Guía argumental de The Last of Us – Parte 1

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Capítulo 1 – Pandemia

  Joel regresa a su casa tras un largo día de trabajo. Se muestra exaltado y nervioso, mientras conversa por teléfono con Tommy, su hermano menor.
  —Tommy, escucha, es el contratista. Necesito el trabajo. Ya, lo sé… Lo hablamos por la mañana, ¿vale? Adiós.
  Tras finalizar la llamada, Joel se dirige al sofá del salón, donde lo espera su hija, Sarah.
  —¿Mal día en el curro? —pregunta ella.
  Joel se limita a suspirar, antes de ocupar el hueco libre que Sarah le deja a su lado.
  —¿Qué haces despierta? Es tarde.
  —Ahí va, ¿qué hora es? —la niña observa el reloj de pared, que marca las doce menos diez minutos.
  —Deberías llevar dormida un buen rato.
  —Pero aún es hoy.
  —Cariño, ahora no —replica Joel—. No tengo energía para discutir.
  Sarah saca una pequeña caja que escondía bajo el sofá.
  —Toma —dice mientras se la entrega a su padre.
  —¿Qué es?
  —Tu regalo de cumple.
  Y es que ese día, el 26 de septiembre de 2013, es el cumpleaños de Joel. El hombre abre la caja y contempla el reloj que hay dentro sin saber qué decir.
  —Te oí quejarte de que se te había roto el reloj… —dice Sarah—. Así que se me ocurrió comprarte otro. ¿Te gusta?
  —Cariño, es… —Joel da unos toquecitos al reloj—. Me gusta, pero… Creo que no va.
  —¡¿Qué?! ¡No, no, no!
  Sarah se abalanza sobre el brazo de su padre…, únicamente para descubrir que le estaba tomando el pelo.
  —¿De dónde has sacado el dinero? —pregunta Joel.
  —Drogas —responde ella de forma irónica—. Vendo drogas.
  —Genial. Pues ya puedes empezar a ayudar con la hipoteca.
  —Ya quisieras.
  Padre e hija comparten un rato juntos, viendo la televisión, hasta que la pequeña se queda dormida en el sofá. Entonces, Joel la coge en brazos y la sube a su habitación, en la última puerta de la segunda planta.
  Joel y Sarah viven a las afueras de Austin, en el estado de Texas, Estados Unidos. Él es un trabajador de la construcción (probablemente carpintero, aunque no se especifica), a punto de alcanzar la treintena. El trabajo lo mantiene muy ocupado, por lo que apenas puede pasar tiempo con su hija, quien, a su corta edad, ya está más que acostumbrada a apañárselas sola. Sin embargo, su relación es muy buena.
  En mitad de la noche, el teléfono fijo empieza a sonar. Sarah responde a la llamada desde el terminal que tiene sobre su mesilla.
  —¿Hola? —dice con voz débil.
  —Sarah, cariño, que se ponga tu padre —responde un hombre ostensiblemente nervioso.
  —Tío Tommy…, ¿qué hora es?
  —Tengo que hablar con él. Hay…
  La frase se queda a medias.
  —¿Tío Tommy? ¿Hola?
  Ya no hay respuesta. Sarah cuelga el teléfono y sale de la cama, preocupada por aquella extraña llamada, especialmente por la hora a la que se ha producido.
  La niña llama a su padre desde el pasillo, pero éste no contesta, por lo que decide ir a buscarlo a su habitación. Tampoco está allí. Sin embargo, la televisión permanece encendida. Una reportera está informando a pie de calle acerca de un suceso de última hora. Tras ella se ve a varios bomberos apagando un edificio en llamas.
  —Los disturbios de los que informamos al principio, han resultado estar conectados de algún modo con una pandemia nacional. Nos han informado de que las víctimas afectadas por la infección muestran signos de agresividad elevada, y…
  Una explosión interrumpe la emisión. Sarah puede ver el fuego y el humo desde la ventana; ha sido cerca de allí.
  —¡¿Papá?! —insiste, cada vez más nerviosa—. ¿Qué está pasando?
  Sarah baja al piso inferior. Del exterior llega el sonido estridente de las sirenas de varios coches policía, y un perro que no deja de ladrar. La niña encuentra el móvil de su padre, que, aunque tiene el sonido desactivado, no deja de vibrar. La pantalla muestra ocho llamadas perdidas, además de dos mensajes de Tommy: “Dónde cojones estás? LLÁMAME!” y “Voy para allá”.
  De pronto, el perro suelta un gemido, y sus ladridos cesan de golpe. Sarah se acerca a una puerta de cristal que da al patio trasero, en el preciso momento en que su padre entra en casa de forma apresurada.
  —¡Sarah! ¿Estás bien? —Joel parece alarmado.
  —S-Sí…
  —¿Ha entrado alguien?
  —No. ¿Quién iba a entrar?
  —¡No te acerques a las puertas! ¡Quédate ahí!
  Joel abre el cajón de un escritorio, del que extrae una pistola.
  —Papá, me estás asustando. ¿Qué está pasando?
  —Son los Cooper —dice mientras llena el cargador—. Les pasa algo raro. Creo que están enfermos.
  Jimmy Cooper, uno de sus vecinos, golpea la puerta del patio, sobresaltándolos a ambos. Joel empuña la pistola y se sitúa delante de su hija, intentando tranquilizarla, mientras el hombre sigue golpeando la puerta, que se va tornando de rojo sangre. Finalmente, el cristal se viene abajo, hecho pedazos.
  —¡Jimmy, no te acerques! —le advierte Joel.
  Pero su vecino parece totalmente fuera de sí, y se abalanza sobre ellos, obligando a Joel a disparar. Jimmy Cooper cae al suelo, inmóvil.
  —L-Le has disparado… —Sarah se ha quedado petrificada—. Lo vi esta misma mañana…
  —Sarah, escúchame: está pasando algo muy malo. Tenemos que salir de aquí.
  El sonido de un motor, y las luces atravesando la ventana delantera de la casa, indican que un coche acaba de aparcar frente a su puerta.
  —Es Tommy —dice Joel—. Venga.
  Padre e hija salen apresuradamente de su casa.
  —¿Dónde coño estabas? —recrimina Tommy a su hermano—. ¿Sabes lo qué está pasando ahí fuera?
  —Tengo una ligera idea —responde mostrándole su camiseta.
  —Joder, estás lleno de sangre…
  —No es mía. Vámonos.
  Los tres suben al coche.
  —Dicen que media ciudad se ha vuelto loca —explica Tommy—. Es como una especie de parásito. ¿Me cuentas qué ha pasado?
  —Luego —contesta Joel.
  —Sarah, cielo, ¿cómo estás?
  —Bien —responde sin mucho convencimiento—. ¿Podemos oír la radio?
  Tommy intenta captar alguna frecuencia, pero no logra sintonizar nada.
  —Sin cobertura, sin radio… —se lamenta—. Sí, estamos genial. El de las noticias no paraba de hablar.
  —¿Dicen adónde ir? —pregunta Joel.
  —Decían que el ejército está colocando barricadas en la autopista. No hay acceso al condado de Travis.
  —Significa que hay que irse deprisa. Coge la 71.
  Tommy avanza por la carretera, cruzándose con varios coches de policía.
  —¿Ha muerto mucha gente? —Sarah no puede ocultar su miedo.
  —Sí, probablemente —asiente su tío—. Encontraron a una familia asesinada en su casa.
  —Tommy —lo corta Joel, indicándole que no es un tema apto para una niña de su edad.
  —Oh… Vale, lo siento. Por lo que sé, está ocurriendo en más ciudades. Al principio era solo en el sur. Ahora se extiende por la costa este, la oeste…
  Durante el trayecto, encuentran vehículos accidentados y casas en llamas. Sea lo que sea que está pasando, parece estar afectando a mucha gente.
  —¿Nosotros también estamos enfermos? —pregunta Sarah.
  —Claro que no —dice Joel con firmeza.
  —¿Cómo lo sabes?
  —Dicen que solo es la gente de la ciudad —responde Tommy.
  —¿Trabajaba Jimmy en la ciudad?
  —Sí —contesta Joel, quizá diciendo la verdad, o quizá mintiendo para tranquilizarla—. Estamos bien.
  —Vale…
  No tardan en observar a una familia caminando a un lado de la carretera. Son un hombre, una mujer y una niña.
  —Voy a ver si necesitan algo —Tommy reduce la velocidad.
  —¿Qué haces? —protesta Joel—. Sigue conduciendo.
  —Tienen una cría, Joel.
  —Nosotros también. Sigue conduciendo, Tommy.
  El hombre de la carretera les hace indicaciones con los brazos mientras suplica que paren…, pero no hacen caso.
  —Tú has visto lo mismo que yo —Joel defiende su decisión—. Ya aparecerá alguien.
  —Solamente querían ayuda… —murmura una confusa Sarah.
  Al llegar a la carretera que lleva a San Antonio, descubren que está saturada de vehículos. Como era de esperar, no son los únicos ni los primeros en intentar huir de allí. El tráfico es denso y apenas avanza.
  El conductor del coche que tienen delante abandona su vehículo para increpar a los que lo preceden…, momento en el que un hombre sale de entre los arbustos que flanquean la carretera, y se abalanza brutalmente sobre él, propinándole golpes, arañazos y mordiscos hasta que ha dejado de moverse.
  Tommy observa la escena con la boca abierta, paralizado por la impresión. Solamente cuando Joel le golpea en el brazo, viendo que el asesino corre hacia ellos, mete marcha atrás y se aleja a toda velocidad de aquella vía.
  —¡¿Pero qué coño está pasando?! —exclama Tommy—. ¡¿Lo has visto?!
  —Claro que lo he visto —responde Joel—. Gira por aquí.
  Siguiendo las indicaciones de su hermano, llegan a una calle llena de gente corriendo en dirección contraria. Tommy avanza lentamente, para evitar atropellarlos.
  —¿De qué huyen? —se pregunta Sarah.
  —Vamos, Tommy —dice Joel—. No podemos pararnos aquí.
  —¡No puedo pasarlos por encima!
  —¡Pues da marcha atrás!
  —¡También están detrás!
  Su discusión, así como la huida, terminan bruscamente cuando llegan a un cruce… y son arrollados por otro vehículo.

Capítulo 2 – Caos

  El coche de Tommy ha quedado destrozado y volcado. Afortunadamente, sus ocupantes no han sufrido heridas graves. Joel rompe la luna delantera para salir del vehículo, ya que su puerta está bloqueada contra el suelo. Tan pronto como pone un pie fuera, ve a un hombre ensangrentado corriendo hacia él; uno de esos infectados que están perdiendo la cabeza. Aún conmocionado por el golpe, no puede hacer más que forcejear y evitar sus mordiscos. Tommy, viendo a su hermano en peligro, coge un ladrillo del suelo y se lo parte en la cabeza al atacante, quien cae fulminado.
  Mientras ayuda a Sarah a salir del coche, Joel observa que su hija no deja de poner cara de dolor al caminar.
  —¿Qué te pasa?
  —Me duele la pierna.
  —¿Mucho?
  —Bastante…
  —¡Tenemos que correr! —advierte Tommy.
  Joel entrega la pistola a su hermano, y carga con su hija en brazos. Después, los tres echan a correr, siguiendo al resto de la gente. Las calles están sumidas en el caos, con asesinatos y accidentes por todas partes.
  —Papá, tengo miedo…
  —Cierra los ojos, cariño. Vamos a salir de ésta. Te lo prometo.
  Del otro extremo de la calle surgen numerosos infectados, causando la desbandada de todos los supervivientes que corrían en aquella dirección. Tommy guía a su hermano y su sobrina a través de un callejón lateral, esperando poder atajar hacia la salida de la ciudad. Sin embargo, allí la cosa no es diferente. Un infectado está a punto de alcanzar a Joel y Sarah, pero Tommy logra salvarlos, derribándolo de una patada y rematándolo después de un disparo en la cabeza.
  El callejón los conduce hasta la parte trasera de un bar, en el que intentan resguardarse. Por desgracia, varios de los infectados que los perseguían meten los brazos entre el marco y la puerta, evitando que ésta pueda cerrarse. Tommy empuja la puerta desde el otro lado para ganar algo de tiempo.
  —¡Id a la autopista! —grita a su hermano.
  —¿Qué? —Joel no se mueve.
  —¡Vamos! —insiste Tommy—. ¡Tú tienes a Sarah! ¡Yo puedo correr más deprisa!
  —¡Nos vemos allí! —responde antes de alejarse.
  Mientras Tommy sigue bloqueando la puerta con su cuerpo, Joel abandona el bar con su hija a cuestas.
  —¡Papá, no podemos dejarlo aquí!
  —Va a estar bien. Ya casi llegamos.
  Joel echa a correr tan rápido como puede, soportando el intenso dolor de sus extremidades. A su espalda oye los gritos y la respiración agitada de varios infectados, pero no puede permitirse el lujo de mirar hacia atrás. Debe seguir corriendo.
  Cuando están a punto de llegar a la autopista, mediante un camino de tierra lateral, una ráfaga de disparos acaba con todos sus perseguidores. Quien los ha salvado es un soldado, vestido con uniforme militar y equipado con un fusil de asalto.
  —Tranquila, cielo, ya no hay peligro —dice Joel antes de girarse hacia el soldado—. ¡Ey, necesitamos ayuda!
  —Deténgase —responde el soldado.
  —Por favor —Joel camina hacia él—. Es mi hija. Se ha roto una pierna.
  —¡He dicho que no se mueva! —el soldado le apunta con el fusil.
  Joel retrocede un par de pasos, comprendiendo el temor de aquel hombre.
  —Vale… No estamos infectados.
  Sin dejar de apuntar, el soldado se comunica por radio.
  —Tengo a un par de civiles en el perímetro exterior. ¿Qué hago? —espera la respuesta—. Señor, hay una niña. Pero… Sí, señor.
  Cuando finaliza la llamada, Joel intenta razonar con él.
  —Amigo, hemos pasado por un infierno. Lo único que necesitamos… —Joel deja la frase a medias cuando nota la luz del fusil en su cara—. Oh, mierda…
  El soldado abre fuego contra ellos. Joel se tira al suelo, rodando por el lateral del camino. Sarah sale despedida varios metros. Antes de poder levantarse, Joel siente nuevamente la luz del fusil en su cara.
  —Por favor, no…
  Un nuevo disparo. Esta vez, quien cae al suelo es el soldado, con una bala incrustada en la cabeza, cortesía de Tommy. Cuando se acerca a ayudar a su hermano a levantarse, su expresión cambia de golpe. Joel no necesita preguntar para saber adónde está mirando.
  —¡Sarah!
  Su hija mueve la boca sin apenas emitir sonidos. No puede ni hablar del dolor que siente. Su camiseta está empapada de sangre, debido a una herida en el abdomen.
  —Aguanta, cariño —Joel presiona la herida con sus manos—. Todo va a ir bien. Voy a levantarte.
  Antes de que pueda coger a Sarah en brazos, la niña ya ha dejado de gemir. Su mirada está vacía, y su cuerpo inmóvil.
  —Sarah, cariño… —Joel tiembla sin saber qué hacer—. No me hagas esto, cielo… No me hagas esto… Vamos… No, no, por favor…
  Tommy observa la escena atónito, viendo con impotencia el inmenso dolor de su hermano. Joel no deja de llorar, abrazado al cuerpo sin vida de su única hija.

Enlaces:

Parte 1: capítulos 1-2
Parte 2: capítulos 3-19
Parte 3: capítulos 20-36

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