Guía argumental de Final Fantasy XV – Parte 2

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«Un cuento del rey», por Noctis Lucis Caelum

  —¿Qué cuento quieres que te lea hoy?
  Como cada noche, mi padre colocó una silla frente a los pies de la cama. No había nada que me gustara más que pasar el tiempo con él. Esos momentos, cuando me leía un cuento hasta que me quedaba dormido, se me quedaron grabados para siempre.
  —Me sé todos los de ese libro, papá —dije al ver el gran tomo que tenía entre sus manos—. Cuéntame algo original, o, mejor aún, ¡una historia sobre ti!
  —He vivido bastantes aventuras, pero no son nada comparadas con las de este libro.
  —Puedes exagerar un poco, o inventarte lo que te parezca, ¡pero cuéntame algo nuevo!
  Mi padre terminó por ceder ante mi insistencia.
  —Está bien —hizo una pequeña pausa—. Todo empezó aquí, en Insomnia, hace mucho tiempo. Algo no iba bien en la ciudad.
  —¿Un ataque?
  —Sí, pero no por parte de soldados. Weskham, mi instructor, me pidió que nos reuniéramos urgentemente. Mientras lo buscaba, me topé con un grupo de monstruos que se abalanzaron sobre mí, aunque logré librarme de ellos sin dificultades. No podía entender cómo habían superado las defensas de la ciudad. Era altamente inusual encontrar cadentes a plena luz del día; parecían estar siendo controlados por una fuerza externa. Además, no había rastro de Weskham.
  —Papá, ¿no tenías magia?
  —A eso iba. La situación requería medidas drásticas; tuve que usar mi poder mágico contra aquellos visitantes indeseados, lo que hizo mi tarea más sencilla. Varios monstruos me bloquearon el camino, pero utilicé un hechizo de Hielo que ralentizó sus movimientos.
  —¡Qué pasada! —lo interrumpí, emocionado.
  —Gracias —sonrió antes de continuar—. Corrí hasta los arrabales…, ¡y entonces me vi rodeado de cientos de flanes!
  —¡¿Qué?!
  —Es broma —rió—. No eran tantos, pero sí suficientes como para replantearme el postre una buena temporada. Empezaba a preocuparme seriamente por no encontrar a Weskham, así que grité su nombre. Entonces escuché su voz: “Estoy aquí, mi señor. Siempre a vuestra entera disposición”. Por suerte, no parecía herido. “Veo que no has perdido tu vena teatral”, le respondí. Weskham se deshacía de los monstruos con suma facilidad, usando su espada y sus dos pistolas. Al verlo en combate real, descubrí que su poder era mucho mayor al que siempre me había mostrado. “Seguro que me dejabas ganar en nuestras sesiones de entrenamiento”, le dije, ante lo que me respondió con tono de burla: “En esta vida no se consigue nada poniendo al rey en evidencia”.
  —¿No teníais miedo?
  —Se es más valiente con amigos a tu lado.
  —Ojalá yo también encuentre amigos así algún día…
  —Quizá estén más cerca de lo que crees, hijo —tras decir eso, continuó la historia—. Pronto encontramos el motivo de aquella invasión: un Cristal azul volaba alejándose del castillo. A mí me parecía un simple Cristal mágico, pero Weskham aseguraba que no era un Cristal cualquiera. Por su cara supe que estaríamos en problemas si no lo recuperábamos. Y fue entonces cuando lo escuchamos…
  —¿El qué? —pregunté, muy intrigado.
  —“¡Estáis perdidos!” —dijo, cambiando el tono de voz—. “¡Adelante, fieras mías, sembrad el caos en el mundo y destruid el Reino de Lucis!”. No podíamos ver quién era, pero debía de ser el principal causante de todo aquello.

  —¿Y qué pasó con ese Cristal azul?
  —Eso es lo que Weskham y yo estábamos decididos a averiguar. Lo perdimos de vista en las llanuras de Duscae.
  —¿Es verdad que ahí hay animales más grandes que una casa?
  —¡Más grandes que nuestro castillo! Pero nos esperaban criaturas aún más raras… La fauna estaba siendo afectada por aquella locura. Los garulas embestían contra nosotros en cuanto nos veían.
  —¿Por qué iban a atacar los garulas? —nunca había escuchado un comportamiento así en ellos.
  —Parecían rabiosos, casi como si estuvieran poseídos.
  —¿Como si alguien los controlara?
  —Sin duda alguien o algo malvado estaba moviendo los hilos. Y no éramos los únicos que les plantábamos cara, pues nos encontramos con un viejo conocido: un mecánico llamado Cid. “Vaya, pero si son Regis y el estirado”, fue su saludo. Decía que había ido a Duscae para disfrutar de la naturaleza, cuando los monstruos hicieron acto de presencia. Por suerte, había visto en qué dirección se dirigía el Cristal mágico, así que aceptó unirse a nosotros, y no tardamos en encontrar un Cristal.
  —¿El Cristal azul?
  —No; era amarillo. Weskham insistió en la importancia que tenía recuperar todos los Cristales, y éste no sería la excepción. Estaba férreamente custodiado por monstruos, pero se me ocurrió una forma de acabar con ellos rápidamente: utilicé el poder del Cristal amarillo para invocar a Lamú.
  Escuchar aquello casi me hace saltar de la cama.
  —¡¿Lamú?! ¡¿Liberaste a Lamú?! ¡¿El Sidéreo del Rayo?!
  —Pareces sorprendido.
  —¡Pues claro! ¡Es genial!
  —Todos los monstruos cayeron derribados por la poderosa magia de Lamú, y pudimos volver a escuchar la voz misteriosa. “¡¿Quién eres?!”, grité. “Pronto lo descubrirás, hijo de Lucis”, dijo antes de quedarse en silencio una vez más.
  —No parece que le cayeras muy bien a ese tipo misterioso.
  —Todas las familias reales tienen a alguien en su contra.
  —Ya, pero tú lo pusiste en su sitio, ¿no?
  —Primero teníamos que encontrarlo. El Cristal que había visto Cid era azul, no amarillo, así que íbamos por el camino correcto. Varios bengal y midgardsormr nos esperaban.
  —Ahí fuera hay muchas criaturas extrañas.
  —Y en aquel momento todas querían matarnos. Tuvimos que enfrentarnos incluso a un bégimo.
  —¡Oh, no!
  —Salimos ilesos, no estés nervioso.
  —No estoy nervioso —repliqué—, sólo un poco preocupado.
  —Podemos dejarlo si quieres.
  —No —estaba demasiado intrigado como para dejar la historia a medias—. Cuéntame un poco más.
  —El rastro del Cristal nos llevó hasta una cueva.
  —¿Entrasteis sin más?
  —¿Qué otra opción teníamos? Era la Cueva de Nostal, y estaba plagada de duendes y cactilios, entre otros.
  —¿Los cactilios existen de verdad? —pregunté, asombrado.
  —En este cuento sí.
  Esas palabras me hicieron dudar.
  —Papá…, ¿esto pasó de verdad o no?
  —¿Quieres que siga o prefieres dormirte ya?
  —Vale, vale. ¿Qué pasó después?

  —Encontramos a Clarus dentro de aquella cueva.
  —¿El padre de Gladio? ¿Él también estaba?
  —¡El mismo! Me alegré mucho de verlo. “¡Mi regio amigo y su variopinta comitiva! ¿Qué os trae por esta caverna inhóspita?”, dijo. “Podríamos hacerte la misma pregunta”, le respondió Weskham. “Cazar duendes es un ejercicio estupendo”, fue su excusa. Con su ayuda, el resto del camino fue mucho más fácil. Los cuatro formábamos un buen equipo.
  —¿Todas las cuevas tienen duendes?
  —No todas, pero sí es cierto que les gusta vivir en cuevas. Estaban custodiando un segundo Cristal, de color verde. Utilicé su poder para liberar al Sidéreo Titán, que aplastó a todos nuestros enemigos, dejándonos vía libre para continuar. Llegamos hasta lo más profundo de la cueva, donde nos esperaban varios tomberis. Unas criaturas de paso lento, pero que si te alcanzan con su cuchillo…, date por muerto.
  —Papá, este cuento se te está yendo de las manos…
  —¿Eh? ¿No te gusta?
  —Sí, pero… ¿Cactilios? ¿Tomberis? ¿Cristales mágicos?
  —No olvides el aliento fétido —añadió.
  —¿…Qué?
  —Allí también había algún molbol, cuyo aliento causa múltiples estados alterados. Recuerdo las palabras de Weskham: “No me gustan las cosas con más de siete brazos”. A mí lo que más me disgustaba de los molbol era su macabra sonrisa. Cuando acabamos con él, nos llegó un olor muy diferente. “Huele a mar”, dijo Cid.
  —¿A mar?
  —En efecto. Porque lo que encontramos allí dentro, el dueño de la misteriosa voz, era un pulpo gigante llamado Ultros —volvió a cambiar el tono de voz—. “¡Je, je, je! ¿Me buscabais? Esperaba que mis peleles hechizados acabaran con vosotros, ¡pero tendré que ocuparme yo mismo, panolis!”.
  —¿Un pulpo que habla?
  —Y encima era bastante malhablado. Tenía el Cristal azul entre sus tentáculos, y parecía dispuesto a absorberlo. “¿Qué quieres de los Sidéreos?”, le preguntó Weskham. “Sólo se inclinan ante la realeza, ¡y yo soy el rey de los mares!”, respondió. “Vas a ser el rey de la tinta derramada, pulpete”, dijo Cid. “Vas a ser el rey del dolor”, añadió Clarus. “Dejad que sea un verdadero rey quien le dé su merecido”, dije mientras corría hacia él. Intentó atraparme con sus tentáculos, pero me deshice de ellos y llegué hasta su cabeza. Mi objetivo no era él, sino el Cristal: liberé el poder del Sidéreo Leviatán, que dio buena cuenta del pulpo parlante.
  —¡Ha sido genial! —exclamé, emocionado—. Primero luchasteis contra todos esos monstruos, luego apareció Lamú…, ¡y luego un pulpo que habla!
  —Relájate, hijo. Se suponía que éste era un cuento para dormir.
  —¿Me cuentas otro?
  —¡Claro!
  —¿En serio? —pensaba que se negaría.
  —Sí…, pero mañana por la noche. Ahora cierra los ojos, y que Rubí y tú soñéis con todas las batallas épicas que queráis.
  —Está bien… Buenas noches, papá.
  Me recosté sobre el colchón, y mi padre me acarició el pelo.
  —Buenas noches, hijo mío.

Enlaces:

Introducción
Parte 1: Prólogo, Dramatis personae, capítulos 1-10
Parte 2: Un cuento del rey
Parte 3: Cosmogonía, Academia de Eos, capítulos 11-30
Parte 4: capítulos 31-51
Parte 5: capítulos 52-72

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