su visita era otro.
  —Dijiste que me darías respuestas.
  —No fue eso lo que dije exactamente.
  —¿Cómo que no? —la princesa lo recordaba bastante bien.
  —Dije que os las ofrecería, pero no está en mi mano dároslas.
  —¿…Y qué diferencia hay?
  —Mucha más de lo que parece. Puedo indicaros dónde encontrar respuestas, pero debéis ser vos quien las busque.
  —Lo haré —Shasla asintió, decidida—. ¿Por dónde empiezo?
  —No tan rápido —Camelia rió—. Es más complicado de lo que creéis, mi joven y bella princesa.
  —Ya te advertí —dijo Kyro—: una bruja que no hace más que hablar y hablar hasta llenarte la cabeza de ideas raras.
  —Esta vez tengo algo más que palabras. Si no os fiáis de lo que perciben vuestros oídos, ¿lo haréis de lo que ven vuestros ojos?
  —Eso depende.
  —¡Yo quiero verlo! —exclamó Shasla.
  —Por supuesto que queréis —Camelia sonrió—. Porque lo que tengo para ofreceros no es algo que se vea todos los días. Acompañadme, por favor.
  La bruja empezó a caminar, sin esperar a la respuesta de sus invitados. La princesa se apresuró a seguirla, por lo que Kyro no tuvo más remedio que ir tras ellas.
  Camelia se detuvo sobre un manto de flores; el jardín llegaba hasta allí. No parecía haber nada de interés cerca. Sin embargo, ése era su destino.
  —¿Sabéis lo que es un portal interdimensional?
  —Sí —respondió Kyro—. Un cuento de hadas.
  —¿Y qué te hace pensar que nuestro mundo no lo es?
  —Ve al grano, Camelia.
  —Lo intento —se encogió de hombros—, pero no dejas de interrumpirme…
  —¿Qué es el portal inter-no-sé-qué? —preguntó Shasla.
  —Portal interdimensional —explicó la mujer—, como su nombre indica, es un portal capaz de unir dos dimensiones diferentes.
  —¿Como dos mundos paralelos?
  —Algo así. Imaginad que existe otra dimensión, pero que para viajar hasta ella no hay que montar a caballo ni atravesar largos caminos. Está en este mismo lugar, pero al mismo tiempo está en un lugar totalmente diferente. Es como si cruzar el portal os llevara hasta un lugar lejano.
  —¿Existe algo así? —la princesa estaba boquiabierta.
  —¡Y tanto que existe! —sonrió—. Lo tenéis delante.
  Shasla miró a su alrededor, pero no vio nada. Kyro ni se molestó.
  —¿…Dónde está? —la princesa empezaba a pensar que estaba siendo engañada.
  —Aquí mismo. El problema es que no podéis verlo.
  —Patético —Kyro suspiró.
  —No perdáis la esperanza tan rápido, mis queridos y desconfiados amigos. Tengo la solución, literalmente, al alcance de la mano.
  Camelia sacó un pequeño objeto de su bolsillo. Parecía un caramelo.
  —Es para vos, princesa.
  —¿Para mí?
  —Ni se te ocurra comerte eso —dijo Kyro.
  —¿De qué me estás acusando? —protestó la bruja—. Jamás haría daño a la princesa. De hecho, estoy convencida de que nadie se preocupa más que yo por su bienestar.
  Ambos iniciaron un cruce de acusaciones, exponiendo sus argumentos para convencer a Shasla. Ella no estaba escuchando; quería tomar la decisión por sí misma. Aunque lo más correcto sería decir que la tenía tomada de antemano.
  La princesa cogió el caramelo sin pronunciar palabra y se lo metió en la boca. Camelia sonrió, mientras Kyro no podía ocultar su rostro de preocupación.
  De pronto, todo cambió.



6

  La tierra se movió, el cielo cambió de color, las flores desaparecieron, Kyro se convirtió en piedra y Camelia se evaporó. Shasla sentía su cuerpo excesivamente pesado; le costaba mantenerse en pie.
  Y entonces el mundo regresó a la normalidad. La tierra seguía firme bajo sus pies; el cielo estaba tan azul y despejado como el resto del día; había flores por todos lados; Kyro estaba a su lado, todavía con cara de preocupación; Camelia seguía sonriendo, satisfecha.
  Pero había algo diferente.
  Frente a ellos había aparecido un arco de medio punto, de aproximadamente dos metros de alto. Aunque el jardín permanecía inalterado, al otro lado del arco se vislumbraba un paisaje bien distinto. Parecía un espejo borroso, pero cuyo reflejo no se correspondía con la realidad.
  —¡Puedo verlo! —exclamó la princesa, emocionada.
  Camelia asintió, demostrando que no mentía.
  —¿Qué truco es éste? —protestó Kyro—. Yo no he probado ese caramelo, pero también lo veo.
  —¿Tú también ves el portal? —preguntó Shasla, sorprendida.
  —Con toda claridad.
  —Interesante —respondió Camelia—. Supongo que lo que ha cambiado no es la princesa sino el mundo.
  —Sea como sea —dijo Kyro—, ese portal parece peligroso.
  —Lo parece… y probablemente lo es.
  La sinceridad de la bruja dejó a los otros dos sin palabras.
  —¿Has estado al otro lado? —preguntó la princesa.
  —Como te dije antes: no es tan fácil.
  Camelia se aproximó al portal e intentó atravesarlo, pero chocó contra él como si fuera un simple muro de colores.
  —¿Es falso? —Shasla se sintió desilusionada.
  —Claro que es falso —Kyro suspiró—. Todo ese cuento del portal interdimensional…
  —No es ningún cuento —replicó Camelia—. El problema no es el portal sino yo, que soy una bruja insignificante.
  —¡No eres insignificante! —exclamó la princesa, intentando animarla.
  —Gracias —la bruja sonrió, divirtiéndose con lo inocente que parecía esa niña a veces—. Pero el portal no miente; ya lo habéis visto.
  —¿Y qué te hace pensar que ocurrirá algo distinto si es otra persona quien intenta entrar? —preguntó Kyro.
  —No lo creo; estoy convencida.
  —¿Cómo lo sabes?
  —Simplemente lo sé.
  —No es una respuesta muy convincente…
  —Soy una bruja, ¿recuerdas?
  Queriendo acabar con el debate, Kyro desenfundó su espada y se acercó al portal. Golpeó la supuesta entrada suavemente con la punta de la espada, y después con su propio brazo. En ninguno de los dos casos ocurrió algo diferente.
  —Es un simple muro —concluyó.
  —¿Un muro? —Camelia rió—. Ni es “un muro”, ni mucho menos es “simple”.
  —Pues, si es algo más, está roto.
  Camelia volvió a reír.
  —Qué gracioso eres, Kyro. Cuando dije que el portal interdimensional estaba reservado para gente importante, ¿creíste que hablaba de ti?
  —Si crees que Shasla va a acercarse a esa cosa…
  —Eso lo decidirá ella, ¿no?
  —¿Por qué iba a querer hacerlo?
  —Porque busca respuestas, y ese portal puede dárselas.
  —¿También habla? —Kyro fingió sorpresa con expresión irónica.
  —Esperad un momento —la princesa los interrumpió—. ¿Qué tipo de repuestas puede darme el portal?
  —Shasla, por favor… —Kyro intentó hacerla recapacitar, sin éxito.
  —¡Quiero saberlo!
  —Estrictamente hablando —respondió Camelia—, el portal no puede daros nada, princesa. Sin embargo, puede llevaros hasta un lugar donde todas vuestras preguntas quedarán respondidas.
  —¿Qué lugar es ése?
  —El mundo que hay al otro lado del portal: la dimensión de las respuestas.
  —Shasla —insistió Kyro—. No la escuches, por favor.
  La princesa estaba llena de dudas. Pero no de dudas que necesitaban respuestas, sino decisiones que debía tomar. Si de verdad podía encontrar en aquella otra dimensión la solución a todas sus preguntas, entraría sin pensarlo dos veces. Sin embargo, existía la posibilidad de que fuese un lugar peligroso. Además, ni siquiera estaba segura de poder entrar. Y eso en el caso, aún sin demostrar, de que Camelia no estuviese mintiendo. Quizá realmente todo aquello no fuese más que un “truco barato” (o no tan barato).
  —¿Por qué crees que yo sí puedo entrar? —preguntó a la bruja.
  —No sabría darte una explicación. ¿No tienes la sensación, en ocasiones, de estar convencida de algo sin motivo aparente?
  —Sí —de hecho, cada vez le pasaba más a menudo.
  —Pues esto es igual.
  —Para ya, Camelia —Kyro se acercó a ella—. ¿Qué es lo que pretendes?
  —Os prometo que estoy siendo sincera.
  Mientras ambos discutían, la princesa se había acercado al portal.
  —Supongo que sólo hay una forma de comprobarlo…
  Cuando los otros dos se dieron cuenta de lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde.



0

  La princesa no sintió nada. Ni siquiera un leve movimiento o un cosquilleo. Fue algo inmediato: en cuanto tocó el portal, despertó en ese otro lugar tan frío y oscuro.
  El paisaje era desolador, con cierto parecido a las calles del Princesado, pero sin casas, flores, árboles o animales. Sólo un simple y triste camino. El cielo estaba tan oscuro que parecía inexistente, y lo mismo ocurría al mirar en todas direcciones. Era como si aquel camino fuese lo único que existía dentro del portal, y no hubiese nada más allá de diez o quince metros.
  A su espalda había algo que le resultaba conocido: el portal interdimensional. Se sintió aliviada, confiando en que podría volver a su dimensión tan pronto como lo desease.
  Después de varios segundos de confusión, empezó el malestar. Aquel lugar parecía cualquier cosa menos real. Al frío y desasosiego había que sumar el dolor que empezaba a sentir en su cabeza.
  Y entonces llegaron ellos.
  Una docena de oscuritos se aproximaron a la princesa desde enfrente y desde ambos lados. Éstos no parecían asustados, sino más que dispuestos a atacar. Tenía que huir cuanto antes.
  Sin embargo, sus piernas no respondían.
  Cuanto más cerca estaban los oscuritos, mayor era el miedo que sentía. ¿Por qué no podía huir? ¿Por qué no podía moverse? No era capaz de articular palabra ni de levantar un brazo. No había nada que pudiera hacer. El portal estaba a su espalda, tan cerca… y a la vez tan lejos. ¿Era el fin?
  —¡Sal de aquí!
  Un fogonazo hizo que todos los oscuritos retrocedieran. Junto a la princesa había aparecido una mujer, cuyo cuerpo emitía una luz cálida, infinita, protectora, que contrastaba enormemente con el resto del paisaje.
  —(¿…Camelia?)
  Pero no era ella. Ni siquiera se parecía. A Shasla le pareció un ángel hecho de luz.
  —¡Sal de aquí! —repitió.
  Al ser alcanzada por la luz, Shasla recuperó el control de sus extremidades. Sintió la energía de aquella mujer recorriendo todo su cuerpo.
  —(¿…Quién eres?)
  La mujer de luz la miró a los ojos, haciendo que la princesa perdiera el habla por unos segundos. Era una energía tan pura…; una sensación de felicidad infinita; una belleza sin límites. Su cerebro no podía asimilar la existencia de un ser así.
  Shasla sacudió la cabeza, tratando de recuperar la compostura. Había vuelto a quedarse paralizada, con la boca abierta, babeando como si se hubiera dormido de pie y con los ojos de par en par. Corrió de vuelta hacia el portal, asustada por si volvía a quedarse inmóvil. Antes de atravesarlo se giró hacia la mujer, y descubrió horrorizada que todos los oscuritos la habían rodeado. Cada vez eran más numerosos; ya había más de cincuenta.
  Shasla dudó sobre si debería ir a ayudarla. Pero ¿qué podía hacer? ¿Cómo podía ayudar a otra persona si no era capaz de ayudarse a sí misma? La cabeza cada vez le dolía más, y sentía las extremidades adormecidas. Todo le daba vueltas. Finalmente perdió el equilibrio, precipitándose sobre la entrada del portal interdimensional como un muñeco de trapo.


– CONTINÚA EN LA DIMENSIÓN DE LAS RESPUESTAS –



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